El referéndum griego modificó el imaginario que explicaba que todo plan económico para la refinanciación de la deuda debía ser acordado únicamente por las clases políticas y por los organismos financieros. Tsipras, con esta convocatoria, incluyó el “factor ciudadano” y obligó a Francia y Alemania a reordenar el tablero político europeo. ¿Pueden las izquierdas europeas construir alternativas de poder real? ¿Cuáles son las diferencias de su crisis con la de Argentina en 2001?



Foto de portada: Joanna

Fotos de interior: Télam

 

I

 

Triunfó el NO y empezó la gran política. Alexis Tsipras y Syriza realizaron una apuesta muy audaz. Demostraron que la política y sus actores ofrecen algunas posibilidades para sortear o ampliar los límites de una futura negociación. Aquellos que parecían condenados al posibilismo o a la geometría de fuerzas encontraron en la “caja de herramientas” que ofrece la tradición democrática una forma de contrarrestar el asedio del Eurogrupo, del Fondo Monetario Internacional y del enojo de un electorado que había votado en enero con expectativas de cambio.  El referéndum fue mucho más que un acto electoral y que una estrategia para legitimar la posición del gobierno. Intentó y logró erosionar ese imaginario que explicaba que todo plan económico para la refinanciación de la deuda debía ser acordado únicamente por las clases políticas y por los organismos financieros. Tsipras, con esta convocatoria, incluyó el “factor ciudadano” en la negociación -el “tercero en discordia”- y pateó el tablero. Les “tiró” por la cabeza el demos y así sorteó una negociación dilemática y trágica para Grecia y para el propio Syriza.

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La necesidad de eludir las imposiciones llevó a la inauguración de una práctica política que ningún gobierno de la eurozona había ejercido hasta hoy. La “apelación democrática”–con sus incertidumbres y contingencias- puso en duda las medidas de austeridad como único instrumento para congraciar a los acreedores, una forma de dominación política y la capacidad de aquellos que hoy conducen la Unión Europea. A su vez, impugnó a los gobiernos que pagaron parte de sus deudas con la reducción de la inversión pública y con el desgaste de sus propios electorados. Los gobiernos de España, Portugal y de Irlanda –entre otros-presionaron a Alemania para que Grecia no rompiera las reglas de juego. Ahora observan cómo Merkel y Hollande deciden buscar en una cumbre extraordinaria una solución para Grecia.

 

El resultado del referéndum tiene dos efectos inmediatos. Por un lado, ante el temor de futuras rebeliones y problemas con los acreedores, obligar a Francia y Alemania a hallar una salida y, por otro, condenar a aquellos gobiernos que se cansaron de repetir que sus ajustes financieros debían ser acompañados por el gobierno heleno. Según éstos todos debían, en honor a las deudas contraídas, sacrificar a sus ciudadanos. Grecia, por ahora, explicitó otro camino.

 

II

 

A Tsipras debe adjudicársele una interesante práctica para mantenerse en el poder: lograr la legitimidad de sus ciudadanos sin abandonar el tic tac de la negociación. El referéndum y su 61.3% por el NO politizaron la negociación económica y sustrajeron el peso de la deuda griega (177% del PBI) del entramado tecnocrático. Esto cambia todo. El gobierno griego buscó desde el inicio establecer una trayectoria de acción distinta a la ensayada por años por la socialdemocracia griega (PASOK)y la derechista Nueva Democracia (ND) y, con ello, construir una nueva narración acerca de las negociaciones en vistas a fundar un campo político diferencial. Tsipras y Pablo Iglesias–dirigente de PODEMOS-, no solo comparten la pertenencia a una generación sub40, ni el tiempo de derrumbes de sus socialdemocracias y promesas neoliberales, sino que se proponen restituir la politicidad en un contexto pospolítico. Hacer política, inclusive, con los materiales narrativos y simbólicos de la pospolítica.Hacer política con“los elementos culturales” que dejó la globalización.

 

La sorpresa numérica que introdujo –con “corralito” incluido- el referéndum desactivó la presión sobre Grecia. Fueron derrotados aquellos que plantearon que el triunfo de la convocatoria implicaba una salida del euro. No tuvieron tiempo para consolidar esta narración.Ningún país hoy empuja la salida de Grecia y, por el contrario, solo alientan que retorne a la negociación.

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Syriza no es un partido antieuropeo, nunca lo fue. Entiende que Europa sigue siendo para millones de ciudadanos un territorio de promesas. En tanto esto, el euro es mucho más que una moneda: es el símbolo de la permanencia y de la pertenencia a una comunidad imaginada. Esta simbología, también obliga a Tsipras y su gobierno, quien tendrá que volver a la negociación y presionar por una reestructuración viable de la deuda.  Esta vuelta, en parte, le costó la renuncia de su ministro de Economía –Yanis Varufakis- quien indicó que esto mejoraría el clima del diálogo. El “golpear para negociar” de Tsipras (utilizando una expresión argentinísima) resultó efectivo y eficaz, pero no cambiará radicalmente la agenda, tendrá que volver a rediscutir sobre aquellos puntos que originaron el referéndum: pago de deuda, recorte de pensiones, Impuesto al Valor Agregado y gastos de defensa.

 

III

 

PODEMOS es el espacio político más comprometido con el presente y futuro de Syriza. Ambos partidos expresan una posición soberanista y en el caso heleno, el imaginario nacionalista se ha convertido en un factor de cohesión tanto para los partidos, como para los ciudadanos. El referéndum contribuyó en este sentido.

Tsipras e Iglesias surgieron de las corrientes sociales opositoras a los planes de austeridad y se convirtieron en dirigentes de fuerzas que rompen con el pasado. En sus discursos y reflexiones no hay nada de la vieja tradición del Partido Comunista Griego, ni de la Izquierda Unida u opciones más radicales. Pero la empatía de esta nueva dirigencia no soslaya las grandes diferencias entre ambos países ni augura recorridos similares. La deuda y la crisis social no son asimilables entre España y Grecia. La disolución de las instituciones helenas y su exigua capacidad de reconstruir una promesa comunitaria no se asemeja a la erosión de las españolas. Es decir, en España no se ha producido un quiebre institucional ni hegemónico de los partidos tradicionales, como existía en Grecia antes de las elecciones que dieron triunfador a Tsipras. La debacle de la socialdemocracia griega (PASOK), que también fue derrotada en su apoyo al SI en el referéndum, no puede compararse con un PSOE que –si bien ha mermado su capacidad electoral- controla o participa en diversos gobiernos territoriales, municipales y autonómicos. También, los diferencian las trayectorias de sus derechas. Nueva Democracia tampoco pudo imponer el SI y su máximo dirigente –Samaras- debió renunciar y profundizó la crisis partidaria; mientras que el Partido Popular es la fuerza con mayor cantidad de votos en España. Esto, en parte, nos advierte porqué Syriza logró acceder al gobierno y Podemos se encuentra pugnando –con ciertas dificultades- por ese objetivo.

 

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Ahorristas argentinos protestan en la puerta del banco de Boston durante la crisis de 2001. Foto Silvia Gabarrot.

Tsipras e Iglesias comparten algunos imaginarios. La necesidad de un New Deal, que el griego expresó como deseo en su carta a los alemanes días antes de convertirse en Primer Ministro, atraviesa las discursividades de ambos dirigentes. Los años cuarenta norteamericanos –incluyendo el Yes we can- han provisto discursos y figuras de la política que ahora son resignificados y puestos en escenas por esta nueva dirigencia de izquierda.

 

En ambas fuerzas políticas existe un gesto (re)fundacional por establecer un nuevo pacto nacional y europeo. Ese acto debe ser leído como un intento por establecer límites al capitalismo financiero y extender todas las fronteras que le proveen la tradición democrática y estatal para lograr ciertas reparaciones sociales. El ethos capitalista seguirá vivo pero con actores decididos a explorar sus zonas grises y contradictorias, como las potencias disruptivas de ciertos legados políticos que habitan en su interior.

 

IV

 

Grecia 2015 no es Argentina del 2001. Existen diferencias estructurales e históricas no desdeñables. Solo tienen en común una pesada deuda, una relevante crisis social y clases políticas decididas a una renegociación. Pero Grecia, a diferencia de Argentina, posee una moneda regulada por el Banco Central Europeo, una presión mayor de los socios europeos y una estructura económica que no la coloca en ventaja para exportar, como le sucedió a Argentina en 2001. El campo heleno no tiene soja, ni cuentan con un bien o un conjunto de bienes que puedan capitalizar con gran impacto en el mercado internacional. Las condiciones y requerimientos  de ese mercado no advierten que Grecia se encontraría ante un “boom’’ económico en el futuro inmediato.

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Tampoco podría incluirse en la estrategia latinoamericana de los años 80, donde algunos países intentaron conformar un club de deudores, ni en la “movida” que ciertos países realizaron cuando la Argentina renegoció su deuda con el Fondo Monetario Internacional. Grecia está sola en Europa y con pocas posibilidades de crecimiento económico inmediato. La estrategia –por ahora- de esgrimir argumentos humanistas como el de Néstor Kirchner que advertía que “los muertos no pagan deudas” no ha resultado suficientemente potente como para contrarrestar una discursividad tecnocrática que expulsa e invisibiliza la “cuestión social”. Alemania, como su vieja tradición estatal lo indica, ha repetido como un mantra que lo único “eterno” son los Estados y las obligaciones que éste contrae. Este conflicto enfrentó dos moralidades internacionales en el espacio de la Unión Europea: una, de carácter humanística que apela a la dramaticidad de los sacrificios sociales en pos del pago de deudas contraídas y otra, que sostiene su argumentación en una ética de la responsabilidad. La convocatoria de Hollande y Merkel para buscar una salida no implica resolver la tensión de estas moralidades, sino de intentar administrarlas y encauzarlas.

 

El apoyo de los gobiernos progresistas de América Latina no puede–en términos de geometrías de fuerzas- colaborar en mejorar sus condiciones económicas, ni torcer las dinámicas políticas en Europa. Pero pueden sumarse a las voces que solicitan detener el asedio sobre la sociedad griega. Y, a su vez, constituirse en experiencias gubernamentales que han ensayado cursos de acción posibles para enfrentar los efectos más negativos de la globalización.

 

Quienes podrían ayudar a Grecia y darle cierto respiro económico son los BRICS y su banco de desarrollo. Los acercamientos de los gobiernos rusos y chinos con Tsipras con el propósito de sumar aliados estatales al interior de la Unión Europea y construir una plataforma de negocios preocupan a Francia y Alemania, como a los propios Estados Unidos quienes hoy también alientan la vuelta al diálogo.

 

Ahora empieza la gran política. Grecia está en ello.

 


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