“Siento que no dimos la batalla. No hablamos lo suficiente. No debatimos argumentos porque nos negamos a entablar diálogos (presuntamente) ciegos con quienes (presuntamente) nos callarían con un gesto irreflexivo y violento”, escribe Margarita García Robayo. La escritora colombiana, que en sus novelas pinta con aguda mirada el mundo de clase media costeña, hace una descarnada autocrítica de quienes no defendieron el acuerdo de paz con suficiente fuerza. Avergonzada de su tibieza, apunta al silencio como tradición de un país que no reacciona ante el salvajismo verbal de los fanáticos. Después del resultado del domingo 2 de octubre lamenta la desidia de no haber dado la pelea discursiva que permitió que una guerra de 50 años continúe.



Almuerzo con J. en un restó de Buenos Aires, estamos a tres días del plebiscito que definirá el destino del Acuerdo de paz entre el Gobierno del Presidente Santos y las FARC. Es un almuerzo cómodo porque ambas estamos con el Sí, lo cual, si se nos mira como una foto de época –dos colombianas viviendo hace más de una década en Buenos Aires, con algún nivel aceptable de educación, dedicadas a actividades que tienen que ver con la literatura, el arte y esas liviandades–, es más que previsible. En estos días que ya fueron, cuando expresé abiertamente mi voluntad de apoyar el Acuerdo de paz con la guerrilla, algunos compatriotas –sin sorprenderse demasiado– alzaron el dedo para acusarme de “izquierdosa”. Entiéndase, por favor, que en Colombia izquierda es una palabra distinta a lo que designa en otros lugares en términos de ideología. Si viajan a mi país, cuídense de emplear esa palabra sin vestirla de contexto; hace ya décadas que no quiere decir guerrillero, claro –porque a nuestros guerrilleros actuales se los podrá acusar de cualquier cosa, salvo de tener “un nivel aceptable de educación”, o, ya que estamos, ideología–, sino pro guerrillero; a veces el calificativo se agota en lo estético: hipposo, bohemio, mochilero, fumón; o, a veces, al contrario, se lo endilga al “bogotano snob –y rico–, sobre educado en el extranjero a partir de ideas absolutamente impracticables en una población acostumbrada a tener patrones y curas a los que hay que besarles el anillo”. Yo no soy nada de eso, pero cabe la duda porque dije Sí.

 

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J. me muestra los mensajes de un grupo de whatsapp de los muchos grupos de whatsapp a los que pertenece. Este es de los vecinos de una casa en la costa a donde va de vacaciones, y está plagado de bombas: fragmentos extraídos de la campaña del No, donde mienten descaradamente sobre puntos del Acuerdo que, además, se pueden desmentir muy fácil accediendo al documento mismo, que es público. La ferocidad ciega del creyente –en lo que sea: Uribe, Castro, Dios, la Ecología– es algo que me aterra. En general, soy amante de los matices, lo que en estos tiempos, ya lo sé, me convierte en una tibia. El caso es que el chat de vecinos de J. era ese tipo de chat: feroz, fervoroso y ciego. Y J., aterrada como yo, indignada pero muda, le daba sorbos a su copa pero no contestaba. ¿Para qué?, me decía, mejor me borro y listo. La entendí, pero lo lamenté. Habría querido, cobarde de mí, escudarme en su valentía –que habría consistido en mandar un link al Acuerdo que ella, a diferencia de sus vecinos, sí se tomó el trabajo de leer de pé a pá–. Pero no, J. calló. Callar es algo que yo hago todo el tiempo: abstenerme de dar batallas que considero inútiles; replegarme sola en mi pocas convicciones o en mis dudas infinitas; darle la espalda a las discusiones ante el primer brote de salvajismo verbal. ¿Para qué? Este habría sido un buen momento para contestar esa pregunta. En los grupos de chat, en las redes sociales, en el almuerzo con los parientes bravos que golpean la mesa con el puño para decir cosas como: ¡plomo para todos! O repetir las mentiras de la campaña del No.

 

Yo firmé una carta junto con otros escritores colombianos apoyando el Sí. Salió muy bonita, en la revista Arcadia. Después la colgué en mi página de Facebook y recibí un montón de megustas y un comentario de una ex compañera de colegio que disentía amablemente con mi postura. ¿Y yo qué hice? Le puse un megusta a su respuesta (?). Después supe por otra ex compañera de curso que, de nuestro grupo de amigas más cercanas que sumaban unas diez, solo ella y yo votaríamos el Sí. Su marido votaba por el No. Y casi todos mis parientes. ¿Discutimos con alguien? Poco y nada. ¿Compartimos nuestros argumentos? ¿Para qué? Y perdimos. ¿Nos soprende?

 

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El otro día leí que la derecha colombiana se había quedado sin figuras cultas y en su lugar estaba plagada de tropas que obedecían sin cuestionar al líder. Creí haber entendido algo. Pero no de la llamada derecha colombiana, mucho menos de esa rara izquierda inexistente, sino de nuestra poca vocación de dar batallas discursivas. Con esa explicación se saldaba el asunto: la derecha está llena de brutos y con los brutos no se discute. En mi país hay una expresión poderosísima que no se va a gastar nunca: “qué hartera” (lease jartera). Todo nos da hartera. Hablar, discutir, disentir, incomodar, alzar la voz. No me refiero solo a los individuos, estoy hablando de instituciones y de medios –estoy hablando de un país–. Los medios, por ejemplo, tienen esta idea de que no hay que sentar posiciones sobre nada y hay que darle voz a todos y todas, siempre y cuando se trate de una voz amable y civilizada –o sea tibia–, en aras de una objetividad que, a la larga, obra exactamente igual que el silencio. Al final, todos callamos. Hasta que el aire se satura de contención verbal y aparecen los actos macabros. Y así es como, los desacuerdos en Colombia, desde que tengo recuerdo, se terminan resolviendo por fuera del terreno discursivo. Por eso, probablemente, costó y tardó tanto el momento de sentarse en una mesa a hablar con la guerrilla. Por eso antes hubo tantos diálogos fallidos. Por eso Uribe y Santos ya no hablan entre ellos sino que se juegan cada partida usando al pueblo de señuelo.

 

Ayer a la mañana recibí un montón de íconos tristones de los que votaron Sí. Un ojo tricolor que llora rojo; un bebé armado en los brazos de una madre que llora; un Sí vapuleado, sucio y roto, que también llora; la cara de Santos llorando, tachada con una equis que sangra; Timochenko llorando; Juanes llorando; Shakira y Carlos Vives llorando. Ni una sola frase. ¿Qué pasa ahora? Le escribí a J. por chat. Me dijo hay que insistir. Pensé que la palabra, aunque sentida, era engañosa. Porque para insistir en algo tendríamos que haber agotado las opciones previas. Por supuesto que no hablaré por la totalidad de votantes del Sí, porque no sabría ponerles cara, mucho menos intención; hablaré por mí y por gente cercana que ya se encargará de contradecirme –aunque lo más probable es que se abstenga–. Siento que no dimos la batalla. No hablamos lo suficiente. No debatimos argumentos porque  nos negamos a entablar diálogos (presuntamente) ciegos con quienes (presuntamente) nos callarían con un gesto irreflexivo y violento. Qué hartera los brutos de derecha, qué hartera la iglesia, qué hartera Uribe, qué hartera mi primo el troglodita. Y nos confiamos vaya a saber en qué –en los medios, quizá, que publicaban encuentas confusas y radicalmente opuestas para que no se les acusara de favorecer al uno o al otro–. Lo cierto es que abundaban las señales del No. Pero no hace meses, ni hace un año, ni hace cuatro. Ni siquiera hace una semana tras la firma del Acuerdo –cuando las encuestas, insólitamente, empezaron a mostrar una tendencia en acenso del No–, sino desde siempre.

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Yo nací en guerra, y honestamente no tengo ningún recuerdo de que a mi familia y a mi entorno –incluso aquellos que fueron víctimas directas– esa circunstancia les hubiese perturbado demasiado la vida. No es que hayamos tenido vidas apacibles, pero sí que nos acostumbramos a ese telón de fondo: la guerra está tan naturalizada en mi país, que salir de ella, probablemente, nos parezca una circunstancia antinatural. Después de todo, los salvajes se concentran en la selva –donde el Sí ganó–, y los “civilizados” en las urbes –donde el No fue apabullante–, y los tibios vivimos en un no lugar donde hablamos para nosotros mismos y nos sentimos a salvo. Hoy me avergüenzo de mi tibieza. Y lamento no tener la dosis de irracionalidad suficiente para golpear la mesa y quejarme. ¿Qué hago? Saco mi ícono del Sí del whatsapp y pongo una foto inofensiva, pero balsámica, de mi hijo sonriente y feliz. Todo en silencio, para no molestar a nadie.


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