Ante una política cada vez más inflamable, los triunfos electorales son episodios que configuran climas sociales efímeros. El debate por llamada “Reforma Previsional” rompió el fifty-fifty grietero: los votantes de Cambiemos son más que antikirchneristas y almacenan en su memoria el significado de palabras como reforma, ajuste y diciembre. El Gobierno las reunió a las tres en un proyecto que alteró el escenario político: puso fin al “2015” y le dio nacimiento a la “oposición”.



Fotos: Daniel Vides

 

Primer acto, el Gobierno gana las elecciones primarias; segundo acto, el Gobierno gana las elecciones generales; tercer acto, el Gobierno pierde su primera batalla política pos-electoral. ¿Cómo se llama la obra? Todo triunfo electoral se evapora en el aire. En algunas salas la obra fue proyectada con un título alternativo: “Todo triunfo electoral se vuelve en contra de los ganadores”.

 

Las recientes elecciones pulverizaron varios mitos (“en elecciones de medio término el voto se dispersa”, por ejemplo), sin embargo, antes de retirarse, el 2017 nos confirma la única regularidad que pareciera seguir vigente: los triunfos electorales conducen a los gobiernos a cometer groseros errores. Le pasó al kirchnerismo dos veces y la “maldición de los ganadores” cae ahora sobre el macrismo.

 

En su libro “Metáforas de la vida cotidiana”, el lingüista George Lackoff explica que las metáforas que usamos para describir la realidad no constituyen un adorno retórico sino que condicionan la manera en la que conceptualizamos esa realidad y, en consecuencia, la forma en la que actuamos en ella y sobre ella. El lenguaje no es el envoltorio estético de la comprensión, es su propia estructura. Desde hace varias décadas, la teoría sociológica emplea un vocabulario que el análisis politológico se resiste a incorporar: fragilidad, tiempos líquidos, sociedad del riesgo, incertidumbre, componen el idioma que la sociología habla, y desde cuya perspectiva toda certeza queda suspendida.

 

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Por el contrario, el lenguaje de politólogos y economistas piensa las cosas con otras palabras tales como correlación, regularidades, índices, estimación. Un análisis de la realidad elaborado con ese vocabulario tiende a sugerir una realidad estable y predecible pero lo cierto es que la realidad se ha vuelto cada vez más arisca y opaca. La algoritmización del lenguaje político proyecta una ilusión tranquilizadora: todo puede medirse y anticiparse. La inesperada victoria de Harry Truman en 1948 representó un escándalo para la “industria del pronóstico”; desde entonces siete décadas de refinamiento de los instrumentos de estimación no evitaron que lo inesperado siga siendo inesperado: los acontecimientos políticos que están marcando nuestro tiempo irrumpen, casi todos, a contramano de los pronósticos, como las victorias de Trump y el Brexit por citar los casos más taquilleros. La política se volvió más inflamable y random que nunca. En ese marco, conviene pensar los triunfos electorales como episodios “frágiles”, que configuran climas sociales que duran lo que dura un instante.

 

Hace unas semanas, la mayoría de los análisis políticos giraban alrededor de lo sencillo que sería el camino de Cambiemos hacia el 2019; es decir todo el análisis consistía en estirar la foto del presente (el desactualizado presente de hace 50 días) y proyectarla hacia adelante. Albert Hirchsman sostiene que muchas frustraciones políticas son hijas de la pobreza de imaginación a la hora de representarnos el futuro; dificultad visible en todos los análisis que luego del resultado de las elecciones estiraron la foto del presente y la proyectaron hacia adelante.

 

Transitadas pocas semanas desde su victoria, el gobierno de Cambiemos sufrió un fuerte tropiezo en la opinión pública, agravado por fisuras políticas expuestas en su propia coalición. ¿Qué pasó? Repaso una serie de errores:

 

Inercia discursiva

 

El resultado de las elecciones de octubre abrió una nueva etapa política, sin embargo el Gobierno siguió transmitiendo el hit “pesada herencia”, que como todo hit se sostiene, pero también se agota, en su repetición. Es probable que la victoria haya provocado en Cambiemos cierta pereza intelectual, por la cual se creyó que el envión electoral evitaría la necesidad de defender la reforma previsional en el cuadrilátero simbólico de la opinión pública. Había que cambiar de música pero cambiemos no supo cambiar.   

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Anarquía conceptual

 

A la hora de balbucear defensas, los principales dirigentes de Cambiemos transitaron rutas discursivas divergentes; algunos se aferraron a disquisiciones matemáticas, otros invocaron el largo plazo, algunos recordaron la “pesada herencia” y otros desviaron el discurso hacia la corrupción kirchnerista. Más allá del rendimiento de cada una de estos encuadres, es evidente que no se le había dedicado a la Reforma Previsional una arquitectura comunicacional específica. La gestión con la imagen más estudiada y manufacturada de todos los gobiernos desde 1983, desestimó, en este caso, la gestión simbólica y puso todas las fichas sobre el decisionismo y la rosca parlamentaria. Mientras tanto, el clima social entraba por las ventanas del Congreso. La opinión pública no es una mayoría silenciosa, es una constelación inestable de minorías muy ruidosas.

 

El nombre elegido para la iniciativa revela la suspensión de la cuidadosa curaduría semiótica que habitualmente envuelve a las iniciativas del oficialismo. “Reforma Previsional” aspira a sustituir a la vigente “Ley de Movilidad”, pero “movilidad” tiene evocaciones más amables (y enraizadas en el centro de gravedad de nuestra matriz cultural: movilidad social) que “Reforma”.  

 

Gestión de lo tangible

 

Hace muy pocos días el diario La Nación publicó un amplio estudio de Poliarquía cuyos resultados alumbraron riesgos desatendidos por un voluntarismo interpretativo que se advertía en los análisis que acompañaron a los números. El dato más elocuente consistía en el pronunciado contraste entre las percepciones económicas llamadas “egotrópicas” (referidas a la economía personal) y las percepciones “sociotrópicas” (las miradas sobre el país). El 46% de los argentinos percibe que el Gobierno consiguió mejorar la economía del país. Ahora bien, cuando la pregunta se orientó hacia el “primer metro cuadrado” (acierto conceptual de los consultores de Isonomía para aludir a la dimensión donde un Gobierno se tangibiliza) los resultados eran muy distintos: el reconocimiento de progreso se encogía al 21%.

 

Conclusiones: hasta aquí la popularidad del Gobierno y sus triunfos electorales no estuvieron sostenidos por lo realizado en el “primer metro cuadrado” sino más bien sobre conquistas narrativas. Cuando hay una tensión entre ideología y experiencia directa (disonancia cognitiva) suele imponerse la ideología, pero la tensión subsiste. En otras palabras, los votantes de Cambiemos aceptaron en el cuarto oscuro diferir la espera de resultados concretos pero la ansiedad no desapareció y empieza a adoptar la forma y el sonido de una de impaciencia, de un malestar.

 

Un segundo dato del estudio de Poliarquía iluminaba el mismo fenómeno desde otro ángulo: ante la pregunta por “¿Cuál fue la mejor medida tomada por el Gobierno”, las repuestas se dispersaron, sin que ninguna se recortase como un pilar firme para sostener la aprobación. La dispersión de respuestas es otro síntoma de la ausencia de hitos claros de gestión. Por el contrario, cuando se preguntó por la peor medida, el 40% de las menciones apuntó sobre el deterioro de la capacidad adquisitiva; incluso la segunda medida más mencionada fue “reducir las jubilaciones”.

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Cultura política

 

En este camino, el error más profundo que identifico alude a un déficit en la comprensión de la cultura política argentina. Un estudio reciente del Centro de Estudios del Trabajo y el Desarrollo (UNSAM) realizó una serie de preguntas orientadas a conocer las actitudes de los argentinos sobre la seguridad social y el rol del Estado. El 81% consideró que el Estado debe “asegurar pensiones dignas a jubilados”. A la vez, entre tres opciones ideológicamente muy distintas respecto al rol del Estado, el 61% de los encuestados se inclinó por la opción más “amplia”: el Estado debe asegurar el bienestar de todos los ciudadanos. Se trata de un tema largamente estudiado: estatismo e igualitarismo constituyen dos vectores de nuestra cultura política.

 

Reanudo mi argumento: la Reforma Previsional moviliza valores muy constitutivos de nuestra identidad, actitudes sedimentadas por experiencias colectivas y herencias culturales. Considerando esos elementos, resulta más sencillo comprender por qué la Reforma Previsional provocó una mayoritaria (superior al 65%) reacción crítica en la opinión pública, que hasta hace 48 horas parecía congelada en el “fifity-fifty grietero”. Pero lo congelado, como todo lo sólido, también se desvanece en el aire.  

 

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El Gobierno se vincula con sus votantes como si sólo fueran antikirchnristas. Y si bien esa emoción política explica el comportamiento electoral reciente de ese universo, las biografías de los votantes de Cambiemos no empezaron en el 2003. Además de antikirchneristas, los votantes oficialistas son argentinos y, por lo tanto, participan de determinados consensos culturales más transversales y antiguos que los bolsos de López. Por otra parte, esos votantes también vivieron el 2001 y almacenan en su memoria marcas corporales que algunas palabras evocan. Reforma, diciembre y ajuste por ejemplo. El Gobierno las reunió a las tres.

 

En el futuro, Cambiemos no está condenado a ganar ni a perder, dependerá de lo que invente la política. Pero el jueves 14 de diciembre pasaron dos cosas: terminó el “2015” y nació la oposición. En adelante, el vínculo del Gobierno con la opinión pública no podrá ser gestionado con el mismo marco narrativo planteado para los primeros dos años. Y, sobre todo, tendrá que tangibilizar mejoras para que la ideología que sostiene sus adhesiones no se les empiece a fugar por el primer metro cuadrado.

 


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