España se italianizó. Sin mayorías absolutas en el Parlamento, se vienen tiempos de complejidad política, de dificultad para encontrar acuerdos. Por primera vez el Presidente no es el más votado sino que asume por los votos de una miríada de partidos con proyectos e intereses diferentes. Lo que parecía un globo de ensayo para desgastar a Rajoy le salió demasiado bien a Pedro Sánchez.



El 8 de mayo de 2015, pocos días antes de las elecciones autonómicas, Felipe González, el viejo zorro de la política española, dijo en el Foro Europa: “PSOE y PP estarán cada uno en el 30%. Yo quiero, claro, que el PSOE quede primero, y Podemos y Ciudadanos quizá puedan acercarse alguno al 20%, pero creo que estarán en el 15%, respectivamente”. Y agregó a continuación: “Vamos hacia un Parlamento italiano, pero sin italianos que lo gestionen”.

 

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La imagen que propuso Felipe González era muy potente y tuvo fortuna mediática: Italia, un país con una larga tradición bipartidista (la Democracia Cristiana versus el Partido Comunista Italiano, o sea la Italia de posguerra de don Camilo y Peppone), a partir de los años 1980 había entrado en un proceso de fragmentación política que obligó a sus políticos a convertirse en expertos negociadores de pequeñas parcelas de poder. Machiavello reloaded. En España la cultura política siempre ha tenido un carácter centralizado, fuertemente hegemonista que, en democracia, se expresó cada vez que pudo a golpe de mayorías absolutas. La creación de Podemos –como evolución del Movimiento del 15M nacido en 2011- y la aparición de Ciudadanos, un partido diseñado para enfrentar al secesionismo catalán pero que, con la complicidad de los grandes medios madrileños, logró posicionarse a escala nacional, comenzó a corroer el bipartidismo del Partido Popular versus el Partido socialista Obrero Español.

 

Felipe González hablaba por entonces de “pulsión de cambio” y de una etapa de “fin de ciclo”. Y alertaba que podían llegar a producirse dos derivas políticas: “La liquidacionista para acabar con el régimen que nos ha permitido convivir desde el 77, o la inmovilista, que se mueve incitando el miedo”. La opción “liquidacionista” encarnada por Podemos –que centró su discurso en las críticas al “régimen del 78” del cual nace la actual democracia española- fue creciendo a costa de robarle votos a un PSOE que se debatía en sus cuitas internas; la opción “inmovilista” tuvo nombre y apellido: Mariano Rajoy, el hombre que siempre estuvo allí.

 Sesión de control

 

 

 

Ese fin de año, con más precisión el 20 de diciembre de 2015, se realizaron las elecciones generales –las primeras convocadas por Felipe VI- después de cuatro años de gobierno de Mariano Rajoy. Los resultados confirmaron lo que González y las encuestas venían anticipando: el PSOE (22%) y el PP (28,7%) perdían votos, Podemos (21,6%) acariciaba su sueño de hacerle un sorpasso a los socialistas y una nueva fuerza de tintes liberales comenzaba a salir de Cataluña para robarle votos al PP: Ciudadanos (14%). El parlamento español comenzaba a italianizarse… los partidos ensayaron varias alianzas pero ninguna llegó a buen puerto. Pedro Sánchez, un joven candidato surgido del aparato del partido que nunca gozó del beneplácito de los viejos barones socialistas (desde Felipe González hasta Susana Díaz, pasando por José L. Rodríguez Zapatero o Alfredo P. Rubalcaba), lo intentó pero cayó por el camino; Rajoy, por su parte, seguía al frente de un gobierno en funciones y veía desgastarse a sus adversarios mientras se fumaba un puro y leía el diario deportivo Marca.

 

Las nuevas elecciones en junio del 2016 consolidaron al PP (33%) mientras que PSOE (22,6%) y Podemos (13,4%) perdían diputados. Rajoy, con el apoyo de Ciudadanos y otros partidos menores, volvería a reafirmarse como Presidente de los españoles después de 10 meses en funciones. En noviembre de ese año, durante un encuentro internacional, la canciller alemana Angela Merkel elogió la capacidad de resistencia de Rajoy: “Mariano, tienes la piel de elefante”.

 

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Mientras, en Barcelona, se cocinaban otros procesos y se ponían en marcha otras estrategias que, indirectamente, terminarían fortaleciendo al gobierno del PP. La ecuación es simple: si en los medios se habla del “órdago independentista”, el “adoctrinamiento de niños catalanes” o “los golpistas catalanes” queda poco espacio para tocar otros temas como la corrupción que se extendía como gangrena por todas las extremidades del Partido Popular o la listas de dirigentes con los pagos en negro donde aparecía un misterioso “M. Rajoy”.

 

Hace solo 10 días Mariano Rajoy se había garantizado un año más de gobierno al haber aprobado los presupuestos con el apoyo del Partido Nacionalista Vasco. El “tema catalán” estaba bajo control y en breve se levantaría la intervención política a esa comunidad autónoma (para la económica habría que esperar un poco más). Rajoy se disponía a pasar un verano tranquilo y, si todo iba bien, quizá darse una vuelta por la final de Rusia 2018 para alentar a la “roja”. Su única nube en el horizonte, además de las causas por corrupción que hasta entonces había esquivado, era Ciudadanos, la new thing del panorama político español que no para de crecer y robar votos a derecha e izquierda. Pedro Sánchez, un líder que suele tener más enemigos en su casa socialista que fuera, no aparecía en los radares de Rajoy ni de los otros políticos. Como el avión de Malasia Airlines, estaba desaparecido y hacía meses que no se recibían indicaciones de sus coordenadas. Hasta que una serie casi fortuita de eventos desencadenó una situación inédita.

 

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Si bien pertenece a otra generación y en teoría viene a renovar la política española (siempre con un ojo puesto en las encuestas y humores sociales), Pedro Sánchez parece compartir con Rajoy la capacidad de resistir a todo tipo de ataques y zancadillas. Varias veces lo dieron por muerto pero sigue ahí. En el 2014, primarias de por medio, pasó de un día para otro de ser un desconocido diputado a Secretario General de los socialistas y candidato a la presidencia. Pero Sánchez también comparte virtudes con Albert Rivera, el líder de Ciudadanos: joven, alto, graduado universitario y pintón. Muchas madres lo ven como el yerno ideal y eso cotiza bien en un mercado electoral cada vez más envejecido y temeroso del futuro.

 

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España está de estreno. Por primera vez triunfa una moción de censura. Por primera vez el Presidente no es el más votado sino que asume arropado por los votos de una miríada de partidos con proyectos e intereses diferentes. Lo que parecía un globo de ensayo para desgastar a Rajoy y volver a los radares le salió demasiado bien a Pedro Sánchez. Ahora se debe preguntar: ¿qué he hecho yo para merecer esto? Su intención es tomarse un buen tiempo para responder a esa pregunta. Nadie quiere convocar a elecciones en las cuales Ciudadanos aparecería como la primera fuerza; salvo el partido de Albert Rivera, el resto necesita tiempo para reacomodarse a los nuevos tiempos y relaciones de fuerza.

 

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“España se italianiza –decía el columnista Enric Juliana de La Vanguardia en el lejano 2015-. Una Italia sin italianos, por decirlo al modo de Felipe González, el inventor de esta frase. España se convierte en una Italia sin italianos. Italia en el sentido de la complejidad política, de la dificultad para hallar acuerdos estables, de una situación que exigirá mucho talento y mucha paciencia”. Lo que parecía imposible hace tres años ahora se dio: una alianza táctica que une a vascos, catalanes, socialistas, podemitas y otros minipartidos unidos, como diría Borges, por el espanto de Rajoy y no por el amor. Pero no le esperan días tranquilos a Sánchez. Cada voto que lo encumbró a la presidencia viene con una lista de exigencias detrás: los vascos no quieren ver afectados sus acuerdos forales que le garantizan una situación fiscal privilegiada, los catalanes exigen la libertad a sus líderes y sentarse a negociar face to face con Madrid, los podemitas quieren ver cambios en las políticas sociales, incluso los votos socialistas le marcarán el terreno a Sánchez. No lo tendrá fácil.

 

Más que tener “piel de elefante” Pedro Sánchez es una variedad de ave fénix que ha conseguido resucitar –eso sí, con unos cuantos magullones y plumas menos- a los ataques de sus adversarios políticos. Ahora está por verse si tiene muñeca para manejar a la bautizada “mayoría Frankenstein” formada por partidos que, día por día, le pasarán alguna factura. “Il potere logora a chi non cè l’ha” (“el poder desgasta a quien no lo tiene”) decía Giulio Andreotti, el gran dinosaurio de la política italiana. Ahora Pietro Sánchez tiene el poder pero es un poder frágil, al borde de la legitimación y deberá moverse rápido y con habilidad en un escenario inédito.

 

Y así, de a poco, los políticos españoles están aprendiendo a hablar italiano.

 

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