La manifestación del 21F demuestra que la marea feminista incide en los sindicatos y las agrupaciones políticas, que ellas también son “cuadrazos” y que las mujeres son las más afectadas por la precarización laboral.



La foto de la marcha se mueve. Desde la convocatoria al 21F empieza a configurarse un movimiento sindical que moviliza a 400 mil trabajadores y trabajadoras. Muchos de la CGT, de la CTA, de la CTEP, de organizaciones sociales, agrupaciones políticas. Un frente ciudadano amplio, antimacrista, que también salió a la calle contra el 2×1, por la desaparición de Santiago Maldonado, por la reforma previsional y por el Paro de Mujeres.

 

Hugo Moyano ya no es el Rey León aullando desde el peñasco. Trabajadorxs somos todxs, y el saldo es una señal de reagrupamiento en torno a la regresión de las condiciones materiales. La represión de diciembre no fue sólo un paréntesis detenido en el tiempo, y esta convocatoria tampoco debería serlo.

 

Este frente ciudadano aún no encuentra candidatx.

 

¿Y si dejaran de disputarse la vara entre varones?

 

Las principales víctimas del ajuste son las mujeres, y esa es ya una verdad evidente. La dirigencia empezó a darse cuenta de que si paramos nosotras se para el mundo. La unidad será con las mujeres o no será nada. La marca de rouge es una decisión política y los sindicalistas toman nota: por eso en el palco hubo dos cuadros feministas en lugar de un locutor, por eso subieron dirigentes femeninas de distintos sectores.

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En la marcha del 21F estuvieron las amas de casa que trabajan mucho (en eso que llaman amor y es trabajo no remunerado) y ahora perdieron su jubilación. Estuvieron las maestras, el gremio docente en banda (¿por qué no llamarlo en femenino si es profesión feminizada?). Estuvieron las trabajadoras despedidas del Hospital Posadas y del INTI. Las de AMMAR, las de Sipreba, las de ATE. Estuvieron las representantes de todos los conflictos sociales que se reúnen los viernes en las asambleas feministas de la Mutual Sentimiento para preparar el Paro del 8M. Allí confluyen y se transversalizan.

 

Pero la ausencia de oradoras habla de una asignatura pendiente al interior del movimiento obrero argentino. Incluso hoy, que la renovación en el sindicalismo de base es una realidad, a las mujeres les cuesta llegar a las Secretarías Generales: los puestos de conducción no superan un 8 por ciento en todo el país. Esto tiene que ver con estructuras paleolíticas y también con los debates actuales en relación al mundo del trabajo. Las mujeres seguimos conviviendo con una doble o triple jornada laboral, estamos recargadas de tareas domésticas y de cuidado, y no siempre nos queda resto para participar en ámbitos políticos o gremiales. En un contexto de ajuste esto empeora: aquellas funciones en las que el Estado abdica, como educación y salud, vuelven a recaer sobre nosotras.

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En el palco del 21F las conductoras fueron dos leonas. Estela Díaz, Secretaria de Género e integrante de la Mesa Ejecutiva de la CTA, y Claudia Lázzaro, Secretaria de Género y de Derechos Humanos del Sindicato de Curtidores, y referente de Mujeres Sindicalistas de la Corriente Federal de Trabajadores. Ambas referentes arengaron a las 400 mil personas presentes a adherir al 8M.

 

Emilio El Gringo Castro de la CTEP y Hugo Yasky de la CTA tomaron la posta de sus compañeras: cerraron sus discursos convocando al Paro de Mujeres, movilización que se inscribe entre las luchas de los movimientos populares.

 

Moyano subió al escenario con la foto de Milagro Sala. En la misma escena, rodeado de varones, su hijo Pablo mostró una remera que decía: “Silvia Rojas, rama femenina Misiones”.

 

¿Hasta cuándo? ¿Hasta cuándo seremos una rama y no parte de las estructuras troncales?

 

Porque la mujeres estuvimos ahí. En la calle y en el palco. Con nuestros bebés en brazos, con pecheras o polleras, desde la cárcel como presas políticas, viejas y jóvenes, docentes, obreras, periodistas, con el palo duro de la bandera, repartiendo viandas, en los cordones de contención.

 

 

La bandera de arrastre de Mujeres Peronistas refugió a Kicillof, a Rossi, a Filmus y a Domínguez. Una mujer estuvo también 93 metros arriba del escenario. Sobre el histórico edificio de Obras Públicas, la Eva abanderada de los pobres sobrevolaba el acto. Ese fue nuestro propio retiro espiritual, de cara a la Evita piadosa y sonriente, tapa de La Razón de mi vida. Detrás del acto, custodió a lxs trabajadorxs la Eva combativa que desafía al norte, rodete tenso, con el micrófono delante y la mirada firme, pronunciando el renunciamiento. Ese 22 de agosto de 1952 la multitud le pidió a Perón que la dejara terminar de hablar. Hablemos de la centralidad que tuvo la mujer en el Peronismo.

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“Los muchachos peronistas todos unidos triunfaremos.” Nunca la literalidad de una canción popular cargada de historia, luchas y conquistas se expresó tan cabalmente en la imagen de cierre de un encuentro como el de hace unos días en la Universidad Metropolitana para la Educación y el Trabajo (UMET). La masculinidad al palo de esa foto no estuvo a la altura de una época que late al pulso de una sociedad igualitaria.

 

¿Existen mujeres peronistas que sean cuadros? Por supuesto que sí. ¿El problema gira en torno a si traccionan votos? Pero, ¿tracciona votos una síntesis tan desigual? ¿Es un síntoma de época o la época debería imponerse sobre una estructura política que resulta ya anacrónica?

 

Vanesa Siley es una abanderada de la causa de poblar de mujeres las secretarías generales de los sindicatos. Siley, fiel a las asambleas de mujeres previas al 8M, es diputada nacional por Unidad Ciudadana, Secretaria General de SITRAJU CABA y referente de la Corriente Federal de Trabajadores y de Mujeres Sindicalistas. “Las compañeras mujeres existen, no hay que inventarlas. Hay que armar un frente popular que vea lo que pasa en la calle. Y lo que se ve es conflicto. Hay que escuchar a la calle, porque hay una presencia muy fuerte de mujeres y de organizaciones sindicales.”

 

La foto de la marcha del 21F se mueve, decíamos. Está un paso adelante de la del mencionado acto de la unidad peronista en la UMET.

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La marea de trabajadores que avanzó por las bocacalles del centro porteño hacia su avenida más ancha, el 21F, arma el rompecabezas de este nuevo frente ciudadano. Las manifestaciones -y la represión- de diciembre pasado frente al Congreso, durante el debate por la Reforma Previsional marcaron una bisagra. Este Frente Ciudadano, algo amorfo y sin bordes primero, empezó a encontrar un cauce. El factor ordenador tendrá que ser el contenido de un plan de acción y una agenda común.

 

Esta convocatoria trascendió a Moyano, a su gremio y a las tensiones que existen entre las centrales obreras. Muchas escenas marcan un cambio de época.

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Las organizaciones políticas y sociales se están transformando a sí mismas frente a la marea irrefrenable, al cambio cultural que supone el feminismo.

Las denuncias por violencia de género también alcanzan las filas de la militancia, hasta ahora impune gracias a un imaginario que identifica al militante con un ser angelical que pone su vida al servicio de las causas justas. Este modelo pide a gritos ser deconstruido. Bienvenida entonces esa deconstrucción.

 

La explosión del feminismo llegó a las bases, que no tardaron en exigir a los cuadros medios y altos de las organizaciones que tomaran medidas respecto de distintas situaciones de violencia. El devenir de las Mesas de mujeres en Frentes y Secretarías no es solo un reordenamiento orgánico para cumplir con formalismos políticamente correctos, sino que es la irrupción en la arena política del Feminismo como una perspectiva ineludible en cualquier construcción que se pretenda justa.

 

El próximo paso será salir de los tuppers, del corralito destinado a los temas minitah, para que las mujeres de verdad estén integradas y articuladas con la vida política, sindical, literaria, comunicacional o cualquier otro ámbito en el que se reproduzca la misma lógica. Basta de depender de una efeméride que las habilite a armar la actividad que, con suerte, los varones aplauden como focas, una vez al año.

 

Como en toda transición, desborda la incertidumbre. Pero esta incertidumbre no desemboca en parálisis sino en más movimiento y acción. Hoy son muchas las organizaciones políticas y sindicales que pusieron en marcha protocolos de actuación ante casos de violencia de género. “El protocolo que armamos ayuda a crear acciones concretas ante situaciones concretas, para dar respuestas colectivas a una problemática que es social y política, para saber cómo actuar sin quedarse en las particularidades y herramientas individuales que cada quien tenga para enfrentar la situación. El objetivo fundamental es no ocultar la violencia machista, sin importar el rol que ocupe el compañero en la organización”, dice María Bielli, referente del Hormiguero, organización pionera en incorporar la perspectiva de género.

 

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El silencio y la pasividad ya no son opción. Esa visibilización es el resultado de la lucha de mujeres. Lo que no se nombra no existe. Y las organizaciones están nombrando, poniendo sobre la mesa lo que pasaba pero no salía a la superficie o no se dejaba que saliera. Los talleres para repensar las masculinidades y las capacitaciones en materia de género circulan hoy en las unidades básicas porque existe una necesidad de deconstrucción de ciertas identidades, pero también de comprender algo que está atravesando al conjunto de la sociedad. ¿Cómo puede un militante quedar por fuera de eso si lo que pretende es precisamente interpelar y transformar?

 

El Pañuelazo masivo frente al Congreso para reclamar por el aborto legal, seguro y gratuito reunió a miles de mujeres que en promedio no superaban los 25 años. Ya no es posible desconocer la irrupción del Feminismo en la arena política, social y cultural de la Argentina.

 

Es urgente que la unidad del peronismo, entre quienes en teoría conducen las distintas y eternas aristas de ese movimiento tan amplio como heterogéneo, atienda los reclamos de las mujeres y se ponga los pantalones, las polleras y los taquitos, para estar a la altura de su tiempo.


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