A un año del cimbronazo en las urnas, y con doce meses por delante para las elecciones de medio término, Cambiemos apuesta todo a la Provincia de Buenos Aires. Sólo un nuevo triunfo le dará mayor gobernabilidad y un futuro más allá del 2019. La ingeniería electoral es una imitación de la que alguna vez pergeñó Duhalde. María Eugenia Vidal buscará derrotar otra vez al panperonismo tejiendo una red de alianzas multipartidarias y dividiendo los municipios más poblados. Un panorama político para entender los cambios y los escenarios futuros del mapa electoral argentino.



Fotos: DyN

 

 

 

Dentro y fuera de la provincia de Buenos Aires, la del 40% de los votos nacionales, muchas cosas cambiaron con el triunfo de María Eugenia Vidal del 25 de octubre de 2015. Mauricio Macri debe su presidencia a él. Haberle ganado la gobernación al peronismo en el área pivot del mapa electoral argentino generó las condiciones climáticas necesarias para que en el ballotage del 22 de noviembre pudiese darle vuelta la elección a Scioli. En esa alegría incontenible de la noche del 25, en el entusiasmo del baile y la suelta de los globos amarillos, celestes y blancos, y algunos rojos, lo que verdaderamente festejaba Cambiemos era la victoria de María Eugenia sobre Aníbal. Tenía todos los elementos emblemáticos de una conquista y, además, proporcionaba una nueva factibilidad a su proyecto presidencial. Macri ahora competía con otras herramientas. Sí: en un solo escrutinio, Vidal le ganó al peronismo, a la gestión provincial de Scioli y a la tesis de un PRO sin gobernabilidad territorial.

 

Hoy, un año después, Macri vuelve a apostar ahí. El concepto es el mismo: la provincia como clave de la gobernabilidad PRO. El oficialismo plantea, más que ninguna otra fuerza del sistema partidario argentino, que las elecciones legislativas intermedias son una revalidación del poder presidencial, y que se dirimen en Buenos Aires. 

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Con esta visión del terreno electoral, la homonimia entre Ciudad y Provincia resulta de lo más conveniente. En la gobernabilidad PRO, la Provincia nace en la Ciudad. La gestión de María Eugenia Vidal es una expansión de la gestión porteña. Aquella identidad político-electoral bonaerense que el duhaldismo puso tanto empeño en crear fue diluida por la vidalización. La propia María Eugenia fue la Vicegobernadora de la Ciudad, y buena parte de su gabinete venía de revistar en el funcionariado porteño del PRO. Al igual que muchos de los nuevos intendentes amarillos que desembarcaron con ella en el Conurbano, como Néstor Grindetti (Lanús), Diego Valenzuela (Tres de Febrero) o Nicolás Ducoté (Pilar). Sus contendientes peronistas-kirchneristas quisieron desacreditarlos, y los tildaron de “porteños que no conocían la provincia”. Pero esa acusación, que hubiera sido muy efectiva en Córdoba o San Juan, no funcionó en las elecciones bonaerenses de 2015. Al contrario: en las secciones Primera y Tercera, donde tienen domicilio dos de cada tres votantes bonaerenses, preferían la gestión porteña de Macri antes que la experiencia Scioli, y eso aparecía con claridad en las encuestas. ¿Deseaban los bonaerenses ser invadidos por administradores porteños? Algo así.

 

En 2017 habrá diferentes lecturas posibles de los votos: los porcentajes por partido a nivel nacional; las ganancias y pérdidas en materia de bancas; la cantidad de distritos para el oficialismo y la oposición. Sin embargo, Cambiemos apuesta a la batalla bonaerense como eje ordenador de todas las interpretaciones. Las otras, de hecho, son más difíciles de lograr. El resultado es una gran responsabilidad sobre los hombros de Vidal.

 

Así las cosas, la Gobernadora se está preparando para provincializar la elección. Sin candidatos naturales ni certezas macroeconómicas, Macri no puede correr el riesgo de ser el único responsable del desempeño de Cambiemos. Desde el mes de abril, Vidal cuenta con su propia marca de gestión: el color verde. Y una agenda bonaerense de demandas y preocupaciones. Para gobernar, ya tiene una identidad y una autonomía respecto de Macri. Tiene buena imagen y se va posicionando, dentro del universo PRO, como la sucesora natural del jefe. Pero le falta algo para poder estar más tranquila: lograr que los intendentes junten votos para ella.

 

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La construcción de la gestión

 

En las elecciones del 25 de octubre de 2015, la fórmula María Eugenia Vidal – Daniel Salvador se impuso sobre la de Aníbal Fernández – Martín Sabbatella por algo más de 4 puntos porcentuales (39,4% a 35,3%). Lo más notorio fue su gran despliegue territorial: de los 135 municipios bonaerenses, Vidal se impuso en 112 (83%), contra 22 del FPV-PJ (16,3%). El Frente Renovador, que postulaba a Felipe Solá, se impuso en solo uno: Tigre, terruño massista. A primera vista, lo que mostraban esos resultados era una histórica revancha del “interior” provincial: Aníbal Fernández había ganado en el Conurbano, sobre todo en la zona sur (las tres excepciones fueron Avellaneda, Lanús y Quilmes), mientras que Vidal se impuso en el 90% de los municipios del resto de la provincia. Aún cuando llegaba a La Plata con minoría en ambas cámaras, haber ganado en casi toda la provincia lo compensaba. Después de todo, lo electoral se juega en el territorio. Y en su capacidad de ganar elecciones estaba la fuente de su prestigio político.

 

Sin embargo, esa oleada provincial no se trasladó automáticamente a los municipios. Los bonaerenses cortaron boleta. Y el mapa de las intendencias resultó más heterogéneo de lo que parecían implicar esos números.

 

En el poroteo de las intendencias, el espacio Cambiemos hoy asoma como mayoritario: 66 mandatarios bonaerenses forman parte de él. De ellos, 38 son del radicalismo, 15 del PRO (incluyendo al de la Capital, el platense Julio Garro), 10 vecinalistas (lista en la que incluimos al sanisidrense Gustavo Posse y al marplatense Carlos Arroyo), 1 del Partido FE del sindicalista Momo Venegas, y 1 del GEN, la baraderense Fernanda Antonijevic, a quien ya podemos considerar como parte del oficialismo. Y ya habría que considerar a Jaime Méndez, el intendente a cargo de San Miguel, como parte del grupo. Uno de los activos iniciales de la estrategia electoral de Cambiemos ha sido su política de absorción de movimientos vecinalistas; de hecho, en la provincia han desaparecido los vecinalismos independientes, y todos ellos tienen algún grado de alineamiento con Cambiemos u otras fuerzas políticas.

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Hoy, Cambiemos crece en base al headhunting de opositores. El colectivo oficialista podría aumentar de un momento a otro, ya que hay 4 intendentes vecinalistas que no llegaron a través de la boleta de Cambiemos (Marcelo Skansi de Carmen de Areco, Carlos Berterret de Coronel Pringles, Carlos Sánchez de Tres Arroyos y el ¿massista? Carlos Bevilacqua de Vilarino) y que actualmente se encuentran bajo la seducción de la Gobernadora.

 

El otro espacio que puja por convertirse en principio ordenador de la política municipal bonaerense es el pan-peronismo. Son 56 intendentes, 52 de los cuales corresponden a afiliados al PJ y otros 4 a kirchneristas no peronistas (Mario Secco de Ensenada, Ariel Sujarchuk de Escobar, Ricardo Curutchet de Marcos Paz y Osvaldo Cáffaro de Zárate), nucleados en dos grandes grupos.

 

En tercer término se ubica un disminuido Frente Renovador, que hoy cuenta con 9 intendencias. La gobernación de Cambiemos hace un esfuerzo importante por mantenerlos cerca, casi equiparable al que realiza Sergio Massa para conservarlos en el redil. La incorporación al gabinete de Vidal del más influyente del grupo, el sanmiguelino Joaquín De la Torre, ex kirchnerista que fue artífice del armado de Massa en la provincia, fue sin dudas el pase más connotado de todos.

 

En este marco, la relación con Massa osciló entre la armonía y la inevitable ruptura que se avizoraba desde un principio. Producto de una manifiesta incompatibilidad de intereses. En el primer semestre del año, lo que sucedía allí bien pudo ser descrito como un pacto de gobernabilidad con fecha de vencimiento. Macri y Massa viajaban juntos a Davos, el Frente Renovador apoyaba los proyectos clave del oficialismo en el Congreso Nacional y la Legislatura bonaerense, y como frutilla de la torta, Vidal y el massismo bonaerense consensuaban las autoridades legislativas con sede en La Plata. Todo un modelo de diálogo político: Buenos Aires tuvo en 2016 una gobernadora del PRO, un vicegobernador radical y un presidente de la Cámara de Diputados provincial del Frente Renovador, el peronista Jorge Sarghini.

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No podía durar. Si la gobernabilidad PRO está bajo la tensión de un esperado triunfo en las elecciones legislativas de 2017, y Massa necesita ganar esas mismas elecciones en la provincia para poder ser candidato presidencial en 2019, entonces el antagonismo iba a aflorar en cuestión de meses. La cooptación de De la Torre selló el principio del fin del supuesto pacto. Para la renovación de autoridades legislativas que se avecina, Sarghini no seguirá y la presidencia de la Cámara irá para el PRO. Vidal va hacia un nuevo modelo de gobernabilidad: ampliar la base de sustentación de Cambiemos -fortaleciendo al PRO en la medida de lo posible-, y buscar entendimientos con la oposición peronista para gobernar. Un modelo a medida del desafío electoral que Macri impuso en los hombros de la Gobernadora.

 

El oficialismo provincial necesita aprobar una serie de leyes, Presupuesto 2017 incluido -que requiere una mayoría especial. Para ello, los operadores de Vidal deberán sellar un acuerdo con algún sector del peronismo. Randazzo y Bossio son dos interlocutores, así como algunos  intendentes del llamado Grupo Esmeralda (Insaurralde, Katopodis, Zabaleta y otros). Uno de los incentivos de la negociación es la reforma política bonaerense en proyecto, que entre otras cosas crearán diferentes organismos de control del Ejecutivo provincial que deberán ser ocupados por la oposición legislativa; los radicales no están demasiado contentos con estas conversaciones.

 

Manual para la construcción de un nuevo duhaldismo

 

Scioli fue el último beneficiario de la gran creación del duhaldismo: una coalición electoral estable, de base municipal y conurbana, para ganar sucesivas elecciones provinciales. Coalición que, como han demostrado diferentes investigadores, fue una pieza importante de la gobernabilidad del menemismo primero, y del kirchnerismo después.

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Scioli la heredó y convivió con ella, sin introducir grandes modificaciones. Massa, que entendió mejor que otros la naturaleza de la criatura duhaldista, retomó el proyecto e intentó reconstruir la coalición de intendentes en 2013, logrando un primer éxito parcial. Pero Massa se lanzó prematuramente a la Presidencia sin pasar antes por la gobernación, y dejó a su red de intendentes en la orfandad. El 25 de octubre de 2015 fue el Waterloo del duhaldismo remanente: los ejércitos coordinados de Cambiemos, una nueva generación de  peronistas-kirchneristas, y los huérfanos del proyecto de Massa, pusieron fin a una era.

 

La geopolítica duhaldista tuvo dos grandes realizaciones en pos del dominio del Conurbano. La primera fue la consolidación de un aparato político en la Tercera Sección, de la que el gobernador lomense era oriundo. La segunda, fue una ingeniería electoral en la Primera Sección, que le resultaba esquiva, para hacer pie allí.

 

Había una vez dos enormes municipios de la Primera Sección bonaerense, los partidos de General Sarmiento y Morón, que Duhalde dinamitó. Si General Sarmiento aún existiese, hoy tendría un millón de habitantes y sería el segundo municipio más poblado de la provincia, después de La Matanza. Y ahí cerca les seguiría el viejo partido de Morón, que hoy tendría unos 700 mil. A cada uno de esos dos monstruos conurbanos, Duhalde los partió en tres. Morón se convirtió en Morón pequeño, Ituzaingó y Hurlingham; y General Sarmiento en San Miguel, Malvinas Argentinas y José C. Paz. Cada uno de aquellos dos grandes municipios partidos por Duhalde contaba con su propia periferia, los partidos de Moreno y Merlo. Entre ambos hoy suman otro millón de habitantes. Tres millones, en total: quien domina el corredor oeste, domina la Primera Sección Electoral. Justo lo que hoy necesita Cambiemos para compensar el peso del peronismo en el sur del Conurbano y contar con una estrategia territorial para ganar elecciones.

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Ese corredor tiene una peculiaridad, que lo diferencia de la zona sur o la costa norte. Como alguna vez todo eso estuvo unido, hoy cuenta con una política transmunicipal. O casi. Los políticos del oeste son imperialistas. El sabbatellismo intentó expandirse hacia Ituzaingó y Hurlingham, pero fue bloqueado por el PJ y quedó en el camino. El moronense Juan Zabaleta, más expeditivo, se mudó a Hurlingham para concretar allí su deseo de ser intendente, y finalmente lo logró. En San Miguel y Malvinas Argentinas, Joaquín De la Torre y Jesús Cariglino gobernaron en el marco de una comunicación fluida. Raúl Othacehé y Mario Ishii, los dos pesos pesados del noroeste, amurallaron sus imperios municipales con gran celo de las intromisiones vecinas, o platenses. En Merlo, finalmente Gustavo Menéndez logró vencer a Othacehé, no sin antes pedir ayuda en Moreno y en Morón.

 

El mismo día que ganó Vidal, todo ese corredor sufrió un cimbronazo. El sabbatellismo perdió Morón, que gobernaba desde 1999, en manos del entonces esposo de la Gobernadora, Ramiro Tagliaferro. Semanas después perdió también el AFSCA, que en otras circunstancias pudo haber sido un búnker para diseñar la recuperación del terruño. Perdieron también todos sus barones más connotados: Othacehé, Cariglino, Acuña, West. Descalzo ganó raspando, pero no es eterno. La metamorfosis es inédita. En el oeste, donde podría estar la Meca electoral del Cambiemos bonaerense, hay gran oportunidad. ¿Qué piensa hacer Vidal al respecto?

 

Hay un paralelismo inverso con el duhaldismo. Vidal, al revés que Duhalde, tiene base electoral en la Primera y necesita hacer pie en la Tercera. Tanto Duhalde como Vidal son de la sección en la que son fuertes. Para Vidal, la ingeniería electoral es en la Tercera y su corredor a partir es La Matanza; su Rousselot se llama Verónica Magario. Pero, por ahora, no le está resultando fácil. La población de La Matanza no ve con buenos ojos la división del municipio, Cambiemos no tiene hoy los votos necesarios para impulsarla en la Legislatura, y Magario se ha movido mejor que Rousselot. Su elección al frente de la Federación Argentina de Municipios, que el gobierno bonaerense trató de impedir sin éxito, fue un logro político de la intendenta. Y es la referente del llamado Grupo Fénix, que reúne al sector más opositor a Vidal de los intendentes peronistas y kirchneristas, y que compite con el Grupo Esmeralda. En La Plata hay quienes creen que enfrentar a Magario y perder es una mala idea para el liderazgo de Vidal.

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Y siguiendo con el paralelismo de manual, para consolidar la propia base como hizo Duhalde, Vidal tiene que construir en la Primera Sección, con epicentro en su localidad. Ahí surge el primer problema: apenas asumió la gobernación, Vidal anunció la separación de su esposo, el intendente moronense Ramiro Tagliaferro. Quien hoy podría ser, de no haber sucedido esto, uno de los rostros electorales del oficialismo. Sin otros intendentes ni grandes figuras en esta región clave, hoy cobra una gran relevancia el neovidalista Joaquín De la Torre en el armado electoral de Cambiemos. Van a necesitarlo más allí que en la gestión.

 

El hecho de que haya abordado el plan de dividir La Matanza, y que haya sumado a De la Torre a su mesa chica es una prueba de que Vidal tiene la intención de contar con una construcción electoral propia. Siguiendo el camino mostrado por Duhalde. No pareciera tratarse de algo que le resulte ajeno, ni que apueste exclusivamente a una política basada en una comunicación personalizada. Pero hoy Vidal está lejos de conseguir sus dos objetivos en el Conurbano. La PROvincia administra bien los mensajes y las negociaciones que se hacen en La Plata. Pero de cara a las ambiciosas expectativas que han depositado en la Gobernadora como motor electoral de Cambiemos, tiene todavía un déficit de estrategia territorial.


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