Minutos antes de escribir este manifiesto, la escritora María Fernanda Ampuero fue acusada de feminazi por un varón con quien llevaba meses coqueteando. Entonces decidió explicarle al malogrado galán, y a todos los otros que piensan como él que, durante el 8M, no se saldrá a las calles porque se odie a los hombres. Millones en todo el mundo lo harán por esos cuantos que creen que las mujeres son basura, a las que se puede hacerles los horrores que sean. También se pedirá por las desigualdades laborales y contra la industria de la belleza que convierte a las jóvenes en víctimas de sus propios cuerpos. Y por tantas cosas más.



Minutos antes de empezar a escribir este texto, un tipo con el que llevaba varios meses coqueteando me ha llamado feminazi. Antes de anunciar que me iba a bloquear del WhatsApp y del adjetivo que iguala mi búsqueda de igualdad con el nazismo (¡¿qué?!), me escribió: no me puedo creer que seas de esa gente que adoctrina y vive del odio pasado. En fin, te borro, me da pereza la banda que anda metida en esos temas. Yo le había contado que el 8 de marzo saldría a marchar, por otra parte nada nuevo: lo hago siempre.

Resumiendo mucho la conversación:

 

—Es que es el Día de la Mujer Trabajadora y saldré a marchar.

 

—Feminazi.  

 

En lugar de cabrearme (bueh, un poquito sí), decidí dedicarte este texto a ti, David, que me has bloqueado del Whatsapp por ser de esa gente que adoctrina y vive del odio pasado. Ay, David, Davicito, que hasta ayer prometías hacerme llegar al séptimo cielo con tu enhiesto y morcilludo falo y hoy escupes sobre mi camiseta de #NiUnaMenos, quiero explicarte –fácil, vamos, que veo que eres cortito– por qué marcho. O, mejor dicho, por qué NO marcho.

 

Yo no marcho porque odio a los hombres. No Davicito, cómo crees. Hombres son mis hermanos a los que quiero con locura y hombres, también, son todos los tíos que me follan y a los que me follo con felicidad de perra (ese que no serás jamás de los jamases tú). Hombre era mi abuelo, un señor de otra generación que fue la primera persona que me habló como a una persona y que me dijo que yo era capaz de hacer lo que quisiera, de vivir como quisiera, o sea básicamente lo que hago. Hombres son algunos de los grandes amores de mi vida, seres que me hicieron mejor de tantas maneras que es imposible contarlo y, además, no quiero, hablo del amor más íntimo: soy porque ellos me ayudaron a ser yo. Marcho sí porque odio el patriarcado, eso sí que lo odio: odio que las mujeres, por el ‘simple’ hecho de serlo ganen menos cuando hacen el mismo trabajo, odio que lleguen a casa y el trabajo de casa también sea su responsabilidad, odio que señores en un despacho decidan sobre sus derechos reproductivos, odio que la sospecha de puta, de trepadora, de sucia, de bruja, de astuta, de exagerada, de chillona, de teatrera, sobrevuele sobre nosotras como una nube marca Acme.

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Yo no marcho porque aquí, en España, le hacen la ablación a las niñas o nos obligan a andar con burka, no marcho porque no nos dejan trabajar o no nos emiten el pasaporte. No soy estúpida aunque sea feminista, Davicito, sé que, en comparación con muchas otras, vivimos en una sociedad privilegiada para con las mujeres. No, no me cortaron el clítoris sin anestesia cuando tenía tres años y con una navaja oxidada ni estoy obligada a caminar seis pasos detrás de mi marido. Qué suerte, joder: debería estar agradeciendo día a día que gano menos que un tipo que hace lo mismo que yo, pero que tengo clítoris, con lo bueno que es tener clítoris, oye. Sé que piensas, la gente como tú piensa, que deberíamos dedicarnos a buscar mejores condiciones laborales y sociales para todos, no sólo para un género, pero ¿sabes qué Davicito? Es que pelear por los derechos de las mujeres es pelear por los derechos de todos. Ya, esto sí que te queda muy grande de entender. A ver si lo vas entendiendo, cariño. Que no te explote (aún) la cabeza.

 

♀ Yo no marcho porque soy una bollera resentida y fea que odia a los tíos, sino porque el otro día entraba contenta a casa de mi mejor amiga y un hombre –salido de la nada y empujándome– se metió también al portal y entonces grité el nombre de mi amiga muy muy alto y marqué su número de teléfono y subí corriendo las escaleras y una vez dentro de su casa, a salvo, con la puerta cerrada, me eché a temblar y a lloriquear como una niña porque quizás era un buen tipo, pero quizás no y si ese tipo hubiera querido me habría toqueteado las tetas, la vagina, el culo en el descansillo. Esas cosas les pasan a todas, a todas, A TODAS, todos los días. Yo marcho porque sé que no se puede juzgar a todos por unos cuantos (porque sé que estás diciendo yo nunca he violado a nadie, tía, no me metas en el mismo saco), pero marcho contra esos cuantos porque esos cuantos creen que somos de su propiedad, que somos carne, basura, que se nos puede empotrar contra una pared y hacernos los horrores que sean. Porque eso, David-que-me-bloqueaste-del-WhatsApp-por-feminazi, sufrir la violencia de un hombre, le ha pasado a todas las mujeres que conozco. Repito: a todas las mujeres que conozco. Y conozco a muchas mujeres, David. Entonces sí, también es tu problema.  

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Yo marcho porque quiero dejar de tener miedo a la calle, a los desconocidos, a los portales oscuros, a la noche, a usar falda corta, a ser provocativa, a seducir hombres, a que alguien entre a la fuerza en mi casa, a que me acorralen, a que me hagan cosas que me transformarán para siempre en una mujer distinta, vengativa, aterrorizada.

 

♀ Yo marcho porque hoy y aquí en España, en tu España, en la mía, y en otros países se matan y se golpean y se violan a mujeres con una frecuencia aterradora. #NiUnaMenos. Si no lo sabes, querido, tienes un gran problema de negación o de tanto borrar a gente del WhatsApp te has convertido en el idiota del pueblo. 

 

♀ Yo marcho porque tengo una sobrina preadolescente que todo el tiempo está pensando en su peso –la comida como un enemigo–, la textura de su pelo, la belleza de su piel, el tamaño y la flacidez –¡flacidez!– de sus tetas, en sus piernas, su nariz, sus dientes. Su yo imperfecto. Marcho porque tengo una pequeña y hermosísima sobrina que se mira al espejo y no se gusta, no le gusta lo que ve y gasta casi toda su energía en pensar cómo mejorar su cuerpo tan joven y tan absolutamente vivo. Y dan ganas de decirle, a ella, a todas, lo bellas que son, que las mujeres esas de las revistas no existen, que son maldito photoshop, que coman y viajen y rían y salgan con sus amigas y lean y escuchen música y bailen y quieran ese único cuerpo –gordo, flaco, tetón, espigado, bajito, de cintura gruesa, voluptuoso, atlético– que van a tener en sus vidas porque menos lo quieran –menos se quieran– más fácilmente van a dejar que otra persona las aplaste contra el suelo. Yo marcho porque la industria de la belleza, tan lucrativa ella, tan violenta sicológicamente con nosotras, nos convierte en víctimas de nuestros propios cuerpos, ya ni siquiera tiene que intervenir nadie, solas nos machacamos: eres fea/gorda/vieja/ajada/flacucha, no te mereces que te quieran ni que te respeten ni que te cuiden ni que te traten con dignidad.

 

♀ Yo marcho para hacer a mi sobrina poderosa y no insegura, orgullosa y no acomplejada, espléndida y no poquita, analítica y no frívola, segura de sí misma y no una maldita muñeca. Yo marcho para que mi sobrina no odie su cuerpo como lo odié yo toda mi vida. Esa marca que no se borra nunca.  

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Yo marcho por todos los hombres y mujeres que están tratando de hacer bien las cosas, es decir, ser buenas personas, compartir en igualdad este tan bestialmente difícil trabajo de vivir, entenderse, entendernos. Con ellos me encontraré y me abrazaré: son mis hermanos. ¿Pero de qué sirve marchar por ellos? Yo marcho por ti, David, porque en alguna parte de mí existe la esperanza de que entiendas que querer lo mejor para todos no es ser nazi, sino todo lo contrario: el nazi quiere destruir y nosotros queremos construir. Puedes seguir pensando que soy imbécil, pero prefiero serlo así, construyendo un mundo mejor para los niños y las niñas en el que ambos sexos decidan en libertad y sean tratados con igual respeto, que serlo como tú, que lo que no entiendes lo calificas como nazi.

 

Y sí, también marcho porque eres un imbécil (y, por si acaso, la que presionó bloquear en el WhatsApp primero fui yo).


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