octubre 5, 2015

Falsas impresiones

El reportero gráfico Felipe Durán fue detenido junto a un comunero mapuche, acusado de posibles nexos con atentados a bancos. La policía dijo haberles incautado armas y elementos para fabricar explosivos. En esta nota, la cronista Carolina Rojas denuncia el caso y acusa a la policía de armar un montaje para silenciar su trabajo.

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Foto: Felipe Durán

 

 

“Detienen a comunero prófugo e indagan posible nexo con atentados a bancos y Gendarmería”, decía el titular del 23 de septiembre. Así me enteré: el comunero Cristian Levinao había sido encarcelado junto con el fotógrafo Felipe Durán.

 

Levinao había escapado de la cárcel hacía tres meses y vivía en la clandestinidad. Grabó un video donde aseguraba ser víctima de una persecución de parte del Estado de Chile. Fue acusado de ser uno de los encapuchados que en junio del 2012 asaltaron una parcela en Ercilla.

 

Ahora, Felipe había quedado con prisión preventiva por posesión ilegal de armas. Las fotos de los diarios mostraban a la policía exhibiendo un fusil M-16, pistolas y detonadores mecánicos. El jueves, un grupo de foto reporteros, a pesar de la lluvia, protestó en la Plaza La Constitución, para pedir su libertad.

 

Yo conocía muy de cerca el trabajo de Felipe Durán.

 

En febrero del 2012, en un viaje a Temucuicui para escribir un texto publicado en Anfibia, necesitaba un fotógrafo de la región. Un reportero gráfico de Santiago me recomendó a Felipe o “Felipón”-como le llaman sus colegas- por su conocimiento de las comunidades, y me comentó cómo, a través de su trabajo en la agencia internacional UPI, había retratado tomas de terreno, el hostigamiento policial, siempre con un talento y un gran respeto hacia el tema. Él sería el indicado para reportear en la zona.

 

De las 1.798 comunidades mapuche en Chile, hay 42 en conflicto. Reclaman sus tierras ancestrales, derechos de agua, autonomía y, entre otras peticiones, la protección de sus lugares sagrados.

 

La mañana de febrero en que llegué a Temuco había una neblina ligera y Felipe me esperaba en la terminal con su mochila al hombro. Parecía una persona afable. Enseguida, con mucha familiaridad, hablamos de la de represión en la región, de los perdigones en los cuerpos de los niños mapuche, de la persecución selectiva a algunas comunidades y lo emocionante que sería este reportaje para conocer, desde adentro, la resiliencia de Temucuicui.

 

Felipe me pareció, sobre todo, un profesional muy humilde, convencido de la importancia de su trabajo. Un artista a quien el tema movilizaba toda su naturaleza. Mientras revisaba algunas fotos en su Canon, habló de sus retratos a niños mapuche, de los juicios y de la resistencia de una comunidad a la construcción de una represa en el río Pilmaikén y de cómo se había estigmatizado y criminalizado un proceso legítimo de demandas territoriales.

 

Yo le conté sobre una entrevista que le había hecho a Elena Varela, realizadora audiovisual chilena detenida el año 2008 durante la grabación de la película “Newen Mapuche”. Ella evocó la cárcel de Alta Seguridad donde estuvo meses encerrada. Con esposas en pies y manos, el único pensamiento que se le cruzó en ese momento fue que no volvería a ver a su hija. Luego divagué sobre cómo debe ser estar preso y también sobre cómo uno cree que eso es algo que les pasa a otros. Que nunca le pasará a uno.

 

Felipe me contó sobre perdigones que le impactaron el rostro mientras cubría la toma de un predio en el año 2009.

 

En el vaivén de la conversación durante el trayecto en bus -que duró poco más de una hora- hablamos del cerco comunicacional, de la estigmatización a las comunidades en conflicto y de cómo se las caricaturiza en la prensa como “La zona roja”.

 

Es una valla que nadie quiere sortear y también una verdad incómoda para los chilenos, porque negar a los mapuches es negar una parte de nosotros mismos. Entonces, coincidimos en que esa pelea ya estaba perdida de antemano. También me contó que en una ocasión le habían robado su material, por eso, cada tanto, tomaba precauciones para resguardarlo.

 

Cuando llegamos al cruce de Ercilla- a 4,5 kilómetros de Temucuicui- salió a nuestro encuentro el werkén de Temucuicui, Jaime Huenchullán. Con un salto de felino cruzó una cerca y estiró su mano para saludar. Para mí era un mundo nuevo, en el que recién me adentraba, quizá en la búsqueda de mis propias raíces. Felipe ya se manejaba con mucha experiencia.

 

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Jaime nos miró de pies a cabeza, desconfiado y con la voz seca, un tanto impostada, dijo que nuestra primera actividad sería acompañarlos “al pueblo”, a ver un juicio oral. Lo seguimos. Mientras avanzábamos por las calles semirurales, el werkén contó que su vida y la de sus familiares se reducía a eso: asistir todos los días a un juicio de un hermano, un tío, un primo… Ambos escuchamos respetuosamente, callados. Asentíamos cada tanto, hasta que se fue disolviendo la formalidad y Huenchullán confiaba cada vez más en los intrusos.

 

En la puerta del tribunal esperaba Víctor Queipul, el lonko (jefe de la comunidad mapuche), un hombre circunspecto de pelo azabache hasta los hombros. Nos saludó con un apretón de manos. Explicó que estaba allí para supervisar el juicio de algunos miembros de Temucuicui que habían sido detenidos por desórdenes públicos en una visita del ex presidente Sebastián Piñera a la ciudad de Ercilla.

 

Dentro del Tribunal nos golpeó de frente el calor, en medio de los peñis sedientos y esposados, la sensación era de impotencia, el vértigo de encaminarnos hacia algo desagradable y difícil de impedir. Me pareció también, en ese momento, que la única arma contra esa persecución era el lente de Felipe y lo que yo pudiera contar sobre la tensión permanente de la zona, sobre ese encono ancestral que se nota en las miradas de “los winkas” (no mapuche, en mapudungún) cuando caminas con un comunero en la calle, en el supermercado u ordenas un sándwich en un restaurant. En esa tierra, todo era racismo.

 

Esperamos tres horas en el Tribunal de Collipulli, salpiqué varias veces mi rostro con agua de una botella para capear los 37 grados y despabilar un poco; Felipe en todo momento aguardaba estoico con su cámara en la mano.

 

Al terminar, Víctor Queipul nos envió un mensaje con Huenchullán.

 

-El fotógrafo no puede entrar a la comunidad, por la fuerte represión que está viviendo la zona, tiene que entender…-, dijo mirando el suelo, como disculpándose.

 

Felipe entendió los resguardos y quedamos en que el reportaje iría sólo con las fotos de lo documentado hasta ese momento. Yo seguí sola hasta Temucuicui. Días después, ya de vuelta en Santiago, me comuniqué con él para afinar los últimos detalles del reportaje y contarle cómo este viaje había cambiado de alguna manera mi vida.

 

Lo primero que le mencioné fue que en Temucuicui los niños mapuche no ríen, tal como él lo había adelantado. Y que Wangulén y Mankilef, los hijos de Huenchullán, piden permiso al río para mojar sus pies en él. Le comenté que habría sido genial una fotografía de Jaime mientras trabajaba tallando un “coyón”, una máscara de madera que se usa para el nguillatún (ritual para la abundancia de alimentos). Y que no hay nada más sublime que tomar mate bajo el cielo estrellado del sur. Que allí, en medio de la pobreza, donde falta todo, ellos no piden nada.

 

Finalmente le describí a Griselda, la esposa de Jaime, una de las mujeres más valientes que he conocido en mi vida y le confesé que prometí volver, porque algo de mí se quedó con ellos… Felipe entendía de lo que estaba hablando.

 

Al despedirnos, quedamos en que el reportaje debía llevar las imágenes donde se evidenciara el tipo de violencia ejercida desde el Estado hacia las comunidades mapuche en resistencia. Un día después, estaban en mi laptop las fotografías de los perdigones en las pantorrillas de los peñis, los carros policiales avanzando entre los caminos flanqueados de pinos y Fuerzas Especiales -con las armas empuñadas- entrando por los faldeos de los cerros de Temucuicui. Entonces, mirando sus retratos, pensé en su arrojo. Contar la historia desde adentro se paga caro. Me pareció que la denuncia fotográfica de Felipe era peligrosa por comprometida.

 

La última vez que hablamos por teléfono, apenas me escuchaba entre el ruido, la falta de señal y gritos de mujeres. Comprendí que yo había ido y vuelto de esa zona como una periodista más en busca de una buena historia, pero que él se había quedado. Felipe estaba asentado allá. Pensé que esa es una actitud difícil de comprender para quiénes miramos el conflicto mapuche frente al computador y desde una oficina blindada de toda esa violencia y, finalmente dándole la espalda, como yo y el resto de Chile. Un dolor sin caras, sin nombres. Invisible.

 

Dos horas más tarde, llegó uno de sus últimos correos. “Disculpa que te haya hablado así, pero no te escuchaba y estaba en la casa de una machi a quien le allanaron su casa, para mí, eso, es lo más importante. Felipe”.

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