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Viernes 30 de Noviembre de 2012

Ceremonias para una tumba inventada

Una noche de 1977, en el mítico bar porteño La Perla del Once, Manolo Corral le escribe una larga carta a su hija Mariana. Luego, la dictadura militar lo secuestra. Años después, Mariana leerá esa carta e iniciará un camino de investigación y búsqueda para poder despedirse de su padre. Su amigo, Sebastián Hacher, recorre con ella los lugares por los que Manolo pasó durante sus últimos días. De La Perla del Once a la selva misionera, pasando por la Patagonia, el cronista sigue cada paso de un camino con escalas de ensueños místicos. Adelanto de Cómo enterrar a un padre desaparecido, publicado por la Editorial Marea.

Sostiene el papel y las tijeras con seguridad. Por algo estudió Bellas Artes y es maestra de Educación Plástica. Lo que recorta ahora no es un collage para sus alumnos, ni una intervención artística del grupo en el que trabaja. Lo que desfleca es una copia de la carta de Manolo Corral: el único recuerdo de su padre transformado en lonjas del tamaño de la letra con la que fue escrita.
Convierte en tiras la primera página y las apoya sobre la madera. El plan es hacer lo mismo con el resto de la carta: recortar las doce páginas y pegarlas sobre la mesa. Se ata el pelo, entrecierra los ojos y retrocede un poco para mirar la mesa desde distintos ángulos. Imagina la orientación del texto: líneas que se cruzan al azar en alguna letra, frases que se interrumpen cuando llegan al borde y continúan en el reverso de la madera o se extienden hasta el suelo derramándose por las patas.
Vive sobre Belgrano, una de las avenidas más rápidas para llegar al centro de la ciudad. En su calle, los autos que circulan a 45 kilómetros por hora gozan de la sincronización de los semáforos. La mayoría de los comercios de la zona son mueblerías. Cuando compró la mesa de pino sin lustrar, la arrastró por varias cuadras y logró entrarla sin ayuda por ese pasillo que hasta hace unos meses se le antojaba demasiado largo.
El suyo es el departamento D, el único con la puerta pintada de amarillo en una vecindad donde priman los marrones y un blanco oscuro, casi gris. Mariana ocupa la habitación más pequeña de la casa.
No sabe cómo se le ocurrió lo de la carta. Quizás sea una forma de responderla. Hasta ese día, el texto era un monólogo de Manolo, su padre. Gracias al acto de recortar y pegar se convierte en un diálogo que rompe las líneas paralelas y los límites del papel.
En cada frase que desmenuza encuentra nuevos sentidos: detalles y palabras que en lecturas anteriores había pasado por alto y que ahora, aisladas del resto del texto, se iluminan. Pegar las líneas sobre la mesa, piensa, es una forma de reescritura. A medida que avanza descubre qué poca práctica tiene ella misma en sumergirse en ese lenguaje artesanal. La suya es una generación que recibió cartas en papel, pero que olvidó cómo escribirlas.

***

Cena una tarta de verduras, sale a la calle y camina hasta la antigua Perla del Once. Son cuatro calles que durante el día están llenas de gente que va y viene de la estación de trenes. Por la noche, ese mismo lugar se convierte en un suburbio oscuro.
Se sienta contra la vidriera que da a la avenida Rivadavia, pide un café e intenta imaginar qué rincón eligió su padre para escribirle.
–Trato de establecer –dirá después, en tono académico– un punto de conexión temporal con el acto de escribir la carta.

La historia dice que el 2 de mayo de 1967, diez años antes de que Manolo se sentara en sus mesas, en el baño de ese bar nació el rock argentino. La Balsa, el tema que dos adolescentes compusieron entre mingitorios y un espejo gastado, fue la banda de sonido de la época gracias a dos virtudes: una melodía pegadiza y un estribillo que llamaba a construir una balsa y salir a naufragar. Uno de los compositores, Litto Nebbia, tenía dieciocho años. Al otro le decían Tanguito, andaba por los 21 y cinco años después murió atropellado por un tren.
¿Fue el recuerdo de esa epopeya fundacional lo que empujó a Manolo a sentarse en La Perla a escribir la carta? ¿Había elegido esas mesas porque eran una fábrica de mitos y él quería convertirse en uno para su hija? ¿O La Perla era el único bar de la zona que abría hasta la madrugada y no tenía otra opción que sentarse ahí?
Hace algunos años, los dueños plastificaron los pisos de cerámica, cambiaron las mesas viejas por otras de fórmica negra, pintaron las paredes de color crema y pusieron manteles al tono. El resultado fue un ambiente artificial, mezcla de bar recién armado con bodegón para extranjeros. Una aspiración de restaurar glorias antiguas que a Mariana le suena rancia. No solo por el ambiente de plástico y el olor a desodorante para pisos, sino también por el público estable. Fuera de los parroquianos de paso, los que eligen el bar lo hacen arrastrados por una nostalgia del mismo material que el resto del mobiliario.
En la nueva Perla del Once hay un escenario de madera terciada, una batería que alguien lustra una vez por semana y un cartel con letras plateadas que dice Litto Nebbia en mayúsculas. Nebbia –bigotes entrecanos, melena blanca que nace desde el centro del cráneo– es la estrella de las presentaciones de viernes y sábados a la medianoche.
–La entrada sale cincuenta pesos –le informa un mozo de camisa blanca y corbata–. Pero las veces que viene Litto cuesta veinte pesos más y el salón se llena casi hasta la mitad.
– ¿Quiénes son los otros? –pregunta Mariana.
El mozo extiende una postal donde están escritos nombres de varias bandas de rock de hace cuarenta años: Vox Dei, Pajarito Zaguri, La Pesada del Rock and Roll, Alma y Vida. En primer plano hay un corazón de cuerina, un dije con forma de candado y la palabra rockescrita en letras de procesador de textos. En un segundo plano se ve un pentagrama gris y más atrás un músico joven que toca la guitarra con los ojos cerrados.
–Ese es Tanguito –dice.
A medianoche quedan pocos parroquianos: un matrimonio del interior, cuatro turistas brasileras y un grupo de estudiantes de Psicología que preparan un examen.
–En un rato bajamos la persiana –avisa el mozo.
En la vereda hay una jauría de bolsas de nailon que se mueven con el viento. Cada tanto pasan cartoneros, mendigos que simulan no serlo y alguna que otra inmigrante dominicana. La plaza está iluminada por luces amarillo oscuro, casi marrones. En uno de los extremos, los últimos trabajadores hacen fila para subir a los colectivos y volver al Conurbano. Cerca de ellos habla un pastor evangelista. Tiene un megáfono enorme y vocifera la palabra de Dios. Nadie le presta atención.
Mariana vuelve al taller. La excursión al bar no sirvió de mucho. Se concentra en la carta. Mientras la desmembra, siente por primera vez una conexión íntima con su padre. Pega algunas líneas sobre la mesa. Le gusta cómo queda la obra, pero no quiere terminarla. Es una forma, dice, de mantener el diálogo abierto. 

Continúa en la página 2

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