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Viernes 30 de Agosto de 2013

Cuando los gauchos judíos pasaban a degüello

Un periodista recibe un mail: su padre le avisa que su bisabuelo, también periodista, cubrió los primeros asesinatos de Moisés Ville, una colonia de judíos en Santa Fe. El mail es la primera oración de un libro que será escrito luego de investigar en bibliotecas, recorrer el cementerio del pueblo y entrevistar a nietos de los protagonistas. Adelanto de "Los crímenes de Moisés Ville", que Tusquets publicó en su sello Mirada Crónica. 

Fotos: Paula Salischiker

En la noche del 9 de junio de 2009, un mail llegó a mi casilla de correo. Había sido escrito por mi padre, Horacio, y llevaba por asunto «Tu bisabuelo»:
Hola Javi,
Entrá en esta dirección. El autor, Mijl Hacohen Sinay, es tu bisabuelo. Lo acabo de encontrar y, además de todo lo emotivo e histórico que significa para nosotros, tiene un tinte de crónica policial.
Con cierta curiosidad hice clic y leí un artículo: «Las primeras víctimas fatales en Moisés Ville», que más adelante remataba en: «Una historia de los primeros asesinatos sufridos en la colonia». La página que lo lucía se presentaba como «Las Generaciones de Moisés Ville, un sitio dedicado a la genealogía de la primera colonia agrícola judía de la Argentina». Leí el texto de un vistazo y comprobé que el «tinte policial» del que hablaba mi papá era evidente.
Allí se contaba un crimen: en el año 1889, ciertos inmigrantes judíos pedían galletas, hambrientos, a todo aquel que les dirigiera una mirada y un gaucho quería llevarse de entre ellos a una miserable princesa a cambio de una dote sencilla; todo terminaba con sangre. Era un caso real y había ocurrido en la Argentina. Luego se narraba otro crimen, y luego otro y otro, hasta completar más de una veintena. El texto era poderoso y cruento, histórico y revelador, olvidado y valioso. Una parte muy oscura de la vida argentina y de la epopeya de la inmigración estaba guardada ahí.
Por mi parte, había escuchado, desde siempre, que la colonización de los gauchos judíos había sido una aventura bucólica. Y nunca había pensado que pudiera estar teñida de sangre o que la inmigración pudiera haber sido tan resistida.
A decir verdad, tampoco sabía quién había sido mi bisabuelo, el autor de aquel texto. La memoria familiar no iba tan atrás en la mesa de los domingos, que mi abuela Mañe cargaba con platos deliciosos de gefilte fish con zanahorias y de ensaladas de varios colores y sabores. «El padre del abuelo tenía un diario», escuché alguna vez, entre plato y plato, pero lo dejé pasar. Ahora mi abuelo Moishe —el hijo de mi bisabuelo Mijl Hacohen Sinay, autor de aquel texto—, está muerto. Falleció en el otoño de 1999 sin contarme nada de su padre —y todavía me pregunto por qué—. Pero queda su mujer, que es mi abuela Mañe.
Ella fue la nuera de Mijl y lo recuerda bien.
¿Y qué era eso de «Hacohen»? ¿Un nombre o un apellido? «Significa “el cohen”», me contó mi abuela, con su colorida tonada «santiaguídish» —porque nació en 1922 en el pueblo de Lanowce, en la región de Volin (ayer en Polonia, hoy en Ucrania) pero se crió en La Banda, muy cerca de la capital de Santiago del Estero—. Ella sabe de religión lo que mamó en su hogar polaco de Santiago del Estero; es decir, lo que cualquier muchacha de shtetl —o de aldea judía— y eso, por cierto, es mucho más de lo que está a mi alcance. «Los cohen tienen un estatus especial: son los varones descendientes de Aharon, el hermano de Moisés, y eran los sacerdotes del Templo de Jerusalén. La tribu se pasa de padres a hijos. Vos también sos un cohen», me dijo el día que le pregunté.



En Internet encuentro fácilmente una monografía sobre los periodistas que llegaron a la Argentina en el período 1850-1950, donde hay algunas líneas para mi bisabuelo: «Mijl Hacohen Sinay nació en 1877. En 1894 la familia Sinay emigró a la Argentina y se instaló en Moisés Ville, en la provincia de Santa Fe. Allí Mijl fue maestro en la primera escuela de esa colonia. En 1898 pasó la familia a Buenos Aires y, a los 21 años, él fundó el primer diario en ídish en la Argentina, Der Viderkol. Fundó también otras publicaciones y fue corresponsal de muchas otras, locales y del exterior. Falleció en Buenos Aires el 8 de agosto de 1958». Se indica que el texto es cita del libro La letra ídish en tierra argentina. Bio-bibliografía de sus autores literarios, escrito por Ana Weinstein y Eliahu Toker.
No es frecuente descubrir, cuatro generaciones atrás, a una figura que aparece tan cercana. El asunto me pincha como un aguijón y no me permite dormir: si conseguí tanto con tan poco, es porque hay más.
Sin embargo, Internet no es el lugar; las pistas se acaban rápido. Pero el problema más grave no son los rastros, sino mi ignorancia: no sé cuál es el título que busco ni dónde puede haber más información sobre los crímenes de Moisés Ville.
Recurro entonces a la única persona que sé que me puede ayudar: el escritor Eliahu Toker, autor de aquella pequeña biografía, a quien le pregunto por mi bisabuelo, por Moisés Ville y por el periódico que Mijl fundó a los 21 años. Sospecho que ese diario, Der Viderkol (en castellano, El Eco), que fue redactado en 1898 —en la misma época que se cometieron esos crímenes—, bien pudo haberlos registrado. Cuando redacto el correo para Toker, apenas conozco su fama como noble de la judería local, defensor de la cultura ídish y poeta, narrador e investigador.
«El lugar donde en su momento vi un ejemplar del Viderkol fue en el IWO, creo que antes del atentado que sufrió en 1994», me responde, apenas tres días después del mail de mi padre que dio inicio a todo. Aquellas primeras horas, alimentadas con el único combustible del entusiasmo, ya habían sido suficientes para llegar a la referencia del IWO —el Instituto Judío de Investigaciones o, en ídish, Idisher Visnshaftlejer Institut—, una organización dedicada a la investigación, la difusión y la conservación de la cultura judía que, aunque ya no funcionaba en el edificio de la AMIA (la Asociación Mutual Israelita Argentina, el centro comunitario más grande del país), sí lo hacía el 18 de julio de 1994, cuando fue destruido por un atentado terrorista. Sigue Toker en su mail: «No sé si tienen todavía ese ejemplar o algún otro. En facsímil aparece en algunos libros, incluso en alguno que tengo yo, pero te diría que comiences en el IWO tu investigación. Tu bisabuelo fue un personaje interesante y sería bueno hacer algo con su biografía, investigando quizás en tu propia familia. ¿Leés ídish? Hay un libro de Pinie Katz sobre el periodismo judío en la Argentina, que debe tener material acerca de tu bisabuelo y su periódico. Es todo lo que se me ocurre ahora».
Pero no, no leo ídish.
Y el Viderkol, el periódico de mi bisabuelo que bien puede conducirme a los crímenes, no será fácil de encontrar. Durante algunas noches me desvela una pregunta: ¿cómo se investiga un crimen ocurrido en el ocaso del siglo XIX, en un pobre páramo santafesino? Acostumbrado a caminar por los pasillos de los tribunales y a buscar testigos, a hablar con los investigadores y a mirar la escena del crimen a través de los ojos de la víctima o del asesino; en fin, habituado a la justicia que atiende con oficina de prensa y al delito mediatizado del siglo XXI en el que los protagonistas aman las cámaras o buscan sacar provecho de ellas, descubro que en ese texto que dejó mi bisabuelo no tengo nada de eso. Allí los nombres de las víctimas se suceden: Lander, Iegelnitzer, Seivick, Fainman, Kantor, Gerchunoff, Horovitz, Wainer, Bersanker, Kristal, Finkelstein, Schmucler, Waisman, Aliksenitzer, Reitich, Tzifin… Pero los nombres de los criminales ni siquiera figuran. Como si no importaran. Siempre son gauchos: «gauches», en el texto original en ídish.



En un comentario sobre la brutalidad como virtud literaria, Borges se refiere a Eduardo Gutiérrez y a «las monótonas escenas atroces que despacha con resignación». La comparación no es justa —pues no le hace honor ni a uno ni a otro— pero esa apostilla borgeana resuena en mi cabeza ante el texto del viejo Sinay, que invita a saltar de un charco de sangre a otro a través de las palabras. Ese es también el sentido del breve resumen en castellano que a modo de introducción acompaña a las líneas originales, publicadas en ídish hace ya mucho tiempo: «No sin víctimas empezó la colonización judía en la República Argentina. Más de veinte vidas jóvenes cayeron tronchadas en este sitio solamente. A los pocos días de su llegada pagaron los pioneers judíos en tierra santafesina su primer tributo de sangre a las costumbres gauchas. Sucédense los hechos de sangre y barbarie, narrados en este artículo, con abundancia de detalles, uno a uno, siguiendo la crónica policial. El autor no califica los hechos, los expone y documenta con los testimonios literarios accesibles, que los convierte en lectura interesante, para conocer las modalidades gauchas de la época».
Agrego ahora que el primero de esos crímenes ocurrió en 1889 y el último en 1906. El saldo es de 22 víctimas en 17 años.

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