Cuando se paró no encontró a nadie, caminó un poco para buscar donde guarecerse, y ya al otro día se le perdió la imagen de todo. Subió un cerro, cayó a algún vacío, y empezó a dar vueltas sin saber dónde estaba porque en la pampa es muy difícil ubicarse, hay mucha gente que se ha perdido en la pampa y que no aparece jamás.
–Los empampados...
–Claro, los empampados. Eso es terrible. Yo lo he experimentado. Ahí donde se perdió mi papá es solitario total. Imagínese que mi papá estaba íntegro: no había buitres ni lagartos ni nada. Él estaba íntegro, con su ropa, y por supuesto con el tiempo encima, los cuarenta y tres años que estuvo ahí, botado... Había algodón, trozos de género de su camisa y de sus calzoncillos largos, un botón del pantalón, pedazos de su abrigo, y lo que me contaron es que cuando fue el juez y lo examinaron, cuando lo levantaron se voló todo lo que era carne porque estaba hecho polvo. Por eso quedaron los huesitos blancos.
Lo que no se voló estaba ahí, rígido sobre la tierra, y lo estaban examinando los detectives junto al juez Cortés-Monroy: Julio Riquelme Ramírez había estado perdido por cuarenta y tres años, acostado en el desierto a pleno sol y a plena luna, sin que nadie advirtiera su presencia. Esa es, más nítida imposible, la soledad de la pampa.
Después de revisarlo durante tres horas, el juez ordenó que levantaran los restos de Riquelme, los guardaran en las clásicas bolsas negras con que trabaja la Brigada de Homicidios y los llevaran en camioneta al Servicio Médico Legal de Antofagasta para hacerle exámenes más especializados. A Walter Rehren le llamaron la atención los zapatos:
–No eran zapatos cualesquiera. Eran zapatos para la ocasión, para ir al bautizo. Azules con verde, elegantes, como de gamuza. ¿Qué hacía aquí, a casi veinte kilómetros de Los Vientos, un hombre con esos zapatos? No sé: a lo mejor se bajó del tren a hacer sus necesidades, a estirar las piernas. A lo mejor se había tomado sus tragos y tal vez se cayó. Y la estación tampoco quedaba a seiscientos metros de la carretera, como ahora. Entonces no había nada de nada. Quizás alguien lo vio perdido y le dijo que el camino más cercano era el de Paposo, en la misma dirección en que se perdió, hacia la costa, pero nadie le explicó que había entremedio como cincuenta kilómetros de puro desierto, sin ningún rastro humano: sol todo el día, mucho viento, y en la noche un frío tremendo. Aquí donde apareció Riquelme no llegan ni los jotes. ¿Sabe por qué? Porque el esqueleto estaba íntegro, perfectamente armado, y cuando hay algún tipo de depredador los huesos quedan desparramados.
A Ernesto Riquelme le habían dicho que lo iban a mandar llamar de Antofagasta, pero no aguantó más la espera, dice que le entró la «urticaria» y llamó por teléfono para acelerar los hechos. Habló con el detective Rehren, y fue citado para el día siguiente, el viernes 5 de febrero, a las ocho de la mañana. Agarró su mochila, viajó en bus a Antofagasta toda la noche y a la hora señalada estaba en la puerta de Investigaciones listo para entenderse con Rehren.
Lo que hubo ese día fueron diligencias y más diligencias, siempre acompañado de detectives. Primero una declaración en el Tercer Juzgado del Crimen en la que reiteraba la historia del viaje en tren a Iquique desde Chillán, y donde luego reconocía las pertenencias con todo detalle: «En cuanto a las llaves, las más chicas corresponden a los cajones de su escritorio, y la que está oxidada es la de la caja de fondos que tenía en su lugar de trabajo».
Después Ernesto Riquelme fue a la morgue, y allí le sacaron sangre para poder hacer el examen de ADN en Santiago. Luego volvió al juzgado para pedir formalmente que le devolvieran las pertenencias de su padre y también los restos de Julio Riquelme Ramírez.
No hubo problemas con los objetos: le entregaron todas sus cosas, hasta una peineta rosada de plástico, menos el carnet de identidad, por un asunto legal. Le dijeron que para poder entregarle los restos había que esperar los exámenes de ADN y el peritaje de los médicos legistas. Ernesto Riquelme no quiso ese día ver los restos de su padre:
–¿Para qué? Ya lo vi en las fotos de los diarios. ¿Para ver otra vez lo mismo?
Tampoco quiso ese día ir al desierto, al lugar del hallazgo.
Ernesto Riquelme volvió esa misma noche a Iquique, en bus, y ya nada fue como antes. No había necesitado ver los restos de su padre en una bolsa ni ir de nuevo a la pampa para empezar a entender la historia de Julio Riquelme Ramírez y la suya propia como la historia de un gran desencuentro, real, humano y con un final concreto, demasiado concreto tal vez, lejos de la ciencia ficción.
La historia aquí contada, piensa el propio Ernesto Riquelme, no tiene nada que ver con cosas raras, con ovnis, con sujetos que aparecen y desaparecen y después salen en la televisión. «Pero esta historia hay que cerrarla», dice. Por eso el hijo espera ahora el dictamen del juez que ordene entregarle los restos del padre. Será el momento de reunir a la familia, de traer a la media hermana Marta de Santiago, de juntar a los más de veinte nietos y entre todos despedir a Julio Riquelme Ramírez en Iquique: con vista al mar, lejos de Los Vientos, en un funeral distinto, donde será legítimo botar lágrimas guardadas en las entrañas, y donde sobre todo se castigará al olvido y se le rendirá un homenaje a la memoria.