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Portada  /  Feria  /  Perfiles
Lunes 14 de Mayo de 2012

Juego de las proteínas

El fisicoquímico argentino Julián Echave, investigador del Conicet y posdoctorado en Cambridge, dedica sus mañanas a crear un videojuego. No hay tiros, piñas, monstruos ni enemigos. Sólo imágenes tridimensionales de proteínas. Y un desafío: resolver preguntas científicas con gente común.

Julián Echave está sentado frente al ventanal del bar Bliss de City Bell, una ciudad pequeña y coqueta a 40 kilómetros de Buenos Aires. Adentro no quedan mesas vacías, se oyen fuerte los ruidos de la moledora de granos de café, la tele prendida y las tazas que golpean. Abstraído, un hombre con la cabeza gacha sostiene una lapicera roja con la mano derecha y mira un cuaderno rayado. En el papel hay dibujos, gráficos y algunas palabras. Así empiezan los días de este fisicoquímico de 48 años, investigador principal del Conicet, posdoctorado en la Universidad de Cambridge y ganador de la beca Guggenheim por su contribución a la investigación sobre la evolución de las proteínas. Hace dos años, en este mismo bar, empezó a imaginar un videojuego para resolver preguntas científicas que ahora piensa, diseña y escribe entre el bullicio de la gente.

-Me levanto, vengo al bar, escribo las ideas que se me van ocurriendo, las anoto y me voy-, dice con los anteojos de leer puestos, un saco de corderoy gris, jean, zapatillas y una mochila azul de estudiante.
El juego que desvela a Echave es como una especie de Buscando a Wally: cualquier chico que mira los dibujos lo encuentra. Esto es un problema muy difícil de resolver computacionalmente pero muy sencillo para los cerebros humanos: encontrar algo en cualquier imagen compleja. Y precisamente eso es lo que quiere aprovechar Echave.
Así, en la pantalla de la computadora aparecen tres dibujos tridimensionales de proteínas y el jugador tiene que identificar cuál de esas tres es diferente. El puntaje dependerá de cuál es la proteína más votada por el resto de los jugadores; si acierta, pasa al siguiente nivel. Como resultado del juego, emerge una clasificación del universo de las proteínas que, según algunos estudios preliminares, coincide en un alto porcentaje con clasificaciones realizadas por expertos. ¿Esto qué significa? Que atrás de todo esto, y como en una cámara oculta que pretende mostrar algo que nunca antes fue revelado, estará Echave recolectando la información sobre lo que la gente elige arbitrariamente a través de su intuición, y eso quizás signifique que existan distintas formas novedosas de cuantificar las similitudes y diferencias entre proteínas.
-Vení, vamos a caminar un ratito hasta mi casa- dice después de tomarse dos cafés, guardar el cuaderno en la mochila y pararse. Es alto.
Afuera, cinco grados al sol. Por la peatonal de City Bell no camina nadie. Hay casas quintas, sauces, eucaliptos y veredas anchas con pasto verde recién cortado. La casa de Echave queda en la calle Nirvana, frente a un riachuelo. Allí vive con su mujer, Patricia, profesora de pilates y sus tres hijos: Pilar de 24, Benjamín de 21 y Valentín de 19.
-La más grande es argentina pero los dos varones nacieron en Inglaterra.
En 1991, Echave tenía 26 años, una tesis doctoral por defender y una oferta laboral en las oficinas de IBM en Nueva York, cuando el químico David Clary lo convocó para formar parte de su grupo de investigación en la Universidad de Cambridge. Echave empacó y se fue con su esposa embarazada de benjamín y una hija de tres años. Los primeros tiempos fueron difíciles: no tenían médico para el parto y el sueldo era bajo. De a poco las cosas cambiaron: el fisicoquímico empezó a hacer tutorías para ganar más plata y nació Valentín. Se quedaron dos años en Cambridge
-La beca era para tres pero le metí pila para terminar mi posdoctorado antes y volver.
La oficina de Echave es una casita de madera oscura, con una ventana, en el fondo del jardín. El interior es austero: un escritorio vacío, una silla, tres libretas Moleskines sin usar, una foto de su tía Felitsa y un horno de vitrofusión que su mujer usaba pero que ya no.
-Ahora no estoy pasando mucho tiempo acá, me gusta cambiar de contexto, en el día, en el mes; es la manera que tengo de concentrarme, asocio ciertas actividades a distintos lugares. 

***

-Papá, ¿las plantas crecen más de día o de noche?
-Ni idea, hagamos el experimento.
Entonces padre e hijo eligieron un plantín, pusieron una regla al lado del tallo y dibujaron un gráfico de medición en un cuaderno. Durante un mes, el niño de ocho años salió a medir y  anotar el crecimiento de la planta hasta que descubrió el resultado.
-Mi viejo siempre hacía esas cosas, él seguramente fue una gran fuente de inspiración.
El padre de Julián Echave era médico investigador y uno de los primeros en realizar estudios sobre la cronobiología en el país; la madre, griega, es técnica de animales de laboratorio, pero hoy, ya jubilada y con 76 años, es profesora de yoga.
-Nunca dudé de cuál iba a ser mi recorrido y seguramente mi viejo condicionó mi carrera. Por ahí elegí a partir de sus frustraciones, porque él no tenía una formación matemática suficientemente sólida para hacer ciertas cosas que le interesaban. Y yo, lo que hago, son modelos matemáticos y escribo programas computacionales para calcular cosas que luego comparo. Soy un investigador teórico.
En este nuevo proyecto, Echave también quiere saber si los jugadores van mejorando a medida que pasan de nivel y si aprenden los criterios implícitos en esa clasificación. La idea es crear un juego que se  convierta en una herramienta de aprendizaje y por eso trabaja con los programadores Facundo Quiroga y Ezequiel Colautti, dos estudiantes de informática que desde el año pasado escuchan las ideas del científico y de a poco las van convirtiendo en bits.
-El siempre nos desafía para que intentemos darle una vuelta de rosca más.  Propone algo distinto para poder alcanzar una contribución significativa. Hace experimentos mentales, analiza las consecuencias, pone objetivos altos pero te da el tiempo necesario para que las desarrolles bien- cuenta Quiroga desde su casa en La Plata, a diez kilómetros de la casa-oficina de Echave. 

***

No le gusta seguir líneas de investigación preexistentes, ni trabajar con preguntas que pensaron otros. En su carrera académica, pasó de investigar sobre física cuántica a biofísica. El cambio le costó no publicar nada por tres años, y a pesar de ello, Echave es autor de más de 60 papers de gran impacto científico: sus trabajos fueron citados en más de un millar de investigaciones.
-Creo que el motor  de creatividad más fuerte que tengo es mi instinto de subversión al orden existente, tratar de demostrar que están todos equivocados- dirá con una sonrisa un rato después, arriba de su auto, camino a la Universidad de San Martín, donde tiene su otra oficina. Antes de llegar, también hablará de su gusto por la literatura y contará por qué durante un año solo leyó libros en francés para aprender el idioma. Sobre cómo- y por mucho tiempo- se obsesionó con Nietzsche; por qué terminó tirando todos los libros de Krishnamurti al tacho de basura luego de un ida y vuelta de cartas con The Krishnamurti Society en Inglaterra y por qué ahora lee sobre budismo zen. Pero estas son otras búsquedas. O quizás sea todo parte de lo mismo.

Anfibia
Universidad Nacional de San Martín