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Portada  /  Feria  /  Crítica
Viernes 31 de Mayo de 2013

La infidelidad de las hormigas

¿Qué imágenes y representaciones sobre la ciencia y la tecnología transmite el Periodismo Científico? El profesor de Filosofía de las Ciencias Héctor Palma hizo un recorte de más de trescientos artículos publicados en los últimos diez años para tratar de responderse esa pregunta. Luego, escribió Infidelidad genética y hormigas corruptas donde propone que el género debería revisarse hasta en sus fundamentos. Una reseña del libro, publicado por Editorial Teseo, que generó controversias en el ambiente.

Las noticias sobre ciencia formaron parte de la cotidianeidad informativa. Hoy no es raro leer sobre los avances en investigaciones, sobre genética, sobre informes de universidades alrededor del mundo. Héctor Palma, secretario de coordinación ejecutiva de la escuela de Humanidades de la Universidad de San Martín, profesor de Filosofía de las Ciencias e investigador del Centro de Estudios “J.Balbín”, hizo un recorte de más de trescientos artículos publicados en la última década y a través de ellos realizó su propia lectura para responder, en especial, a una pregunta: ¿Qué imágenes y representaciones sobre la ciencia y la tecnología transmite el Periodismo Científico?, y para desarrollar, a la vez, su respuesta a otra discusión de larga data: ¿Es el Periodismo Científico el indicado para divulgar la ciencia? Sus conclusiones las volcó en el libro Infidelidad genética y hormigas corruptas. Por lo que ya saben: no busquen leer ahí sobre las maneras de manipulación genética para lograr una especie con fidelidad certera. Tampoco, sobre hormigas deformes. Leerán, sí, como lo dice también en la tapa del libro: “una crítica al periodismo científico”. Una crítica voraz.
Palma dice que los temas dominantes tienen que ver con la genética, la conducta humana, la salud y las ciencias médicas. Que eso coincide con las grandes angustias existenciales. Que en los textos científicos del periodismo argentino subyace un determinismo biológico: las respuestas de la humanidad se resolverían con el desciframiento de todos los códigos genéticos. Una mirada que, según Palma, incluye una idea peligrosa, la de una respuesta biológica a las desigualdades sociales. El autor critica el tono con el que son redactadas las notas, las disonancias entre títulos y artículos, los procesos de edición, y la condición misma de noticia ya que, señala, se suele poner la novedad en descubrimientos realizados hace años, o en investigaciones que todavía no tienen resultados concluyentes. El libro encuentra una respuesta a su primera pregunta y concluye que la práctica científica queda construida como “una tarea ingenua, ahistórica y de mero “descubrimiento”. Una metáfora deportiva, según el investigador, que se resume en una carrera por batir récords.



Palma ejemplifica con fragmentos de textos periodísticos y hace su reflexión sobre los discursos que subyacen o sobre los baches teóricos que se evidencian en algunas afirmaciones. Por ejemplo, toma una nota titulada: “Prueban que los adolescentes tienen un reloj biológico diferente” que se basa en un estudio australiano hecho entre un grupo de jóvenes. Según el autor, en el artículo no se dan detalles sobre la experiencia pero sí se reincide en “la infaltable cuantificación universalizada” (ya no son los adolescentes del estudio sino los adolescentes en general los que en época de clases duermen menos) y se recurre a testimonios de especialistas que, afirma, van en contra de lo que afirma la nota que los incluye.
Por las dudas, Palma se encarga de aclarar que cree que es mejor saber que no saber, que es mejor saber más que saber menos, que el conocimiento debe ser difundido universalmente. Como era de esperar, el libro generó controversias entre periodistas científicos que señalaron que el texto desconoce la cocina periodística, que ignora los procesos de edición de un texto o de producción de la noticia. Hacia el final de su trabajo, Palma pone en claro su parecer: si el Periodismo Científico ha de ser un modo habitual de construir representaciones acerca de la actividad científica, “debería ser revisado hasta en sus fundamentos”.
En abril del 2006, poco menos de un año antes de su muerte, le preguntaban a Enrique Belocopitow, por qué era el periodista y no el científico especializado el encargado de divulgar las noticias sobre ciencia. Su respuesta fue clara: “La mayoría de los periodistas no tienen formación científica, pero sabe cómo escribir para llegar a la gente; en cambio, los investigadores saben escribir para sus pares, pero no para el público”. La pregunta que le hicieron sigue vigente. La polémica, también.
 

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Universidad Nacional de San Martín