Juan Ayala entró a la “colimba” en marzo de 1982. Si la junta militar argentina no hubiera adelantado el plan previsto para ocupar las islas, él habría ido. No fue, pero escribió “Malvinas, la primera línea” (Crónicas del Continente, editorial Libros del Náufrago).
Siete soldados recrearon los detalles de la guerra: la convocatoria, el viaje al Atlántico Sur, las noches en un pozo en el Monte Longdon, los 50 días bebiendo caldo, los combates desiguales. Con esos testimonios, despojados de heroísmos, el autor construye un relato coral de la vida cotidiana en las Islas.
Juan Ayala vive en Valentín Alsina, provincia de Buenos Aires. Trabajó como periodista en La Maga, Rolling Stone, Página/12, Neo, Hombre, Los Andes y Miradas al Sur. En el año 2000 publicó la crónica Nuestro Vietnam, coescrita junto a Daniel Riera, en la que narra la dura posguerra de los ex combatientes de Malvinas. El texto resultó semifinalista en el concurso de la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano (FNPI). A un paso de convertirse en Profesor de Historia, este es su primer libro.
Anfibia adelanta “El morfi”, un capítulo de “Malvinas, la primera línea”.

XIII. El morfi
Hacia fines de abril empezaron los problemas con la comida.
Ya era caldo, caldo y caldo, y los soldados necesitaban
algo sólido. Los militares alegan que las raciones se achicaron
porque las comunicaciones con el continente prácticamente se
habían cerrado, pero que no hubo mala voluntad.
Luis Aparicio. Se empezaron a formar micromundos, guetos.
Con la posición de al lado, no más que eso, hacíamos como una
cosa cerrada del resto. Y eso hizo que sobreviviéramos. Si teníamos
algo de comida, lo compartíamos con ese pequeño grupo.
Con otro grupo de más allá, por más amigos que fueran, no la
compartíamos. Además, no nos podíamos mover diez metros a
la redonda.
–¿No podían ir a la segunda sección?
–No. Una vez nos escapamos al pueblo. Compramos cigarrillos,
trajimos, pan, manzanas verdes, unas galletas dulces… En otro
momento fuimos a buscar ovejas.
–Siempre con el riesgo de ser castigados.
–No, porque el cabo 1°, que estaba a cargo del grupo, estaba
al tanto. Trajimos un par de ovejas; a los dos días trajimos tres.
Cortábamos el cerco y las ovejas se iban para todos lados… Al
principio, las agarrábamos tipo tackle; después con la pistola; después
con el FAL…
Cuando venía la comida, Baldini trataba de engordarla con algo
que tenía de reserva. Pero la verdad es que la comida no nos
llegaba.
Malvinas se armó como en círculos concéntricos: en el pueblo,
en el centro, estaba el abastecimiento; si estabas cerca de ahí comías,
la pasabas mejor. Pero a medida que te alejabas, te llegaba
menos. ¡Nosotros estábamos en la órbita de Urano o Plutón! ¡No
llegaba nada! Y en el rancho, los soldados conscriptos encargados
de servir la comida en los cilindros de aluminio ponían el agua
con grasa, que hacía las veces de caldo, para los soldados, y la
carne y las papas para ofi ciales y subofi ciales. Y en el camino, los
soldados que volvían a sus secciones con los cilindros rescataban
algo, y se sumaban soldados que los veían venir, y los rapiñaban,
¿viste? El último balde que trajeron de sopa fría llegó con una
zanahoria flotando. Los últimos 20 días no comimos prácticamente
nada… Es difícil de explicar: se te va cerrando el estómago,
te vas acostumbrando a vivir así, y eso es lo grave, que te
acostumbrás a todo, porque no se nos ocurrió hacer quilombo,
levantar a la gente. Nos fuimos dejando estar.
***
Los ingleses, mientras se acercaban a pie hacia las líneas de
montes que obstaculizaban el camino a la capital, no pasaban
el hambre que sufrían los conscriptos argentinos. Apenas se
levantaban, tomaban su té cerca de unas estufas de campaña.
Al rato, el porridge, que era la ración más energizante y placentera:
avena con leche en polvo y bizcochos molidos.
Luego, tenían dos comidas y dos clases de raciones. Una venía
en latas y contenía pollo con curry y hamburguesas de cerdo, y
a veces, bifes, pastel de riñones y fideos. La otra ración eran los
«paquetes árticos», que venían en sobres de aluminio con un material
deshidratado que se hinchaba al pasarlo por agua caliente y
se convertía en carne de estofado y rodajas de manzana.
Carlos Chicho Amato.
En el frente, a veces, Beto traía del rancho
un cilindro con sopa. A las cuatro de la tarde tomábamos un
jarrito de sopa. El jefe Baldini tenía una red afuera de la carpa
con latas de ración tipo C, las más pobretonas, unas latas de carne
que le daba a Beto para que les prendiera fuego en el cilindro.
Pero en general, los subofi ciales se las quedaban ellos. Con lo
cual a vos te comían la cabeza. Iban pasando los días y cada vez
era menos, menos. Ni yerba… Y en lo lastimosa que era nuestra
vida ahí, fuera de la posición yo tenía un mate con una birome
Bic como bombilla y una esponjita para evitar que la yerba se
metiera dentro. Una yerba mojada de 20 días, y si podíamos
quemábamos las tapas de los cajones de las provisiones para calentar
el agua, y tomábamos mate. Con agua sucia, marrón, que
era la que sacábamos de los pozos de zorro y de los charcos.
Yo, antes de Malvinas, tenía un estado atlético increíble, iba siempre
a fi erros, tenía la fuerza de un toro, en el campo levantaba bolsas
de avena… Pero ese estado se te va haciendo mierda, porque
no comés. Después del combate, cuando nos toman prisioneros,
venían helicópteros y les bajaban bidones con agua a los ingleses.
¡Ellos que venían de 14 mil kilómetros tenían esa logística y nosotros,
a 600 kilómetros, no! ¡Una estupidez total, un abandono
hacia la propia tropa imperdonable, injustifi cable! La actitud de
no atender a la tropa, la actitud chota del militar de acovacharse
lo poco que llegaba. Siempre el colimba fue una mierda, una basura
para los tipos, y eso se reprodujo en la guerra, lo cual es una
barbaridad porque es muy difícil mantener la moral, mantener
la esperanza así… Hubo una irresponsabilidad increíble porque
después de la rendición se vio que había mucho alimento y no
tenía ningún sentido que no llegara.
Sergio Cabezón Sánchez.
No es que queríamos comer agnolottis con salsa bolognesa.
Era una guerra, pero lo que pasa es
que a mediados de mayo estábamos cagados de hambre mal y
en junio estábamos desahuciados. Los últimos tres días no comí
nada. Pero nada de nada. El hambre te provoca una sensación
de indignidad. Te sentís una persona indigna por no tener nada
que llevarte a la boca. Te duele el alma por el hambre. Es un dolor
tan grande que no lo podés describir. El frío me lo banqué,
las bombas me las banqué… pero el hambre, no. ¡Hasta el día
de hoy morfo como si fuera el último día! De hambre no me
cago nunca más. ¡Y pasaron 30 años! La comida es una cosa muy
grossa. La mayoría de los soldados adelgazó 20 kilos. ¡Nosotros
volvimos con los huesos al aire y los milicos volvieron impecables!
¿Cómo es la milonga?