Por Marcela Turati
Recibiste una llamada mientras dabas el desayuno a tus hijas y saliste de casa. Le dijiste a tus chiquitas, de seis y nueve años, que ya regresabas, que irías a unas cuadras a cubrir un simulacro de evacuación en una guardería. La movilización policial a la que habías sido invitada era a doscientos metros de tu casa. Ahí saludaste a los vecinos y funcionarios que conocías. pediste unas fotos que acompañaran tu nota. Anotaste detalles.
La última vez que contestaste el teléfono fue ahí, a las diez veinte de la mañana de ese 11 de noviembre de 2009. Media hora después tu celular se encontraba apagado. La nana que cuida a tus hijas, tu sobrino, tu esposo david, tus familiares llamaron todo el día sin suerte.
Desde entonces nadie te encuentra.
Es como si te hubiera tragado la tierra. A tu alrededor se tendió un cerco de silencio. Nadie hizo pública tu desaparición. Todos tus colegas tenían prohibido informarlo. La procuraduría local pidió silencio a tu familia, no hacer ruido, no fuera a ser que te hicieran algo. Desactivó con ello cualquier presión que hubiera logrado rescatarte.
Una semana después, cuando Balbina Flores, la corresponsal de reporteros Sin Fronteras, comenzó a indagar e hizo preguntas incómodas, el diario para el que trabajabas, Cambio de Michoacán, tuvo que admitirlo y publicó la noticia. Tú inauguraste la lista de mujeres periodistas desaparecidas.
En los anuncios sobre tu caso se repite la misma información: María esther Aguilar cansimbe, reportera del periódico El Diario de Zamora y corresponsal de Cambio de Michoacán, 32 años, casada, madre de dos hijos.
En casi todos los diarios y reportes de organizaciones de derechos humanos que revisé para redactar esta escueta biografía tuya, aparece la misma foto que te tomaron con el pelo recogido, los lentes sobre la cabeza, aretes largos, la mirada profunda, inquisitiva, como de alguien que no se cree lo que le dicen a la primera.
En el formato que divulgó la procuraduría aparece la leyenda: «Ayúdanos a encontrarle», y entre tus señas particulares mencionan: «tiene cicatrices en la cara por acné y cicatriz en la pantorrilla derecha. usa el cabello teñido de castaño oscuro». Fuiste una apasionada del periodismo, sin horarios, sacrificando tus descansos. Llevabas una década como reportera, los últimos años dedicada a la cobertura policiaca, esa fuente que desde que se desató la narcoviolencia quedó maldita. Tus notas eran valientes, honestas, aunque vivías en Zamora, a sólo 144 km de Morelia, la capital de Michoacán, el pintoresco estado que era cogobernado por el cártel vernáculo denominado La Familia. Y Zamora, donde vivías y reporteabas, era una plaza importante para ellos.
Bajo la dictadura criminal de estos nuevos amos que corrompieron a políticos y policías, tus denuncias destacaron en medio de una prensa silenciada a tablazos, amenazas, torturas o asesinatos, o arreglada a cambio de billetes Tú pintaste tu raya y seguiste trabajando con independencia.
Aún no sabemos cuál nota fue la que molestó más a tus captores. por cuál de todas te condenaron a dejar de estar. ¿Acaso fue la denuncia que hiciste contra el violento y abusivo jefe de la policía Jorge Arturo cambroni Torre, que después de la golpiza que propinó a los jóvenes que entrevistaste tuvo que renunciar? ¿O las notas donde diste cuenta de la detención de dos jefes de La Familia: el 19 y ½, en agosto, y Jorge García Garnica, el Bofo, en octubre, pues quizás al publicarlo
frustraste la posibilidad de que pactaran con las autoridades su libertad, como tanto ocurre? ¿O porque, a diferencia de tus colegas, no ocultaste el cateo del ejército a un lujoso narcorancho con autos de lujo y zoológico en ecuandureo, donde fueron capturados tres presuntos delincuentes; entre ellos el hijo de un ex alcalde de Tangancícuaro?
En tus plantes, a futuro —según señalan tus colegas—, estaba terminar de investigar las violaciones a derechos humanos de policías federales y soldados, escrutar la capacidad de la corrupta policía local o pedir rendición de cuentas al alcalde de ecuandureo.
Fuiste incómoda, eso queda claro. Sabías que corrías peligro, por eso no firmabas tus notas. Te tomaste en serio aquello que enseñan en la universidad de que el papel del periodista es vigilar los intereses de los ciudadanos y además servir de contrapeso a los poderosos.
Seguimos sin saber de ti aunque tu familia te sigue buscando y Balbina Flores recuerda siempre que faltas tú. Las autoridades federales y estatales que debían investigar tu paradero son cómplices de tus captores, porque perdieron tiempo pingponeando tu expediente y siguen sin avanzar. Son garantes de la impunidad. ¿Qué saben que no dicen?, pregunta tu familia. ¿Qué saben?

En una esquina de Ciudad Juárez, hay un negocio de menonitas que venden quesos.
Parece un búnker: timbre con cámara, rejas, vidrios blindados. Como la sala de un banco.
Cuando uno quiere pagar, pone la plata en una canastita de metal y empuja. El vendedor agarra la plata. Ningún contacto físico.
Un queso puede costar ocho dólares.
El dueño del negocio tiene varias marcas en los brazos.
Proteger los quesos no es lo que más le interesa.
Lo ametrallaron dos veces: una para sacarle la ganancia del día, cuatrocientos dólares, otra porque se negó a darles una coima a los narcos.
Le dijeron que no habría segunda vez: por semana, empezó a pasarles cincuenta dólares.
A la policía también le paga.
El hombre que vende quesos tiene miedo de los ladrones, de los narcos y de la policía.
No sabemos a qué le tenía miedo Candelario Pérez Pérez.
En el gremio, los periodistas, no lo conocían demasiado.
Candelario tenía 32 años, seis hermanos, una esposa, un hijo y una hija: trabajaba como reportero y ayudaba a diagramar la revista Suceso, una revista policial sin fecha de publicación que su papá, Candelario Pérez Rodríguez, editaba desde hacía 30 años.
De vez en cuando, Candelario hijo compraba un auto y lo vendía.
Dijo su papá que el 23 de junio de 2008 Candelario discutió en un bar.
Dijo que Candelario salió del bar y subió a su camioneta, una Chevrolet gris tipo pick up, placa de Texas.
Dijeron los testigos que un coche seguía a la camioneta gris. Que cuando iba por la calle Libertad, a la altura de Juan de Oñate, frente al parque de la colonia Chaveta, un auto blanco se le puso detrás, un Jeep Cherokee delante. Que desde el Jeep, unos tipos le dispararon con metralletas AK-47.
Dijeron los investigadores que en el lugar encontraron quince casquillos de bala calibre 9 milímetros.
Dijeron los testigos que el auto de Pérez Pérez chocó contra un poste de la Comisión de Electricidad.
Dijeron los paramédicos que el fallecimiento se produjo a las 19.40. Le habían pegado doce balazos. Cuando ellos llegaron ya estaba muerto.
Días después, el padre dijo sentirse muy enfermo del corazón.
Dijo que la muerte, quizás, haya sido consecuencia de la pelea en el bar. Cómo saberlo.
Dijeron en la organización de Derechos Humanos English PEN, que a cuatro años del hecho no hay culpables. Noticias de la investigación, tampoco.