Ernesto fue el primero en avistar la comitiva. La vio cuando ésta bajaba desde Las Vertientes, último poblado antes de La Obra, y de inmediato dio la señal para que los grupos de asalto avanzaran a tomar posiciones. Tarzán, desde su ubicación en la carretera, se guió por el oído. Al escuchar las balizas, alertó a Milton para que se sentara al volante del Peugeot station y esperara el paso de los dos motoristas.
El primero, por instrucción del jefe de la comitiva, apareció varios metros delante del resto de la caravana. Se detuvo en el mirador de la cuesta, cruzó su vista con la mujer de la casa rodante, que ocultaba un fusil M-16 bajo sus faldas, y al notar que todo estaba en regla dio la normalidad por radio y siguió su marcha.
La segunda moto no tardó en aparecer, muy cerca de los autos que escoltaba. Milton tuvo que actuar rápido, en cosa de segundos, para dejar pasar al motorista —quien alcanzó a alertar por radio de la aparición de un conductor imprudente— y cerrar el paso a los autos de la comitiva.
Fue entonces, o en medio de eso, que Tarzán soltó la pelota, estiró el lanzacohetes LAW y apretó el gatillo con la mira fija en el primer auto. Clic. El misil no se movió de su lugar. Volvió a percutir y lo mismo. Clic, clic. La pelota rodaba cuesta abajo y los cuatro carabineros a bordo del Opala atinaron a agachar la cabeza.
Detrás del Opala frenó el resto de los autos. El segundo, donde viajaba Pinochet, por un instante quedó en la mira del lanzacohetes del comandante Ernesto. El jefe de la Operación Siglo XX no dudó en percutir el gatillo. Clic. El cohete siguió donde mismo. Clic, clic. Recién cuando lo estaba bajando para volver a estirarlo, el cohete LAW salió disparado hacia la carretera y explotó en un punto intermedio entre el primer y el segundo vehículo. La batalla había empezado.
Del primer motorista, cabo José Carrasco, nunca más se supo en esta contienda. Pasó de largo frente a Víctor y Enzo, quienes tenían orden de no disparar hasta que la casa rodante quedara cruzada en la carretera. El segundo, cabo Carlos Sepúlveda, quedó en la mira del fusil de Enzo. Pero éste, según relató después, al percatarse de que una familia que había bajado de un Simca se interponía en la línea de tiro, dejó seguir al uniformado. Cuando por fin la familia se refugió bajo el auto y Enzo pudo disparar, el motorista ya había ingresado a un restaurante vecino.
Un poco más atrás, el mirador de la cuesta estaba hecho un polvorín.

En su declaración judicial, el teniente Tavra Checura, que viajaba en el asiento del copiloto del Opala, testificó haber sido advertido de la situación por el segundo motorista. “Inmediatamente y en forma instintiva accioné el interruptor de la sirena de aire. De igual forma preparé la mini UZI, que llevo siempre sobre mis piernas, y al ver al costado norte y a la altura del station a un individuo de pie apoyado contra el talud del cerro que nos disparaba en ráfaga con una subametralladora, disparé en ráfaga el cargador de treinta y dos tiros contra este individuo hasta agotar la munición.”
El individuo al que aludió el teniente Tavra probablemente era Tarzán, quien tomó su fusil tras convencerse de que no tenía sentido insistir con el lanzacohetes LAW. De cualquier modo, para el caso, el fuego contra el Opala fue severo. Una de las tantas balas provenientes de las unidades 501 y 502, situadas entre la carretera y el cerro, alcanzaron el cuello del sargento Luis Córdoba, que quedó desmayado con las manos al volante. Ese auto no se movería por un buen rato de ahí.
La orden dada por el capitán Mac-Lean, que estaba sentado en el asiento del copiloto del tercer vehículo, sonó en las cabinas de los otros cuatro vehículos de la comitiva.
—¡Atrás, atrás! —gritó el jefe de seguridad, y mientras su chofer intentaba maniobrar en reversa, sus hombres respondían a ciegas hacia el cerro: ninguno de los que estaban arriba sintió silbar balas cerca. Era tal la confianza que los dos jefes de grupo, Ernesto y Ramiro, combatían de pie, lo que dio ánimo a otros para arrodillarse.
La batalla era desigual, y en un momento, por segundos, los autos de la comitiva permanecieron inmovilizados, taponados unos con otros, a merced de los grupos de asalto.
Cuesta abajo, en el Grupo de Retaguardia, la acción también estaba desatada.
Al pasar el último vehículo de la comitiva, el Ford LTD con los comandos manchados, Joaquín dio la orden de partida a Javier. El jefe y Sacha subieron al pick up de la camioneta y, al pasar frente al empalme a San Juan de Pirque, donde estaban los cuatro carabineros de tránsito, Joaquín disparó en ráfaga. Los cabos Lara y Muñoz, que estaba a un costado de la carretera dirigiendo el tránsito, cayeron desplomados en el pavimento; los otros dos, Quevedo y Castillo, buscaron refugio en la patrulla y dieron la alerta por radio.
—¡Central, central, atacan la comitiva, atacan la comitiva!
La voz del cabo Quevedo sonó confusa en el receptor de su unidad.
—¡Que atacan la comitiva! —repitió—. ¡Fuego graneado sobre la comitiva!
Javier frenó la camioneta casi encima del Ford LTD, a no más de cinco metros, y los cuatro manchados bajaron simultáneamente, armados hasta los dientes, dispuestos a cumplir la tarea para la que estaban entrenados. El cabo Roberto Rosales, de veinticuatro años, no llegó muy lejos. Cuando cruzaba la carretera, buscando parapetarse en el cerro, el cohete LAW disparado por Joaquín le explotó a centímetros contra el pavimento. El cuerpo de Rosales quedó diseminado en el asfalto.