
En una escuela primaria de Ingeniero Budge, en la ribera del Riachuelo, a metros de la Capital Federal, Chaco colorea una nueva versión su dibujo favorito: un pibe chorro. La ilustración mezcla el cómic japonés con estética del conurbano bonaerense: el chico, de mirada desafiante, remera a rayas y pantalones rotos, lleva un revólver en la mano izquierda.
“Esta es una 22,” le muestra Chaco a la maestra. A los 13 años ya sabe distinguir entre una 9, una 22, una 38 y una 45. “Son muy distintas. Mi tío tiene una 22. Yo a veces voy con él, cuando sale a afanar. Voy de campana ¿Te conté que a mi otro tío lo mató la policía? Estaba robando un colectivo”.
A pesar de que su nivel de aprendizaje sea el de un niño de cuarto grado, a fin de año Chaco recibirá el certificado de primaria completa. Pasa los días en la escuela escuchando música en el celular. McCaco es su grupo favorito: Aunque digan que soy, Negro cumbiero donde voy, le doy gracias a Dios, por estar dónde estoy. Y voy a seguir bien fumanchao, y con mis ojos colorao, con los pibe en todos lado, porque ellos a mi me han dado...
Chaco, sus cuatros hermanos y la mamá viven en una casa de ladrillos a la vista y techos de chapa. Allí comparte un pequeño cuarto con los hermanos. Tatiana, la mamá, trabaja de empleada doméstica en la Capital Federal. De lunes a sábado, sale muy temprano, antes de que Chaco se levante para ir a la escuela; regresa alrededor de las nueve de la noche, poco antes de que Chaco se acueste. Con el sueldo de empleada doméstica, sumado a un programa social del gobierno, llega con lo justo a fin de mes.
El de Chaco es un mundo de carencias materiales y afectivas, y también un universo en el que la violencia interpersonal se hace presente con intermitente pero brutal frecuencia. No sólo en su barrio donde, según él, “son todos transas, se cagan a tiros todos los días,” sino en su hogar.
“Yo lo quiero ver muerto,” dice Chaco sobre su papá. “En casa falta todo, y él no hace nada. Duerme todo el día. Chupa un montón. Y encima se pelea con mi vieja”. Tatiana sufrió más de una vez la furia alcoholizada de su pareja. “La última vez casi la mata,” dice Chaco. Una vecina de la familia de Chaco describe una gresca doméstica: “El tipo la arrastró de los pelos por la calle, y la puteaba a los gritos. Por suerte la salvó un vecino. Ella tuvo mala suerte. Le cocina, le lava la ropa, y él es un vago. Dice que es remisero pero no hace nada”.
Chaco recuerda a la perfección la última vez que vio a su padre: “Desde que lo corrió con la cuchilla, él no apareció más. Es mejor que no vuelva nunca más”.
El turbulento mundo en el que Chaco vive y crece quizás explique sus amenazas reiteradas a los compañeros de clase: “Te voy a cagar a tiros,” “Te voy a pegar un tiro en la cabeza”, les grita simulando tener un revolver en sus manos. Quizás también sirva para entender el destino que él cree tener, un futuro similar al de los pibes chorros que dibuja: “Seño -le dice a su maestra- un día me vas a ver en la tele. Voy a robar un banco y me van a cagar a tiros. Me vas a ver, me va a matar la policía”.

La de Chaco no es una historia aislada. Es una de las tantas que registramos durante los últimos tres años de trabajo de campo en la “zona caliente” del sur del conurbano bonaerense, un lugar donde distintas formas de violencia azotan la vida cotidiana de los sectores más bajos de la escala socio-simbólica. Como en la vida de Chaco, estos distintos tipos de violencia (criminal, doméstica, íntima, callejera) se relacionan unos a otros, y aparecen, para quienes son sus principales victimas, como una suerte de cadena que circunda, y pone en riesgo, a diario sus vidas.
La ley de la(s) violencia(s)
No habíamos comenzado nuestro trabajo de campo con la intención de estudiar la violencia en la zona. Queríamos replicar un estudio que uno de nosotros había llevado a cabo en un barrio altamente contaminado, Villa Inflamable. Nos interesaba saber cómo se experimentaba la contaminación cuando sus fuentes no eran tan visibles como en el barrio adyacente al polo petroquímico de Dock Sud. A las pocas semanas de comenzar nuestro trabajo de investigación, los alumnos de la escuela con quienes empezábamos a conversar nos traían, junto a historias “tóxicas” (los basurales a cielo abierto, las ratas que merodeaban por su hogar, el agua con sabor a aceite, etc.), relatos de asesinatos, violaciones, tiroteos, peleas domésticas. Cuando les pedimos que dibujaran lo que les gustaba y lo que les disgustaba del barrio, nos devolvían dibujos como los que ilustran esta nota.
El centro de nuestro trabajo se fue modificando lentamente; no sabíamos cómo aproximarnos al fenómeno. Estábamos, por decirlo de alguna manera, atónitos frente a tantas violencias. Nuestros registros diarios iban en paralelo a nuestras lecturas – lecturas que, tanto en sociología como en psicología, suelen tratar a las distintas formas de violencia (doméstica, sexual, criminal, etc.) como fenómenos distintos y disociados. Fue así que, al comienzo, intentábamos entender una disputa dentro del hogar como algo separado de, por ejemplo, un tiroteo entre vendedores de paco (existen muy buenas razones intelectuales para preservar esa distinción analítica entre ambos fenómenos).
El caso de una niña –Samanta- a la que un vecino quiso violar y luego fue linchado nos alertó sobre las posibles conexiones entre formas de agresión que, en nuestras notas, aparecían disgregadas. Un día, uno de nosotros registró la siguiente nota:
“Al iniciarse el día (20 de agosto de 2009), Victor (9 años) me cuenta que ayer ‘mataron a un pibe’ cerca de su casa. ‘Era un banda de chorros, o por ahí eran transas’. Otra alumna interrumpe el relato y dice que ella ‘estaba en la vereda’ y también escuchó los tiros. Entre asustada y conmovida por el relato, les pido que ‘tengan cuidado’.Victor y Samanta responden: ‘Estamos acostumbrados’”.
Desde entonces, no sólo comenzamos a ampliar el alcance de nuestra investigación (incluyendo formas de violencia, como la doméstica y sexual, e indagando en cómo se vinculan unas con otras, desde el espacio público de la calle hasta la esfera privada de la intimidad) sino que procuramos excavar más profundo, examinando interacciones e indagando en “las mentes y los corazones” – la subjetividad – de quienes cometen y sufren las violencias.
¿Están los vecinos de esta zona del conurbano bonaerense realmente acostumbrados a los tiroteos entre transas, chorros y policía; a las peleas domésticas, a la violencia sexual? Mucho han debatido psiquiatras y psicólogos sobre la posible “desensibilización” frente a la violencia en comunidades en donde esta registra una alta incidencia. Si por habituación o desensibilización nos referimos a sujetos que prestan menos atención a los episodios de violencia, decenas páginas de nuestras notas de campos en las que jóvenes y adolescentes hablan casi compulsivamente del último tiroteo o muerte (muertes violentas que muchas veces no fueron registradas por ningún medio de comunicación) probarían que no están habituados. Sin embargo, si por habituación hacemos referencia simplemente a familiarización (como en la expresión “estamos acostumbrados” o en el diálogo entre dos chicas durante el recreo en el que una, sin muestra aparente de asombro y mostrándole a la otra una herida reciente de bala en la pierna, le pregunta si “¿a tu papá ya se le hicieron cascarita los tiros?”) entonces creemos que tenemos que tomar muy en serio estas voces. Nos hablan de cierto carácter ordinario – lo opuesto a extra-ordinario – que la violencia tendría en este territorio de relegación.
No podemos hacerle trampa a la ley de la conservación de la violencia, escribió el sociólogo Pierre Bourdieu. Toda violencia se paga, más temprano o más tarde. La violencia estructural ejercida por los mercados financieros en la forma de despidos y precarización, por ejemplo, encontrará su correlato en la forma de crimen y delincuencia, adicciones a las drogas, alcoholismo, y un gran conjunto de actos, mayores o menores, de violencia cotidiana. Si bien formulada con Europa en mente, esta idea quizás sirva para entender por qué, en las últimas dos décadas, territorios del conurbano bonaerense, como Ingeniero Budge, se han transformado en zonas de derrame: lugares en donde distintas formas de violencia se encadenan unas a otras y cincelan la experiencia cotidiana de sus habitantes.
18 de mayo de 2012: miedo en la pizarra
“A ver, chicos, vamos a trabajar sobre las leyendas que leímos ayer. Vamos a conversar sobre los miedos. ¿A qué le tenemos miedo?”. La consigna dio lugar a una larga hora de conversación colectiva. Mario pasó al pizarrón y anotó: Entrar a la droga. “A eso le tengo miedo”, dijo. “Cárcel,” dijo otro. “Muerte,” soltaron al unísono dos alumnas. “La cosa es así”, dijo Mario. Pasó al pizarrón y anotó: la calle →juntas→droga→cárcel→muerte. “Es una cadena seño”, le dijo a su maestra. “En la calle, haces bardo. Te juntás con los pibes, te hacen probar droga y te gusta, y querés más, y empezás a robar para drogarte. Y un día te cae la policía, te llevan a la cárcel. Te quedás 4, 5, 6 años, pero los policías abusan de vos. O si no te matan”.

En las ciencias sociales y en el periodismo abundan las descripciones de la violencia que satura (y en más de un sentido define) la vida diaria de las zonas pobres del continente. Innumerables estudios y crónicas demuestran que la ausencia de oportunidades económicas junto al aislamiento geográfico crean un clima en que el que la violencia interpersonal y el crimen pueden germinar y florecer en lugares tan distintos como el ghetto negro, la inner-city, la favela, la villa, o la comuna.
Si bien muchos estudios en sociología y en psicología comunitaria señalan las altas tasas de co-presencia (entre, por ejemplo, violencia barrial y violencia dentro de la familia) y demuestran que rara vez la exposición a la violencia adquiere formas puras (hablando de “apilamiento” de violencias), se sabe muy poco sobre cómo éstas se asocian unas a otras en tiempo y espacio real. Un tiroteo a la mañana, una pelea doméstica al medio día, una riña callejera en la tarde, una violación al anochecer, un linchamiento a la mañana siguiente: ¿Cómo y por qué estas aparentemente disímiles formas de agresión y daño físico se conectan unas a otras?
Vos asaltás a mi amigo, yo te rompo la cara; ojo por ojo, diente por diente. Tanto en los Estados Unidos como en Argentina, la violencia callejera criminal ha sido descripta y conceptualizada como el resultado de la ley del talión: un intercambio gobernado por la norma de reciprocidad. La violencia como represalia, o como desquite. Las crónicas de Cristian Alarcón contienen más de un ejemplo de esta manera de entender a la violencia. Uno de los episodios, vívidamente reconstruido en Cuando me muera quiero que me toquen cumbia, encapsula la represalia como motor y función de la violencia. Durante los últimos seis meses, Brian (uno de los personajes del libro) había robado a más de un vecino en el barrio y había amenazado con matar a otro joven, Rana, luego de que éste golpeara a uno de los amigos más cercanos de Brian. Una tarde de verano, la paciencia de los vecinos se agotó y decidieron tomar la justicia en sus manos. De acuerdo a la descripción de Alarcón, revólver en mano y bajo los efectos del alcohol y las pastillas, Brian desafía así a quienes están a punto de matarlo.
“Brian … el pelo corto y rubio, el torso de una criatura de doce, la cara palpitando como endemoniada por el efecto de tres días de pastillas y alcohol, saltaba… sobre el asfalto caliente de la calle General Pinto, semi-desnudo, vestido sólo con el short de un equipo de fútbol; se golpeaba el pecho con la mano izquierda y hacía girar sobre el dedo anular el arma con la derecha. Frente a él, a lo ancho del asfalto, multiplicándose, lo insultaba la turba dispuesta a sacrificarlo. Los hombres de cada pasillo, los jóvenes y los veteranos, rescataron las armas de los roperos y del fondo de los cajones con ganas de liquidarlo […] A unos diez metros, sobre la calle General Pinto, gritaba, escupía, insultaba.
-¡Putos! ¡Putos! ¡Ortibas!
Brian había querido matar a un pibe del barrio, el Rana.
-¡Vos le pegaste a mi amigo! – le dijo.
El Rana había tenido un entredicho con uno de los Sapitos. Brian le vació el cargador encima con pésima puntería. Los vecinos no tardaron en salir, armados cada uno con los suyo. Brian retrocedió apenas vio que se le venían encima una decena de hombres armados.” (129-142).
En Ingeniero Budge y en los barrios aledaños a la feria de La Salada, buena parte de la violencia se asemeja a la descripta por Alarcón (y por varios otros autores en otras partes de las Américas): es el resultado del resarcimiento y permanece encapsulada en relaciones entre dos individuos o grupos: ojo por ojo.
Si prestamos atención a otras formas de agresión física que ocurren tanto dentro como fuera del hogar, en la casa y en la calle, vemos que otra buena parte de la violencia que aterroriza a los vecinos, jóvenes y viejos por igual, transciende el intercambio interpersonal, y toma una forma menos demarcada, más expansiva. La violencia no queda restringida a un ojo por ojo, sino que se esparce, y se parece a veces a una cadena, enganchando distintos tipos de daño físico, y otras a un derrame, un vertido que si bien se origina en un intercambio violento, luego se expande y contamina todo el tejido social de la comunidad.
5 de mayo de 2011: clase de Sociales
En una clase de Ciencias Sociales la maestra leyó: “En Mayo de 1810, el Rey de España es depuesto por Napoleón Bonaparte. Preso en Francia…”. Carlos, un alumno, interrumpió la lección: “Seño, seño, mi tío también está preso. No se por qué, creo que fue por robar”.
Matías, del otro lado del aula, dijo: “A la vuelta de mi casa, vive uno que robó, y tiene auto nuevo, pero no está preso”. La lección sobre la Revolución de Mayo se transforma rápidamente en un recitado colectivo sobre los últimos eventos en el barrio:
Johny: Vieron que mataron a Savalita? Le dieron siete tiros, unos transas le quisieron robar la moto!
Tatiana: No fue así! El que quiso robar la moto fue él. Se la quiso robar a los transas. Fue así, yo lo conocía!!
Johny: No, no, la moto era de él.
Mario: Al lado de mi casa hay un transa, la policía viene y no hace nada.
Tatiana (riéndose): ¡Los polis son redrogones!
Mario: Y enfrente de lo de mi hermana, un chorro se escapó de la policía por los techos, no lo pudieron agarrar.
Melissa: A mi papá sí lo agarraron. Esta preso, hace un año.
1 de septiembre de 2011: clase de Historia
En una clase de Historia la maestra hablaba de San Martín: “Los valores que defendía el padre de la patria, José de San Martín, son valores que aun son muy importantes hoy, respeto, justicia… Y ustedes pueden usar en su vida cotidiana: no cargarse entre compañeros, respetarse, no insultar a sus mamás, respetarla”. Ariela, una alumna, la interrumpió: “Seño, seño, usted conoce a Luisito, no?” La maestra recordaba a Luis con mucho cariño: era uno de esos niños curiosos, un poco travieso. “Si, claro, fue alumno mío hace dos años”. “Le dicen fierrito, ahora –dijo Ariela- Porque siempre anda con un fierro en la cintura y le dice a la gente: ‘Mirá que yo tengo…’”.
El mundo de “fierrito” no le resulta ajeno a Ariela: su padre acaba de salir de la cárcel luego de cumplir una condena por robo. Su hermano está prófugo, acusado de asesinar a puñaladas a un amigo.

La cárcel, los tiroteos, los heridos y las muertes en el barrio tienen un carácter ordinario, consuetudinario. Así lo explican los chicos: “Mi papá tiene un arma porque a veces nos quieren agarrar el terreno que ocupamos en el asentamiento y los cagamos a tiros. Acá se hace siempre así, a los tiros”. “Todas las noches se escuchan tiros, venden drogas. Los transas se cagan a tiros”. El habla de estos chicos (desde las relaciones que establecen con eventos lejanos en tiempo y espacio como la Revolución de Mayo y la vida de José de San Martín, hasta las formas que toman las amenazas entre ellos: “te voy a pegar un tiro en la cabeza”) está permeada por la violencia interpersonal y estatal. Y ésta se desplaza desde la intimidad hacia la calle y viceversa, migrando entre ámbitos público y privado, tiñendo el ritmo de la vida en el barrio. La violencia: como cadena y como derrame.
Retribución colectiva
Samanta vive en el Bajo de Ingeniero Budge, una villa de pasillos sinuosos y casas a medio terminar, muchas de ellas con solo algunas paredes de material y otras de chapa o cartón. Su papá trabaja como cartonero; su madre es una de las miles de beneficiarias de la Asignación Universal por Hijo, un programa de transferencia condicionada de dinero que, con algunas variaciones, existe en muchos otros países de América Latina (Bolsa de Familia, Oportunidades, etc.): familias pobres reciben una cantidad de dinero por hijo a cambio de una serie de “condicionalidades” (chequeos de salud, asistencia a la escuela de los hijos en edad escolar, etc.).
“Mira lo que me pasó en mi pierna. Tengo una bala, ¿la ves?”, le dijo Samanta a su maestra. Después de ver un rasguño, la maestra detectó algo parecido a un chichón debajo de la piel. La mamá de Samanta, Mabel, le contó después lo sucedido. La historia ilustra una forma generalizada de violencia que afecta a las niñas del barrio y también apunta a una usual forma de reacción colectiva:
“¿Vio seño? ¡Ese hijo de puta las quiso violar! Fue el 24 (de diciembre). Resulta que con mi familia, que somos muchos, habíamos mandado a cocinar un lechón y unos pollos a lo de mi vecino, a unas cuadras de mi casa. Un vecino que conozco de toda la vida. Mi cuñado trajo el lechón, pero como faltaban los pollos, mandamos a Samanta y a mi sobrina para que los vayan a buscar. Cuando llegaron, el hijo de puta las quiso violar. Estaba mamado (borracho), tenía un cuchillo en la mano y les dijo que si no se la chupaban iba a matar primero a una de ellas y después violaría y mataría a la otra. Por suerte pudieron empujarlo, no sé cómo hicieron, creo que estaba re mamado tipo y se escaparon. Cuando llegaron a mi casa corriendo nos contaron lo que había pasado. Mi marido, mis cuñados, mi hermano y algunos vecinos se fueron a la casa del tipo y lo re cagaron a palos. No sabe seño: lo desfiguraron, tenía la cara toda llena de sangre. Lo dejaron tirado en la casa y se volvieron, pero después de comer, después de las doce, el hijo de puta vino para mi casa y le pegó un tiro a la Samanta, que menos mal le pegó en la pierna. Entonces de nuevo se fueron todos los hombres a agarrarlo otra vez. Y lo volvieron a cagar a palos. Con todo. Ahí sí me tuve que ir al Gandulfo (un hospital a 30 minutos de distancia). ¿A usted le parece? Estuve el 24 y el 25 en el Gandulfo. Por suerte la revisaron toda. Revisaron si estaba violada también pero por suerte el tipo no llegó a hacerles nada”.
El Cholo Vende Todo
Norma vive en casa de ladrillos a la vista, bloques de cemento sin pintar, madera y chapas. La vivienda está marcada por la adicción de su hijo Pedro al paco: un panel de madera cubre un enorme agujero que Pedro hizo cuando, en un desesperado intento por conseguir dinero para comprar su próxima dosis, intentó romper el marco de la ventana para robarle ropa a su mamá. El plan era vender la ropa a cambio de unos pesos. La lista de objetos que Pedro ha robado de la casa es extensa: un televisor, unas zapatillas nuevas, sartenes, ollas, y un lavarropas portátil.
A pocas cuadras, un negocio se especializa en la compra de objetos a desesperados adictos y en su posterior re-venta. “El Cholo Vende Todo,” dice el cartel en la puerta.
Norma rara vez sale de su casa porque teme que Pedro se llevé lo poco de valor que queda. “La antenita de la tele vieja la usa como una pipita, para fumar. La semana pasada arrancó el inodoro y lo vendió. La policía lo arrestó cuando lo cargaba por las calles, pensaron que se lo había afanado de un depósito”.
Pedro no sólo le roba a su mamá. También vendió la ropa de Carlos, su hermano. Carlos es alcohólico y cuando descubrió que le faltaban los jeans y una de sus camisas favoritas, buscó venganza. Norma no pudo detener la pelea entre hermanos. “Se tiraban piedras, botellas, de todo. Vivo con miedo, tengo miedo de que se maten”.
La violencia entre hermanos no es la única violencia que amenaza el hogar que Norma comparte con ellos y otros 5 hijos. “Ayer no pude dormir. Pedro le robó la bicicleta a un vecino y la vendió enseguida. Le dieron 20 pesos para comprar paco. A la noche vino el dueño a buscarla. Le dije que le iba a pagar, pero me dijo que él no quería plata, quería la bici. Me apuntó con un revólver y me dijo que si la bicicleta no aparecía, lo iba a matar a Pedro.”
Pocas semanas antes, un grupo de jóvenes del barrio había despertado a Norma en medio de la madrugada. Buscaban a Pedro. Juraban que le habían dado dinero para que comprara pastillas y hasta entonces no había regresado ni con la droga ni con el dinero. “Lo buscaron por toda la casa, y tenían armas, fierros. Me amenazaron y me dijeron que si lo encontraban lo mataban. Yo les dije que les iba a pagar, les pedí que no lo lastimaran, que él no sabía lo que estaba haciendo”.
Las constantes (y, hasta donde sabemos, crecientemente peligrosas) peleas entre hermanos pueden ser vistas como el producto psicofarmacológico del consumo de drogas y alcohol. La ingestión de drogas o alcohol puede irritar, excitar, o enfurecer. Estos estados emocionales pueden a su vez traducirse en comportamientos violentos. Los robos de Pedro, exigidos por su adicción, ilustran otra relación entre las drogas y la violencia, aquella que los cientistas sociales, llaman económica compulsiva.

Hasta la proliferación del uso del crack en los Estados Unidos, buena parte de la investigación social atribuía la violencia ocasionada por las drogas a los efectos físicos o psicológicos que su ingestión provoca o a los intentos que hacen los adictos por procurarse de recursos económicos para financiar sus hábitos de consumo. Desde mediados de los años ochenta, comenzó a investigarse una tercera vinculación entre drogas y violencia. La violencia sistémica se refiere al tipo de agresión física que resulta de las demandas inherentes a los mercados ilegales.
En esta forma de violencia, que de acuerdo a numerosas investigaciones es la que explica la enorme mayoría de lo que se entiende como “violencia relacionada con las drogas”, las interacciones violentas son producto del control social informal llevado a cabo por los actores que participan en el mercado de las drogas en ausencia de agentes formales. Disputas entre dealers, castigos por falta de pago o mercancía adulterada, son los ejemplos más citados. La familia de Norma ha tenido experiencia también con este tipo de violencia.
Pero la breve historia de Norma, Pedro y Carlos no solo ilustra la co-existencia en tiempo y espacio real de las tres formas en las que el consumo y la comercialización de drogas y la violencia se relacionan. Cuando Pedro roba en su casa para financiar su adicción y este robo resulta en una pelea entre hermanos, o cuando jóvenes aterrorizan a Norma por la falta de pago o de drogas, puede verse también cómo tipos de violencia tradicionalmente estudiados de manera separada (doméstica, criminal, interpersonal) se relacionan mutuamente. Cuando vendedores y consumidores se pelean por pagos, faltantes, o calidad de las drogas, su violencia pública puede migrar al interior del hogar, conviertiéndose en una brutal pelea entre hermanos. Estas violencias disuelven las distinciones entre calle y hogar, esfera pública y privada; se conectan en una sola: que se expande continua.