abril 18, 2017

Oscar Bony, la traición del estilo

Formado en los talleres de Antonio Berni y Juan Carlos Castagnino, Oscar Bony fue protagonista del arte argentino de los años ’60. Desde posiciones siempre vanguardistas, y frente a los puristas que sólo concebían las fotografías en un soporte bidimensional y sobre una pared, Bony fusionó las imágenes con la pintura hiperrealista y las instalaciones. El Nano Festival de Fotografía homenajea a un artista considerado un “caleidoscopio creativo que puso un pie en todas las disciplinas”.

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Foto de portada: ©Oscar Bony. “Culpable-inocente”, 1998, serie el triunfo de la muerte. Fotografía enmarcada bajo vidrios agujereados por disparos de pistola Walther P 88 de 9 mm. (Gentileza Carola Bony)

 

La fotografía no es más un objeto. Nunca lo fue, pero hasta no hace muchos años, el proceso que implicaba la operación fotográfica culminaba casi siempre en una foto física, en nuestras manos o en un álbum, o colgada en la pared. Ahora este proceso no termina, porque la imagen que aparece en el display de la cámara o en el celular o en la pantalla de la computadora seguirá un viaje virtual que cada vez controlamos menos.

 

Hay una necesidad evidente, en los fotógrafos actuales, en el ambiente artístico, de volver a la fotografía objeto. La industria y el mercado también nos lleva a eso. Las posibilidades de impresión son más accesibles y la inmensa variedad de soportes, insospechada hasta hace poco. Además, como se dice en el mundillo del arte, las muestras de fotografías pueden llegar a resultar aburridas. Esta suposición fue rebatida de manera inapelable por las inmensas colas de público expectante en la Usina del Arte de la Ciudad de Buenos Aires para ver la obra de Henri Cartier-Bresson, o la cantidad de entradas vendidas para recorrer la muestra de Vivian Maier en FoLa, una autora totalmente desconocida para los no iniciados.

 

En esta “vuelta al objeto”, hay otras disciplinas artísticas con más experiencia que la fotografía. En la pintura, hace rato que se recurre a instalaciones, a fotografías, a objetos encontrados (Antonio Berni no fue el primero). La fotografía parecía un terreno que no daba lugar para este tipo de experiencias. Hay una corriente de pensamiento “purista” que tal vez tiene demasiado peso y decide que la fotografía es siempre sobre un soporte bidimensional y sobre una pared. Todo debe suceder en el rectángulo del fotograma. Está mal visto expandirse hacia experiencias que interpelen los usos aceptados.

 

Oscar Bony (Posadas, Misiones. 1941-2002) fue el principal artista que, desde posiciones siempre vanguardistas, utilizó la fotografía en gran parte de su extensa y polifacética obra. Su caso es curioso: fue uno de los pocos en la historia del arte argentino contemporáneo que fue fotógrafo. De hecho, trabajó como tal durante siete años, período en el que decidió abandonar la práctica artística. Las experiencias de los años ‘60, más el convulsionado panorama político nacional que también se expresaba en la práctica de los artistas de ese entonces, determinó este abandono prolongado. 

 

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Foto: ©Oscar Bony, El Triunfo de la Muerte (1998). Fotografías en blanco y negro sobre papel y vidrios baleados con pistola. (Gentileza Carola Bony)

 

Bony, que había sido formado en los talleres de Antonio Berni y Juan Carlos Castagnino, fue protagonista en esos agitados años, cuando tomaron impulso nuevas expresiones cuestionadoras de lo aceptado en el mundo del arte. Fue el autor de uno de los primeros films experimentales (“El paseo”, 1966 exhibido en el Instituto DiTella), antecedente de referencia en la gestación de todo un movimiento de videoarte que se formó en Buenos Aires. Pero además, fue, como él mismo decía, un traidor de los estilos.

 

Tal vez una de sus obras más recordadas por el público que se acerca al arte de tanto en tanto sea “La familia obrera” (1968). Una performance por la cual una familia posaba sobre un pedestal en la sala de exposición y recibía como pago una suma igual al salario percibido por el padre de familia trabajando en una fábrica. Esa obra (que duró diez días) fue documentada fotográficamente por Bony, y esas imágenes se convertirían a su vez en “otra” obra. Su capacidad de experimentar y de interpelar las convenciones era inagotable.

 

Bony era un artista conceptual que vivía y trabajaba en Buenos Aires hasta que abandonó la práctica del arte (junto a otros de sus colegas), en un intento de evitar el mundillo legitimador de las galerías y los museos.

 

Su regreso fue marcado simultáneamente por el uso conjunto de la pintura y la fotografía. Y en este punto es que se convierte en un precursor (nuevamente) de las prácticas que ahora vemos a diario en numerosos artistas visuales.   

 

Un álbum de fotografías de unas vacaciones en El Bolsón entre finales de 1974 y principios de 1975 sirvieron de inicio para este retorno. Y el mismo artista le dijo a Luis Felipe Noé los motivos que lo impulsaron a volver a pintar: “Una manifestación política, su hija Carola, y el contacto directo con un cuadro de Boticelli”[1] . La sociedad, los afectos y el arte fueron las razones que lo llevaron a una búsqueda en la que la fusión entre pintura hiperrealista y fotografía se entremezclaron. Bony pintó cielos (aquellos que aparecen en el álbum de El Bolsón) desde la perspectiva de un fotógrafo. Dice Andrea Giunta en el catálogo de su exhibición póstuma en MALBA en 2007: “Reconstituyen esa experiencia visual desde el hacer manual, un plus comunicativo que se agrega a la imagen fotográfica como para hacerle decir más que lo que ella simplemente comunica a partir de la toma”.

 

Para Bony, la pintura tiene que decir algo acerca de la fotografía. Luego vino el momento en que la fotografía dijo algo acerca de la pintura. En 1976, expuso en la Galería Artemúltiple una serie de fotografías de cuerpos femeninos desnudos. Estas fotos, que hoy le podríamos atribuir al francés Antoine D´Agata, fueron hechas desde la mirada de pintor de Bony.

 

Un artista que pasaba del film a la instalación, que pintaba y hacía fotografías. Un caleidoscopio creativo que puso un pie en todas las disciplinas. Bony podía expresar además su proceso en palabras: “A mí me interesa la imagen como lenguaje, y creo que hay una constante en mi trabajo: la discontinuidad. Esa discontinuidad no es caprichosa: es la esencia de nuestra realidad, de nuestra historia pasada y cotidiana”.

 

Fue en el período que va desde 1993 a 2002 en el que Bony profundizó en esta mixtura entre pintura y fotografía. En la exploración del álbum familiar, se propuso reactivar momentos autobiográficos importantes, y lo hizo por medio de instalaciones en donde la fotografía fue el detonante, el recuerdo actualizado en objetos que remitían a las fotos. Un inventario de momentos importantes en su vida que fueron traídos al presente: “Es una reconstrucción del yo, de mi persona. Fotos de mi infancia que miro desde este lugar, con documentación del momento. Un circuito cerrado sobre una misma persona; una situación de aislamiento sobre mi mismo”[2].

 

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Foto: ©Oscar Bony, El Triunfo de la Muerte (1998). Fotografías en blanco y negro sobre papel y vidrios baleados con pistola. (Gentileza Carola Bony)

 

“Obras de amor y violencia” (Filo, espacio de arte. 1994) fue la muestra clave que cerró un capítulo y abrió nuevos caminos en su investigación. Todos conocemos el políptico “El triunfo de la muerte” (1998), que tiene un lugar de privilegio en las salas del Malba. Esta obra puede resumir la impronta de la producción de Bony en la última etapa de su vida. El artista, consumado fotógrafo, realizó una serie de autorretratos, que una vez impresos y enmarcados fueron atravesados por las balas de su pistola semiautomática. Bony disparó la cámara y disparó el arma que “lo suicidó” metafóricamente.

 

Esta práctica se extenderá después con los más diversos motivos, desde manifestaciones políticas en Buenos Aires hasta el skyline de Nueva York, pasando por las más importantes pinturas de la historia del arte occidental.

 

Al cumplirse quince años de su muerte, y atendiendo a los enormes cambios que viene experimentando la fotografía artística en Buenos Aires, el Nano Festival de Fotografía propuso en una de sus convocatorias anuales un homenaje a la obra de Oscar Bony. Es un gesto, un puente de conexión, que intenta romper con falsas divisiones en el campo del arte y que enriquecerá en el futuro las herramientas de los artistas visuales comprometidos con el lenguaje fotográfico.

 

El jueves 20 de abril, a las 18:30 horas, en FoLa, el Nano Festival realizará una charla informativa en la que, además del homenaje a Bony (con la presencia de María José Herrera) presentarán sus otras convocatorias: “Territorio”, “Cuerpo” (formato video con la asesoría de Jazmin Adler) y la clásica “Nano busca un autor”. Más información en:  https://www.nanofotofest.com.ar/

 

1Andrea Giunta. Una estética de la modernidad. Oscar Bony, el mago. Obras 1965-2001. P 29

[2] Andrea Giunta. Op. cit. p. 31A

 

 

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