Viven en pueblos pequeños con nombres como Monrupino, Duino, Aurisina o Dolina, en la provincia de Trieste, sobre las colinas del Carso y a metros de la frontera entre Italia y Eslovenia. Durante siete meses crían cerdos para carnearlos en diciembre y enero y preparar embutidos. En los meses fríos también hacen quesos. En otoño se dedican a la vendimia: cosechan uvas que ellos mismos siembran y fabrican vinos fuertes. Después tienen tres o cuatro semanas para comer y tomar todo. En los patios de las casas, lugareños y turistas se entregan al placer de un buen jamón y un vino blanco frío.
Emprendimientos familiares, que se trasmiten de generación en generación, dedicados a la producción de chacinados, quesos caseros y vinos. Sin conservantes. Todo natural. La osmiza: una tradición que nació en el Imperio Austro-Húngaro, cuando el emperador concedía licencias a los agricultores para que durante 8 días pudieran vender su producción sin pagar impuestos.
Una rama de hiedra colgando hacia abajo es el indicador de que tras la puerta de esa casa antigua italianos y viajeros, obreros e intelectuales, se dan un banquete de embutidos regado con vino mientras hablan de la vida. Arrancan antes del mediodía. Terminan Dios sabe cuándo.