Ensayo

Salir del clóset en el fútbol


Posición adelantada

El fútbol moldeó desde siempre las formas de ser varón. El gesto de Nacho Lago, jugador de Colón de Santa Fe, de mostrar a su novio en público es un hito en la historia del fútbol argentino. No sólo por ser el primero en hacerlo, sino porque sucede en un contexto en el que el discurso oficial del gobierno nacional institucionaliza discursos de odio contra la comunidad LGTB+. “La salida del clóset de una figura pública contribuye a cambiar concepciones negativas sobre la homosexualidad —escribe el autor de este texto—. Es necesario construir una genealogía del orgullo que contribuya a nuevos proyectos de vida”.

1.

Hay gestos simples en apariencia que pueden encender la luz para iluminar el mundo. O la mecha de una pequeña revolución que hacen de cierto rincón del planeta un lugar más justo y amable, o simplemente más habitable para vivir, soñar y amar.Gestos como el de Rosa Parks, la costurera afroamericana que el 1 de diciembre de 1957 en Alabama no cedió su asiento de colectivo a un pasajero blanco y desató en Estados Unidos la subversión en pro de los derechos raciales. O el del joven hippie gay George Harris cuando, en medio de una movilización pacífica contra la guerra de Vietnam en Washington el 21 de octubre de 1967, colocó un clavel en el cañón del rifle de un militar y fue inmortalizado por la fotografía de Bernie Boston como el símbolo del Flower Power. O el de las trans y las travestis que dijeron “NO” y se rebelaron contra las razias policiales en las célebres gestas del bar neoyorkino de Stonewall. No es grandilocuente afirmar que el gesto de Ignacio “Nacho” Lago, el extremo de Colón de Santa Fe, de salir del clóset y presentar a su novio en público pertenece a esa tradición. 

Es un hito en la historia del fútbol argentino: el primer futbolista en actividad de un club profesional en visibilizar públicamente su homosexualidad, rompiendo con más de un siglo de temores, vergüenzas, silencios y tragedias en ese deporte. Un gesto que, además, trasciende el fútbol. Por dos motivos: primero, porque subvierte uno de los lugares paradigmáticos a partir de los cuales se construyó la masculinidad hegemónica local, es decir, el machirulismo sobre el que se asienta la dominación masculina, la inequidad y las violencias por razones de género en Argentina. Y segundo —y no es un dato menor— porque lo hace en un momento histórico del país en donde el ultraderechista discurso oficial del gobierno nacional institucionaliza discursos de odio contra la comunidad LGTB+.

2.

El contexto fue Sangre y Luto, un programa dedicado al Club Colón de Santa Fe. En ella, el joven de veintitrés años recibió una sorpresa de la producción con breves testimonios de sus seres queridos que le manifestaban su apoyo, cariño y admiración. Entre ellos, sorpresivamente, las intervenciones incluyeron la del fotógrafo Gonzalo Huser, novio de Lago, que apareció con un mensaje personal aludiendo a la victoria por tres a cero de Colón sobre San Miguel y al tercer gol definitivo que tuvo como autor a Nacho:

“Hola, gordo, espero que te haya gustado la sorpresa. No me queda más que felicitarte y agradecerte por la excelente persona y el excelente profesional que sos. Sé toda la garra que le ponés a esto, sé que tenés un sueño. Te quiero mucho y gracias por defender los colores de mi ciudad”.

Un paralelismo sin precedentes entre la pasión por el deporte y la pasión amorosa entre varones. Si este hecho presenta un antecedente inédito para el fútbol local, no es menos la reacción de un Lago visiblemente emocionado que confesó sin rodeos la naturaleza del vínculo: “Es un amor irracional, lo vivimos de esta manera, igual que con el fútbol. Lo que sentimos, lo tratamos de expresar”. A su vez, Nacho alegó no sospechar siquiera de que su amado iba a aparecer en cámara: “No sé cómo no me di cuenta, vivo adentro de casa. Es muy atento y da sus muestras de cariño de manera muy especial”.

3.

¿Por qué debería importar, aún en pleno siglo XXI, la sexualidad de lxs deportistas? Porque el deporte en general —y particularmente el fútbol— sigue siendo uno de los últimos reductos del secretismo, la discriminación sexual y las acciones homo-lesbo-trans odiantes.

Hay y hubo historias dramáticas e incluso trágicas que de tan recientes todavía queman. El inglés Justin Fashanu (1961-1998) fue el primer futbolista abiertamente gay cuya vida terminó en el suicidio tras una existencia marcada por lesiones en el cuerpo, insultos en los ámbitos públicos y la doble discriminación por gay y negro. El uruguayo Wilson Oliver (1966) vio truncado su sueño de llegar a la primera división de su país porque la homofobia del ambiente lo obligó a recluirse. Y tantas y tantos otros seres anónimos vivieron o viven en silencio sus preferencias eróticas porque parecen discrepar o entran en contradicción con los ideales de los universos deportivos. Quizás quien mejor resumió en una frase las dramáticas vicisitudes de no tener una identidad heteronormativa y ser deportista fue el boxeador estadounidense Emile Griffith: “Maté a un hombre y el mundo me perdonó. Pero amé a un hombre y el mundo quiso matarme. Aunque nunca fui a la cárcel, estuve en prisión toda mi vida”. Se refería al asesinato de su rival en el ring, Benny Paret, luego de que este le dijera “maricón” al oído.

Cuando se piensa en y frente a estas tristes historias, las salidas del clóset cobran su verdadera relevancia: el hecho de que, más que afirmaciones individuales y subjetivas, son de naturaleza social y política. El concepto de “clóset” fue central en la construcción de las identidades homosexuales desde el siglo XIX porque ese “armario” donde se guardan secretos se construye al mismo tiempo que la identidad y el personaje homosexual.

 Una de las grandes discusiones que plantea el clóset es la de la división entre la vida pública y la vida privada. Es decir, una de las defensas para continuar en el armario es la defensa de la vida privada. Quizá la respuesta es que el armario no es una estructura meramente individual, no pertenece estrictamente al ámbito privado de las personas. Salir del clóset, decir abiertamente que se tienen deseos y sentimientos amorosos hacia personas del mismo sexo, no es revelar la vida privada, sino ser parte de un proyecto colectivo que contribuye a cambiar concepciones negativas sobre la homosexualidad. Por ejemplo, la salida del clóset de algunos personajes públicos, como la de Lago, puede colaborar a que se dejen de hacer chistes ofensivos en los vestuarios, nominaciones injuriantes en las tribunas y en los espacios públicos. A erradicar definitivamente esa idea de hombría, de machirulo, de masculinidad hegemónica que, construida especialmente desde el fútbol, ha despreciado la vida de tantos seres humanos.

En contraposición al insulto y al odio que arruinó tantas existencias, es necesario salir del clóset y, de esa manera, construir una genealogía del orgullo que contribuya a nuevos proyectos de vida. En esa línea, la imagen de Nacho Lago declarando orgullosamente su “amor irracional” por su pareja se suma a la foto del año pasado del jugador de Boca, Sebastián Vega, subido al aro de básquet con la bandera multicolor. Y a otras tantas imágenes: la de la tenista francesa Amelie Mauresmo besándose con su novia tras consagrarse campeona en el Abierto de Australia de 1999; la del jugador de rugby Gareth Thomas sonriendo junto a su novio desde las tapas de la revista gay Attitude; la de Jason Collins, el jugador de básquet que desde la portada de Sports Illustrated afirmaba en 2013: “Soy negro, juego en la NBA y soy gay”. O la del boxeador puertorriqueño Orlando Cruz repartiendo trompadas en el ring luciendo el short multicolor.

4.

Desde sus orígenes asociados a inmigrantes que construían los ferrocarriles y su traslación a los potreros, el fútbol fue considerado en Argentina un espacio que definía a la masculinidad hegemónica y un ritual de ocio exclusivamente practicado por los “varones de verdad”.

En su estudio pionero sobre las masculinidades en Argentina, el antropólogo Eduardo Archetti indicó que el fútbol era el lugar de la masculinidad de los estratos populares y el polo el deporte paradigmáticamente rural asociado a los estancieros y las clases privilegiadas. Con el tiempo, en las figuras ejemplares de Maradona y Messi el fútbol se consolidó como aquel que podía dar lugar a la masculinidad tanto en la variante del mujeriego empedernido que reivindica sus orígenes populares como en la del esposo y padre ejemplar que ostenta una identidad empresarial que se codea con la ultraderecha estadounidense. Parafraseando al sociólogo Enrique Gil Calvo, desde el fútbol, Maradona y Messi podían encarnar alternativamente las máscaras masculinas de héroes, patriarcas y monstruos.

La salida del clóset de Nacho Lago es la construcción de un nuevo tipo de héroe, de una nueva forma de vivir la masculinidad donde cobra nuevamente valor el amor irracional en desmedro de otras relaciones viciadas por el poder o el dinero. Es la épica de un joven gay nacido en Isidro Casanova y encumbrado a las altas esferas de los deportistas de élite. Es decir, contrariando el viejo antagonismo entre masculinidad subalterna y éxito profesional, Lago se erige en futbolista prestigioso y popular sin necesidad de usar ninguna motosierra.

Es allí donde el discurso de la sexualidad, tan devaluado en los últimos tiempos, vuelve a cobrar el carácter renovador de la sociedad asociado a las gestas de los años sesenta y expresado en los grafitis de estudiantes en mayo del 68: “Cuantas más ganas tengo de hacer el amor, más ganas tengo de hacer la revolución”. O “Abran el cerebro tan a menudo como la bragueta”.

5.

En Masculinidades: fútbol, tango y polo en Argentina, Archetti supo explicitar las múltiples maneras en que el fútbol se erigió en espacio privilegiado para construir el machirulismo argento. Por un lado, en clave histórica, constituyó un universo típicamente masculino, un mundo “de varones sin mujeres” que se incluirían en lo que Eve Kosofsky Sedwick llama homosocialidad. Las comunidades homosociales se caracterizan por lazos vinculares —basados en la amistad, la fascinación o la admiración— exclusivamente entre varones. Con frecuencia, en la homosocialidad los varones están unidos por una fuerte intensidad afectiva que lo diferencia de la homosexualidad por su virulenta homofobia y desprecio a los homosexuales.

Eso más allá de la intensidad erótica que pueden alcanzar las relaciones entre varones que comparten la vida en espacios íntimos como el dormitorio y el vestuario. O de las fascinaciones eróticas entre los fanáticos de fútbol y ciertos jugadores que tan bien supo reflejar la película El hincha (1951) de Manuel Romero, interpretada por Enrique Santos Discépolo. O más allá de las freudianas sublimaciones y connotaciones homosexuales presentes en el propio objetivo del fútbol —ya señaladas por Juan José Sebreli—, consistente en meter el gol en el arco del patio trasero del adversario. O de la costumbre arraigada de tocar y abrazar al goleador del propio equipo. Más allá de apilarse los cuerpos masculinos como en una orgía con la excusa del festejo del gol, o tocando las nalgas de un compañero, la homosexualidad aparecía en el espacio de lo prohibido, de lo antinatural, de lo que no debía y no podía ser.

Por otro lado, la discriminación y exclusión de los homosexuales del mundo de los “hombres de verdad” podía expresarse en discursos de odio, bromas en los vestuarios, cánticos de las hinchadas o acciones violentas literales contra el cuerpo de los homosexuales.  De esas y de otras maneras, las comunidades homosociales devenían centrales para reforzar la identidad masculina, el dominio social y las estructuras de poder patriarcales.  

Por ello, el gesto ejemplar de Lago viene a socavar ciertas bases estructurales de la dominación masculina y, por lo tanto, de legitimación de la violencia simbólica y de la violencia física sobre las mujeres y las identidades alternativas a la heteronormatividad.

6.

No se suele analizar con demasiada frecuencia la relación existente entre los lenguajes políticos de Milei y sobre todo el uso recurrente del insulto personalizado con alusiones sexuales violentas —con particular obsesión con el sexo anal— y el lenguaje injuriante de las comunidades homosociales tales como las hinchadas de las canchas de fútbol o las barras de amigos y los vestuarios masculinos.   

Una de las metáforas sexuales más recurrentes que utiliza el mandatario argentino para despreciar a sus opositores políticos es la del mandril, en referencia a los simios de nalgas desnudas y coloradss, donde sobrevuela la idea del sexo anal como una analogía del sometimiento corporal y político. Y que encontraron su vergonzante cúspide en el discurso de Davos en donde Milei asoció a la homosexualidad con el abuso infantil. Quizás gran parte de la popularidad del discurso mileísta pueda explicarse en el hecho de haber institucionalizado cierto lenguaje de larga data presente en el machirulismo de los sectores y las culturas populares.

La muestra pública de amor entre Nacho Lago y su novio en este contexto cobra importancia ejemplar y singular coraje. En tiempos en que se pretende desacreditar o bajar el precio de las luchas LGBT+, en devolvernos al armario o al lugar del secreto, la vergüenza, la condena y la enfermedad, Lago propone que no hay nada vergonzoso, pecaminoso o patológico en el amor entre varones, sino que puede ser algo digno de orgullo, bienestar y felicidad. Asimismo, desacredita viejas y anquilosadas concepciones sobre el fútbol y habilita a que otrxs deportistas puedan vivir de manera libre —la verdadera libertad, no la que propone el Gobierno— su sexualidad, su identidad y sus formas de amar y sentir. Hace realidad una escena que en algún momento pareció simplemente un sueño o una utopía: la de los futbolistas varones besándose apasionadamente en la boca en la cancha de fútbol al son de y en el video de la canción “Nunca quise”.

Que un joven bello, en la plenitud de la concupiscencia y de los atributos físicos, se presente frente a un Milei desvencijado tan solo con la frescura, la pureza y el lenguaje del amor irracional y de la legitimación del sexo anal, puede ser tan subversivo y nocivo para la ordalía neoliberal, como el Ángel-Demonio para la familia burguesa de Teorema de Pier Paolo Pasolini. Quizás baste con ese gesto para comenzar con el principio del fin de la larga noche de la infamia.