Crónica

Florencia de la V


Lo que viene después de decir basta

Llegó al espectáculo por azar y se ríe de su ser travesti desde que tiene 20 años, pero en un momento ciertos chistes dejaron de causarle gracia. Su biografía personal y su carrera coinciden con tiempos de profundas transformaciones subjetivas, sociales y políticas de la Argentina. Cuál es su vínculo con el activismo LGBT, sus pedagogías, sus autoras, sus infancias; cómo sobrevive a la farándula, sus fantasías con la política. Flor de la V revisa su propio archivo, piensa en la ilusión que la convirtió en quien es hoy y reconoce que quizás ocupe un lugar en la memoria trans más enorme de lo que nunca soñó.

Esa noche Florencia cenó junto a su esposo y sus dos hijos en la mesa familiar. Cansada de las grabaciones de La Pelu pero revitalizada por los rostros sonrientes de sus niños, compartieron la cena entre anécdotas y risas. En la sobremesa, sentados frente a la televisión, Flor le da a su hijo menor la mamadera. Su cabello recogido de modo informal, las pantuflas y la compañía de su esposo Pablo recostado en el sillón son la postal soñada de un hogar familiar. De pronto la TV anuncia un informe sobre la pelea de Flor con Marcelo Polino, un tonto cruce de palabras instigado por el mediático chimentero. Mientras sostenía a su niño en brazos la siempre inefable Viviana Canosa dice al cronista que la pelea de Flor y Polino le hace gracia, porque es la pelea de “dos tipos”. Otro panelista dice que la pelea es por saber quién la tiene más larga. Una insistente catarata de chistes remanidos y vulgares sobre los genitales de Flor inunda la pantalla de la TV. Pablo se lleva a los niños a la habitación y Florencia se queda sola. Sentada en el sillón, con la mirada vacía, la luz de la TV ilumina una lágrima que empieza a nacer temblorosa de sus ojos, seguida por otra y otra que dejan un trazo azulado en su cara invadida de miedo. Florencia mira en su mente un castillo de naipes derrumbándose, toda su alegría de una noche familiar feliz se carcome por unos puntos de rating.

Al día siguiente Flor llega al estudio de Telefe. Hace el programa con la mejor onda, se divierte con sus invitados y bromea con el resto de equipo. Hacia el final del programa la cámara muestra un plano distinto. Un primer plano del rostro de Flor, que mira a cámara fijamente. Ya no es el personaje quien nos habla, la conductora ya no está aquí. Flor comenta los detalles del clip de Bendita TV que había visto anoche, se acomoda en ese sillón de peluquería y cambia su voz drásticamente, como si una mezcla de orgullo y furia emergiera de su corazón trava:

“Lo que me provocó profundo dolor y que fue lo que hizo que estas lágrimas no pararan de salir de mis ojos fue que no le dieron el debate que la situación merece. Porque se está hablando de una persona, no se está hablando de una cosa, ¿entienden? Yo la verdad Viviana, yo no sé qué tipo de sociedad le querés dejar vos a tu hija Martina. Pero claramente no es la que yo quiero para mis hijos. Yo quiero otro tipo de país. Nosotros somos ejemplo en el mundo por muchísimas cosas, con los derechos humanos, con la ley de matrimonio igualitario, con la ley de identidad... pero realmente en este país la igualdad aún no existe”.

De pronto la mente de Flor se llenó de fantasmas. Vino a su memoría la voz de quienes le decían que por “ser así” nunca iba a llegar a nada. Pero conteniendo las lágrimas continuó hablando a la cámara con decisión:

“Yo, saben una cosa, gran parte de mi vida sentí vergüenza. Nunca lo dije, sentía vergüenza de mí, sentía vergüenza de ir a un banco, de mostrar mi DNI. De hablar y que me escuchen la voz. Sentí vergüenza de mi condición y ¿saben una cosa? Un día me mire al espejo, y me dije: ¿vergüenza de qué? ¿de ser diferente? ¿De pensar distinto? ¿de amar? Y dije: ¡Nunca más! Nunca más, nunca más voy a sentir eso. Mi nombre es Florencia Trinidad, madre  de Paul e Isabella Goycochea, señora del Dr. Pablo Alejandro Goycochea. Mujer y argentina.”

***

Cuando Flor salió del estudio esa tarde no pensó que su carrera iba a quedar para siempre partida en dos, que su vida se iba a transformar lentamente para llevarla a nuevos lugares cómo a la protagonista de un exótico libro. “Pagué un alto precio por decir basta, por decir que no voy a seguir formando parte de esta violencia. Sí, en ese momento fui condenada, fui juzgada, fui apartada de la televisión por muchísimo tiempo hasta que el tiempo me dio la razón.”

Cuando ella llegó a los medios, los conductores eran machistas y se sentían habilitados a decir y opinar lo que querían; ella era una debutante, una travesti solitaria de 21 años en un medio dominado por las personas cis y sus modelos de belleza. Flor tenía que callar y sonreír mientras Mauro Viale le decía “Cachito, ¿tenes pito?”. Permanentemente tenía que escuchar los mismos chistes, las mismas insinuaciones, los mismos comentarios con doble sentido. “Siempre fui como sapo de otro pozo, entonces mi construcción social en este medio extremadamente machista fue desde la imagen de una mujer cis.”

A muchas de nosotras la vida nos va metiendo en la cabeza que cuanto más nos parezcamos a una mujer cis, más éxito y aceptación vamos a tener. Crecimos pensando que sólo se puede ser hombre o mujer y que si no somos una cosa, pues debemos ser la otra. Entonces nos miramos en el espejo de las mujeres que conocemos e intentamos imitarlas, lucir sus peinados, vernos maquilladas. Al principio lo hacemos de un modo espantoso, con los trazos infantiles de un rubor demasiado carmesí hasta que vamos aprendiendo el arte de ponernos en esa piel tersa, clara y mate de las modelos photoshopeadas. Imitamos algo que de por sí ya es falso, pero que es al menos la mentira con la que los hombres fantasean mientras se tocan la pija. Y vamos metiendo a empujones y rabia todo ese relato de la mujer curvilínea, joven, blanca, delgada dentro de nuestro cuerpo hasta dañarnos. Las travestis tenemos que ser regías para compensar aquello que nos cuelga entre las piernas.

Flor lo empezó a comprender cuando tenía poco más de 14 años y estaba sentada frente al televisor de su casa. De pronto una mujer pálida y delgada con un vestido largo negro entra al escenario de Ritmo de la Noche. Su vestido tiene un profundo tajo por el que se ven las medias de lycra negra, bordadas y elegantes que cubren sus larguísimas piernas. “Soy ese vicio de tu piel/ que ya no puedes desprender/ Soy lo prohibido” canta Bibi Andersen ante un eufórico público que no entiende nada. “Soy esa fiebre de tu ser/ que te domina sin querer/ Soy lo prohibido.” Flor la mira obnubilada, con los ojos repletos de ilusión. Nunca imaginó que alguien así pudiera estar en la TV. “Soy esa noche de placer/ la de la entrega sin papel/ Soy tu castigo”. A Flor le habían dicho que todas las travestis eran prostitutas, que terminaban en la calle como mujeres de segunda, pero ahí estaba Bibi, acariciando el rostro del Teto Medina seductoramente mientras la platea vitoreaba. “Porque en tu falsa intimidad/ en cada beso que le das/ sueñas, sueñas conmigo.” En aquellos años no era extraño para Flor ver a chicas travestis en su barrio, vivían como podían amontonadas en casuchas, reunidas con maricones y malandras. Todos sabían de su existencia pero actuaban como si nunca las vieran. “Soy el pecado que te dió/ nueva ilusión en el amor/ soy lo prohibido”. De fondo alguien decía “mira, mira, parece una mujer pero es un travesti”. Flor sabía que siempre hacían esa salvedad, pero Bibi estaba triunfando en la pantalla de Telefe. “Soy la aventura que llegó/ para ayudarte a continuar/ en tu camino/ Soy ese beso que se da/ sin que se pueda comentar/ soy ese nombre que jamás, fuera de aquí pronunciarás/ Soy ese amor que le darás/ para salvar tu dignidad…. Soy lo prohibido.” Una luz adormecida se encendió con esa canción, y Flor se fue esa noche a dormir con los labios apretados y el cuerpo lleno de ansias: ella también quería ser lo prohibido.

***

“No sé si tenía que ver con la admiración o tenía que ver con que me llamaban poderosamente la atención esas mujeres. Nunca imaginé que me iba a convertir en una de ellas, nunca creí que iba a mirar para ese lado, hasta que empecé a jugar.... Porque todo empieza como un juego, más aún en esa época donde una no se planteaba comenzar una vida como mujer trans. A mí me pasaba algo que era que no me sentía cómoda, sobre todo en la adolescencia, con el tema de mi identidad. No lo tenía claro. Al principio creí que era solo algo de la adolescencia pero tenía que ver con mi búsqueda de la identidad que es algo tan profundo y poderoso. Después me di cuenta que cuando el espejo me devolvía esa imagen, me sentía completa. Entonces así fue como nació, porque la verdad que era tanto el prejuicio que existía en esa época que nosotras pagábamos un alto precio por esa elección. Era algo que no se nos cruzaba tan así por la cabeza porque estaba muy mal visto.”

Como en su familia le decían que sí seguía siendo así nunca iba a llegar a nada un día Flor se fue. Llegó a Capital a vivir con una amiga que tampoco entendía lo que le pasaba. Luego conoció una pareja de amigos gays y con ellos empezó su transición completa.

Flor empezó a conocer la noche porteña. Trabajaba en relaciones públicas, hacía shows, performances y desfiles. En esos años había cientos de boliches y bares, pero incluso en los de la comunidad las travestis no podían entrar. A Flor la dejaban entrar a todos los boliches porque “pasaba” por mujer. Con el tiempo fue haciéndose una pequeña fama en ese ambiente y pasaba sus fines de semana entre Morocco, la Age y el Dorado. Una noche Florencia entró a Bunker y estaba Cris Miró. Se quedó impactada. Cris tenía una belleza especial, desprendía una luz que enceguecía a todos. Flor la observó obnubilada y admirada por todo lo que ella había conseguido. Estar en los medios no era el sueño de Flor, pero unos meses después de haberse cruzado a Cris unos productores le ofrecen un papel en el teatro. De las pasarelas y boliches, Flor saltó sin escalas a reemplazar a Cris Miró en el teatro Tabarís.

“A mí el teatro me encontró de casualidad. Porque justo se había enfermado Cris Miró y me llamaron para reemplazarla. Decían que ella tenía neumonía y se hablaba de una epidemia pero en el teatro no querían que se supiera, porque era una obra que le iba muy bien, con Emilio Disi y Tristán. Entonces ella tuvo su primera internación y los medios dijeron un montón de cosas y para revertir eso me habían contratado para hacer como que la obra seguía y que estaba todo bien. Yo no trabajaba de actriz ni nada, yo simplemente desfilaba. En ese momento yo sentía que era un modo de sobrevivencia y después cuando debuté en el teatro por el éxito que había tenido mi presencia y lo que provocó mediáticamente, decidieron dejarme. Esta carrera me descubrió a mí, yo no estaba buscando ser actriz, no estaba buscando esto. En ese momento no era tan consciente, pero a nosotras nos llevaban presas por estar vestidas de mujer por los edictos policiales y a mi el teatro me dió cierto privilegio. Esta cosa de ser conocida y trabajar ante tanta gente en un medio de comunicación me volvió una figura intocable.”

Sin embargo, su jaula de oro mediática la ponía constantemente en boca de todos. El principio de los 2000 trajo consigo una oleada de periodismo ultra amarillista que se sentía habilitado a opinar sobre absolutamente todo. La medición del rating minuto a minuto instaló una carnicería en cada estudio de la TV, donde según cómo rinda la pauta se podía desmembrar a cualquier persona. En medio de todo ese clima Flor fue surfeando las olas con humor. Aprendió a reírse de su condición y a que todo le resbale. En un gesto queer de apropiación del insulto, ella lograba hacer de su cotidianidad travesti parte del guión de su espectáculo. Y el público celebraba y consumía del fast food mediático. Muchos famosos terminaron esa década fagocitados por el personaje, borderlines y en jaque pero Flor tuvo sus más rotundos éxitos y llegó a llenar teatros todas las temporadas. Su personaje de Laisa, ícono de la desvergüenza travesti se sentó a la mesa de los argentinos cada noche y obligó a que nuestras identidades, afectividades y estilos sean hablados hasta por el más reprimido mataputo. Kitsch, popular e impregnado de sensualidad, el hit “Soy la gata” se cantó en todos lados y la imágen felina de Laisa comiéndose un pancho dejó huellas en el corazón de la platea masculina, que cual Puma Goity, se soñaba evadido de la jermu para saciar su sexo con una bestial tigresa travesti.

***

Una vez alcanzada la cima de su profesión sintió que había algo que no estaba bien con el medio y con ella. “Cuando veía que empezaban a cambiar las terminologías yo sentía que me quedaba afuera. Yo soy una mamá trans que trabaja, yo no salí nunca más, no salgo tanto... Entonces me empecé a perder de muchas cosas que empezaban a suceder en este cambio generacional, de lo queer y de lo LGBTIQ+.” Ese click lo cambió todo. “Yo me reía de ser travesti a los 20 años. Hace más de 25 años que trabajo en el espectáculo, no me puedo reír de las mismas cosas a los 20 que a los 30, los 40... fui cambiando. Después de tener a mis hijos tenía ganas de reírme de otras cosas o no tenía ganas de reírme de ciertas cosas.” Su maternidad la colocó en otro sitio, donde todos esos agravios e insultos permanentes ya no podían tener lugar. Por eso aquella noche mientras miraba Bendita TV, Florencia pasó de las lágrimas a la furia. Por eso aquel encendido discurso al cierre de su programa. Y por eso, un largo tiempo de silencio y exilio de los medios.

“Yo estaba criando dos hijos que tenían dos años y desde que nacieron me hicieron la vida imposible ¿¡que iba a decir!? Tuvo que ver con eso simplemente: me está pasando esto. Y después depende de cómo la gente lo quiera mirar. Me parece que el mensaje más poderoso que hubo en ese momento fue el decir ¡basta! El decir acá está pasando algo, fue un antes y un después. Lo que sucedió en ese momento fue que se burlaban, me trataban de hombre y encima los comunicadores sentían que tenían ese derecho a opinar. Yo lo que estaba planteando en ese momento era que si están ejerciendo violencia de género hacia una persona, una como comunicador lo que tiene que hacer es decir NO. ¿Y sabés lo que decían? “No, yo si quiero hablo” No se tomaba conciencia de eso en el 2013, de lo que es la violencia de género. No era libertad de expresión, era violencia.”

Y sin embargo, cuando Florencia trazó ese límite y dijo basta mucha gente leyó mal. “Florencia perdió el humor”, “Ahora se cree mujer sólo porque tiene hijos”, “Se politizó”. Para las feministas Flor reproducía con su vida aquellos estereotipos de maternidad y familia heterosexual tan cuestionados. Para las travestis que Flor se nombre mujer invisibilizaba la lucha colectiva. Todos tenían una opinión. Pero Flor no nos pedía opiniones, de soslayo nos pedía ayuda. Y es que ese mundo de los medios y espectáculos nos parece tan lejano y ficcional que olvidamos que está hecho de humanos. Permanentemente pensamos que todo lo que pasa es un show, pero no lo es. La violencia, los discursos de odio, los golpes y abusos son reales. Apenas ahora tras el #FreeBritney parecieramos entender que esa maquinaria que espiamos desde la TV está hecha a expensas de la vida privada y la salud mental de personas reales. Y Flor estaba harta y furiosa. Pagó muy caro por decir basta, los siguientes años estuvo ausente de la TV. Los productores empezaron a mirar con simpatía a otras artistas a quienes podían explotar y obligarlas a soportar los chistes fáciles.

“Fue sanguinaria la manera en que se referían a mi persona. Cuando dije lo que dije, las palabras que utilicé fueron sacadas del DNI que me habían otorgado por la ley de  identidad de género y que decía MUJER. A mí con los años lo que me pasó fue primero darme cuenta de un montón de cosas que tienen que ver primero con lo que me pasaba a mí con mi crecimiento personal. Yo toda mi vida me moví en un mundo hetero cis, o sea nunca formé parte. Yo con los años me pude dar cuenta de que el hecho de que figure la palabra mujer en mi DNI era capcioso, era capcioso -y esto lo entendí con Lohana- porque de alguna manera era ‘como que’ visibilizaba mi identidad. Cuando yo pude comprender eso ya habían pasado muchísimos años. Nuestra vida es una constante deconstrucción, es una construcción y una deconstrucción de todo lo que nos han metido en la cabeza. Entonces, con los años me di cuenta de quién soy, de lo que quiero comunicar y de qué manera lo quiero hacer. Hoy que he leído muchísimo más, que tengo amigas maravillosas como Susy, como Marlene y como otras chicas de diferentes colectivos, siento que soy distinta, siento que tengo mucha más capacidad y mucho más orgullo de quién soy y puedo defenderme. Con los años me di cuenta que tenía que levantar una bandera, que tenía que hablar de este colectivo, que tenía que decir lo que nos pasaba porque yo estaba naturalizada o aceptada porque supuestamente formaba parte de este grupo de personas privilegiadas hetero cis. Pero yo nunca voy a ser una mujer hetero cis, yo soy una mujer trans, una travesti. Pero en 2013 fue sanguinario lo que me pasó porque yo no solamente era atacada por las personas cis sino que era atacada también por los mismos colectivos que deberían haberme defendido.”

***

Hoy, muchos de aquellos temas pendientes sobre los que Flor sentía que se quedaba afuera han sido saldados. Se convirtió en una ferviente lectora, y disfruta leer sobre género y sobre el trabajo de otras compañeras trans como Camila Sosa Villada, Claudia Rodríguez, Alma Fernández, Marlene Wayar y el proyecto del Archivo de la Memoria Trans. Su rutina maternal más relajada le permite tomarse esos tiempos para servirse un té e imaginarse un mundo para sus hijos que no se parezca al mundo donde ella creció. “Cada persona trans que triunfa en lo suyo, en la ciencia, en el deporte, en las artes o donde se quiera desarrollar, lo vivo como una victoria colectiva. Porque cuando yo era chica, como te dije, ¿qué referentes tenía? Solamente mujeres cis. Yo trabajo en un programa que es hegemónico, que formó parte de la cultura popular y extremadamente machista y donde nos hicieron mucho daño al colectivo. Y hoy, yo soy la conductora de esta nueva era. Y siento que es poderoso, es poderoso que yo esté ocupando ese lugar hoy y esté entrando a los hogares de muchísimas personas. Porque si nosotras, digo por ejemplo vos, María, Camila, Susy, Marlene, Diana y Lohana que quizás no fuimos abrazadas por nuestras familias ni fuimos contenidas desde lo afectivo, hemos construido nuestras identidades y nuestra estima sólida... ¡Imaginate desde el abrazo! ¡Imaginate desde el cariño, desde la contención y desde la posibilidad y  la proyección de gente como nosotras que nos está yendo bien! Es totalmente distinto, es un camino que le da mucha más posibilidad a muchas personas de poder construir una vida muchísimo mejor.”

Este valor que Flor le da a la representación trans en múltiples espacios incluso le permite fantasear con la posibilidad de estar el día de mañana representando al colectivo en la vida política argentina. “Para mí el activismo es algo que hoy por hoy es fundamental, es necesario, que ayuda muchísimo. También la política como herramienta de cambio, desde ese lugar. Lo que pasa es que yo creo que si me metería en política tendría que dejar otras cosas que son las que yo amo pero igual no lo descarto en un futuro. Es algo que me gusta, es algo que me apasiona porque la política es una gran herramienta de cambio.”

Esa solitaria travesti jugando entre plumas, perfumes y lujo abandonó la ilusión de ser aceptada por su belleza, por su talento o por la capacidad de adaptarse a lo que el público hetero cis reclamaba de ella. Hoy Florencia mientras revisa sus fotografías, su propio archivo, es capaz de sonreírse de aquellas ilusiones que la convirtieron en Flor de la V. Pero al mismo tiempo tiene las herramientas para cuestionarse a sí misma y aventurarse a un cambio. Ha construido un itinerario por donde transitar que ya no depende de quienes la miran y juzgan, sino de su propia fortaleza para resistirlo todo con furia travesti. Y de seguro mañana las nuevas generaciones harán memoria de ella con mucha más justicia de la que se ha hecho con otras tantas mujeres trans mediáticas.

“La verdad que toda mi vida trabajé para que me recuerden en el mundo del espectáculo. Hoy con los años me di cuenta que mi figura es mucho más importante que solamente eso. Trasciende mi profesión. Creo que el día de mañana van a recordarme de una linda manera, como una mujer que le tocó enfrentar miles de adversidades y sin embargo siempre siguió adelante, ¿no? Con sus convicciones, con su identidad y con su orgullo. Y a pesar de cualquier adversidad pudo demostrarle al mundo que lo que me decían de chica que por ser así no iba a conseguir nada en la vida, era falso. A mí me tomó años darme cuenta que era lo que significaba ‘ser así’, y no sé si esa frase fue algo que marcó mi destino, que me hizo demostrarle a todo el mundo que uno en la vida puede ser lo que quiere. Salí al mundo a demostrarle eso. Creo que voy a ser mejor recordada de lo que creía.”