Crónica

Eduardo Elsztain y las Falkland Islands Company


La guerra por otros medios: comprar las Malvinas

Antes de conocer a Javier Milei, Eduardo Elsztain intentó comprarse la empresa monopólica que controla casi todos los servicios de las islas Malvinas. Con la discusión por la soberanía recalentada después de la cadena nacional, el empresario salió a aclarar su participación accionaria, que todavía conserva. La historia detrás de su intento de conquistar la vida de los isleños a través de los negocios.

En las Malvinas, una sola compañía fundada en 1851 concentra todavía hoy las principales actividades económicas. La Falkland Islands Company es un conglomerado diversificado en una red de rubros esenciales: los supermercados y el comercio minorista (con el West Store y el abastecimiento directo de las cadenas británicas), el mercado inmobiliario y la construcción (es dueña de cientos de hectáreas, propiedades en alquiler y venta para obras públicas y militares), el sector automotor (maneja toda la importación, alquiler de camionetas y maquinaria pesada); maneja también divisiones estratégicas de logística portuaria, agencia de buques y cruceros turísticos, servicios de seguros, transporte terrestre y la representación local de los puentes aéreos militares con el Reino Unido. Las FIC operan como un engranaje monopólico que toca prácticamente cada aspecto de la vida económica isleña. Poco más de un 2% de ese conglomerado pertenece al argentino Eduardo Elsztain, que en 2017 estuvo apunto de convertirse en el accionista mayoritario. 

La noche del domingo 6 de septiembre publicó en su Linkedin: “Por mi edad, desde mis años de formación en el Colegio Nacional Buenos Aires y mi paso por la colimba, la causa Malvinas ha atravesado tanto mi vida privada como la del país. Pensar que podría haber aportado algo desde mi rol empresarial en este tema valió la pena, aunque haya fracasado. Si pudiera, no dudaría en volver a intentarlo - y quién dice, quizás vuelva a pasar”.

Elsztain no suele hablar del tema y su posteo fue en respuesta a “teorías conspirativas y antisemitas sobre mi persona, que distan tanto de la realidad concreta de los acontecimientos que a veces me parece hasta ridículo”. La agitación en redes vino después de que La Nación, en su edición dominical, recordó en una nota de análisis después de la cadena nacional de Milei, que el empresario argentino es accionista de la Falkland Islands Company. 

Aunque el avance de Elsztain sobre la compañía fue noticia en 2017, los medios argentinos no contaron en profundidad cómo fue el movimiento por el que el magnate casi se apropia de la principal compañía de las islas. 

Los dueños

John Foster pisó por primera vez las islas en mayo de 2005. Hacía cuatro meses que lo habían designado CEO de la Falkland Islands Company en Londres, donde trabajaba desde mediados de los noventa.

Foster era un contador de 47 años que había sido manager en una compañía de software y en una empresa minorista de juguetes. También había trabajado nueve años en la banca de Londres como experto en capitales de riesgo. Llegó a la compañía para reemplazar al CEO Brian Mc Greal, que se retiraba tras comandarla desde 1987.

En 2003 el Falkland Islands Holding - dentro del cual estaba la FIC - había mudado sus acciones al Alternative Investment Market, o AIM, un submercado de la Bolsa de Londres para compañías pequeñas. Allí empezó a crecer. En 2004 dio dos saltos enormes. Primero, creó la compañía Falkland Oil and Gas, para entrar en la exploración de petróleo. Recaudaron una cifra cercana a los 15 millones de dólares de los inversores. Ese mismo año fundó Falkland Gold and Minerals para explorar y buscar oro: les dieron otros 10 millones. Con la incorporación de nuevos accionistas, llevados por la fiebre del petróleo, la compañía prácticamente duplicó su capital ese año. También en 2004 compraron el ferry de Portsmouth, operación que marcó el inicio del plan de diversificación de negocios.

Para 2012 el holding había cambiado nuevamente de manos, y estaba en la antesala del último de sus capítulos, donde dos multimillonarios que más tarde aparecerían en los Panamá Papers se pelearían por apropiarse de las empresas vinculadas a las islas. 

Un fragmento de un artículo del Financial Times publicado ese año explica los extraños movimientos de la época: “En 2008 (el FIH) pagó 10 millones de libras por Momart, que mueve el arte y las antigüedades para los gustos de Christie’s y la Reina. Sin embargo, el enfoque principal del FIH sigue siendo las Falklands. Eso no es tan malo, dado el reciente renacimiento de la región, gracias a la pesca de calamares y el descubrimiento de petróleo. No obstante, la población de estas islas de menos de 3.000 habitantes es una limitación para el crecimiento del FIH. La semana pasada, anunció beneficios anuales de 3,9 millones de euros a marzo, frente a 3,4 millones de euros el año anterior. A pesar de ser una de las empresas más antiguas del mercado británico, FIH es también una de sus más pequeñas, luchando ineficazmente para atraer inversores junto con otros tímidos compradores del AIM market. Eso puede estar a punto de cambiar. El nuevo presidente, Edmund Rowland, de 29 años y miembro de la familia que controla una quinta parte de la FIH, se fija en catapultar el valor del grupo por encima de 50 millones de libras esterlinas y poner fin a la sensibilidad de las acciones hacia el calamar y el petróleo”. 

Pero ¿quién era Edmund Rowland, anunciado por el Financial Times como el hombre que iba a darle nuevos bríos al holding?

El joven Edmund es el penúltimo de los ocho hijos de David Rowland, un multimillonario inglés que desde la década del setenta se dedica a los negocios bancarios, de bienes raíces y las finanzas. En 2010 fue nombrado tesorero de los tories, después de haber hecho donaciones al partido por 2,8 millones de libras en apoyo a la campaña de David Cameron para primer ministro. Estaba entre los veinticinco hombres más ricos de Inglaterra, según un informe publicado por The Guardian. David Rowland es un hombre de extremo perfil bajo, al punto de que la nota de The Guardian estaba ilustrada con una fotografía en blanco y negro del millonario tomada en 1971, su única imagen pública hasta entonces. En la foto aparecía con saco oscuro, camisa a rayas, anteojos de marco grueso y un habano sostenido entre la boca y la mano derecha, que le tapaban buena parte del rostro. Una foto misteriosa para un hombre misterioso.

En los ochenta, Rowland compró acciones en Gulf Resources, una fundición de plata y zinc en Idaho, Estados Unidos. Entró como accionista mayoritario y presidente. Más tarde haría lo mismo en la compañía de bienes raíces Inoco, con sede en Inglaterra. Rowland se radicó luego en la isla de Guernsey, un paraíso fiscal dependiente de la Corona británica ubicado al oeste de las costas de Normandía. Se construyó ahí una lujosa mansión y una finca. Cuando más tarde volvió a ser noticia en la prensa, le pusieron el nada nobiliario título de «exiliado fiscal».

A principios de los 2000 Rowland formó junto a sus hijos el fondo de inversión Blackfish Capital y en 2009 fundó el Banco Havilland, con sede central en Luxemburgo y oficinas en Liechtenstein, Mónaco, Inglaterra, Dubai y Suiza –todos territorios que son o poseen refugios fiscales para ricos.

A pesar de su afán por mantener el perfil bajo, Rowland fue protagonista de varios escándalos. Fue acusado de cometer delitos ambientales con su planta en Idaho y de intentar comprar de forma espuria el club de fútbol Hibernian en Escocia. También fue noticia cuando ayudó a pagar las deudas de Sarah Ferguson, en bancarrota después de separarse del príncipe Andrew, duque de York e íntimo amigo de Rowland. Allí fue cuando se conocieron algunas fotos nuevas del magnate, ya gordo, con pelo blanco y lentes más livianos. Siempre saco y corbata delicados. En las imágenes actuales, captadas por algún paparazzi, aparece subiendo o bajando de un auto o recorriendo una corta distancia callejera del auto a alguna oficina.

Rowland pasó la batuta a sus hijos. Jonathan, el mayor, se hizo cargo de Blackfish, y Edmund se puso al frente del Banco Havilland. Juntos avanzaron sobre la Falkland Islands Company. Si bien Edmund asumió como presidente, el dinero lo puso Blackfish. En 2008, Jonathan Rowland habló con la revista para empresarios Citywealth sobre su fondo de inversión: “Somos principalmente inversionistas y agentes financieros que buscamos oportunidades a nivel mundial en acciones, deuda, inversión directa y oportunidades comerciales. Y como área secundaria también nos fijamos en los mercados emergentes”.

Entre esos mercados emergentes estaban las islas Malvinas. Cuando compraron las acciones del Falkland Islands Holding, con una inyección de capital de ocho millones de libras, Edmund Rowland fue designado presidente al mismo tiempo que ocupaba el cargo de CEO en el Banco Haviland. Decidió entonces mantener como CEO de la compañía a John Foster.

En 2017 los Rowland hicieron una oferta de 37 millones de libras esterlinas para comprar el total de las acciones del holding. Fue un cimbronazo que movilizó a los cientos de accionistas. Incluso para los más pequeños era también una tentación, porque los Rowland ofrecían un premium pagando la acción un 30% por encima de su valor. Pero la empresa jamás había estado en manos de un solo propietario, así que John Foster y la junta directiva se pusieron en alerta.

Elsztain vs. Rowland

Mientras los accionistas meditaban sus respuestas, desde un rincón en el sur del mundo apareció otro personaje: el único accionista argentino del holding, que ante la escena y la duda de los copropietarios, empezó a sondear a los más grandes para intentar hacer él una mejor oferta y quedarse con la organización.

El argentino Eduardo Elsztain era uno de los propietarios más pequeños –apenas el 2,75% de las acciones– pero un pez gordo en los negocios del mundo. Su figura no aparecía tanto en los medios. No había conocido aún a Javier Milei. Y cultivaba un perfil más bajo. El millonario de larga barba blanca y kipá ya era entonces el principal propietario de tierras y bienes raíces de Argentina. Por entonces era también presidente del Consejo Judío Mundial, la federación de comunidades y organizaciones judías más importantes a nivel global.

En los ochenta había heredado de su abuelo una empresa al borde de la bancarrota, Inversiones y Representaciones S.A. (Irsa). A fines de esa década, a los 29 años, Elsztain viajó a Nueva York a buscar inversores para intentar reflotarla. Sus contactos lo sentaron en una mesa frente a George Soros, quien le prestó 10 millones de dólares.

Elsztain amasó su fortuna en el mercado de los bienes raíces y fue uno de los empresarios beneficiados por la fiebre de las privatizaciones de los noventa en Argentina. En 1997 el Banco Hipotecario se convirtió en una sociedad anónima comandada por Elsztain. Para entonces, Irsa ya se había convertido en el principal propietario de centros comerciales del país: eran suyos el Alto Palermo, Dot, Distrito Arcos y Patio Bullrich, entre los más importantes de Buenos Aires. A inicios de siglo ya tenía intereses en fondos de capital en las Bermudas y la Isla de Man, donde radicó su Doplhin Global Found, con el que ingresó como accionista del Falkland Islands Holding.

Las intenciones de Elsztain de ganarle la compra a los Rowland salieron a la luz, y ahí se embarró la cancha. El 17 de marzo de 2017 Financial Times publicó una noticia corta con el título: “Magnate argentino ofrece comprar la mayor empresa de las Falkland”. Ese mismo día, el diario argentino Clarín tituló de manera casi idéntica: “Un empresario argentino quiere comprar la mayor compañía de Malvinas”. Días después el Daily Mail siguió la historia: «Magnate sin honor enfrenta a argentino por activos cruciales en las Falkland». El magnate sin honor era David Rowland, que no gozaba de buena reputación en algunos medios británicos. El caso no siguió mucho más en la prensa argentina y poco en la prensa inglesa. Un mes después, el mismo Daily Mail anunció el fin de la novela: “El vergonzoso donante de los tories, David Rowland, tira la toalla en la batalla por controlar las industrias en las Falkland”.

Cuando se vio expuesto ante los medios otra vez, Rowland decidió abandonar la pelea y la compañía. Al fin y al cabo, era un activo menor en su abanico de negocios internacionales, así que decidió poner a la venta sus acciones. Pero quedaba Elsztain en escena y fueron los gerentes de la junta directiva, con John Foster a la cabeza, quienes tuvieron que salir a mover sus fichas para evitar un escándalo. Les resultaba terrible la idea de un argentino ganando en los negocios lo que los militares de su país no pudieron en una guerra: poder.

La junta del Falkland Islands Holding se pronunció con un comunicado oficial: “Los directores independientes creemos que la perspectiva de un control argentino de las Falkland Islands Company, una subsidiaria de FIH que tiene operaciones basadas únicamente en las Islas Falkland, amenaza seriamente con socavar el negocio de FIC y los intereses de sus empleados. En consecuencia, los consejeros independientes consideran que la propuesta de Dolphin no es bienvenida y representa un peligro real para la FIH”.

Entonces entró en escena otro fondo de inversiones que vino a salvar a los managers: el Jerry Zucker Financial Trust. Jerry Zucker era otro multimillonario nacido en Israel y radicado luego en Estados Unidos que fue dueño de la Hudson Bay Company en Canadá, otra ex empresa colonial británica, fundada en el siglo XVII. En 2017 Zucker llevaba nueve años muerto, pero un trust con su nombre donde tenían acciones sus familiares y otros socios seguía haciendo grandes negocios alrededor del mundo invocando la memoria del finado. Compraron entonces las acciones que Blackfish tenía en el holding, y se quedaron con el control de la compañía.

Negocios grandes, negocios chicos

“Si pudiera, no dudaría en volver a intentarlo”, dijo Elsztain el domingo. Y en el largo posteo defendió su intento: “Mi abuelo Isaac siempre me decía que si Argentina se hubiera involucrado económicamente en la vida de las Islas Malvinas durante todo el siglo XX, probablemente hubiéramos evitado la guerra. No fue el único que pensaba eso: Perón intentó comprar la Falkland Islands Company (FIC) más de una vez y también lo intentó el empresario metalúrgico César Cao Saravia en el ‘77. La idea, que coincide con la estrategia diplomática de nuestro país desde hace décadas, era que estrechar los lazos sociales, económicos, culturales y productivos con las Islas Malvinas a través de una empresa argentina podía ayudar en el reclamo de soberanía. Con eso en mente, desde 2005/06 fui comprando acciones de la Falkland Islands Company [...] Al contrario de la cultura liberal de la bolsa inglesa, la propuesta fue bloqueada y prohibida por las autoridades británicas”. 

Comprar las Falkland Islands Company no hubiera significado un activo relevante para Elsztain. Todo el holding tiene una facturación anual que ronda los 37 millones de libras (aproximadamente unos 48 millones dólares). Y es una paradoja interesante: mientras que en el archipiélago funciona como un gigantesco monopolio absoluto que maneja la vida económica de los isleños, a escala continental su facturación es muy pequeña, equiparable quizás a la de una distribuidora mayorista de tamaño medio a escala provincial en Argentina. Y aunque la compañía atraviesa casi todos los aspectos de la vida cotidiana de los isleños, tampoco es el principal negocio de las islas, hoy centrado en la pesca y en la expectativa por el petróleo. Elsztain, dueño de una fortuna de cientos de millones de dólares, claramente no está en Malvinas por el dinero. 

*Este texto es un fragmento editado y actualizado del libro Soñar con las Islas, de Ernesto Picco, publicado por Ediciones Prohistoria en 2019.