Los cinco

Mi-viejo-Leo

 

Por: Florencia Cosin

 

Leo era mi padre, pero se había ido de casa antes de que yo naciera. La primera vez que lo vi sentado con mamá en la misma mesa yo tenía once años. Nos encontramos en una confitería. Entré primera y lo reconocí enseguida. Estaba sentado en una de las mesas, tomaba un café de espaldas a la ventana y leía. La luz del sol llegaba a las páginas del libro.

 

Caminé por el pasillo angosto que formaban las mesas, pasando las palmas de las manos por la superficie lisa de cada una. Mamá y las mellizas venían detrás.

 

Me paré delante y le dije:

 

-Hola Leo.

 

Él levantó la vista y me miró de pies a cabeza.

 

-Qué grande estás -respondió.

 

El pelo me llegaba a la cintura. Durante el verano me había indispuesto por primera vez y unos meses antes había empezado a usar corpiño. Un momento después Leo miró a las mellizas. Andrea y Gabriela estaban vestidas distintas pero eran muy parecidas. Eran flacas y altas y tenían solamente un año más que yo.

 

Los cinco nos sentamos a la mesa. Nos quedamos callados. Mamá encendió un cigarrillo. Leo la miraba, hacía varios años que no la veía. El pelo lacio de ella caía sobre las hombreras de su blusa, y la mano con la que sostenía el cigarrillo iba y venía de la boca al borde del cenicero de vidrio.

 

Leo nos pidió unas gaseosas. Mamá pidió un cortado para ella y sándwiches para todos.

 

Mientras Leo tomaba su café de a pequeños sorbos empezó a hablar de su trabajo. Parecía un hombre culto y severo, pero porqué se había ido, y porqué estaba ahora sentado con nosotras.

 

Cuando terminé mi gaseosa él y mamá hablaban con naturalidad. Ella le contó que era decoradora en una mueblería pero que todavía estaba en negro y que no teníamos obra social. Leo miró hacia la puerta y siguió con la mirada a una mujer joven que acababa de entrar. Cuando la mujer se quitó el abrigo y se sentó, él volvió a mirar a mamá y le sonrió con un brillo distinto en la mirada. Mamá se sacudió el pelo y empezó a hablar sobre nosotras.

 

-Ella es una de las mejores alumnas de la clase –dijo, señalándome-.

 

Me encogí de hombros.

 

-Yo también fui uno de los mejores–dijo él.

 

-Y Gabriela fue abanderada –contesté.

 

Él miró a mi otra hermana y le sonrió.

 

-Yo no soy Gabriela -dijo Andrea.

 

-Andrea tiene una cicatriz en la frente -explicó mamá-. Se cayó de una escalera cuando tenía dos años y le dieron cuatro puntos.
Las mellizas eran dos gotas de agua. Casi todos los que no las conocían, se fijaban en esa cicatriz para distinguirlas. Nos volvimos a quedar callados.

 

Leo pidió la cuenta y pagó.

 

Salimos de la confitería y los cinco nos paramos en la puerta. Antes de despedirnos, Leo dijo que volvería a vernos el fin de semana siguiente pero no lo hizo.

 

Volvimos caminando por la vereda del Jardín Botánico. Las mellizas se adelantaron unos pasos y alcanzaron esa luz pálida del sol, minutos antes de que anocheciera. Yo caminaba a la par de mamá. El viento nos golpeaba.