Ensayo

Infiernos artificiales


Los juicios contra Meta y el lenguaje de la adicción

Los juicios históricos contra Meta y Google, quizá un avance para regular las plataformas, basan su argumento en que las redes sociales están diseñadas para liberar dopamina hasta generar adicción en las adolescencias. Más allá del impacto, ¿recurrir al lenguaje clínico, adaptado para explicar el daño, termina ocultando sus causas? Renata Prati reflexiona sobre la compulsión, la agencia y la jaula social en la que vivimos.

Tenía seis años cuando empezó a usar YouTube, nueve cuando se abrió una cuenta en Instagram, diez cuando entró a lo que luego sería TikTok, once cuando se bajó Snapchat y diecisiete cuando denunció a las cuatro megaempresas por los daños psíquicos de su “adicción” a las redes sociales. A fines de marzo de 2026, ya con veinte años, Kaley apareció en los diarios de todo el mundo: un fallo histórico en California establecía por primera vez la responsabilidad de Meta y Google por el diseño perjudicial de sus plataformas. La sentencia les ordenaba pagar una indemnización de seis millones de dólares, un monto ínfimo para estos gigantes tecnológicos. Pero, tal como pasó con la industria tabacalera, esta primera victoria legal desencadenó una seguidilla de juicios distintos, cada vez más caros, y siempre bajo esta misma premisa ganadora: los daños clínicos de la adicción.

Cinco meses después de este fallo pionero, la foto de Zuckerberg en la entrada del tribunal californiano vuelve a ser noticia: en los Estados Unidos, su país y sede legal de Meta, 29 estados acusaron a su empresa de lo mismo, demandándola esta vez por 200.000 millones de dólares. Esta vez, sin embargo, Zuckerberg no tuvo que presentarse a declarar, porque las partes rápidamente llegaron a un acuerdo. Aunque Meta se comprometió a desembolsar varios miles de millones de dólares —en cómodas cuotas a diez años— e implementar restricciones para menores de edad —solo en territorio estadounidense—, cabría desconfiar, al menos, de un desenlace que ambos lados del conflicto celebran como una victoria. Las acciones de Meta suben, los fiscales se palmean por su astucia. Mientras tanto, varias de las preguntas más acuciantes sobre la salud mental adolescente siguen abiertas.

Este ensayo busca hacerle lugar a otra lectura del debate. Una un poco oblicua: me interesa el superpoder de la figura de la adicción en estas discusiones. Porque, en esta ola de juicios, el lenguaje de la adicción resultó clave para sortear las tácticas con que las grandes empresas tecnológicas venían desentendiéndose de las acusaciones. Varios ex empleados llevaban años denunciándolas, sin mucho éxito: si las redes sociales propagaban estándares de belleza inalcanzables, teorías conspirativas o discursos de odio, los dueños de las plataformas podían echarles la culpa a quienes los habían posteado. La nueva estrategia legal corre el foco de los contenidos al diseño de las plataformas: el problema ya no es tanto qué se publica, sino la arquitectura misma de redes sociales que buscan mantenernos la mayor cantidad de tiempo posible adentro. Ciertos contenidos se prestarán mejor, pero es la dinámica misma del enganche lo que habría que criticar primero.

Como dijo el abogado de Kaley, es “tan simple como el abecé: adicción en los cerebros (brains, con b) de los niños (children, con c)”. Y la lógica es eficaz, sin duda, más allá de los tribunales del norte. El lenguaje de la adicción resuena fuertemente con nuestra experiencia cotidiana, quizás porque parecería que llega a la raíz misma del problema, es decir, a la supuesta raíz biológica del comportamiento. En la expresión memorable de un ex ingeniero de Google, la tecnología se volvió “una carrera hasta el fondo del tronco encefálico”: las empresas compiten no tanto por nuestra atención, sino por acceder a los mecanismos evolutivos detrás de nuestras emociones y conductas. Y el que llegue más hondo gana: nos controla sin que ni nos demos cuenta.

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Cuando las metáforas funcionan, se fortalecen, y esto las hace funcionar todavía mejor. El lenguaje de la adicción y las analogías que arrastra —desde el tabaco, el alcohol y la cocaína hasta el azúcar, las compras, los casinos, el trabajo— están bien instalados en la arena pública. Funcionan. Pero para nada están exentos de controversias.

No solo es complejo extender el campo de la adicción más allá del consumo de sustancias psicoactivas, sino que las bases mismas del concepto son más escurridizas de lo que parecen. Para entender la adicción como enfermedad suele apelarse a dos elementos: por un lado, que el consumo tenga un impacto negativo en la persona y, por el otro, que sea “compulsivo”, algo que “no podés controlar”. Lo primero parece bastante directo, aunque no deja de implicar zonas grises (como suele ocurrir en salud mental, y como casi todo el mundo, supongo, habrá intuido alguna vez en sus tratos con el celular o el alcohol) y un margen incómodo para el desacuerdo, porque ¿quién tiene derecho a juzgar qué es malo para alguien más? Lo segundo es aún más elusivo, porque no está nada claro qué implica “compulsión”. Es cierto que a veces tomarte una copa de vino o cliquear el loguito de Instagram no se sienten como acciones voluntarias, conscientes, plenamente nuestras… pero tampoco nos están forzando ni caemos (¡ups!) de forma completamente ajena a nuestra culpa y voluntad.

Cuando hablamos de compulsión, aludimos a un espacio paradójico que no es ni pura coerción ni plena libertad. Es incierto y complejo, pero tendemos a simplificarlo, porque la noción hace un trabajo demasiado importante como para permitirle semejante ambigüedad: la necesitamos fuerte, más simple que el abecé, porque es lo que nos saca de encima el manto de sospecha que cae sobre nosotres apenas dejamos de mostrarnos capaces de cumplir con lo que se espera de un individuo responsable y autosuficiente. No soy yo, es mi adicción; no es que yo sea débil, es que ella es demasiado fuerte.

Y, aunque esto se parece a lo que hacen otros lenguajes clínicos, la conexión con las drogas le da un relieve particular al lenguaje de la adicción. No es casual que este idioma se propague por las zonas más devaluadas, más sospechosas, peor vistas de la vida social: las drogas no solo ofrecen un modelo vívido de influencia externa, extrañadora, sino que también introducen un vector de recriminación moral y legal. Esto le da fuerza a la metáfora cuando la empuñamos en contra de las grandes empresas tecnológicas para tacharlas de narcotraficantes, pero tendríamos que tener más cuidado con esta herramienta retórica, que pertenece al amo y apuntala su casa punitiva.

El último resquicio de disculpa, la última esperanza de comprensión y cuidado: eso es lo que sentimos que podríamos perder si renunciamos al lenguaje de la adicción como compulsión. Según la filósofa Hannah Pickard, sin embargo, es una trampa pensar que la única alternativa a la culpa es la disculpa de la enfermedad. Necesitamos, en cambio, maneras más sutiles y complejas de hablar sobre la agencia y sus trabas. Porque sí, pasan cosas raras con la agencia en la adicción, en cualquier consumo que no deja de ser voluntario en un sentido básico —porque es flexible al contexto y responde a algún objetivo— pero va en contra de nuestro bienestar, incluso de nuestra supervivencia. Pickard lo llama el “enigma de la adicción”. Y claro que es tentador resolverlo dándole un poder invencible ya a la droga (en el modelo de la enfermedad y la compulsión), ya a la voluntad (en el modelo moral de la culpa). Pero ambas vías son simplificaciones, parches precarios. Para entender nuestra capacidad de actuar tenemos que pensarla situada, y eso es lo que desatienden tanto el modelo de la enfermedad como el modelo de la culpa.

En una entrevista sobre Miembro fantasma, un libro de cuentos poblado de figuras femeninas de adicción, Fernanda Trías señaló que “cuando uno siente que no puede enfrentar algo, busca una sustancia o una fuerza externa que lo ayude”. Esa fuerza externa puede ser muchas cosas, puntualizaba Trías, como el alcohol o la religión “o cualquier otra cosa”: el celular, las redes sociales. O el mismo lenguaje de la adicción con que denunciamos a las empresas responsables por esas redes sociales. Tal vez lo que hacemos con el lenguaje de la adicción sea similar a lo que hacemos en la adicción: apelamos a una fuerza externa para lidiar con lo que no podemos manejar y terminamos sin poder manejar tampoco el poder que esa fuerza externa adquiere sobre nosotres. “Es doloroso porque nace de esa sensación de incapacidad”, decía Trías. Yo creo que es doloroso, también, porque parece redoblar la incapacidad.

Le pedimos cada vez más al lenguaje psiquiátrico, pero no somos tan conscientes ni de sus límites ni de sus enormes costos. La liviandad con que usamos estos vocabularios en la arena pública puede reforzar formas insidiosas de cuerdismo y capacitismo, porque la carga peyorativa del lenguaje de la adicción será parte integral de su eficacia, pero es muy nociva para quienes viven bajo su órbita. Al mismo tiempo, tal vez podamos hallar algunas pistas útiles en esa expansión. Y acaso parte de discutirla sea aprovechar esas pistas, tomar los términos dados del debate y llevarlos más allá. Adoptar el idioma de la época para intervenirlo; reinventarlo, incluso, para que nos sirva mejor.

Si el lenguaje de la adicción es otro idioma para hablar de la agencia trabada, quizás rastrear sus caminos sea útil para mapear las zonas más críticas de esa sensación de imposibilidad. El problema es que la mayor parte del tiempo sirve de distracción: hablamos de circuitos cerebrales y descuidamos su dimensión social, relacional, pública, algo fundamental no solo para el enigma de la adicción, sino en cualquier situación en la que lo que podemos hacer no está del todo fijado, pero tampoco tan abierto. Luego del fallo de marzo, Meta declaró que “la salud mental adolescente es un asunto profundamente complejo que no puede vincularse a una única aplicación”… y es cierto. Reconducir el debate a la dopamina y el “carácter adictivo” de las plataformas lo reduce de más: es una iteración contemporánea de la virtus dormitiva del opio de la que ya se burlaba Molière. Porque lo que nos importa cuando hablamos de adicción no tiene que ver con el cerebro. Importa esa sensación de incapacidad que se traduce, paradójicamente, en una especie “compulsiva” del hacer. Un no poder que se expresa como no poder parar.

Pickard abría su libro evocando una serie muy influyente de experimentos con ratas de laboratorio. En el primero, de los años ochenta, la jaula tenía agua, comida y una palanca que las ratas podían usar para conseguir toda la cocaína que quisieran: al mes, 90% de los animales se habían muerto de agotamiento, desnutrición y deshidratación. La imagen de la ratita que deja hasta de tomar agua por tirar compulsivamente de la palanca de la droga fue clave para las teorías de la adicción como un cerebro arruinado por una sustancia poderosa. Tuvieron que pasar décadas para que a alguien se le ocurriera una variante simple del experimento: resulta que si hay dos palancas, una con cocaína y otra con agua endulzada, 90% de las ratas eligen el trago inofensivo. Y si la segunda palanca les consigue un minuto de juego con otra ratita, como mostró un experimento en 2018, casi el 100% de los roedores elige jugar.

Ni la cocaína era todopoderosa ni las ratas tenían roto el cerebro. Estaban solas en una jaula sin nada más que hacer.

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“Todo apego es optimista”, decía Lauren Berlant en esa gran obra sobre la adicción como metáfora implícita del malestar contemporáneo que es El optimismo cruel. Ante la falta de alternativas o ante alternativas miserables, irrisorias, no todo el mundo puede ser Bartleby: no hacer nada puede sentirse todavía más insoportable, mientras que el hacer compulsivo puede ser otra manera de negociar lo innegociable, de soportar lo insoportable, aunque sea un ratito más. Una forma de sostener el vínculo con un mundo poco acogedor y a la vez una forma de lidiar con la hostilidad de ese mundo.

El problema son las opciones reducidas; cómo nos las arreglamos para responder a la falta de alternativas, en todo caso, es algo que viene después. El optimismo cruel es optimista porque es testigo de ese apego a la vida, y es cruel porque aferrarse a lo que hace mal es prácticamente el único margen de acción que queda cuando ya no controlamos las condiciones materiales de nuestra vida. De lo que se trata es de ampliar ese margen, pero el marco de la adicción, como todo lenguaje psiquiátrico, pone el foco en la persona. Nos lleva a concentrarnos en la conducta de la ratita de laboratorio y pinta al malestar como producto artificial de esa conducta, en lugar de ubicarlo entre sus causas. Pero la jaula es el problema, mucho antes que la droga.

La avanzada legal sobre las grandes empresas tecnológicas será una buena noticia si se traduce en una disputa real del poder desmedido que detentan. La metáfora de la adicción viene siendo una pieza clave de la estrategia querellante, ¿pero está sirviendo a esa disputa? ¿Y qué nos empuja a ceder a cambio? 

En la arena pública, sospecho, el lenguaje psiquiátrico es el manotazo de ahogado con que nos aferramos a algún sentido estable en un mundo cada vez más engañoso y turbulento. Si es la única herramienta que parece que nos queda, bueno, usémosla. Pero tendremos que transformarla en el proceso, porque no vamos a poder transformar de verdad el mundo si no.