Crónica

Beca Universidad de Texas + Anfibia


Monterrey: cuando las Ríos se quedan sin agua

El malecón es parte de la memoria colectiva de Monterrey. Es el recuerdo del agua que baña y genera el encuentro social. Sara y Dorita Ríos son dos hermanas que migraron a la capital industrial de México muy jóvenes, cuando su tierra comenzó a desertificarse hasta volver imposible la vida en el campo. Ellas conocen su historia y la importancia que este lugar tiene para los ciudadanos de la metrópoli. Ashley García, sobrina de las hermanas Ríos, las visita esta vez con una sensibilidad especial: para escuchar cómo impacta la transformación del paisaje en la vida cotidiana de más de una generación. Esta crónica es parte de la nueva edición de la Beca Anfibia, un proyecto de la Iniciativa de Escritura Creativa, dirigido por Gabriela Polit, y del Instituto LLILAS (Lozano Long Institute of Latin American Studies) de la Universidad de Texas.

Cada fin de semana, cientos de familias visitan la presa “La Boca” localizada en Santiago, Nuevo León, a 11 kilómetros de la zona metropolitana de Monterrey. Algunas personas se reúnen en el malecón para comer mariscos en uno de los muchos restaurantes, otras pescan y los más aventurados navegan en lanchas, catamaranes y pequeños yates que flotan en sus aguas. 

Esta es la memoria colectiva de la presa: la del agua que fluye, baña y propicia el encuentro social. A la vez, es el trauma que afecta a la capital industrial de México -donde se fabrican cervezas, alimentos procesados, electrodomésticos, vidrio, materiales para la construcción y mucho más-.  

Visité la presa en una tarde de junio del 2022. Encontré una pequeña embarcación estancada en un campo desértico y miles de taparroscas y corcholatas incrustadas en bloques de lodo deshidratado. Las pocas señales de vida latían en unos patitos que merodeaban un charco con la ilusión de encontrar algo de alimento. 

Aquel panorama representa el problema cíclico de la sequía que afecta a todos los seres vivos del estado de Nuevo León, especialmente a Sara y Dorita, mis tías abuelas. 

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Sara Ríos Ríos vive en el corazón de la colonia López Mateos en Santa Catarina, Nuevo León. Es morena, alta. Es hogareña y con los años se ha vuelto creativa: inventa estrategias para mantener sus rutinas en el hogar. Es risueña y bondadosa. Quienes la visitan lo saben: en su casa hay un gran recibidor donde siempre ofrece  un café, un “taquito”, una rebanada de pastel o galletas. Prepara salsas caseras, tortillas, guisos y queso fresco tal y como lo hacían su madre y hermanas. Disfruta cuidar sus plantitas, escuchar salmos en Youtube e ir a misa acompañada de su esposo Carlos.

A 30  kilómetros al este, en una casa de la colonia La Victoria en el municipio de Guadalupe, vive su hermana Dorita Ríos Ríos. 

Dorita no sólo heredó los ojos verdes rasgados de su padre, también su carácter extrovertido. Igual que su hermana, tiene una casa siempre lista para recibir visitas. En la sala cuelgan las fotos familiares que respiran recuerdos relacionados a la vida que construyó junto con su difunto esposo, Rogelio. Allí comparte muchas tardes con familiares y amigas. Todas las semanas va a El Club del Adulto Mayor. Pero lo que más adora es ejercitarse en la piscina, tres veces a la semana.  

Dorita aprovecha las clases de natación para rezar. Invitó a su amiga Lolis a que se uniera a la oración cuando Monterrey se quedó sin agua. 

—Antes rezaba a las tres de la tarde, pero ahorita tenemos que rezar mucho. Ando en la alberca y ando rezando con los dedos. Son como diez ‘padre eterno’. Le doy gracias a Dios porque ando en el agua. Dios me permite hacer esto, que es lo que más me gusta.

Dorita Ríos acostumbra rezar en el agua: agradece el poder ejercitarse en una alberca y durante la sequía pidió a Dios para que las personas de la zona metropolitana de Monterrey no sufrieran lo que ella y Sara vivieron en los ranchos Las Jaras. 

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Las Ríos son las hijas menores de Severiano Ríos Garza e Inocencia Ríos Salinas, un matrimonio que tuvo diez hijos en el municipio de Doctor Coss, al este de Nuevo León. 

En 1968, se mudaron a la zona metropolitana de la capital del estado, Monterrey. Su emigración fue la última secuela de una sequía que marcó a esa década. 

Esa crisis acabó con todo lo que ellas tenían, incluso con su papá.  

—Fue la razón por la cual tuvo el derrame (cerebral) mi padre. Porque perdió todo —cuenta Sara mientras seca sus lágrimas con el  dedo índice. 

Antes de la sequía, Severiano y sus hijos criaban vacas y chivas; sembraban maíz, frijol, calabazas, sandías y melones. Con las ganancias de los cultivos y el ganado llegaron a comprar dos ranchos a los que llamaron Las Jaras. Estas propiedades producían lo suficiente para abastecer a la familia y a sus amigos. 

—Mamá hacía hasta cien quesos, ¡hasta cien quesos! —describe Dorita. 

Cada fin de semana mi bisabuelo escogía un becerro o cabrito, y las mujeres de la familia lo cocinaban en un delicioso guiso que compartían con la comunidad.

—Él a todo mundo le compartía: compadre, venga por un pedazo de carne cuenta Sara

Dorita tenía once años y Sara siete cuando la sequía afectó las vidas de los Ríos. Entonces no llovió en tres años y las represas se secaron. Festines, amigos y conocidos desaparecieron de aquellas tierras. 

Como no había qué beber y comer, Severiano y un compadre rentaron un rancho en San Fernando (Tamaulipas) para abastecer las necesidades del ganado. Los hombres encaminaron al rebaño hasta esa localidad. Sin embargo, gran parte se les perdió a la mitad del camino. 

—Había mucha selva y los animales podían entrar, pero ellos no. Llegaron de regreso [a Doctor Coss] con bien poquito. 

Severiano también trató de revivir la producción de sus tierras, pero ni con todo su optimismo alcanzó a cosechar los frutos. 

Sara recuerda que la última vez que su papá sembró fue después del día de La Candelaria, 2 de febrero. 

—Mi papá se puso con mucho ánimo a sembrar sus tierras porque llovió y dijo: en esta cosecha, hijitos, nos vamos a levantar. Ya estaban en flor, ya estaban formaditas las sandillitas el día que murió.

Mi bisabuelo murió un 13 de abril de 1962. No tuvo síntomas de una enfermedad física pero ver sus tierras y ganado arrasados lo entristeció tanto que su cuerpo se desvaneció inesperadamente en medio de una labor.  

De él tan solo quedó un rastro en aquel suelo deshidratado. 

—Todavía después de muerto estaban las huellas de sus huarachitos en el surco —describe Dorita.  

—Esas marcas señalaban que él madrugaba todos los días para ver su campo —recuerda Sara sin contener el llanto. 

A seis años de la muerte de Severiano aquellas jovencitas dejaron su vida en Las Jaras para ir a trabajar como obreras en la empresa Azulejos DalMonte, en Monterrey. Ahí maduraron y formaron sus familias. Este año lidiaron una vez más con una sequía.

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Los tinacos color negro, gris o beige que desde la década de los ochenta y noventa se colocan en las azoteas se han convertido en un artículo esencial en los hogares de muchos regiomontanos. Indican que el agua potable es un recurso limitado en el norte del país.  

—Mis plantas están bien vivas —comparte Sara mientras riega sus julietas con el agua enjabonada que deja el trapeador. 

En su región redujeron la presión del agua en plena canícula. Sin embargo, su tinaco siempre estuvo lleno porque los pozos localizados en la Huasteca Potosina, a 500 kilómetros al sur de Monterrey, suministran el líquido que consume su municipio. 

Dorita es la que más batalló durante el verano. El agua que ella y sus vecinos de La Victoria usan es proporcionada por las presas La Boca, El Cuchillo y Cerro Prieto

En agosto pasado, esas fuentes de agua que proveen del servicio a la mitad de la población de Monterrey se encontraban casi vacías. Según la Comisión Nacional del Agua, La Boca tuvo un 8 por ciento de su capacidad; Cerro Prieto, 1% y El Cuchillo, 41%.  

En décadas pasadas ya habían cortado el agua o bajado la presión por una o dos horas, pero los cortes que duraron varios días fueron algo nuevo para los vecinos de La Victoria. 

—De hecho, yo nunca había tenido tinaco.  

A Dorita le extrañó almacenar tanta agua. No había necesitado hacerlo ni siquiera cuando ella, su difunto esposo y sus siete hijos vivían bajo el mismo techo. El tinaco que compró en junio no fue de gran ayuda porque la baja presión del agua no permitió que se llenara.

Gran parte del problema que ella y sus vecinos enfrentaron tuvo que ver con la gestión de recursos que realiza el Estado. 

Si bien la etapa más crítica del desabasto se manifestó durante el mandato del  actual gobernador Samuel García Sepúlveda, el gobierno de su antecesor Jaime Rodríguez Calderón, conocido como “El Bronco”, contribuyó al problema.  

La administración de “El Bronco” no tomó suficientes medidas preventivas y abrió las compuertas de La Boca muchas veces siendo que las sequías son una constante amenaza.  

—¡Allí estaban las compuertas abiertas a todo lo que daba! ¿Por qué? Porque las presas estaban aterradas. ¡Aterradas! —recuerda Sara.  

El gobierno de Sepúlveda activó el programa “Agua para todos” en marzo pasado. Se dividió el área metropolitana en siete zonas, y a cada sector se le asignó un día de la semana en la que se le redujo el servicio de agua al máximo.  

Desde entonces la ciudadanía hizo sacrificios para ahorrar agua, pero la medida más estricta llegó en junio, cuando se anunciaron cortes diarios en todos los sectores y servicio  únicamente de 4 a 10 de la mañana. 

Entonces Dorita recurrió a un Plan B: se despertaba a las seis de la mañana para almacenar agua en cubetas y botellas de plástico. 

— Con el chorrito que sale, junto y voy acumulando para el baño personal, para el sanitario y para los trastes. 

Los eternos cortes de agua en meses donde la temperatura puede alcanzar los 40 grados la angustiaron, pero sabe que las sequías son un problema que afecta a todos los seres vivos de su territorio. 

Antonio “Toño” Hernández Ramírez, biólogo y ambientalista local, calcula que los asentamientos humanos y los incendios registrados han destruido más de 20 mil hectáreas de la vegetación que crece en los cerros que rodean la metrópoli. Esta deforestación afecta la capacidad que tienen las montañas para infiltrar el agua que provee a la vida silvestre y a los mismos habitantes de la región.

Las hijas de Dorita también compraron tinacos que no lograron llenar. Cuando los cortes de agua rebasaron las 24 horas, salieron con sus hijos para acarrear agua desde los contenedores que los alcaldes colocaron en parques y zonas con escasez. 

—Me mandó una foto mija. Me dio tanta ternura ver a mijo que venía con sus dos galones de agua y mija dice: No, y Maríel traía otros botes de pintura. Eran esos que se desocupan de pintura. 

Los depósitos que instalaron en los municipios ayudaron a varias familias pero no contemplaron necesidades especiales. A los vecinos, que como Dorita pasan los 70 años, se les dificulta caminar al tinaco colectivo ubicado a 500 metros de sus casas. 

—Nos cansamos. Nos falta el aire, nos duelen los huesos. 

El descontrol en el uso del agua es otro factor que provocó su escasez. Por un lado, hay empresas en la región semidesértica que extraen miles de millones de litros de pozos concesionados por la Comisión Nacional del Agua. 

Por otro lado, está el agua que se ha desperdiciado por medio de fugas o consumo humano.  

—La gente no tiene conciencia para tirar (el agua). Ya hacía tiempo que se nos estaba diciendo que hasta cuando nos laváramos los dientes cerráramos la llave, pero nadie paró tantito —comenta Sara. 

El río Pesquería nace en el oeste por la carretera que va de Saltillo a Monterrey, atraviesa la urbe y termina en Doctor Coss. Es enorme y abundante, pero su agua está contaminada por descargas de drenaje sanitario e industrial. 

— Es la cloaca de Monterrey —describe Toño. 

Hay una solución para el problema cíclico. Si se instalaran plantas tratadoras en todos los municipios y se controlaran los desechos industriales se podría limpiar el agua del río Pesquería. Con una décima parte del río o un “chorrito”, como dice el biólogo, se podrían llenar las presas que abastecen la ciudad de Monterrey su área metropolitana. 

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Los regiomontanos no son de movilizarse, pero la sed y la sequedad los unió. Por primera vez se vio a una ciudadanía que salió a protestar. Hasta se animaron a bloquear la Carretera nacional, una de las vías más transitadas, igual que las avenidas Garza Sada y Lázaro  Cárdenas

La desesperación también los hizo recolectar firmas en la Plaza del Chorro y manifestarse  frente al palacio del gobierno estatal con sus cacerolas. Los más creativos organizaron un baño masivo en el icónico río artificial Paseo Santa Lucía. 

Las hermanas Ríos no se manifestaron en público. Ellas se activaron desde sus casas.  

—Lavo terrazas, trapeo, limpio toda mi casa con el agua de la lavadora —cuenta Sara. 

Mantuvo una cubeta en su baño, justo bajo la regadera, para reunir el agua que corría mientras se bañaba y usarla para el riego.

—Ese litrito me alimenta una planta o dos.

Dorita guardó botes que contenían productos de limpieza en su traspatio y los recicló.

Los que un día tuvieron suavizante de ropa se llenaron con agua limpia que se usó para lavarse la manos; los de cloro y detergente sirvieron para el aseo de la casa; los que quedaron vacíos fueron rellenados o usados como juguetes para Cookie, su perrita Schnauzer.. 

Sus vecinas de la Victoria hicieron lo mismo. Las señoras también se reunieron cada jueves. 

—Rezamos el rosario, pedimos por la lluvia. Para que llueva pronto —comenta Dorita.

La gran urbe que mis tías abuelas habitan es voluble. No solo en su clima, también lo es en el comportamiento hídrico.

¿Será que el Planeta habrá escuchado los rezos de mis tías Ríos Ríos? En septiembre por fin  cayeron fuertes lluvias. Estas hidrataron los campos, inundaron las calles y llenaron las presas de Nuevo León.  

Las Ríos ya tienen agua. Lo agradecen. Saben lo difícil que es vivir en una región así. Por eso cuidan cada gota.   

Agradecimiento: Esta crónica fue escrita bajo la mentoría de Melva Frutos, periodista mexicana y miembro fundador de Red de Periodistas del Noreste.