Crónica

El crimen de Marina y María José en Ecuador


#Viajosola: Qué habrás hecho

Un médico argentino calificó como “víctimas propiciatorias” a las dos chicas asesinadas en Montañita. La editora Lucila Schonfeld recuerda situaciones en la que estuvo expuesta a la violencia machista. Mientras escribe piensa si debe publicarlo. No quiere herir a nadie y se pregunta: ¿Qué se puede contar? ¿A quién involucra lo que cuenta?

Foto de portada: Darkday

El 128

Viajo sola desde los 8 años. Iba a la escuela primaria en el colectivo128. Me habrán “apoyado” miles de veces, en esa y en otras líneas, pero mi ingenuidad de chica fue violentada por primera vez en la esquina de Gorriti y Mario Bravo, mientras esperaba el bondi. El tipo estaba sentado adentro del auto. Su pene erecto fuera del pantalón. Se masturbaba a sus anchas. Perturbada, impaciente, incomodísima, el colectivo parecía no llegar nunca. No se lo conté a mis viejos esa noche. No pude hablar con nadie ese día. ¿En qué maldito momento había aprendido a sentir culpa ante algo así? Tenía 9 años.

Al día siguiente “me confesé” con la madre de mi mejor amiga, amiga de mi madre también. El mensaje iba a llegar. Y la contención también.

Igual, alguien habrá pensado, alguien dirá: “pero vos miraste”.

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Solas en un mundo de hombres

A mis veinticuatro años viajé con una amiga española a Marruecos. “Solas” atravesamos Andalucía en coche y dormimos en Algeciras, ciudad fronteriza, para cruzar el Estrecho de Gibraltar al día siguiente. Un hotel completamente habitado por hombres, guardias civiles, la mayoría de ellos militares ydos mujeres, nosotras. Comí allí el mejor pez espada de mi vida, pero lo que nunca voy a olvidar son las miradas. Todavía no habíamos ingresado al mundo árabe, no hacía falta. Era un mundo de hombres y si estábamos ahí, solas,  se adjudicaban el derecho de mirarnos como y cuanto se les diera la gana.

Luego, en Tánger, la película ya no era muda. También nos decían. A veces entendíamos el pseudo castellano que alguno heredó de viejas épocas (“mujera, guapa, vene”), y seguíamos nuestro camino, la frente alta. Alertas. No debíamos movernos más allá de un límite, real aunque invisible.

Entrar en un café o restaurante implicaba ser escudriñada. La sorpresa por lo nuevo se mezclaba con la inquietud que sentíamos ante el escaneo.

La paradoja: teníamos “libertad” para movernos solas porque nuestra condición era inocultable: turistas. Mujeres solas, pero turistas.

Entonces la violencia cobraba una nueva dimensión: las mujeres locales no podían hacer lo que hacíamos nosotras, extranjeras excepcionalmente “autorizadas”.

Con esa tensión siempre presente, no nos apartábamos del corredor “seguro”, esa frontera que una cree que existe, aunque asume su fragilidad. Porque ese límite se puede desdibujar en cualquier momento. Lejos o cerca de casa.

¿Cómo no se lo contaste a ella?

Durante otro viaje, sola, me alojé en la casa de los padres de una gran amiga. No era la primera vez. Fue la última, hace más de veinte años.

Mi valija estaba casi lista y faltaban unas horas para mi partida. El dueño de casa –cuya esposa era casi ciega pero no sorda— pensó que era “su” momento. Con total descaro me pidió besos, cariños y algo más, mientras forcejeaba para retenerme y satisfacer sus deseos. Mi decisión, sin duda --porque en fuerzas yo no ganaba--, y la presencia en la planta baja de la señora casi ciega pero no sorda me permitieron “liberarme”. Liberarme de esa situación horrible, pero no del dolor. Hasta ese día tenía aprecio por ese hombre. Mi forzado silencio tuvo un motivo: adoro a mi amiga.

Conté pocas veces esta historia. Una vez en un asado de domingo entre varias familias que nos creíamos amigas porque compartíamos el jardín de infantes de nuestros hijos.

La reacción fue casi unánime: “¿cómo no le contaste a tu amiga?”. Un par de mujeres no comulgaron con aquella sentencia. Ellas se quedaron pensando, mientras los bienpensantes me recriminaban, con cierto morbo, no haberle dicho todo.

“¿Para qué?”, pensaba yo en ese momento. Solo le provocaría dolor. No me creía con derecho. Mis “amigos” sí.

A ese hombre no lo vi más.

Mi amiga y yo seguimos viajando solas. Nos miran. Y miramos.

A tu mamá también

Durante 2015, antes y después del estallido de #NiUnaMenos, hablamos mucho en casa sobre la violencia contra las mujeres. Marido y dos hijos varones adolescentes son interlocutores imprescindibles: necesito escucharlos y que me escuchen. Esto último puede resultar difícil si hablo en primera persona.

--¿Qué mujer no sufrió acoso, abuso o se sintió violentada alguna vez? –dije una noche en la cocina, mientras preparábamos la cena.

Desde sus 14 y 16 años mis hijos me decían con su mirada: “no, mamá, por favor, vos no”. Era claro que les resultaba intolerable imaginarlo.

Mi compañero parecía pedirme “piedad”; no era necesario que contara en primera persona ante nuestros hijos.

Hablé, con cuidado, pero sin culpa.

Pasaron cuarenta años desde que aquel tipo me impuso la imagen de su verga mientras yo esperaba el colectivo y quiero que mis hijos, sus amigas y sus amigos viajen solos y solas por donde les plazca. Y que vuelvan, enriquecidos por las experiencias vividas. 

[Mientras edito y espero una lectura amiga pienso si debo publicarlo. No quiero herir a nadie. Hablo con A. Mi problema es parte del problema: qué se puede contar, qué no se debe hacer, qué habrás hecho, a quién involucra lo que contás. Elijo el riesgo de seguir viajando sola, el que me trajo hasta acá. Y aprieto “enviar”.]