Un hombre en pantuflas mató a TEUR, un colombiano de 17 años que pintaba un graffiti en el techo de una fábrica abandonada. Esos tres balazos tensionaron, de la peor forma, los vínculos del arte callejero con las instituciones que regulan el espacio público y los vecinos. Los murales e intervenciones que Buenos Aires muestra con orgullo en tours privados y circuitos oficiales fueron hechos en contra de sus propias normas. Belleza, clandestinidad y vandalismo en las paredes porteñas.



Street art de portada: Run Don´t  Walk

 

El tour de arte urbano porteño del miércoles primero de agosto hizo una parada inusual. Se salía del recorrido habitual aunque nadie sabía dónde estaba la pared que se quería mostrar. El guía les avisó a los doce turistas que había que encontrarla. Les explicó que era un graffiti hecho la noche anterior por un pibe de 17 años, Cristian Felipe Rodríguez Martínez, TEUR. Les informó que un vecino lo baleó y mató segundos después de haber terminado la obra. Los turistas sacaron las cámaras del cuello, pegaron las narices a las ventanillas del minibús y miraron de arriba abajo cada ladrillo de las coordenadas en la esquina de la Avenida Córdoba y Gascón.

 

Dieron varias vueltas hasta encontrarla. El guía ofreció seguir el recorrido y dejar atrás la pared que no aparecía. Los turistas dijeron que no. Apareció, la señalaron. Ninguno sacó fotos. Hubo unos segundos de silencio. Después preguntaron por qué y si era común en Buenos Aires que un vecino en pantuflas tenga un arma y dispare ante un sospechoso. De nuevo silencio.

 

Buenos Aires se talló una reputación a nivel mundial por la calidad y profusión de su arte callejero. Hace más de diez años que distintas empresas y organismos organizan tours de arte urbano por la ciudad. Recomiendan este lado B de Buenos Aires guías como Lonely Planet, suplementos de viaje de Australia y Estados Unidos, influencers de Brasil.

 

El último en sumarse a la nómina de promotores del arte urbano fue el Gobierno de la Ciudad. Desde este año la Secretaría de Turismo ofrece circuitos por distintos barrios dos veces por semana. “Descubrí el arte urbano en esta colorida visita guiada”, invitan. Su recorrido parece una postal donde la lucha de intereses por el espacio público quedó congelada, invisible, mezclada entre tanto color. Lo que ahora muestran con tanto orgullo fue hecho en contra de sus propias normas.  

 

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Street art: Stencilland y Run Don´t Walk

 

A la vez que institucionaliza el arte urbano mediante circuitos y festivales como el Color BA, el gobierno porteño lanza la campaña antigraffiti, en la que cuadrillas salen a tapar con pintura gris los mensajes molestos. Hay pintadas que molestan y otras que embellecen. Dentro del amplio abanico del arte urbano, algunos estilos son aceptados y otros no. Si un graffitero quiere decir otra cosa que no sea lo que la ciudad espera escuchar, entonces pintura gris. La fantasía de una sociedad controlada y homogénea donde el orden es sinónimo de progreso y negocio inmobiliario.

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Las cruzadas municipales contra el arte callejero suelen basarse en la teoría de las ventanas rotas. Esta teoría afirma que si en un edificio aparece una ventana rota y no es arreglada con rapidez inevitablemente el resto de las ventanas serán destruidas por vándalos. La solución para este contagio de conductas inmorales es la tolerancia cero. Se debe castigar con severidad y celeridad las infracciones al orden público aunque sean menores. Desde este punto de vista, la lucha contra el arte callejero es la lucha contra la inseguridad. Que los pibes pasen de hacer tags a tirar tiros es una cuestión de tiempo.

 

Dos malas noticias para los gobiernos municipales. La primera es que esta teoría ya fue desmentida por la criminología. La segunda es que la lucha por el orden total es una lucha perdida. A cada renovación de fachadas tarde o temprano le sigue la aparición de tags, pegatinas y murales. Lo aprenden los estudiantes de ciencias sociales en el primer año de la universidad: el conflicto es una característica inherente a la sociedad. En otros términos, la sociedad ordenada no existe. Lo que existe es la represión para intentar disciplinarla.

 

La represión al arte callejero cuesta millones. En 2017 el gobierno porteño gastó 14 millones de pesos mensuales en “reparación de vandalismo”. Las “brigadas antigraffitis” dan batalla en la calle, recorriendo barrios y pintando lo que le pongan enfrente. También hay programas para la realización de murales en la ciudad que se limitan a promover obras decorativas o de contenido naif. Algunos vecinos también aportan lo suyo: pinturas antigraffitis, electrificación de alambres, llamados a la policía durante la madrugada.

 

El gobierno de la Ciudad está dispuesto a jugar una carta aún más fuerte con la reforma del Código Contravencional en actual tratamiento legislativo. El arte callejero entra aquí junto a muchas otras actividades que molestan a la vista y a la actividad de los vecinos. Manteros, músicos, trabajadores/as sexuales, limpiavidrios, centros culturales. De concretarse esta reforma la policía obtendrá mayores márgenes de discrecionalidad para reprimir el desorden, para correrlo de la vista. Tras los reclamos de los artistas callejeros, se alivianó la criminalización de ciertas prácticas en la calle, pero el el nuevo código no cambió su espíritu.

 

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Street art: Jaz 

 

Según el especialista en criminología Esteban Rodríguez Alzueta, “lejos de detener a los graffiteros, todos estos nuevos obstáculos multiplicaron los desafíos para el asedio nocturno. Los grupos de jóvenes saben que cuanto más riesgo se corre con cada graffiti, mayor será la recompensa, es decir, mejor será la aventura y el prestigio”.

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Primero vino el graffiti. Todo lo hoy denominado “arte urbano” proviene de esta semilla tipográfica rebelde, vandálica, insolenta que se caga en la coerción, en la-regla-porque-sí, en el panorama uniforme. En el bien común que lo excluye.

 

El graffiti, como escribió el periodista Hunter S. Thompson, “es bello, como un ladrillo en la cara de un policía”. Hoy sus ramificaciones pueden haber llegado tan lejos que dan otro fruto. La gente cambia, los artistas evolucionan, se diversifican, luchan desde otro lado. Pero el graffiti se renueva por necesidad y sigue incomodando, indecoroso, adrenalínico.

 

Cuando Pablo Harymbat empezó a pintar en Buenos Aires a principios de los ‘90 no existía el arte urbano. Pintar en la calle era hacer graffiti. “Todos empezamos ahí”, dice el artista que en esta época firmaba “Gualicho”. “Las pintadas políticas que se hacen sin pedir permiso a nadie y arruinando todo, propiedades, autopistas, etcétera – dice Harymbat- ¿por qué son permitidas y las otras no? Creo que solo eso es suficiente para cortar el mambo boludo de los que hablan del graffiti como vandalismo. Que puede serlo, pero así también lo serían las pintadas políticas”.

 

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Un mural suyo persiste desde 2007 en Colegiales, un milenio en términos de exposición callejera. Cualquier graffitero podría pasar y dejar su firma sobre su obra. Sería de hecho una buena estrategia para sumar audiencia a su producción. Pero no: los graffiteros suelen preferir la persiana negra de la esquina, el paredón gris del vecino o la fachada de la vereda de enfrente. Alguna vez un vagón de tren o una terraza de edificio. La ejecución caligráfica que algunos asocian con un caos en realidad obedece a reglas muy definidas. Más allá de la técnica, hay códigos sociales que imperan.

 

“Nosotros no tapamos a nadie y nadie nos tapa”, dice un miembro del colectivo de graffiti NoMeBaño que resguarda su identidad. Lo que describe es la costumbre; en todo sistema, hay rebeldes. “A los graffiteros nos gusta el arte. No nos interesa tener problemas, queremos hacer la nuestra, amigos, viajar y conocer a otros artistas. Es una locura que te maten por esto”, dice sobre el asesinato de TEUR. “Este chico tuvo mucha mala suerte”.

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Street art: Bs. As. Stencil 

 

El graffiti, el verdadero, el insolente y el provocador no es comercializable. “A la gente le molesta el graffiti porque no los identifica en nada”, dice el miembro de NoMeBaño. “Si yo voy y pinto TEUR” -como el último trabajo que hizo Rodríguez Martínez- “la gente se enoja. Pero si escribo ‘No me baño, ni para cogerte’, se ríen y se sacan una foto”. Para él, el graffiti es tanto un arte como un estilo de vida: “no te tiene que gustar, ni te lo tengo que vender”, suelta.

 

El carácter clandestino de la obra es parte fundamental de la potencia artística. Una mayor criminalización del espacio público redunda en una mayor necesidad de expresión. En un contexto de fuerzas se seguridad envalentonadas para reprimir, la promoción de la convivencia parece una política tan lejana como urgente. La liberación del hombre acusado del homicidio agravado del graffitero tiró aceite sobre el fuego. 

 

Para el graffitero, la calle es a la vez un campo de juego y de batalla. El graffiti extremo en el cual se pinta en altura conlleva sus riesgos. “Uno piensa que puede morir haciendo eso, pero porque se cae. No porque le disparan”, dice el miembro de NoMeBaño. “Después de todo lo que pasó nadie reconoce una cosa: esta buenisimo el graffiti que hizo este pibe”.

 

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Street art: Jaz 

 

Fotos de graffitis y murales porteños: Wally Gobetz


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