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Martes 18 de Septiembre de 2012

Cacerolas: rebelión y felicidad

El 13 de septiembre, en Buenos Aires y otras ciudades del país, volvió el “cacerolazo”, una ceremonia política tribal que en esta oportunidad no buscó amenazar al gobierno, sino presionarlo para corregir desvíos que ponen en riesgo la prosperidad acumulada de los últimos años. El antropólogo Máximo Badaró reporteó para Anfibia los cacerolazos de junio y la protesta del jueves. Badaró, experto en la etnografía de las elites, narra la manifestación como un escenario no solo de odio visceral a la Presidenta, sino como la oportunidad de estos sectores para reconocerse y celebrarse a sí mismos en un momento de efervescencia colectiva.

 

El jueves 13, a las 20:30, una columna apretada de gente se extiende por toda la Diagonal Norte, desde el Obelisco a la Plaza de Mayo. Julia y Clara, dos señoras de unos 70 años, contornean sus cuerpos intentando avanzar entre la muchedumbre. La plaza es un destino inalcanzable para ellas y para las miles de personas que agitan, con excitación, banderitas argentinas. Algunos las empuñan como cuchillos de caza, otros como maracas en medio de una fiesta al aire libre; muchos como juguetes nuevos que les acaban de regalar. Todos parecen coincidir en algo: el rechazo a la presidenta Cristina Fernández de Kirchner.
Detrás del odio, el malestar, las críticas y las frustraciones, estas personas pasean por la plaza una felicidad y una prosperidad que sienten amenazadas. Poco importa averiguar si se trata de gente de clase media, media alta, alta o súper alta. Que la principal convocatoria a la marcha haya tomado como referencia puntos emblemáticos de los barrios porteños de mayor poder adquisitivo, es un indicador relevante para comprender qué sectores sociales la motorizaron. Y cualquier observador entendido en las formas de jerarquización de la sociedad argentina no tendría problemas en confirmar una correspondencia entre esta topografía del poder y quienes hicieron rebalsar la Plaza de Mayo: había muchísima gente de clase media y, sobre todo, media alta.

Pero esta explicación, que es la más corriente entre quienes buscan desacreditar estas manifestaciones sociales, y en la que la referencia al origen de clase extrañamente se utiliza como una categoría acusatoria, no dice nada sobre el estado de ánimo de la gente ni sobre los procesos sociales que la marcha puso de relieve. Se trató de sectores que han mejorado considerablemente su situación económica y social en los últimos años y ahora, por diferentes motivos, temen perderla.
La plaza pone en escena el valor político de ese bienestar. Un bienestar reciente para algunos de los que están en la plaza. Para muchos otros se trata de una prosperidad ya consolidada que ha aumentado mucho más en los últimos años. Y es ese bienestar --que cada sector social percibe y evalúa de acuerdo a medidas, escalas e intensidades propias, y que en la plaza se refleja en los rostros, las vestimentas y la energía de las personas-- lo que la mayoría quiere resguardar.
Julia y Clara no llevan banderas ni carteles. Se las ve rebeldes y felices. Rebeldes: “Ar-gen-tina, sin Cris-tina”, gritan a coro. Felices: no están solas. Julia parece emocionarse, mira a su alrededor y le comenta a su amiga: “Hoy al mediodía yo pensaba: ¿y si no viene nadie? Y mirá lo que es esto, impresionante. Por suerte me equivoqué”. Clara sonríe y se suma a la entonación de las estrofas del himno nacional que un pequeño grupo de veinteañeros comienza a cantar con tono festivo.
Toda la cuadra se pliega al canto pero el final del himno se precipita con proclamas verbales que otros jóvenes lanzan como gritos de guerra: “¡No te tenemos miedo, chorra!”; “Boudou delincuente”; “Corruptos”. Y entonces, de repente, uno de los pocos bombos que circulan en esta masa de manifestantes, empieza a marcar el ritmo que le impone la mano inexperta y desacompasada de un joven de traje azul, zapatos negros y corbata colorida. El joven bate el parche y la multitud canta: “Se va a acabar, se va a acabar, la dictadura de los K”.
Se trata de la versión remixada de una canción conocida. Pero ahora ya no está cargada de esa combinación de tragedia y esperanza que tenía a comienzos de los años ochenta, cuando miles, en esta misma plaza, cantaban “se va a acabar, se va a acabar, la dictadura militar”. Ahora la canción suena a caricatura y parodia. Por momentos la manifestación se parece a un recital, un recital de rock. La gente transpira rebelión y felicidad. Los cuerpos saltan y se apretujan. Las sonrisas, los gritos y la algarabía se combinan con ese odio casi infantil al que solo la imaginación y la creatividad de los jóvenes pueden salvar del ridículo.
Y este jueves a la noche hay muchos jóvenes, algunos adolescentes. De pie, arriba de un volquete de basura, una quinceañera vestida con el uniforme de un colegio privado usa una cuchara para pegarle con fuerza a un jarrito de metal y vociferar proclamas contra Cristina. El eco del ruido a lata repiquetea en los edificios centenarios de Diagonal Norte y por momentos los gestos de la gente se transforman en otra cosa. La rubiecita adolescente de rostro inocente y aniñado se convierte en una aguerrida y experimentada militante política. Dos jóvenes estudiantes de abogacía de la Universidad de Buenos Aires exhiben carteles con la consigna “Libertad de expresión” y “Democracia”. Cinco chicas de no más de veinte años, que parecen vestidas para ir a bailar y no paran de enviar mensajes en sus celulares, se ríen sorprendidas cuando la masa las empuja hacia delante.  

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Páginas
  • Imágenes, la polémica por las fotos de Cecilia Estalles
  • La fotógrafa Cecilia Estalles fue al cacerolazo del jueves y sacó decenas de fotos. Las publicó en Facebook y luego recibió mensajes en los que le pidieron que bajara las imágenes de la web, que sabían dónde vivía, que conocían su dirección. Ella escribió en su muro: “Facebook me advirtió que si no las bajo me saca la cuenta. ¿A quién lastiman las imágenes? ¿Inventé personas y situaciones? ¿Las obligue a posar? No, y es sólo una opinión visual. En algo estoy de acuerdo con el Sr. Facebook: en estas imágenes hay cosas obscenas”. En la red se armó una campaña para que no la censuraran Anfibia publica las fotos, que aquí dialogan con la crónica del doctor en antropología Máximo Badaró.
Anfibia
Universidad Nacional de San Martín
Kells