El domingo hay referéndum en Bolivia: los bolivianos decidirán si permiten modificar de nuevo la Constitución. Si en su primer gobierno Morales enfrentó a las elites que desafiaron su legitimidad, en el segundo encontró resistencias entre su base electoral, sindicatos, agrupaciones indígenas y de campesinos, y aun en clases medias urbanas. En este fragmento de la versión actualizada de “Jefazo” (Debate), el cronista Martín Sivak acompaña a Evo y le pregunta cuál sería la agenda de una tercera gestión, sus errores y desafíos.



Sobre el mismo césped en que Bolivia le ganó 6-1 a la Argentina, Evo Morales elonga los cuádriceps con un fondo de música de bandas militares. A sus pies, una de las cuatro tribunas del estadio Hernando Siles exhibe asistencia perfecta. Separados por división y por las gamas de sus uniformes, jóvenes aspirantes a las Fuerzas Armadas cantan, hacen la ola y dan aliento al Presidente. Su presencia es un regalo sorpresa del nuevo comandante de las Fuerzas Armadas, general Tito Gandarillas. El equipo de la presidencia —donde sobresalen los custodios de Morales— se enfrentará al del vicepresidente Álvaro García Linera y sus colaboradores y hombres de seguridad. En la transición de cuádriceps a gemelos isquiotibiales, Morales se pregunta si la más reciente paridad futbolística entre las selecciones mayores boliviana y argentina (después del 6 a 1 hubo dos empates en partidos jugados a nivel del mar) tiene una explicación psicológica o deportiva. El árbitro se demora, las bandas hacen silencio y el presidente acepta una pregunta anticlimática.

 

—Las revoluciones latinoamericanas del siglo xx han conocido momentos épicos iniciales, pero al cabo de cierta cantidad de años se instalan en una suerte de meseta. ¿Tu gobierno, al que has presentado como una revolución democrática y cultural, insistirá con los temas iniciales —nacionalizaciones, nueva Constitución— o busca una nueva agenda?

 

—Hay tres nuevos temas para esta etapa. Valores: la autoridad que no roba, no miente y no es floja —lo dice en aymara—será siempre respetada. Eso es cultural. Estamos convirtiendo la política en un sacrificio, no en un beneficio. Si eso se mantiene, no sólo por parte del MAS sino de cualquier partido, será muy bien visto. Segundo tema: que no se privaticen los recursos naturales. Tercero: que los servicios básicos sean derechos humanos. Ésa es la nueva agenda para este tiempo.

 

Durante ese enero Morales contestará mis preguntas —acerca de su gobierno, de las relaciones de Bolivia con el mundo, de la crisis económica internacional— en distintos salones del Palacio Quemado, de pie en algún pasillo entre dos reuniones, o sentado en aviones y restaurantes. Aceptará dos conversaciones más largas en su despacho y durante un vuelo Sucre-La Paz.

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Si en su primer mandato (2006-2010) Morales enfrentó a las elites del Oriente boliviano que desafiaron su legitimidad, en el segundo ha encontrado resistencias entre su propia base electoral, entre los sindicatos, formaciones de indígenas, de colonos y de campesinos, y aun en clases medias urbanas que fueron decisivas en su inestable equilibrio para lograr el 64% de su reelección presidencial.

 

Al reasumir, Morales rompió con el independiente Movimiento Sin Miedo, aliado político clave en aquellos sectores medios y al frente del gobierno municipal en la ciudad de La Paz, en un conflicto por el liderazgo y la iniciativa en la urbe paceña. Para evitar el contrabando, el gobierno anunció un corte de los subsidios a los combustibles, que debió suspender por el rechazo al aumento de los precios de la nafta, el “gasolinazo”. Se organizó la primera elección latinoamericana por voto popular de jueces y magistrados, una experiencia que al momento de abrir las urnas arrojó un descolorido empate entre votos impugnados y votos positivos. El plan de construir una carretera Villa Tunari-San Antonio de Moxos, entre los departamentos de Cochabamba y Santa Cruz, atravesando el Territorio Indígena y Parque Nacional Isiboro-Sécure (TIPNIS) fue repudiado por organizaciones de pueblos originarios, que esgrimieron argumentos ambientalistas y cuestionaron lo que consideraban avasallamiento estatal.

 

En una marcha de sesenta y cuatro días, estas organizaciones multiplicaron sus apoyos —especialmente después de la represión policial en Yucumbo— y llegaron victoriosos a La Paz, donde provocaron la mayor crisis de la segunda presidencia. La popularidad de Morales bajó al treinta y cinco por ciento, un buen porcentaje de apoyo comparado con el promedio histórico de los presidentes democráticos que lo precedieron y el de sus débiles opositores actuales, pero lejos de sus performances electorales.

 

Surgieron grietas internas. Antonio Peredo, ex senador y compañero de fórmula presidencial de Morales en 2002, escribió que el proceso de cambio se ha detenido. El ex viceministro Rafael Puente habló de la maldición del sesenta y cuatro por ciento. Un grupo de funcionarios, encabezado por el ex viceministro de Tierras Alejandro Almaraz, distribuyó un documento público y después difundió el libro La mascarada del poder, muy  crítico con el gobierno nacional y en particular hacia la figura de Álvaro García Linera. El vice contestó en Onegismo, enfermedad infantil del comunismo —una versión revisitada del clásico de Lenin— en el que buscó demostrar que el grupo disidente es el sucesor actual de un conglomerado de ONGs que tradicionalmente han manipulado a los movimientos sociales. García Linera, además, blandió un argumento de doble filo: las críticas a la gestión son racistas, porque ésta ha quedado en manos de dirigentes campesinos e indígenas.

 

Uno de los problemas del gobierno ha sido su dificultad para socializar y volver productivos el disenso y el debate interno. Un año más tarde, el vicepresidente desautorizó a los miembros críticos de la línea del partido, en particular a la entonces presidenta de la Cámara de Diputados, Rebeca Delgado, una abogada que defendió a los cocaleros en la prehistoria de la llegada al poder. Dijo que los masistas no son librepensadores sino revolucionarios, y por tanto deben militar bajo las reglas del “centralismo democrático”. El centralismo democrático —modelo leninista de los partidos comunistas— no se había integrado hasta entonces en el lenguaje del MAS.

 

Contra los pronósticos de buena parte de los analistas bolivianos que anticiparon diluvios universales, la crisis económica mundial afectó en poco la economía del país. Morales tiene una explicación. “Ya no dependemos de los mercados europeos y norteamericanos y tenemos un Estado más fuerte. El consenso de Washington y todas las políticas que proclamaron la primacía de los mercados y el sector privado han fracasado rotundamente. Y es un gravísimo error que sigan aplicando políticas neoliberales para resolver la crisis financiera, porque sólo la empeorarán”, dirá en una de las secuencias de esa conversación que había comenzado un mes y medio atrás, en un lugar poco familiar para Morales: un restaurante de espeto corrido de Puerto Madero, en Buenos Aires.

 

Esa noche, la anterior a la reasunción de Cristina Fernández de Kirchner en diciembre de 2011, Morales probó doce cortes de carne; los acompañó primero con ensaladas de tomate y cebolla y después con cebolla sola regada por una lluvia de sal. Se dejó fotografiar con hombres con camisas brillantes y pechos descubiertos, y con un congresista argentino. Con el gran piletón de Puerto Madero de fondo, recordó a la pequeña audiencia que lo escuchaba que él popularizó la sopa de pescado en el Chapare, la zona subtropical que lo fogueara como dirigente sindical cocalero. El agua y el río estimulan las asociaciones libres.

 

En la mesa se encontraban la embajadora de Bolivia en la Argentina, Leonor Arauco, y también Nardi Suxo Iturri, ministra de Transparencia Institucional y Lucha contra la Corrupción. Morales contó que a la ministra le temen dentro y fuera del gobierno, y que ya recuperó para el Estado 100 millones de dólares. La hija de la ministra debió irse de Bolivia por las amenazas. “Vamos a nacionalizar este lugar”, le anunció al encargado del restaurante, que no supo si reírse, alertar al dueño u ofrecer una bebida de cortesía. Devolvió un gesto de asombro.

 

A las once de la noche se sumó la hija del Presidente, estudiante orureña de dieciocho años. Tímida y callada, vestía toda de negro, llevaba las uñas en dos colores (blanca en el filo y transparente el resto). El Presidente la ha integrado a su vida en el Palacio Quemado. Eva Liz lo acompaña a ciertos actos y giras. Un mes más tarde ganaría atención por los comentarios de la prensa chilena durante su acompañamiento a Morales en la Cumbre de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC) que se celebró en Santiago de Chile. Esa noche porteña su padre sólo se dirigió a ella para pedirle que terminara su té.

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Durante la comilona Morales habló largamente de su lesión en la rodilla, de una tarde que el sueño lo tuvo planchado y durmió de seis de la tarde a dos de la mañana, de su frustración cuando intenta dormir y no puede por el dolor de cabeza. Siempre reaparece la proeza física en sus distintas variantes, inherente al ejercicio de la Presidencia. Ni Morales ni los ministros tienen vacaciones, como parte de su mandato sacrificial. La ministra anticorrupción consiguió un permiso especial del Presidente para tomarse los primeros días libres en seis años y poder ir a conocer a su nieta recién nacida en Alemania. Cuando el Presidente escuchó que los primeros ministros británicos toman un mes de vacaciones se sorprendió: “No sabría qué hacer en vacaciones tan largas”. Dijo algo que no alcancé a entender y la ministra y la embajador le contestaron con las mismas palabras. “Eso es de machista.” Morales se rió. Pregunté cuándo habrá una mujer presidenta en Bolivia y sólo generé silencio.

 

Al día siguiente, una entrevista pautada para las cinco y media de la mañana debió suspenderse por una razón de fuerza mayor. Poco acostumbrado a ingerir tanta carne argentina, después de  las doce de la noche el presidente se había descompuesto. “Jefe, no sabés la diarrea que tuve por esa parrillada”, recordó cuarenta y cinco días después en La Paz, en el hall central del Palacio Quemado, cinco minutos después de haber cambiado a medio gabinete. Para Morales, las diarreas son diarreas.

 

En el reencuentro paceño lo rodean siete nuevos ministros, que asumieron con el fin de mejorar la gestión y la eficiencia administrativa. Morales suspendió la paridad que ostentaba como criterio de política de género. Uno de los temas pendientes era optimizar el rendimiento de YPFB y otras empresas estatales clave, que no han podido acelerar el proceso de industrialización de los recursos naturales. Bolivia continúa siendo una economía básicamente extractiva, donde la ausencia del valor agregado limita los beneficios de las nacionalizaciones.

 

El día anterior al cambio de gabinete, durante tres horas Morales expuso un informe de gobierno ante la Asamblea Legislativa Plurinacional. Con la actuación de bandas musicales y con un largo desfile donde despuntaron las formaciones militares, celebró seis años de su asunción presidencial y dos del nacimiento del Estado Plurinacional.

 

En el salón dorado del tercer piso, entre reuniones con los flamantes ministros, Morales contestó algunas preguntas en soledad. Le pregunté en qué se equivocó con el proyecto de carretera en el Tipnis y con el gasolinazo, dos de los temas conflictivos de su gestión. En ambos casos, el repudio que generó su medida lo obligó a suspender o posponer la decisión.

 

—Ninguno de esos dos temas ha sido un error. La derecha boliviana y la Embajada de los Estados Unidos aprovecharon el caso Tipnis para hacer una agresión. El objetivo era sacar al Evo. No es una política equivocada impulsar ese camino, por los grandes beneficios que traerá al país. Lo mismo con la gasolina. Tarde o temprano hay que acabar con la subvención. Mantenerla sería un problema serio para el país. Los dos temas deben resolverse con la participación del pueblo. Hay que hacer un referéndum por el tema del camino. Que la gente decida si quiere o no quiere el camino.

Esa voz es su voz pública. La de los actos, la que contesta a un grabador, la de las conferencias de prensa. Las preguntas y respuestas contribuyen a la esgrima.

 

—¿La única opción es el camino como está trazado, por el medio del parque, o también deberían contemplarse las otras propuestas? Porque uno de los argumentos de los marchistas es que podrían evaluarse otros trazados que afecten menos el medio ambiente.

 

—No hay alternativa al camino. Hay un solo camino (Morales se molesta). Es la moda de la Medialuna que quiere sacar a Evo Morales, so pretexto de defender los derechos de la Madre Tierra. Y a la cabeza, la Embajada de los Estados Unidos. También se mete la prensa de derecha, y la derecha. Ahora la marcha de los que están a favor del camino, que llegó a La Paz el 29 de enero, no tiene prensa.

 

—Dijiste que te querían tumbar y como prueba hablaste de los gritos de “¡Villarroel, Villarroel!” que se escucharon en la Plaza Murillo. (En 1946, el cadáver del presidente Gualberto Villarroel fue colgado en la Plaza Murillo.) Funcionarios de tu gobierno y también marchistas me han dicho que fueron expresiones aisladas.

 

—El objetivo de la marcha era tumbar y sacar a Evo Morales.

 

Desde antes del 15 de agosto. Y no eran sólo jóvenes de izquierda. Era también el MSM (Movimiento sin Miedo, ex aliado de Morales que gobierna en la ciudad de La Paz y en Oruro) y la derecha.

 

La represión policial en Yucumbo tuvo un alto impacto y provocó que el apoyo a la marcha sumara nuevos adherentes. Morales criticó la actuación policial. Como en el caso del presidente ecuatoriano Rafael Correa —que en octubre de 2010 acusó a la policía de intentar derrocarlo con un motín—, Morales ha tenido dificultades para controlar a esa fuerza de seguridad, en particular durante los conflictos en la calle. Por esa razón ha acentuado su alianza con el ejército y tiene un incipiente proyecto de reforma policial.

 

—Hay que hacerlo con las nuevas generaciones. Lamentablemente, una parte de la policía estaba ligada a doctrinas e intereses ajenos y recibían prebendas de la Embajada (de los Estados Unidos). Antes, la Embajada tenía todo el poder por sobre la policía. Ahora, por lo menos, les da vergüenza acercarse a la embajada. Por tanto, es un proceso largo y tengo confianza en oficiales actuales y en que las nuevas generaciones tengan valores de dignidad y soberanía.

 

La charla se muda a su nuevo despacho privado, que sólo emplea para ciertas conversaciones telefónicas. Tiene dos computadoras que no usa, un equipo de música, tres sillones de cuero negro y, desde luego, varios teléfonos. A su lado, un Morales en miniatura, como un ekeko aymara, y una escultura en madera de Ernesto “Che” Guevara que evoca al guerrillero y a la vez a El pensador de Rodin.

 

Por una puerta entreabierta se ve la habitación, con una cama iluminada con luz artificial, donde Morales duerme siestas cortas o mira la televisión. En una mesa con adornos, bajo dos retratos a la acuarela de grandes militares de la Independencia nacional (Simón Bolívar y Antonio José de Sucre) y un cuadro menos solemne con un collage que dice “Coca no es cocaína”, sobresale la versión en miniatura del satélite Tupac Katari. Gracias a este proyecto de cooperación con China, por un valor de 300 millones de dólares, a fines de 2013 pusieron en órbita el primer satélite boliviano, en un lanzamiento con toda la pompa y circunstancia nacionales, difundido desde pantallas gigantes en la paceña Plaza Murillo. El Tupac Katari busca expandir los servicios de Internet y telefonía celular en las áreas rurales.

 

(***)

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Hablamos del posible aumento de la conflictividad social. Organizaciones que apoyaban a su gobierno, como la Central Obrera Boliviana (COB), la Confederación de Pueblos Indígenas de Bolivia (CIDOB), que jugó un papel clave en la Marcha del Tipnis, y otras organizaciones ahora son críticas.

 

—Son grupos que no piensan en el país sino en su sector. El  tema de la COB es el aumento del salario. Quieren demasiado sin medir la economía nacional. Los conflictos ahora son interdepartamentales, son intermunicipales. El problema de Potosí-Oruro, Tarija, Chuquisaca. (Se refiere a conflictos de esa semana que reflejan un mismo patrón: las disputas entre provincias y municipios por las regalías de los recursos naturales.)

 

—En tu gobierno hay tensión entre una línea industrialista-extractivista y otra de defensa de la Madre Tierra. ¿Es posible conciliar estas dos posiciones tomando en cuenta lo que sucedió con el Tipnis?

 

—Extractivismo sin valor agregado sólo provocará que Bolivia siga siendo dependiente, como ha sido los últimos quinientos años. Si desde el primer momento de la fundación de la República se hubiera dado valor agregado a los minerales, Boliviano estaría esperando créditos, ni inversión, ni inversionistas, ni cooperación. Bolivia tendría otro lugar en el mundo. Nosotros queremos darle ese valor agregado cuidando los derechos de la Madre Tierra. Y queremos darle ese valor agregado a la minería y a todos los recursos naturales.

 

Cambiamos drásticamente de tema. Pasamos a una preocupación muy personal: su bajo rendimiento deportivo. Cuenta que había jugado muy mal el día anterior en el estadio Hernando Siles. Caminaba arrastrando los pies. Quiero saber si el cambio de gabinete lo había estresado. Responde que se preocupó con los reportes de los ministros para el informe anual, porque algunos datos estaban mal y otros sin actualizar. El regreso de Juan Ramón Quintana al Ministerio de la Presidencia pretende mejorar la gestión, uno de los nuevos grandes temas. Le pregunto por qué abandonó el “fifty-fifty” de mujeres y hombres para la titularidad de los ministerios. Dice que no se puede mantener como regla y que dependerá del rendimiento. Observó que cuando conviven una ministra mujer y un vice hombre, surgen conflictos. Pondera la actuación de muchas de las ministras y critica a un par de ellas.

 

En 2012, Morales parece mucho más orientado aún a la gestión, a la política económica. El discurso ideológico permanecerá movilizaciones. Pero, cada vez más, la gestión emergerá como tema recurrente.

 

Hablamos de un comentario suyo en la Conferencia Mundial de Pueblos sobre el Cambio Climático y los Derechos de la Madre Tierra, de abril de 2010: “El pollo que comemos —dijo— está cargado de hormonas femeninas. Por eso, cuando los hombres comen esos pollos, tienen desviaciones en su ser como hombres”. Dice que no entiende por qué causó tanto revuelo, que repitió un informe que le dio un experto. “¿Hay alguna denuncia de persecución a homosexuales en Bolivia?”, pregunta. “Cuando dije que la Coca-Cola provocaba diarrea pasó lo mismo: en ese caso no fue ningún asesor, ya que es mi propia experiencia. Cuando se tapa la taza del baño, el plomero la destapa tirando Coca-Cola, ¿qué químicos tendrá?” El 21 de diciembre de ese año, en sintonía con el fin del calendario maya, el gobierno anunció la expulsión de la empresa Coca-Cola de Bolivia.

 

Antes de despedirnos Morales reintroduce un tema personal: la falta, y la necesidad, de un nutricionista. Sostiene que hace vida de deportista pero que no se alimenta como tal. No entiendo, le digo, por qué no come pastas o hidratos antes de los partidos, como los futbolistas. “Si no hay carne, para mí no hay comida”, contesta. Se interesa por un nutricionista argentino, dice que intentará verlo en su próximo viaje a Buenos Aires.

 

Quiere saber si Noah, el fotógrafo que lo está retratando, y yo estamos solteros. Pregunto lo mismo y no quiere contestar: Eso no se pregunta. Se ríe, me da la mano y anuncia que se va a dormir un rato: faltan pocos minutos para las seis de la tarde.

 

(***)

 

—En la década del ochenta Bolivia dependía del precio del estaño y del mercado norteamericano. Esa dependencia hizo que los Estados Unidos presionaran a un presidente de izquierdas. En realidad, lo derrocaron por razones económicas (hubo también una hiperinflación del 20.000% y una muy inestable alianza política). Para mí ese derrocamiento duró por veinte años que fueron los veinte años del neoliberalismo. Eso nos hizo pensar en cómo deberíamos tratar de evitar que nos asfixiaran de la misma manera. En 2008 nos ha pasado algo que tiene que ver con esto: por la crisis financiera de los Estados Unidos, Brasil se vio afectado y compró menos gas a Bolivia. Por eso nos hemos replanteado las prioridades. Primero tenemos que garantizar el mercado interno, ampliarlo con gas domiciliario. Además, ampliar el mercado a la Argentina, no sólo a Brasil. Un segundo tema es la Atpdea (la preferencia arancelaria a los países andinos que los Estados Unidos otorgaban a Bolivia a cambio de colaboración en la lucha de la DEA contra el narcotráfico; se cortó cuando Morales expulsó al embajador Philip Goldberg acusándolo de conspirar contra la democracia).

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—Tu gobierno pidió la extensión de la Atpdea.

 

—Si nosotros hubiéramos recibido esa ayuda no la hubiésemos cortado, porque afecta a textileros, obreros que dependían de la exportación a Estados Unidos. Lo que hemos hecho es reemplazar ese mercado, teniendo como prioridad la exportación de esos productos a Venezuela, Argentina y Brasil. Es un mercado seguro. Siempre se tarda, pero es mejor. Pero eso no nos afecta. Tenemos mercado en Europa y Estados Unidos, pero no debemos depender sólo de ellos. Por eso es necesario practicar políticas de comercio de complementariedad y solidaridad, como hacemos con Venezuela y Argentina. Estoy planteando la regionalización del mercado. La complementariedad es clave. Bolivia no tiene las industrias de Brasil y Argentina. Yo prefiero comprarles aviones a Brasil y radares a Argentina, o tractores a cualquier otro país de la región. Y que ellos nos compren nuestros textiles o el gas; nos complementamos, tiene que ser sin chantaje.

 

(***)

 

No sin ironía, el Snowdengate coincidió con un período en cual el gobierno boliviano recibiera elogios estruendosos del Fondo Monetario Internacional y del Banco Mundial, dos de los históricos blancos de Morales. El Presidente había acusado a estas entidades crediticias internacionales con sede en Washington deimponer las políticas económicas de los gobiernos bolivianos y de ser corresponsables de la pobreza y la desigualdad en su país.

El crecimiento anual del 6,5%, la inflación controlada y el presupuesto balanceado aceleraron el elogio a principios de 2014. “Bolivia ha sido un caso excepcional (outlier)”, dijo a The New York Times la jefe de misión Ana Corbacho. Como la caída de los commodities había bajado las expectativas económicas en la región, la singularidad ha sido Bolivia y su tendencia al crecimiento económico. Según el FMI, Bolivia ostentaba la relación más alta a nivel mundial entre reservas y tamaño del país, luego de superar a China.

 

El Banco Mundial también ha ponderado la performance del gobierno. “Uno puede desperdiciar la oportunidad —en referencia a las condiciones externas favorables y a los precios altos de los commodities, especialmente el gas—, pero la verdad es que los bolivianos no lo hicieron”, declaró Faris Hadad-Zervos, representante en La Paz del Banco Mundial. Dio como ejemplo el aumento del volumen de las reservas de divisas y el substancial crecimiento del gasto en infraestructura por parte del gobierno. En julio de 2013, el Banco Mundial entregó créditos para pequeños productores de quinua. Omitiendo sus históricas diatribas, Morales afirmó en su discurso que el Banco Mundial ya no imponía condiciones ni chantajeaba. Horas más tarde jugó un amistoso de fútbol contra el equipo del presidente del Banco, Jim Yong Kim.

 

Morales gobierna, en palabras del periodista Fernando Molina, “el mejor momento económico de la historia boliviana”. Según un artículo suyo publicado en Nueva Sociedad, en sólo diez años los ingresos por exportaciones pasaron de 2000 a 10.000 millones de dólares; las reservas alcanzaron un récord con más de 14.000 millones (casi 60% del PBI); existe casi pleno empleo (la construcción, clave en ese punto, se expande al 10% anual); entre 2006 y 2012 se construyeron el doble de kilómetros de carreteras que los 887 del período 2001-2005, con una inversión de 2000 millones de dólares, la más alta en la historia del país. La pobreza extrema urbana ha bajado de 24% a 14% y la pobreza extrema rural de 63% a 43%.

 

(***)

 

The New York Times publicó el 16 de febrero de 2014 el extenso artículo Turnabout in Bolivia as Economy Rises From Instability (“Giro radical en Bolivia mientras la economía se levanta y deja atrás la inestabilidad”) que empezaba con un mapeo regional y mundial: la devaluación argentina, los problemas de crecimiento en Brasil, el récord inflacionario de Venezuela y las dificultades para recibir inversiones en lugares distantes como Sudáfrica y Turquía… “Y, en otro lado, está Bolivia”. El remplazo de las críticas por los elogios no se ha producido todavía en todos los diarios de la capital financiera de los Estados Unidos: en octubre de 2013, la columnista de The Wall Street Journal, Mary Anastasia O’Grady, aseveraba que Bolivia iba camino a convertirse en el nuevo Afganistán, y que Morales lideraba una dictadura que promueve la producción y distribución de cocaína.

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The New York Times no siempre ponderó la presidencia de Morales, y ni siquiera mostró especial interés por escucharlo. El Presidente entró al nuevo edificio del diario el 22 de abril de 2008 para reunirse con el comité editorial y explicarle el conflicto con Santa Cruz, cuando se había instalado en la granprensa la idea de un posible guerra civil. En el flamante edificio de dieciocho pisos, situado en el centro de la isla de Manhattan, lo recibió sólo el periodista Eduardo Porter. “Le he avisado a mis colegas, pero no han venido”, se excusó en un español con acento mexicano. Cuando Morales aceptó la propuesta de café, el mismo editorialista se movilizó a un Starbucks, porque las secretarias y asistentes estaban muy ocupadas. Como previó que el Presidente querría mucha azúcar, le trajo cuatro sobres que Morales dejó caer en su Alto negro.

 

Pasaron al salón de reuniones. En la larga mesa con vista al este de la ciudad se dibujó una imagen poderosa: de un lado, el solitario Porter; del otro, la delegación boliviana de doce personas, a la que yo acompañaba. Porter tomó pocos apuntes, pero se entusiasmó —y escribió con lápiz— cuando Morales dijo “los compañeros de las FARC”. Quiso orientar la conversación hacia el conflicto por la muerte del comandante guerrillero Simón Reyes. Pero Morales lo confundió: mencionó también “el compañero Uribe”, refiriéndose al presidente colombiano. Más tarde, en lugar de llamarlo señor Porter, lo trató de “compañero”.

 

Mientras hablaban, empleados no jerárquicos del diario entraron al salón de reuniones para comer los restos de comida del mediodía —sándwiches y wraps rellenos de carnes, ensaladas y gaseosas— dispuestos en una mesa. Buscaban ahorrarse el almuerzo; parecían no advertir la presencia de un presidente en ejercicio. Porter luchaba para no incomodar al invitado. Dijo un par de veces “se lo acusa de”, “se dice de usted”, “se piensa de usted”. Buscó terreno común e hizo un guiño hablando de “Hugo”, a secas. Hugo de aquí, Hugo de allá. Porter quería mostrar que tenían un Hugo en común, Hugo Chávez Frías, el líder bolivariano. Porter le explicó a Morales que su periódico seguía con mucha atención el proceso boliviano. Pero el jefe de Estado dudaba. Y lo retó amablemente: “Jefecito, a ver si investigas”. Nada salió del encuentro. Ni en el New York Times ni en Bolivia. La noticia era, en realidad, que el comité editorial había dejado plantado a Morales y que no pudieron hablar de la inminente guerra civil.

 

Luego de los intentos fallidos de la derecha cruceña de revocar su mandato legalmente y de forzar su renuncia ilegalmente, Morales empezó —señala el periodista Pablo Stefanoni— una “expansión hacia al Oriente” con una mezcla de obras públicas, cooptación de dirigentes y ofensivas judiciales que le permitieron consolidar una hegemonía nacional y al fin desarticular la Medialuna autonomista. Recurrió al aumento de la presencia estatal (y de las políticas públicas), el debilitamiento de una parte de las elites locales y la negociación/cooptación de otra parte. Progresivamente, renunciaron o fueron destituidos los prefectos de los departamentos de Beni y de Tarija, Ernesto Suárez y Mario Cossío, denunciados por casos de supuesta corrupción. Ya había sido detenido el prefecto de Pando, Leopoldo Fernández, acusado de organizar una emboscada en El Porvenir que culminó en la llamada Masacre de Pando. Junto al ex prefecto cochabambino Manfred Reyes Villas, exiliado voluntario, todos los imputados acusaron al gobierno de persecución de líderes opositores.

 

En el caso de Santa Cruz, el gobierno consiguió mejorar los vínculos con sectores empresariales de la poderosa Cámara de Industria, Comercio, Servicios y Turismo de Santa Cruz (Cainco). En 2013 Morales inauguró la feria Expocruz —emblema de las elites cambas— y los empresarios lo invitaron a un almuerzo de bienvenida. “Estamos aquí para trabajar de manera conjunta con ese empresario responsable, para mí ese empresario honesto sabe lo que invierte con responsabilidad social, empresario patriota, no es ningún oligarca…”, dijo el Presidente. Habían encontrado una módica pero concertada agenda de trabajo, impensable hasta 2009, cuando denunciaba que lo querían matar y no podía aterrizar en varios aeropuertos de la región.

 

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La expansión del proyecto político cruzó las fronteras nacionales con el voto de los bolivianos en el exterior. Combina la voluntad de los emigrados —en su gran mayoría por razones económicas— de participar en la vida política del país desde la distancia, y la necesidad del gobierno de integrarlos políticamente. Morales ha designado a cónsules con versatilidad para trabajar con las colectividades bolivianas en los treinta y tres países donde el Estado plurinacional tiene representación diplomática.

 

Según la información oficial, vivirían unos 600 mil bolivianos en el exterior, una cifra que parece exigua si se estima que sólo en la Argentina existen registrados alrededor de 350 mil; sin embargo, de acuerdo con cálculos de los consulados bolivianos, la cifra real rondaría el millón, y según cifras de organizaciones de la colectividad ese número se duplicaría.

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Para la elección presidencial de 2014 se registraron para votar 195 mil ciudadanos bolivianos en el exterior. En el caso argentino, fueron 71 mil. Un signo de la creciente importancia del voto “argenbol” es la conversión del semanario Renacer en el mensuario Jallalla (“Viva” en aymara): pasó de boletín para migrantes a ser una revista binacional, con distribución en Buenos Aires y en La Paz.

 

(***)

 

La muerte de Chávez no le hizo revisar a Morales su proyecto de reelección en marcha. En algún acto, al referirse a su integridad física y a los achaques de su cuerpo por el estilo de vida, aseguró que debería ir al médico con mayor frecuencia.

 

La personalización del proceso en Evo Morales pareció inevitable en un principio. Pero transcurrido un tiempo de ejercicio de la presidencia, la necesaria despersonalización no ha ocurrido aún. Sus principales asesores muchas veces han optado por no plantear esa controversia en el Palacio.

El principal drama de Morales no se encuentra en la oposición, sino en las entrañas de su proyecto político: la imposibilidad —o la decisión— de haber optado por una sucesión que no lo incluyera. Para las presidenciales de 2014 existían excelentes condiciones para ello. Con el boom económico, los buenos indicadores sociales, la popularidad del Presidente y la oposición inofensiva pudo haber inventado ese candidato o candidata, como hizo Luiz

Inácio Lula da Silva con su sucesora Dilma Rousseff.

 

Como contrapartida, la oposición ha heredado las consecuencias del fin de la “democracia pactada” que entre 1985 y 2002 organizó la política boliviana, y le ha agregado sus propias limitaciones. Los líderes de los partidos más visceralmente antievistas —el derechista Podemos en 2005 y Nueva Fuerza en 2009— han abandonado el país o la política. Los opositores actuales, en cambio, prefieren presentarse como mejores administradores de lo existente, porque los trazos gruesos de la administración gozan de consenso social: la victoria cultural de Morales es que quienes planteen una revisión integral de su gobierno cuentan con limitadas chances de éxito.

 

Al inicio de la campaña electoral para la presidencial del 12 de octubre de 2014, el ex aliado gubernamental Juan del Granado, del Movimiento Sin Miedo, el empresario cementero Samuel Doria Medina, de Unidad Nacional, y el ahora sosegado líder cruceño Rubén Costas, carecían de una nueva agenda y la posibilidad de una candidatura única parecía lejana. Algunos están limitados regionalmente: Del Granado a La Paz, Costas a Santa Cruz y el Oriente. Doria Medina no consigue atraer demasiada atención nacional, pese a llevar una década invirtiendo en su proyecto presidencial.

 

Durante años circuló entre distintos grupos opositores la idea de que la única manera de ganarle una elección a Morales sería con un candidato indígena: se tradujo en el slogan “indio saca a indio”. A principios de junio, con opositores y ex oficialistas, el Partido Verde de Bolivia lanzó como candidato al dirigente del Territorio Indígena Parque Nacional Isiboro-Sécure (Tipnis), Fernando Vargas. Es el primer intento de traducir electoralmente las fisuras que el caso ha provocado entre la base social del evismo.

 

(***)

 

Si consigue su segunda reelección será el Presidente que más años haya gobernado en la que fuera la más inestable de las naciones latinoamericanas. El Palacio Quemado, nombre que sintentiza esa inestabilidad, se convertirá en museo: en octubre de 2013 se anunció su reemplazo por la Casa Grande del Pueblo, un legado del primer presidente indígena de su historia. 


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