Una frase dice que los canadienses tienen lo mejor de sus vecinos, Estados Unidos, y afortunadamente no tienen lo peor de ellos. Horas después de la victoria de Trump, “cómo mudarse a Canadá” fue la frase más buscada en Google. El país es motivo de admiración por tener una de las mayores economías del mundo y tres sistemas exitosos: el control de armas, la educación pública y la asistencia en salud, gratuita y universal. Las periodistas Hinde Pomeraniec y Raquel San Martín comparan a los dos países en este fragmento de su libro “¿Dónde queda el Primer Mundo? El nuevo mapa del desarrollo y el bienestar”, publicado por Aguilar.



Fotos: Justin Trudeau, Josh López, Gage Shidmore

 

Los superhéroes nacieron y aún viven allí, aunque con los años fueron perdiendo gran parte de sus poderes. Durante décadas, hablar de Estados Unidos significaba para muchos nombrar un lugar justo en el que el esfuerzo individual siem­pre se premiaba con movilidad social, el auténtico american dream. Un país dueño de la mayor economía del mundo, una sociedad basada en la fuerza de sus crecientes capas medias, en donde la ciencia, la creatividad y la tecnología estaban siempre varios pasos adelante del resto de la humanidad; una cultura entusiasta y distintiva, modelo para el resto del mundo y solo desafiada por la ideología igualitaria que encontró en la ex Unión Soviética, durante varias décadas y hasta su colapso, el modelo posible para el nacimiento del hombre nuevo. En los principios que rigen el sistema po­lítico estadounidense el liberalismo encontraba un sentido final, lejos de todo sesgo autoritario y con genuino espíritu federal; con poderes independientes, un conjunto de estados dueños de gran capacidad de decisión y un gobierno central permanentemente confrontado en nombre de los ciudadanos y sus derechos y libertades, acaso el mayor de los valores estadounidenses y eje de una filosofía de vida. Sin embargo, y pese a que el fin de la Guerra Fría pareció dejar en pie al capitalismo como único modelo político posible para la democracia, las bases del país líder comenzaron a crujir al compás de los onerosos fracasos militares y de una creciente inequidad que les permitió a los ricos ser cada vez más ricos y convirtió a los pobres en más pobres y cada vez más lejos del sueño americano.

 

Luego de la crisis internacional de 2008/2009, durante sus dos gobiernos Barack Obama consiguió esquivar el pre­cipicio, estimular la economía y recuperar y crear puestos de trabajo pero no pudo, en cambio, redefinir el modelo de país, cada vez más injusto, ni terminar con la desconfianza —tanto en el Estado como en la figura del “otro”— que lleva a Estados Unidos a ser el país con más armas individuales de la tierra y en donde el aumento de la criminalidad y las amenazas a la seguridad nacional son fantasmas permanen­tes. Por eso, aunque cada vez más gente muere a manos de desorbitados que pretenden eliminar por mano propia el mal en alguna de sus formas, sigue siendo imposible cambiar la legislación que autoriza a los estadounidenses a armarse en virtud de la autodefensa.

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La fuerza de lobby de la NRA (Asociación Nacional del Rifle) sigue intacta y el panorama no podría ser más desalentador. En los primeros 164 días de 2016, Estados Unidos fue escenario de 136 tiroteos múltiples o mass shootings, como se conocen en inglés, una definición que se usa para caracterizar incidentes que dejan un mínimo de cuatro muertos, sin incluir a los atacantes. En esos tiroteos murieron 156 personas. Durante 2015, en el mismo país se produjeron 372 tiroteos masivos, que dejaron un total de 367 muertos, lo que da la escalofriante cifra de casi uno al día. Un reciente trabajo de Adam Lankford, profesor de la Universidad de Alabama, determinó que un tercio de los ataques masivos que se llevaron a cabo en todo el mundo entre 1966 y 2012 sucedieron en Estados Unidos, es decir, que en el país que solo alberga el 5% de la población mundial se produjo el 31% de las matanzas. Pero para tener una idea más cabal de la potencia del fenómeno, mientras en Estados Unidos hubo 90 de estos episodios de violencia, en el país que le sigue inmediatamente en la violenta lista, Filipinas, hubo 18 y en el tercero, Rusia, hubo 15. La diferencia entre el primero y los que vienen luego es abrumadora.

 

De las 30 masacres a los tiros con mayor número de víctimas, 16 sucedieron en los últimos diez años, y por si no alcanzara con las matanzas, en ese país se produce en general un 20% más de asesinatos que en el promedio de las naciones desarrolladas o países como Irak. De más está decir que en la amplísima mayoría de los casos las armas de los atacantes son propias y han sido adquiridas legalmente. Entonces, ¿el país más rico y próspero no garantiza seguridad a sus ciu­dadanos? Hay más récords lamentables en el mismo rubro. Estados Unidos es el país con mayor población carcelaria en proporción al número de habitantes y ostenta una alta tasa de maltrato a prisioneros. El International Center for Prison Studies estima que tiene en prisión a 716 personas cada 100.000 ciudadanos. El único país que —aparentemen­te— posee una ratio mayor es Corea del Norte. En Rusia la proporción es de 484 prisioneros cada 100.000 habitantes, en Irán, 284 y en China, 121. El problema racial tiene su correlato en las cifras de la justicia. La mayoría de los con­denados son negros y latinos y el 42% de los condenados a muerte son negros, pese a que representan menos del 12% de la población.

 

Estados Unidos es además el único país desarrollado en donde rige la pena de muerte, ya que hay varios estados en donde aún se la aplica. No hay dudas de que sigue sien­do el país más rico y poderoso de la tierra; tampoco hay dudas de que es líder en industrialización, cultura, inno­vación y tecnología. Puede decirse entonces que Estados Unidos es un país desarrollado en términos económicos y técnicos. Pero si la violencia es una marca cultural, como lo son los problemas graves de infraestructura, la falta de acceso a salud y educación de grandes sectores de la po­blación; si 47 millones de los 325 millones de habitantes son considerados pobres, si el seguro de desempleo tie­ne límites de tiempo muy estrechos, ¿se puede decir que Estados Unidos es un país líder en bienestar, seguridad ciudadana y desarrollo humano? No lo parece.

 

Hay millones de estadounidenses a quienes el seguro médico ampliado durante la presidencia de Obama aún no los alcanza por una decisión política de los estados, que si­guen teniendo la posibilidad de no cumplir la ley federal. En algunos distritos, las cifras son alarmantes y hasta peores que en países como Nicaragua o Bangladesh, con alta tasa de mortalidad infantil (insostenible en un país desarrollado) y también una alta tasa de embarazos adolescentes por falta de métodos anticonceptivos, originada también en razones polí­ticas y religiosas. En 2010, la periodista y best seller Arianna Huffington publicó su libro Third World America: How Our Politicians Are Abandoning the Middle Class and Betraying the American Dream (editado en español como Traición al sueño americano. Cómo los políticos han abandonado a la clase media), en donde analizaba lo que veía como la decadencia de un proyecto de país que supo liderar el mundo en materia de motivación social. Allí describía un riesgo y era lo que per­cibía como un cambio de ruta en el modelo: para sortear la gran crisis, el país —Wall Street y también las institucio­nes— había optado por salvar a los banqueros que habían provocado la hecatombe en lugar de proteger al ciudadano promedio en momentos en que “uno en cinco estadouniden­ses estaba desempleado o subempleado, una de cada nueve familias no podía hacer ni siquiera el pago mínimo de sus tarjetas de crédito, una de cada ocho hipotecas estaba en mora o al borde de la ejecución y uno de cada ocho ciuda­danos debía recurrir a los cupones de comida”. Huffington decía en su trabajo que la clase media norteamericana estaba siendo víctima de un asalto y que el sueño americano se había vuelto una pesadilla.

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No deja de ser curioso que algunos años después fueran un socialista y un conservador populista quienes con pocos meses de diferencia —y por diferentes razones— señalaran algo similar, es decir, que Estados Unidos viene cultivando un perfil tercermundista. En octubre de 2014, el senador demócrata Bernard Bernie Sanders reaccionó ante la di­vulgación de un informe oficial de la seguridad social que mostraba que la mitad de los trabajadores había ganado al año menos de 28.000 dólares y que de esa mitad, el 39% había ganado menos de 20.000 dólares, mientras que los 110 estadounidenses más ricos habían ganado en promedio 14 millones de dólares más que el año anterior. “Lo que este informe muestra, como antes lo han hecho otros informes en los últimos cuarenta años, es que Estados Unidos está experimentando niveles obscenos de riqueza e inequidad económica habituales en los empobrecidos países del Tercer Mundo,” dijo Sanders, y agregó: “Si no actuamos con co­raje para crear millones de nuevos puestos para reconstruir nuestra infraestructura en ruinas; si no elevamos el salario mínimo hasta hacerlo acorde con lo que se precisa para vi­vir y reconstruimos la clase media que está por desaparecer (…), Estados Unidos está al borde de convertirse en una economía tercermundista”.

 

En marzo de 2016, el candidato republicano Donald Trump habló frente a sus bases en Carolina del Sur. “Veo ae­ropuertos en diferentes lugares del mundo. En Asia, Oriente Medio, Arabia, Qatar o diferentes lugares de China. Uno ve allí aeropuertos e infraestructura como nunca vio antes. En China tienen trenes que son tan modernos, tan rápidos, tan increíbles; nosotros no tenemos nada, tenemos trenes que van ‘bup, bup’. Es como si estuviéramos 150 años atrás. Nos estamos convirtiendo en un país del Tercer Mundo”. Tiene razón Trump, al menos en este punto.

 

La infraestructura es arcaica y expone al riesgo a los ciudadanos. Uno de cada nueve puentes (hay más de 65.000 en todo el país) es considerado “estructuralmente deficiente” y un 45% de los estadounidenses no tiene acceso al trans­porte público. Un informe de la Sociedad Estadounidense de Ingenieros Civiles asegura que para poder revitalizar la infraestructura del país, sin grandes inversiones desde los años sesenta, Estados Unidos debería invertir unos 3600 billones de dólares (el PBI estadounidense es de 17,5 billones). En un artículo para la revista Rolling Stone, Sean McElwee ex­plicaba que en Nueva York el desarrollo de la línea de subte de la Segunda Avenida fue demorado por el comienzo de la Segunda Guerra y después nunca fue terminado. En Dakota del Sur, Alaska y Pensilvania, el agua aún se transporta a través de centenarios viaductos de madera y hay zonas como ciertos barrios de Detroit en donde el alcantarillado se remonta a mediados del siglo XIX.

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La catástrofe del huracán Katrina y la inundación de Nueva Orleans en 2005 no fueron solo un desastre natural, sino que su capacidad de daño estuvo favorecida por este insólito déficit de infraestructura en el país más poderoso del planeta, al que se sumó otro déficit estructural en materia social, la discriminación: Alabama, Mississippi y Louisiana, los tres estados golpeados entonces por la catástrofe que dejó alrededor de 1500 muertos y miles de desplazados, son esta­dos crónicamente pobres, con bajo nivel de educación, altos índices de desocupación y encarcelamiento y poco influyen­tes en materia política. Por eso, pese a las advertencias de los expertos acerca de que los diques que contenían el lago Pontchartrain de Nueva Orleans podían ceder en cualquier momento, no se invirtió dinero en repararlos y es por el mis­mo racismo estructural que la ayuda demoró en llegar. Esos estados no le importaban a nadie. Además la asistencia federal fue un desastre en sí misma, la tercerización de la ayuda fue un negocio escandaloso y los estados no pudieron ni siquiera contar con sus mayores especialistas enrescates, los guardias nacionales, ya que el 40% de los hombres especializados es­taban para esa época desplazados en Irak.

 

Paula Lugones es una periodista argentina. Vive en Washington con su familia y trabaja como corresponsal para el diario Clarín. Lugones dibuja una suerte de radiografía del país en el que sus hijos están creciendo y comienza por seña­lar aquello que lo destaca dentro del concierto de naciones:

 

Estados Unidos es la primera potencia económica y militar del planeta y varias de sus más prestigiosas universidades fi­guran entre las mejores del mundo; por año, casi un millón de extranjeros viene a estudiar acá. Gracias a su nivel académico, capacidad de desarrollo e innovación, tiene la mayor canti­dad de Premios Nobel en todos los rubros, más del doble que su inmediato perseguidor, Gran Bretaña. Nueva York es también capital financiera, comercial y cultural; las grandes multinacionales tienen su sede en esta ciudad desde donde Wall Street influye en la economía del planeta. Por su parte, Los Ángeles es la meca mundial del cine y Silicon Valley, de la innovación tecnológica. Desde su independencia, en este país ha reinado la democracia y no existieron golpes de Es­tado. La idea del progreso y el american dream fueron y son el motor del ascenso social por siglos y eso está marcado en el ADN de la gente. Es un país donde —en principio— las cosas funcionan y las reglas suelen respetarse.

 

Pero entonces comienza a detallar los problemas:

 

Sin embargo, hay muchos aspectos que lo asemejan al lla­mado Tercer Mundo: la desigualdad es uno de ellos. Es el país con mayor cantidad de millonarios en el mundo —más de 4 millones de personas, lo sigue lejos Japón con poco más de la mitad—, pero hay grandes bolsones de pobreza. Du­rante las tres últimas décadas, la mayor parte de la riqueza fue cosechada por apenas el 1% de los estadounidenses, con ingresos medios de 27 millones de dólares anuales por familia. El código postal donde nace un niño determina enormemen­te su futuro. La diferencia de ingreso entre un ejecutivo de Manhattan y un afroamericano de los suburbios de Baltimore o Nueva Orleans puede ser de las mayores del planeta. El zip code también determina el acceso a la educación: las escuelas públicas en los lugares donde hay mayor poder adquisitivo son mucho mejores que las de lugares con ingresos bajos, por lo que algunos analistas ya aseguran que las escuelas hoy están más segregadas que en los años setenta. También el acceso inmediato a los servicios de salud y educación y generales depende del lugar de nacimiento de cada uno, lo saben bien los habitantes pobres de Nueva Orleans, abandonados por el Estado tras el desastre del Katrina en 2005.

 

En Estados Unidos, aunque pueda parecer extraño, las vaca­ciones de los trabajadores son una prerrogativa del empleador, por lo que puede otorgarlas o no. Hay más características o derechos faltantes que no parecen propios de un país desa­rrollado como que los trabajadores pueden ser despedidos prácticamente sin indemnización o que a las mujeres les re­sulta muy difícil compatibilizar la maternidad con su trabajo. Ocurre que allí no existe la licencia por maternidad —los otros dos países con los que comparte esa “singularidad” son Papúa Nueva Guinea y Suazilandia—, por lo que las madres deben optar por conservar sus trabajos o cuidar a los chicos y solo hay jardín de infantes público a partir de los cinco años de edad, algo que fue una de las grandes frustraciones de Barack Obama, quien durante sus gobiernos no consiguió apoyo para financiar la universalidad del llamado prejardín. Las universidades son muy buenas y reconocidas en todo el mundo, pero inaccesibles para muchos: un chico pobre tiene que ser brillante para poder acceder a una de ellas. La igualdad de posibilidades o la perspectiva del ascenso social hoy no es una realidad y eso duele.

 

“Podríamos decir que existe un Tercer Mundo dentro del Primer Mundo y un Primer Mundo dentro del Terce­ro”, explica William Robinson, profesor de la Universidad de California y autor de varios trabajos sobre lo que llama capitalismo global. Él pone el foco en el sistema capitalista y su polarización de la riqueza y asegura:

 

Aquí, en Los Ángeles, hay una pobreza del mismo nivel que las que hay en muchas partes del Tercer Mundo, de dimensiones salvajes. Al mismo tiempo, puedes ir a Ciudad de México y vivir con todas las comodidades y seguridades, y probablemente podrías tener la misma existencia de la zona rica de Los Ángeles o Buenos Aires. Básicamente son las mismas comodidades. Por eso desde hace unos veinte años que insisto en la necesidad de pasar de los viejos conceptos de Primer y Tercer Mundo, desarrollo y subdesarrollo o norte-sur, a pensar en la idea de “grupos poblacionales en la sociedad global”. Existe un 15 a 20% de la humanidad de grupo poblacional desarrollado y un 30 a 40% semidesa­rrollado, el resto es subdesarrollado. Y estas categorías no se corresponden con un Estado-nación, son grupos sociales trasnacionales. Las relaciones de poder y los conflictos socia­les se pueden explicar mucho mejor cuando se deja atrás esos conceptos y se enfoca el tema con una visión trasnacional o global. Hay que cambiar la cartografía social, a la que aún se estudia desde lo geográfico territorial a una cartografía del desarrollo.

 

Para el experto, la única manera de implementar políticas públicas que permitan mejorar las vidas de las personas ya no es a través de los Estados, sino a través de una vía tras­nacional, con herramientas trasnacionales. Consultado por los trabajos de Stiglitz, Thomas Piketty o Jeffrey Sachs, que abundan en la actual inequidad, Robinson no cree que este tipo de ideas formen parte del pensamiento progresista, sino de un intento por salvar al capitalismo de sí mismo antes del colapso o de posibles crisis y sublevaciones. Esos nom­bres integran lo que Robinson llama “el grupo reformista de la elite capitalista”. “Son un grupo intelectual orgánico del sistema”, explica, “un sector en ascenso que se enfrenta a quienes no quieren tocar nada de lo establecido”.

 

Estados Unidos ya no parece ser modelo ni siquiera para los propios estadounidenses, quienes atraviesan una etapa de reflexión sombría acerca de sus deudas internas y de lo que muchos califican ya como “escandalosa inequidad”. Tiempo atrás, el columnista de The New York Times Nicholas Kris­tof lagrimeaba ante la evidencia. “No somos los N.° 1”, se llamaba su nota, en la que daba cuenta de que las cosas no son como en los tiempos en que su país era visto, fronteras adentro y afuera, como el más rico, poderoso y bendecido de la tierra, además de ser el paraíso de las clases medias más ricas del mundo. Hoy ese escenario se aprecia en el país vecino, Canadá, y esto pese a que los estadounidenses cada vez trabajan más horas. Kristof repasaba los datos que arrojó un exhaustivo relevamiento conocido como Social Progress Index, un estudio (curiosamente dirigido por un republica­no) de 132 países, similar a los que hace Naciones Unidas en materia de necesidades básicas, bienestar y oportunidad, y que incluye instancias como acceso a la salud, la vivienda y la educación, como también seguridad personal y respeto por los derechos humanos y el medioambiente.

 

En ese estudio, que trabaja sobre 52 indicadores, Estados Unidos se ubica en el puesto 16, ya sorprendente de por sí, pero en algunos ítems como salud, seguridad o educación básica quedaba relegado a puestos mucho más bajos. Noruega, Suecia, Suiza, Islandia, Nueva Zelanda y Canadá ocupan los primeros puestos del Social Progress Index. Entre los prime­ros diez siguen Finlandia, Dinamarca, Holanda y Australia. El economista y escritor chileno Sebastián Edwards tiene la experiencia y la formación adecuadas para intentar una disección de los problemas que enfrenta Estados Unidos, ya que vive allí hace muchos años. Cuando habla de desarrollo, Edwards prefiere utilizar la categoría de “modernidad” en lu­gar de Primer Mundo. “Estados Unidos es un país capitalista y moderno, lleno de contradicciones, con un enorme respeto por los individuos y las minorías y con un nivel creciente de desigualdad… una contradicción total”, dice. Y continúa:

 

Entre las cosas buenas: un presidente negro, una latina de origen pobre en la Corte Suprema, un negro también de ori­gen pobre en la Corte, las mejores universidades del mundo, públicas y (casi) gratuitas y enorme respeto por la libertad de prensa. Cosas malas: un montón de pobres, una distribu­ción del ingreso que empeora, fanatismo religioso en muchos estados, invasión de países sin razón… De todos modos, lo importante es que los excesos en Estados Unidos tienden a corregirse y el país vuelve al centro moral y político; toma un tiempo pero regresa. Sucedió con Roosevelt (con los dos, Theodore y Franklin), con John F. Kennedy y Lyndon Johnson, con Bill Clinton. Un ejemplo es lo ocurrido con Thomas Piketty: su libro sobre la desigualdad había pasado sin pena ni gloria en Francia… Aquí se transformó en una superestrella, con una influencia colosal.

***

Si se contemplan sus aguas, Canadá es el segundo país más extenso del planeta —el primero es Rusia— y comparte con Estados Unidos la frontera (desarmada) más larga del mundo. Pese a sus 10 millones de km2, es apenas habitado por poco más de 35 millones de personas que, en su amplia mayoría y debido a las inclemencias del clima y a ciertas particula­ridades de su territorio, residen cerca de la frontera sur, es decir, pegados a Estados Unidos. Una frase algo conocida señala que los canadienses tienen lo mejor de sus vecinos y afortunadamente no tienen lo peor de ellos. Acostumbrados a cierto menosprecio, los canadienses, por su parte, prefieren verlo de otro modo. “Lo mejor que tenemos los canadienses —escribió el periodista Dan Taekema en The Toronto Star— es la manera en que hacemos grandes cosas sin buscar llamar la atención”.

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Inventaron la insulina, la bolsa de basura, el hockey sobre hielo, la barredora de nieve, le vendieron la idea de la bombita de luz a Thomas Edison: todo eso hicieron y siguen haciendo más. Sus laboratorios están llenos de científicos brillantes y sus cabezas no paran de pensar sistemas de todo tipo que les mejoren la calidad de vida a las personas. “Posiblemente salvar vidas no sea sexy, pero es importante”, ironizó hace poco en una entrevista Rahul Singh, fundador de GlobalMedic, una agencia de ayuda internacional que provee de suministros médicos, asistencia en rescate y ayuda en desastres a todo el mundo, a la vez que instala purificadores de agua en los rincones más lejanos y olvidados del planeta.

 

Canadá es un país bilingüe (el inglés y el francés son las lenguas oficiales) e integra el Commonwealth, de modo que la jefa de Estado es actualmente la reina Isabel II y su representante en tierra canadiense es la figura del go­bernador general. En cuanto al sistema político, es una democracia parlamentaria, por lo que el primer ministro es el jefe de Gobierno. Recién en 1982 concluyeron los restos de dependencia jurídica que tenían con el Parlamen­to británico. El Parlamento de Ottawa tiene dos cámaras, la de los Comunes, cuyos miembros son electos por voto popular, y el Senado, que es designado por el primer mi­nistro. Geográficamente está dividido en diez provincias y tres territorios con diferentes grados de autonomía y el gobierno federal garantiza la equidad, ya que es responsable por los pagos compensatorios necesarios para que pueda mantenerse un mismo estándar de servicios e impuestos en las provincias ricas y las pobres.

 

Los canadienses gozan de un amplio rango de presta­ciones sociales que tienen gran influencia en el bienestar de la población, como el sistema universal de salud y el sistema de pensiones. Según cifras de la OCDE (Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos), el 67% de los canadienses dice que confía en sus instituciones, muy por encima de la media de los otros 36 países desarrollados evaluados, en donde el promedio de confianza es de 56%. Hay además un alto grado de satisfacción en su población: el 82% de los ciudadanos asegura que ha tenido en su vida más experiencias positivas que negativas.

 

Sus enormes recursos naturales y su altísimo nivel de in­dustrialización y de oferta en materia de servicios convierten a la economía canadiense en una de las mayores del mundo. El país recibe al año 25 millones de turistas y es también un imán de atracción migratoria. Tiene un PBI per cápita supe­rior al promedio de los países de la OCDE: 52.000 dólares. Gran productor agrícola, es asimismo un jugador fundamen­tal en el área de hidrocarburos y en el de los metales, además de tener potentes industrias aeronáutica y automovilística. En 1989 se puso en marcha el acuerdo de libre comercio con Estados Unidos y en 1994 el Nafta (Tratado de Libre Comercio de América del Norte, por sus siglas en inglés), que incluyó también a México, un acuerdo que hizo crecer el intercambio comercial entre los países y benefició a algunas industrias en particular creando empleo, pero que en cada uno de los países miembros generó también desocupación y el desplazamiento y relocalización de plantas en función del rango de los salarios, algo que ocurrió sobre todo en las zonas fronterizas entre Canadá y Estados Unidos (Detroit fue una de las ciudades damnificadas) y entre Estados Unidos y México.

 

Según un estudio del think tank Council of Foreign Relations, Canadá es el que ha obtenido la mayor ganancia entre los tres países integrantes del Nafta, aunque es difícil atribuir directa causalidad a este acuerdo, ya que Canadá y Estados Unidos tenían un acuerdo de libre comercio anterior. Canadá es el mayor exportador de bienes a Estados Unidos y las inversiones de Estados Unidos y México en Canadá se triplicaron, al tiempo que en el país se crearon 4,7 millones de nuevos puestos de trabajo desde 1993. En materia de política exterior, Canadá acompañó la mayoría de las decisiones de Estados Unidos al menos hasta 2001, cuando envió tropas a Afganistán. En 2003, sin embargo, se negó a enviar tropas a Irak. Otra gran diferencia clave entre los vecinos tiene que ver con Cuba: Canadá mantuvo siempre plenas relaciones con la isla (e hizo grandes negocios allí en pleno bloqueo), mientras que Washington recién ahora, después de más de cincuenta años, reinició sus vínculos con La Habana.

 

Aunque desde Estados Unidos los tratan como hermanos menores y suelen bromear con su supuesta falta de glamour, Canadá es motivo de admiración básicamente por tres sis­temas exitosos: el control de armas, su educación pública y la asistencia en salud, gratuita y universal, estos dos últimos, servicios básicos claramente inaccesibles para amplios sec­tores de la población estadounidense. Hay que aclarar que en el sistema de salud pública quedan excluidos los anteo­jos recetados, la salud dental y los medicamentos, salvo en las personas mayores, que además cuentan con una pensión por vejez más allá de los aportes que hayan hecho durante su vida laboral: la Old Age Security Pension. El rango de cobertura es también más amplio en el caso de los refugiados o las personas con alguna discapacidad. Aunque los medicamentos no están cubiertos por el sistema de salud público, el precio es regulado, ya que es el propio gobierno federal el que negocia con las farmacéuticas. En las clases algo más acomodadas, las familias suelen contratar un seguro aparte para cubrir lo que no está amparado por el sistema y las empresas generalmente pagan a sus empleados una parte de aquello que no está cubierto. El sistema gratuito de salud viene con esperas, en algunos casos pueden mediar unos seis días para ver a un especialista y en las guardias es posible esperar hasta ocho horas para ser atendido, aunque el promedio es de cuatro horas.

 

Una de las particularidades de los países en los que mejor se vive es la seguridad, la ausencia de miedos constantes y casi estructurales fuera y dentro de casa. ¿Uno se siente seguro viviendo en Canadá? La respuesta la da Denise B., argentina, madre de dos hijos adolescentes, quien hace catorce años —luego de la crisis de 2001— partió a ese país acompañada por toda su familia. “SÍ. En mayúsculas. Me siento segura. Y siento que mis hijos y mis padres también lo están. Canadá no es el paraíso y no es perfecto. Hay accidentes provocados por conductores borrachos y peleas callejeras. Las pandillas son también un problema y a veces se ve afectado alguien que no tiene nada que ver con esas peleas. Pero conduzco mi auto de noche sin miedo a que me asalten en un semáforo y viajo en transporte público sin pensar que me van a robar. Pero claro, vengo de Buenos Aires y ciertos vicios y costumbres no son fáciles de desterrar, por lo que entre otras cosas ¡sigo desconfiando y temiendo a la policía!”.

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No es casual que Canadá sea siempre mencionado como uno de los países con mayor calidad de vida y que tres de sus ciudades —Vancouver, Toronto y Calgary— estén a la cabeza de las mejores del mundo para vivir. Los canadienses trabajan bastante menos que el promedio del resto de los países desarrollados: 1702 horas al año versus 1776. Todos aquellos indicadores que se relacionan con el bienestar y el desarrollo encuentran siempre al país entre los primeros: acceso a la vivienda, satisfacción ciudadana, seguridad per­sonal, salud, educación, calidad de medioambiente, empleo y remuneración, balance vida familiar y trabajo. El 90% de los adultos de 25 a 64 años terminaron la educación media superior. Sin embargo, aunque sigue estando entre los pri­meros en todos los índices, no está en su esplendor. En los ochenta y noventa, lideraba cualquier ranking de calidad de vida, desarrollo y bienestar, pero en la actualidad descendió algunos puestos. ¿Están mal hoy? No, pero estuvieron mejor y pretenden volver a estarlo.

 

Si bien es cierto que el país sigue siendo modelo y que entre 2000 y 2010 el ingreso promedio creció un 20%, igual que en el resto del mundo hay preocupación e inquietud por el rumbo que fue tomando la distribución de la riqueza, ya que el 20% más rico gana cinco veces más que el 20% más pobre. A esto se suman nichos de pobreza en los grandes centros urbanos y una miseria extrema en las comunidades indígenas, este último uno de los agujeros negros de la postal feliz canadiense, junto con las regulares amenazas de sece­sión por parte de la provincia francófona Quebec. Asimismo algunos análisis responsabilizan al gobierno conservador de Stephen Harper, quien fue primer ministro entre 2006 y 2015, de una suerte de oscurecimiento de la vida canadiense. A Harper se lo cuestiona entre otras cosas por haber bene­ficiado a grandes empresas petroleras y de otros rubros en desmedro de las tradicionales políticas medioambientales del país, al tiempo que se lo acusa por haber puesto límites a la información en temas relacionados con el cambio climático. Un estudio asegura que las menciones sobre el tema de las investigaciones científicas sobre el cambio climático en la prensa cayeron un 80% durante su gobierno.

 

A partir de la llegada al poder del liberal Justin Trudeau (hijo de Pierre Trudeau, dos veces primer ministro canadien­se), un personaje extrovertido y más cercano a las cámaras y los flashes que el ciudadano promedio canadiense, las políticas sociales, de género y de apertura a las problemáticas globales comenzaron a ganar terreno. Así se lo vio al propio primer ministro recibiendo en febrero de 2016 en el aeropuerto a la primera tanda de los 25.000 sirios que Canadá aceptó albergar en medio de la crisis de los refugiados que oprime a Europa. A pocos meses de asumir, Trudeau presentó un proyecto de ley para garantizar la protección total de las personas trans (similar al proyecto de Obama en Estados Unidos que se topó con la intransigente negativa de algunos gobernado­res republicanos), además de bregar por una ley de muerte asistida más amplia, que contemple la voluntad del enfermo. Simpático, apegado a la familia, atractivo y dúctil con todos los medios, atento a los reclamos sociales y a las cuestiones vinculadas con las minorías y a los temas de género, el ac­tual primer ministro tiene a la prensa internacional a sus pies. Como el maple syrup (o miel de arce), como la hoja del mismo árbol en la bandera o el agua pura que sale de todas las canillas, Trudeau es hoy un elemento insustituible de la marca país Canadá.


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