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Lunes 30 de Julio de 2012

El fisicoculturista que no puede mirarse en el espejo

Por una enfermedad congénita Luis Gigena dejó de ver a los 13 años. Cuatro años después empezó a ir al gimnasio. Se fanatizó: en pocos meses se convirtió en un atleta culturista. Viajó por el mundo exhibiendo su musculatura y fue el primer campeón ciego de Míster Universo. Modeló para diseñadores top argentinos. Gasta un dineral en cremas, bronceado y ropa. La increíble vida de un hombre que aprendió a admirar su propio cuerpo sin usar el espejo.

En el vestuario se pasean una decena de hombres musculosos. Se miran. Hablan con sus entrenadores  y se mueven inquietos. Están nerviosos. Entrenaron todo el año 2000, hicieron dieta durante meses, tomaron suplementos, licuados y pastillas esperando este día. El de la competencia. Siempre es así. Todos, en este momento, se miran y  se comparan. Todos, en este momento, se ven más chicos que su adversario.
Luis Gigena es el único que está sentado en una esquina. Espera, callado, su turno para subir al escenario. Es el único que no parece nervioso. El único que no puede ver a sus rivales. Es el fisicoculturista ciego.
–¿Cómo están los demás? –le pregunta a su entrenador.
–Están bien pero vos estás mejor. Quedate tranquilo –le dice Alberto Rivera.
Y él se queda en silencio de nuevo.
Los culturistas lo miran pero solo algunos se acercan a saludarlo, le dan la mano, y enseguida se van.
–La tranquilidad de él los asusta –dirá Rivera años después- Lo ven y se ponen nerviosos. Y eso a él no le pasa porque no los puede ver.
Gigena llegó hace varias horas, acompañado por Laura Sosa, su esposa, y su entrenador. Solo entonces, al momento de inscribirse y hacer el pesaje reglamentario, se enteró de que tendría un solo rival. En su categoría, los que superan los 100 kilos, siempre son pocos. Pero hoy son solo ellos dos.
En el baño, Gigena empieza a desvestirse. Se saca –despacio- las zapatillas, la remera y el pantalón para empezar a pintarse con una crema tonalizadora. Es un ritual que todos cumplen antes de subir a competir. Algunos culturistas, como Gigena, lo hacen el mismo día. Otros, aquellos a los que les cuesta broncearse, empezaron hace una semana.
Rivera lo ayuda pasarse la crema en la espalda. Y luego, cuando terminan, saca dos pesas y bandas de un bolso. Gigena empieza a precalentar. Hace ejercicios con los brazos y hombros.
–Es para que el musculo se congestione y se hinche –dice– Pero antes de subir no ejercitas las piernas ni los abdominales, porque se llenan de agua.
Si eso pasa, o si están nerviosos a la hora de competir, es improbable que ganen. Y acá quedar segundo no sirve de nada. Acá todos quieren ganar.
– Yo subo tranquilo. Lo que hice, lo hice al tope y arriba se ven los pingos. Bah, ellos me ven a mí. Yo no los veo –dice y suelta una carcajada.

Esta tarde sube al escenario de Flores, acompañado por un asistente que lo ubica en el centro, frente a los jueces, y se aleja. Entonces empieza su coreografía. Durante el minuto reglamentario muestra los músculos del pecho y los brazos. Gira sobre su eje y enseña la espalda. Se mueve hacia un lado y hacia el otro, mostrando sus piernas con una decena de poses.
Así, sin intimidarse, se convertirá en el Campeón Argentino de Culturismo por la WABBA. El primero de los ocho campeonatos que conseguirá. Así también se convertirá en el primer campeón ciego del Mister Universo y será el primer argentino en ganar la medalla de oro en el torneo Arnold Classic, las dos competencias de culturismo más importantes del mundo.

Diarios de una bicicleta
Una tarde de verano de 1984 Luis Gigena pedaleaba detrás de Carlos Torres –un amigo de su madre- rumbo al arroyo Correa, en las afueras de la ciudad de La Plata. Tenía 13 años y probaba la bicicleta que había armado él mismo. Había pintado un viejo cuadro inglés de su abuelo. Durante tres años ahorró el dinero que le regalaban su abuela y su madre.  Así, compró pieza por pieza.
Oscurecía y Gigena avanzaba rápido detrás del otro ciclista. Las bicicletas estaban unidas por una soga que se mantenía floja y a su lado pasaban cientos de autos, que parecían a punto de rozarlos.
En un momento, antes de llegar al arroyo, Torres le sugirió volver.
–Se está haciendo de noche y estamos lejos –gritó desde adelante, aflojando el ritmo.
–Por mí sigamos –le contestó Gigena- Si cuando salimos para mí también era casi de noche.
Habían salido de su casa temprano, cuando el sol todavía estaba alto y quemaba en la espalda. Gigena se estaba quedando ciego. Y lo sabía. Pero entonces, mientras pedaleaba,  el viento le golpeaba la cara y se sentía libre. Poderoso.
Y eso no le sucedía muy a menudo.
Creció jugando con sus hermanos Analía y Adrian. Ellos y sus primos eran los únicos que jugaban con él. Los que no se reían si intentaba patear la pelota y le erraba. Los únicos que no se burlaban.

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