Durante medio siglo, el escritor registró su vida en centenares de cuadernos. “Si no hubiera empezado una tarde a escribirlo, jamás habría escrito otra cosa”. Su relectura y edición se convirtieron en Los diarios de Emilio Renzi, donde le presta sus vivencias a su álter ego literario. Anagrama publica el primero de los tres libros en que se divide una de las obras más esperadas del autor. En este adelanto, Piglia cuenta una discusión literaria con García Márquez y Rodolfo Walsh

Nota del autor. Buenos Aires, 20 de abril de 2015

 

Había empezado a escribir un diario a fines de 1957 y todavía lo seguía escribiendo. Muchas cosas cambiaron desde entonces, pero se mantuvo fiel a esa manía. “Por supuesto, no hay nada más ridículo que la pretensión de registrar la propia vida. Uno se convierte automáticamente en un clown”, afirmaba. Sin embargo está convencido de que si no hubiera empezado una tarde a escribirlo, jamás habría escrito otra cosa. Publicó algunos libros –y publicará quizás algunos más– sólo para justificar esa escritura. “Por eso hablar de mí es hablar de ese diario. Todo lo que soy está ahí pero no hay más que palabras. Cambios en mi letra manuscrita”, había dicho. A veces, cuando lo relee, le cuesta reconocer lo que ha vivido. Hay episodios narrados en los cuadernos que ha olvidado por completo. Existen en el diario pero no en sus recuerdos. Y a la vez ciertos hechos que permanecen en su memoria con la nitidez de una fotografía están ausentes como si nunca los hubiera vivido. Tiene la extraña sensación de haber vivido dos vidas. La que está escrita en sus cuadernos y la que está en sus recuerdos. Son figuras, escenas, fragmentos de diálogos, restos perdidos que renacen cada vez. Nunca coinciden o coinciden en acontecimientos mínimos que se disuelven en la maraña de los días.

 

Al principio las cosas fueron difíciles. No tenía nada que contar, su vida era absolutamente trivial. “Me gustan mucho los primeros años de mi diario justamente porque allí lucho con el vacío. No pasaba nada, nunca pasa nada en realidad, pero en aquel tiempo me preocupaba. Era muy ingenuo, estaba todo el tiempo buscando aventuras extraordinarias”, había dicho una tarde en el bar de Arenales y Riobamba. Entonces empezó a robarle la experiencia a la gente conocida, las historias que se imaginaba que vivían cuando no estaban con él. Escribía muy bien en esa época, dicho sea de paso, mucho mejor que ahora. Tenía una convicción absoluta y el estilo no es otra cosa que la convicción absoluta de tener un estilo.

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No hay secretos, sería ridículo pensar que hay secretos, por eso iba a dar a conocer en este libro, con placer, los primeros diez años de su diario; lo acompañan relatos y ensayos que incluyó porque en su primera versión formaban parte de sus cuadernos personales.

 

Esta edición de sus diarios estaba dividida en tres volúmenes: I. Años de formación, II. Los años felices y III. Un día en la vida. Estaba basada en la transcripción de los diarios escritos entre 1957 y 2015, no incluía los diarios de viaje ni tampoco lo que había escrito mientras vivía en el extranjero. Al final registraba sus últimos meses en Princeton y su regreso a Buenos Aires, esta trilogía encuentra así un modo –bastante clásico– de concluir una historia muy extensa que se ordena según la sucesión de los días de una vida.

 

Para quien se interese en estos detalles, insiste en señalar que las notas y las entradas de estos diarios ocupan 327 cuadernos, los cinco primeros son cuadernos marca Triunfo y el resto son cuadernos de tapa negra que ya no se encuentran y cuyo nombre era Congreso. “Sus páginas eran una superficie liviana que me ha llevado durante años a escribir en ellas, atraído por su blancura sólo alterada por la elegante serie de líneas azules que convocaban a la prosa y al fraseo, como si fuera un pentagrama musical o la pizarra maravillosa de la que hablaba Sigmund Freud”, había dicho.

***

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DIARIO 1960

 

29 de marzo

Tedio, incertidumbre. Escribo sentado en el coche, frente a un taller que va a arreglar el motor. Entramos en este pueblo perdido al costado de la ruta. Morán me da algunas explicaciones sobre Steve mientras matamos el tedio en un café.

 

31 de marzo

Llegamos después del mediodía. Hoy en la Facultad me inscribí en la carrera de Historia. Todo es muy confuso todavía, las calles demasiado amplias. La ciudad muy tranquila. Como siempre, sensación de precariedad, de estar de paso. Me cuesta aceptar que viviré solo aquí varios años. Voluntaria carencia de anclaje que se convierte en nostalgia retrospectiva (siempre: pensar en Adrogué). Cerca de mí alguien habla por teléfono. Se queja de no haber sido esperado y haber viajado inútilmente. Yo estoy vacío y neutro, lejano, como siempre. Extraña sensación de libertad.

 

Ayer reencuentro con Elena, la sentí mucho más lejana que cuando estaba realmente lejos de ella. Tengo que cortar para sacarme de encima la conciencia de que yo soy para ella el mismo que era con mis estúpidos dieciséis años. En el fondo mantengo la relación como si buscara cambiar esa imagen antes de irme.

 

Todo lo que viene es nuevo, imponerme un código y seguirlo. Hacerme otro distinto del que soy: empezar de cero, sin lastres y sin rencor. Lo fundamental es aguantar, tratar de vivir lo que viene sin pensamiento, atento al presente. Atarme a las pequeñas cosas, los ritos mínimos que me salven de la vivencia del vacío. Estar aquí, convertido en un estudiante, es sólo un medio para escribir durante unos años sin demasiadas interferencias.

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DIARIO 1967

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Lunes 4 de septiembre

Anoche en el edificio con cúpula dorada que se ve en Carlos Pellegrini, del otro lado de Rivadavia, luego de subir una escalera circular que se abría desde la calle, reunión organizada por Álvarez y Piri Lugones para homenajear a García Márquez. Mucha gente, muchos amigos, el Tata Cedrón cantó algunos tangos, mucho whisky, poco lugar. En una de las vueltas por el departamento me encontré frente a García Márquez. Me lo presentó Rodolfo Walsh, que jugó el jueguito competitivo, a la Hemingway, y me anunció como una promesa del box nacional, como si yo fuera un peso wélter con mucho futuro y con la misión secreta de derrotar a los campeones de la categoría, entre ellos García Márquez y el mismo Walsh. Un estilo amistoso y «varonil» de hacer ver la competencia despiadada que define el mundo de la literatura. Imagino que ese estilo es también el de García Márquez. Lo cierto es que después de ese preámbulo deportivo, nos encontramos hablando del resultado del concurso de novela Primera Plana-Sudamericana, en el que el colombiano había sido jurado. Premiaron El oscuro de Daniel Moyano, pero García Márquez dijo que había dudado mucho porque le gustaba El silenciero de Antonio di Benedetto, pero que no la había premiado porque era una nouvelle y no una novela. Pero eso no tiene sentido, dije más o menos yo, Pedro Páramo o, si me permiten, El coronel no tiene quien le escriba tampoco hubieran sido considerados en un concurso de novela, para vergüenza de todos. La conversación se volvió interesante porque empezamos a distinguir entre las formas breves, los relatos de media distancia y las novelas. García Márquez entró con ganas en la discusión, conoce bien los procedimientos y la técnica de la narrativa y durante un rato la conversación giró exclusivamente sobre la forma literaria y dejamos de lado la demagogia latinoamericana de los temas que son propios de esta región del mundo y hablamos de estilos y de modos de narrar e hicimos un rápido catálogo de los grandes escritores de media distancia, como Kafka, Hemingway o Chéjov, y de los problemas del exceso de palabras que hacen falta para escribir una novela. Una conversación sobre literatura entre escritores es algo inusual en estos tiempos entre nosotros y por eso me interesé en lo que hablamos. También Walsh desconfía de la novela como forma sin control. (Sobre la novela de García Márquez parece que Borges, que siempre está al tanto de todo, le dijo a Enrique Pezzoni: “Es buena, pero le sobran cincuenta años.”)

 

 

*Fotos: gentileza prensa “327 cuadernos”, película de Andrés Di Tella sobre Piglia.


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