Cientos de ciudades pequeñas de Estados Unidos están habitadas por trabajadores blancos que nunca viajaron, guardan un arma en la casa y votan siempre al Partido Republicano. Hace unos años, el escritor Joe Bageant narró en un libro excepcional (Crónicas de la América profunda, Editorial Marea) las vidas de esos norteamericanos que están dispuestos a matar y morir por la imagen de un país construida en la televisión y en las lecciones patrioteras aprendidas en la escuela. Historias que ayudan a entender las dinámicas sociales que laten detrás de la victoria de Donald Trump.



“Que no se te escapen, Joe!”, gritaba el abuelo mientras los tres ciervos, dos machos y una hembra, corrían a grandes zancadas por la cresta de la colina situada frente a nosotros, sus veloces siluetas oscuras recortadas contra el amarillento campo de trigo. Mi viejo, “Big Joe”, se inclinó hacia delante en el aire teñido de escarcha. PUM-clic, PUM-clic, PUM-clic, PUM-clic: el sonido de cada disparo iba seguido del eco de un ruido metálico que recorría los bosques helados y que todo cazador conoce y puede oír en sueños. El primer ciervo, el macho, fue alcanzado y se derrumbó sobre uno de sus flancos. Las dos hembras hicieron casi lo mismo; a la segunda la encontramos una hora más tarde, después de seguir el rastro de sangre que iba dejando sobre la hierba a través de los campos y cercados. Acabábamos de presenciar una proeza de la que no se ha dejado de hablar en la familia Bageant pese a los muchos años transcurridos desde la muerte de mi padre.

 

Eso ocurrió a finales del otoño de 1957. A mí me habían dado permiso por primera vez para salir con los cazadores de ciervos, y ya había tenido la oportunidad de ver cómo se construía la historia de la familia. Papá había pasado a ocupar un lugar destacado dentro del folclore familiar, se había convertido en una de esas leyendas que permanecen en la memoria a lo largo de generaciones enteras en las familias de cazadores, y su nombre sería evocado junto con el del viejo Jim Bageant, el que cazó en una sola jornada varias docenas de ardillas, una mañana de noviembre justo antes del comienzo de la Segunda Guerra Mundial.

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Todos estos hombres –papá, el abuelo, el tío Toad y el tío Nelson– eran cazadores que emprendían juntos largas y penosas caminatas por los campos y los bosques y que no dejaron de hacerlo hasta el día en que ya no podían dar un paso o cuando les llegaba la hora de la muerte. Y como eran cazadores de ciervos y sólo podían cazar una pieza por cabeza, aquel día dejaron que mi padre disparara contra los tres animales, uno por cada una de sus credenciales, pues era el último día de la temporada de caza. Todos sabían que mi papá, el mejor tirador de la familia, tenía muchas probabilidades de cobrar más de una pieza de aquel trío de ciervos.

 

Más tarde, después de aderezar las presas y colgarlas en el porche trasero para que se enfriaran, nos sentamos alrededor de la salamandra para limpiar nuestras armas y comentar cómo había ido la jornada de caza. En aquel entonces yo era un muchacho de once años y todavía recuerdo el olor del lubricante para armas y el calor natural y abrasador de la estufa en mi rostro, el lustre del acero azulado y el de la madera de nogal, el brillo y el tacto rasposo de las empuñaduras de las armas, la cálida risa de aquellos hombres…, todo lo que formaba parte de aquel ritual primitivo posterior a la cacería, tan intenso que puede transportarnos en el tiempo hasta sentir las chispas del fuego de leña de tejo que encendían los celtas y el ligero roce de los calzones de piel de oso en tus rodillas. Una tradición que se ha mantenido viva en este lugar y en esta tierra durante dos siglos y medio.

Yo dejé la caza hace años, pero esta habitación recordada y los hombres, fallecidos todos hace ya mucho tiempo, que estaban conmigo aquel día de otoño de 1957, perduran en mi memoria como el recuerdo de uno de los lugares y momentos más hermosos y verdaderos que haya vivido. Las armas pueden ocupar un lugar en el corazón de un hombre, e incluso ser conservadas como un tesoro en el alma de un viejo escritor sesentón socialista y reumático. Ya sea el estampido de un rifle disparado a lo lejos o el salvaje olor de la carne de un ciervo colgado bajo la bombilla desnuda del porche en una noche de nieve, son recuerdos que todavía consiguen hechizarme, que hacen revivir en mí el viejo animismo de la gente del monte que sentía cuando era niño. Y pese a que no practico la caza desde 1986, la simple visión de una buena escopeta antigua es algo que aún me conmueve.

 

En familias como la mía los hombres nacen en medio de un bosque de municiones y oliendo lubricante para armas. En la casa de mis padres, una enorme y antigua granja de tablones de madera, había armas por doquier, unas treinta en total. Escopetas de todos los calibres, rifles para cazar ciervos de todos los modelos imaginables, desde los clásicos Winchester 94 hasta los automáticos de seis disparos, y un antiguo revólver de mediados del siglo XIX, e incluso un juego de pistolas de duelo que había pertenecido a mi familia desde el siglo XVIII. Ningún pueblerino se deshace de las armas de la familia, ni siquiera cuando ya están demasiado viejas y no tienen arreglo.

 

(…) Cuando éramos pequeños no podíamos ir de caza, pero en cambio nos autorizaban a perseguir conejos a bastonazos entre los arbustos, para que los perros que habían participado en la cacería tuvieran algo que comer. Con las ropas desgarradas por las zarzas, los pies mojados y congelados tras cruzar el arroyo en pleno invierno, y las caras arañadas por los espinos, nos adentrábamos en la espesura asustando conejos. Hoy en día esto y muchas otras cosas que solíamos hacer bastarían para que acusaran a nuestros padres de negligencia y maltrato infantil. En la actualidad los chicos casi no van de caza, les basta con los videojuegos y la televisión. Sin embargo, para nosotros el hecho de sobrevivir a esa prueba de hombría que era la tortura de los arbustos nos daba derecho a sentarnos con hombres de verdad y escuchar sus historias de cazadores, con la sola condición de que mantuviéramos la boca cerrada a menos que se nos preguntara algo. Era entonces cuando nos impregnábamos de los mitos populares de la familia, el momento en el que aprendíamos quién había hecho qué y con qué arma. Una aura ancestral envolvía a todas y cada una de las armas y nos hacía sentir parte de una larga e ininterrumpida tradición de hombres, de una historia que contemplaríamos durante décadas en cada temporada y en cada juego de espera largo y paciente, el momento decisivo para que la cacería fuera un éxito, o para que se te meara una mofeta en los pies.

 

Después de aguardar otro par de años llegaba el día en que nos dejaban ayudarlos a limpiar las armas, así que nos poníamos a lubricar los cañones por dentro y tímidamente sacábamos brillo a las culatas y al metal, siempre bajo la mirada atenta de nuestros abuelos, padres y tíos. Manteníamos un gesto grave y poníamos todo el cuidado del mundo en cada movimiento, como si aquellas armas estuviesen hechas de dinamita, tratando de demostrar que su capacidad destructiva nos imponía el debido respeto para que, así, esos hombres confiaran en nosotros y las dejaran en nuestras manos. Pero el momento más impresionante llegaba cuando papá descolgaba la pequeña escopeta del 22 de la pared de su habitación para que empezáramos con las prácticas de tiro al blanco, siguiendo siempre al pie de la letra las que hoy se conocen como “medidas de seguridad para la manipulación de armas”, una enumeración de comportamientos prudentes que para los muchachos granjeros de aquel entonces eran totalmente instintivos y de sentido común. Durante años habíamos presenciado las prácticas con armas, absorbiendo lecciones inolvidables. Por ejemplo, nunca cruces una cerca de alambre de púas a rastras con el arma cargada. Nunca apuntes a un persona con un arma, y procura no hacerlo por descuido cuando esa persona camina a tu lado. Nunca mates a un animal si no vas a comértelo, a menos que sea un animal indeseable como una marmota o una serpiente venenosa que ha llegado hasta el porche de tu casa. Nunca dispares en dirección a una casa, por más lejos que se encuentre. En doscientos cincuenta años de cacería en los montes de la zona, ningún miembro del clan Bageant ha resultado herido accidentalmente mientras cazaba, lo que dice mucho a favor de la responsabilidad práctica de los nativos de las montañas del Sur que desde hace tres siglos viven inmersos en la cultura de las armas.

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Seis años después de aquella Navidad en la que papá vendió la Ivers y Johnson, yo tenía trece años y era lo bastante mayor como para empezar a cazar con una vieja escopeta calibre 12, una reliquia con el cañón y el extremo delantero de la culata unidos por una tela negra llamada “cinta de alquitrán”, como llamábamos por aquel entonces a la cinta aislante. Recuerdo que, mientras caminaba bajo un cielo frío y luminoso en pleno mes de octubre, bajé la vista y me quedé mirando aquella arma, y supe que mi abuelo había recorrido los mismos prados en los tiempos en que esa joya era la última novedad del catálogo de Sears, y que con esa misma arma había llevado mucha carne a aquella cocina vieja y humeante de la casa de la granja. Supe que mi padre había caminado bajo un cielo parecido llevando la misma escopeta, y que mi hermano menor también seguiría esos pasos. Es la historia de los clanes y sus rituales. A través de generaciones, los miembros de mi familia han ido pasándose a modo de legado un juego de cuchillos de caza. He oído que los carpinteros noruegos hacen lo mismo con sus herramientas. Y puede que exista el mismo ritual de traspaso de herencias y costumbres entre los hombres de la familia cuando los hijos varones de clase alta, como los Bush, por poner un ejemplo, salen de un colegio privado y les entregan las llaves del Lincoln. No tengo ni idea de si es así. El símbolo de mi iniciación fue una antigua escopeta con el cañón sujeto con una cinta negra.

 

Para millones de familias como la mía la primera pregunta que surge tras la muerte del padre es: ¿quién se queda con las armas de papá? Puede que esto suene extraño para quien no haya crecido en una cultura de cazadores profundamente arraigada. Mi hermano Mike usa las mismas armas que empleaba mi padre. Si existe un gen de cazador, él lo tiene, por eso heredó las armas de la familia. Como era de esperar, Mike es un cazador que mete un par de ciervos machos y una hembra en el congelador cada año, y probablemente se las ingeniaría para cazarlos aunque sólo fuera armado con un saco de piedras.

 

Quien haya crecido entre cazadores sabe que cazar es un ritual de muerte y plenitud, un rito animista en el que el hombre hace estallar el corazón viviente de una criatura de Dios y luego, si es un auténtico cazador, siente una profunda y sincera gratitud por la generosa recompensa del Creador. La carne en nuestras mesas nos une con aquellos días de la pólvora negra y la piel de ciervo. Puedo vislumbrar la razón de que millones de urbanitas, cuyas familias vinieron de ciudades europeas superpobladas y desembarcaron en Ellis Island, no alcancen a comprender los vínculos entre las armas, la supervivencia y el patriotismo de los primeros colonos celtas y germánicos que habitaron estas tierras. La razón es que la pólvora apenas forma parte de sus vidas. Por desgracia, esa completa falta de conocimiento y experiencia no impide a los liberales urbanitas no aficionados a la caza creer que saben a ciencia cierta qué es lo mejor para los demás, o simplemente reírse de aquello que no comprenden.

 

Para la gente que no es aficionada a la caza, la imagen de un cazador de ciervos con una escopeta en una mano y la Biblia en la otra puede parecerle absurda, casi tanto como una pegatina que diga: ATAQUEMOS A LAS BALLENAS CON BOMBAS NUCLEARES. Pero esa imagen también refleja un aspecto conmovedor de la gente con la que crecí: el cruce de la caza y la religión. Este vínculo entre el fundamentalismo protestante y la caza de ciervos se remonta a la época colonial, cuando unos alborotados presbiterianos escoceses, junto con los protestantes reformistas ingleses y alemanes, colonizaron el país desarrollando la cultura de frontera basada en la caza y la agricultura, actividades que les han servido de sustento durante la mayor parte de la historia de Estados Unidos. Doscientos años después, sus descendientes ya se han asentado, pero no por eso han dejado de cazar y rezar. En la actualidad nos encontramos con organizaciones como la Asociación Cristiana de Cazadores de Ciervos (www.christiandeerhunters.org), que ofrece prácticos libros de bolsillo para la meditación, entre ellos Oraciones para cazadores de ciervos, una lectura que ayuda a matar el rato durante esas largas esperas previas al momento en el que empieza el juego de la cacería. Al igual que sus antepasados, los cazadores de ciervos de hoy en día entienden que permanecer solos y en silencio en medio de la naturaleza resulta estimulante para la contemplación de los regalos que Dios ha hecho al hombre. De modo que para ellos un libro como Meditaciones para cazadores al acecho debe ser valorado en su contexto histórico, y no se trata de ninguna broma. Para afortunados que pasan días enteros en la espera silenciosa del bosque durante el mes de noviembre, contemplando las maravillas del Creador, no hay ni un ápice de ironía en la creencia de que su hijo anda también al acecho no lejos de allí, y que seguramente está esperando el momento oportuno para cobrar un par de piezas en cuanto se pongan al alcance de su arma.

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Hay algo en el olor del humo de la pólvora y en el de los desinfectantes de los mingitorios portátiles que aviva los sentimientos patrióticos de ciertos norteamericanos y que los lleva a irse de campamento bajo la lluvia con tal de poder colocarse en posición de disparo en una trinchera en pleno monte, para derribar a balazos un montón de macetas con flores o practicar el tiro al plato. Así que aquí estoy, agazapado bajo mi impermeable en medio de una llovizna de octubre, observando a unos quinientos tipos, la mayoría de ellos pertenecientes a la clase obrera de los Estados Unidos, disparando como locos con sus rifles, mosquetes, viejos cañones de ruedas e incluso trasnochados morteros de la guerra civil. Pues eso… Bienvenidos a Fort Shenandoah, una fortaleza emplazada sobre más de cien hectáreas de bosques y montes a lo largo del arroyo Back Creek en el condado de Frederick, Virginia. Administrada por la Asociación de Escaramuzas Norte-Sur, la gente viene aquí a quemar pólvora de todas las maneras posibles, participando en las competiciones de mosquete, carabina, cañón de lámina lisa, escopeta de caza, revólver, mortero y artillería, y, además, las actividades de la Brigada Infantil de rifles de aire comprimido.

 

Hoy me encuentran ustedes caminando con paso cansino entre la niebla y el humo de leña, pasando junto a las cabañas y las carretas de docenas de unidades militares de la época de la guerra civil que han sido reactivadas y que llevan nombres como Regimiento n.º 27 de Carolina del Norte, Compañía de Rifles del Penacho, 2.º Regimiento de Voluntarios de Virginia, 7.º Regimiento de Voluntarios de Infantería de Virginia Occidental, y el Regimiento de Caballería de Richmond. A mi izquierda, al otro lado del arroyo y a lo largo de cientos de metros se extiende la línea de fuego. Por la manera en que retumban y crujen los mosquetes al ser disparados me hago una idea de lo que debía de ser estar en plena batalla, bajo la nieve y la llovizna, en medio de los estallidos y los fogonazos anaranjados. La mayoría de la gente aquí reunida se dedica a la recreación de ciertos acontecimientos históricos, pero no todos tienen esa afición. Algunos de los mejores tiradores son unos apasionados de la pólvora y armeros aficionados. Algunos visten los uniformes auténticos, aunque en su mayoría han tenido que hacérselos a medida, y de una talla mucho más grande que la que usaban los soldados de la guerra civil, debido a la corpulencia de los norteamericanos de hoy en día. Algunos son obreros industriales blancos, pero también hay oculistas y profesores de instituto, y de vez en cuando te encuentras con un abogado, un catedrático o un médico.

Visitar este lugar es una experiencia que invita a la reflexión y que le hace a uno sentir la violencia que ha marcado gran parte de la historia de los Estados Unidos. Uno también se conmueve ante la trivial honestidad de la gente que se reúne aquí para rendir tributo a ese legado simplón e idealizado de libro de texto. Sin duda son algunas de las personas más sinceras que puede ofrecer este país, unos trabajadores que no insultan ni se emborrachan delante de sus hijos y que se pasan los fines de semana junto con su mujer y la familia. Todos y cada uno de ellos guardan al menos un arma en casa, y la mayoría poseen unas cuantas. Muchos estarían dispuestos a matar y a morir por eso a lo que ellos llaman “América”.

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Una verdadera pena, puesto que la imagen que tienen de su país es el producto de una confusión provocada intencionadamente por los telediarios de la cadena Fox y las patrioteras lecciones de historia que aprendieron en el colegio. Son poquísimos los que de verdad comprenden el hecho de que haya otras naciones en el mundo, otros sistemas de valores. Es cierto que algunos han estado en el extranjero, pero por lo general no han salido del entorno militar. Y los que hicieron el típico viaje de placer a Europa, lo vivieron como lo vive la mayoría de los estadounidenses, independientemente de su clase social o de sus ingresos, como si hubieran visitado un parque temático construido exclusivamente para entretenerlos. La mayor parte de los trabajadores norteamericanos, incluidos los que hoy están en Fort Shenandoah apostados en la línea de fuego, siempre han sido la típica gente que nunca ha visitado otros lugares y que jamás ha sentido el menor interés por ellos. Las personas sofisticadas que viven en las grandes ciudades y en las zonas suburbanas se burlan de lo insuperablemente vulgar que puede resultar un equipo de tiradores formado por un padre obeso y su hijo a los que una madre vestida con batita de algodón les sirve un plato de judías junto a una fogata de campamento. Y es que, al parecer, los campeonatos de natación y los paseos en bicicleta por senderos de hormigón son actividades familiares de un orden superior.

 

(…) Volviendo a estos bosques y prados, donde muchas de las más antiguas familias siguen viviendo como antaño en su granja (si bien han incorporado algunos accesorios de la vida moderna, como esas antenas parabólicas fijadas en muros de ladrillo de 259 años de antigüedad), es reconfortante percibir el olor del humo de la leña y ver pasar los delgados hilos de niebla que se deslizan lentamente como fantasmas entre los montones de leña, los graneros desvencijados, los graneros de maíz y la vieja casa de piedra sumergida entre enormes zarzales. Sin embargo, a tan solo unos cerros de distancia está la gente que va y viene de los centros comerciales y que viaja a Washington para ir a trabajar, la misma gente que ha acabado comprando la mayor parte de estos antiguos remansos de tranquilidad. Los propietarios de las granjas ya no pueden pagar los impuestos correspondientes a esas ochenta hectáreas que, para el resto del mundo, son solares para promociones de casas unifamiliares de lujo. Y sus hijos, que suelen ser de los que tienen que desplazarse kilómetros hasta sus puestos de trabajo, aceptan encantados la primera oferta en metálico de los promotores.

 

En algún lugar entre ambos extremos estamos el resto de los nativos, y este tipo de cambios nos hace revivir la ira enterrada hace ya mucho tiempo, la ira que siempre nos han inspirado esos forasteros que parecen gobernar el mundo: la gente de la ciudad, la gente educada de la ciudad, los que siempre ganan y gobiernan mientras el resto trabajamos y perdemos. Si lo que les estoy contando les fastidia, no se corten, adelante, pero que sepan que ésta es la idea de la vida con la que crecí y la misma que todavía predomina entre los míos, aunque no lo expresen tan abiertamente como en otros tiempos. Son estos los sentimientos de los que los ricos temerosos de Dios y el Partido Republicano se aprovechan a fin de darles una buena patada en el culo a los liberales cuando llegan los comicios.


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