En septiembre de 2012, el gurú espiritual Sri Sri Ravi Shankar llegó a la Argentina como una estrella pop cruzada por las sospechas, la devoción de Mauricio Macri y el prejuicio católico. Visitó una cárcel y una villa, dio conferencias de prensa y cautivó a más de 150 mil personas que meditaron en Palermo. El fanatismo por sus cursos es solo un ejemplo del cambio cultural, en un país donde las tradiciones católicas miran con recelo a las prácticas espirituales que proponen bienestar y abandonan la culpa. El cronista Diego Geddes y el sociólogo Nicolás Viotti vivieron desde adentro la semana de Shankar, el nuevo místico de las clases medias y la derecha política.



Sobre el escenario, acomodado en el centro de un sillón blanco, el protagonista de la semana está quieto, con esa media sonrisa que lleva a todos lados. Abajo hay 150 mil personas que le dicen “te amamos Guruji, we love you Guruji”. Y él, Sri Sri Ravi Shankar, el Guruji, mantiene la media sonrisa como un mantra estético. Para sus fieles, es símbolo de paz y felicidad, es el líder espiritual que enseña a vivir sin estrés. Pero en esa media sonrisa, sus detractores ven el signo inequívoco del chantaje, de alguien que se gana la vida enseñando eso que siempre fue gratis: respirar. La pose de Sri Sri Ravi Shankar es la alegoría perfecta para coronar su semana en la Argentina. Está en el centro de la escena, luego de una agenda agotadora de exposición que incluyó los famosos cursos de respiración, entrevistas en el prime time televisivo, conferencias de prensa con preguntas que se repiten, operaciones políticas, denuncias por evasión impositiva, desmentidas, adhesiones y rechazos. Una semana en la que Argentina fue una gran cancha de fútbol: en un arco, los defensores de la técnica de meditación que les cambió la vida, los que invitan a participar porque dicen que la única manera de entender lo que pasa con la respiración es hacer el curso. En el otro arco, los que vieron en Shankar al gurú de la derecha, el barbudo que trajo Macri y que es protegido y amplificado por los grandes medios. No hay argentino que no tenga algo para decir del Ravi Shankar.

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Es un domingo de sol como tantos otros en los Bosques de Palermo. Mientras desarman parte de la estructura montada para el maratón de 21 kilómetros que se corrió por la mañana, se escuchan los aviones que suben y bajan en Aeroparque. Desde un club cercano se cuela el relato de un campeonato de equitación y el peloteo en un club de tenis. Frente al escenario se va acomodando la gente, cada uno equipado con una lona o una manta. No vienen de campamento sino a meditar. Todos llevan ropa cómoda, aunque hay un plus de chalinas y estilos hindúes. El promedio de pañuelos en el cuello también es alto. El Planeta Medita, la gran convocatoria para respirar y meditar de la mano del maestro Ravi Shankar espera a unos 100 mil seguidores, que serán 150 mil según confirmarán más tarde los organizadores. La semana Sri Sri Ravi Shankar está cerca de su momento cúlmine.

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Nora Denaro llegó a las 9 de la mañana porque quería estar en la primera fila. Lo logró y deberá bancarse seis horas de espera para ver al maestro. Gracias a los cursos de respiración que tomó con Beatriz Goyoaga, una de las instructoras pioneras, dejó atrás los ataques de pánico. Trajo una lona y dos botellas de agua de medio litro. Aprendió a vivir el presente, a disfrutar del instante. Detrás suyo se irán colocando otros tantos seguidores: según informan desde El Arte de Vivir, ya son 150 mil los que tomaron los diferentes cursos en Argentina, país que se ha convertido en uno de los lugares con más adeptos, junto a Rusia y Mongolia. Una explicación rápida sobre este crecimiento podría caer en argumentos que lo vinculen con crisis económicas o grandes procesos de cambio social de manera unicausal. Pero esas razones corren el riesgo de perder de vista la productividad, la creatividad que muchas de estas ofertas espirituales de bienestar tienen en hombres y mujeres que viven esas prácticas y esas concepciones como novedosas en el contexto de unas biografías marcadas por las psicoterapias, cristianismos de diferente índole y una experiencia secularizada del mundo sobre los que estas espiritualidades se montan. En esa dimensión del deseo y del bienestar que estas espiritualidades interpelan radica también buena parte de su éxito.

 

Otro que espera la llegada de Guruji, como le dicen cariñosamente sus fieles, es Walter Radice, asesor financiero, recién llegado de La Rural, en donde tomó el curso 2 de El Arte de Vivir. Desde el jueves que está en silencio, con el celular apagado. “Le había avisado a mis clientes que me iba a desenchufar. No te imaginás lo que son 5 mil personas en silencio, la fuerza que tiene eso. Meditar es algo difícil de explicar, tenés que hacerlo. Es felicidad pura”. Walter cuenta también que Guruji le regaló garrapiñadas.

 

“Le preguntaron a Guruji qué quería ser y él respondió que le gustaría ser un nene. Es un divino, nunca con mala onda, siempre predispuesto a sacarse fotos, pero quería que estuviera todo organizado, porque éramos como 8 mil personas”, dice Paula, que también viene de La Rural y de tres días de silencio.

 

Tiene algo con la risa, Shankar. En una entrevista dijo que un chico sonríe, en promedio, 400 veces por día. Después, cuando somos adolescentes, las risas diarias son solo 17. “Ponelo así: no es un humano, es otra cosa”, me dice Martín. “Adentro de ese cuerpecito hay otra cosa, un ser extraordinario”. Martín y Paula son pareja y vinieron juntos desde Bahía Blanca, en un colectivo alquilado, junto con otras 200 personas. A ellos, y a todos los novios y matrimonios que hicieron el curso, el Guruji les dedicó una bendición especial. Cerca de Martín y Paula, una voluntaria cuenta que logró colarse en una combi que llevaba a Guruji. “Cuando subió, preguntó: ¿Qué tal hoy, recibimos muchas críticas? Pero daba la impresión de que lo hacía más para calmarnos a nosotros que por su interés en lo que dicen de él”.

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Ravi no ha llegado a cualquier playa espiritual: esta, la Argentina de las libertades y de la memoria contra la dictadura, la de una Buenos Aires multicultural, sigue siendo un país dominado en su faz religiosa históricamente por el catolicismo. Esa hegemonía católica es mucho más que una identificación con una religión, es sobre todo un estilo de vida. El Arte de Vivir y su gurú son acusados de vínculos gubernamentales y de enriquecimiento desleal. La política —por su relación con el macrismo—y la economía —por la sombra de sospecha sobre la evasión y el lavado— se convierten así en dos ámbitos de disputa moral. Es allí donde se ponen en juego tanto los modos en que estas nuevas espiritualidades articulan lo mundano con lo sagrado, como los sentidos comunes dominantes argentinos. El sentido común argentino está fuertemente permeado por el catolicismo, y ve una amenza en esa espiritualización del mercado y de la política y en esa politización y mercantilización de la espiritualidad.

 

Diego Geddes viaja rumbo a Palermo en el colectivo 130. En Figueroa Alcorta, a la altura del antiguo Canal 7, el colectivo se detiene. El sonido del motor no da buenas señales. Va bastante lleno. No se siente muy a gusto entre tanta gente. Siente ahogo. Tiene que bajarse. ¿Cómo se tomaría un practicante de El Arte de Vivir esta situación? Insulta. ¿O debería alegrarse porque en lugar de seguir en un bondi lleno de gente, tendrá que caminar 20 cuadras? A fin de cuentas no está mal, es un domingo de sol. Pero igual se toma un taxi. El día “Sri Sri Ravi Shankar” empieza a plantearle inquietudes y contradicciones. ¿Se estará perdiendo de algo? ¿Cuán distinta puede ser la vida cotidiana de los respiradores que siguen al Ravi?

 

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Shankar es el líder espiritual de la ONG El Arte de Vivir, que él mismo creó en 1981 en California. Tiene 56 años y fue tres veces candidato al premio Nobel de la Paz. Shankar tiene los hábitos de una gran estrella global. Sus fanáticos lo fueron a recibir al aeropuerto, se mueve en combis con custodia, se aloja en el Sheraton de Retiro, aparece en el escenario con un par de horas de demora. A nadie parece importarle esa espera. Todo lo contrario. Cuando salga, será ovacionado. Como toda estrella que llega a la Argentina, la AFIP quiso investigar los movimientos de dinero alrededor de la Fundación. Nada nuevo: lo hará también con Madonna y con Roger Federer. La Fundación tuvo que emitir un comunicado para desmentir las versiones de evasión fiscal. “La Fundación El Arte de Vivir, organización sin fines de lucro, por el carácter de las tareas que realiza, se encuentra exenta del pago de impuesto a las ganancias. La

Fundación tomará las medidas que correspondan contra la fuente de estas injurias y aquellos que las difundan”.

 

Le hacen críticas a Shankar. Algunas relacionadas con la actividad de la Fundación: “Es una mega empresa multinacional que utiliza el coaching coercitivo. Con estas técnicas logran captar un porcentaje de personas, las cuales luego son explotadas laboralmente para lograr más dinero para la secta. Es una mezcla de secta comercial con secta destructiva”, denuncia Pablo Salum, uno de los impulsores de la Ley anti Sectas. La revista Noticias encontró a uno de los “arrepentidos” de El Arte de Vivir, el periodista Pablo Duggan.

 

Empecé a alejarme. Yo preguntaba, dudaba de la tarea solidaria y me decía que no me preocupara, trataban de recordarme lo feliz que había sido con ellos. Y sí, había sido feliz. Sentí bronca, me di cuenta de que había estado ante una multinacional y que, como toda empresa, tenía manuales para todo. Cuántas fotos del Ravi debe haber, de qué tamaño, dónde deben ubicarse. Vos vas al curso y te emocionás, pero al instructor le dijeron hasta en qué momento tiene que mirarte a los ojos.

 

Como buena parte de los movimientos espirituales no católicos, que reniegan ser definidos como religiosos, el riesgo de ser catalogados como “sectas” por detractores externos o internos se hace recurrente. La categoría “secta”, que en principio no remite más que a un tipo de organización espiritual, es utilizada normativamante y de forma estigmatizante contra grupos que son considerados “falsos”, “moralmente incorrectos” o simplemente “negocios”. Estas categorías podrían aplicarse a un sinfín de instituciones, pero en el caso de movimientos espirituales suelen movilizar lo que desde un punto de vista

católico-céntrico es entendido como manipulación de seguidores, considerados “autómatas culturales” sin voluntad ni deseos propios.

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El Ravi también es criticado por sus vínculos políticos. La llegada de Shankar se dio en el marco de una convención de espiritualidad que organizó el gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, en el Centro Municipal de Exposiciones. Buenos Aires fue la “Capital Mundial del Amor” y, además de Shankar, hubo conferencias de los principales gurúes espirituales a nivel mundial (Isha, Dadi Janki, René Mey), otros referentes locales (Ari Paluch, Bernardo Stamateas, Viviana Canosa), el sobreviviente de la tragedia de Los Andes, Carlitos Páez Vilaró, el minero Mario Sepúlveda, y políticos, como el propio Mauricio Macri y también Avelino Tamargo, ex legislador del PRO que organizó toda la movida. Fueron varios los medios que publicaron que para traer a Shankar, Macri había tenido que poner dos millones de pesos, aunque Tamargo se encargó de aclarar que solo habían pagado los viáticos y 15 mil dólares. En la folletería que se reparte en cada una de las apariciones de Shankar se puede leer que “no adhiere a ningún partido político ni religión”. En su anterior visita al país, Shankar había posado con el entonces ministro de Justicia de la Nación, Alberto Iribarne, para dar cursos de la Fundación en las cárceles argentinas.

 

Cualquiera de esos números es poco en relación a lo que mueve la Fundación El Arte de Vivir. Esta recaudó 10 millones de pesos en lo que va de 2012 y 18 millones en todo el 2011. Para publicitar la llegada de Ravi Shankar invirtió unos 200 mil pesos.

 

La “feria de espiritualidad” ofrece algunos puestos de comida natural y stands de buena parte de la Nueva Era local: grupos de ayahuasca, talleres de ejercicio holístico, sabiduría sagrada y neoshamanismo. Las infaltables editoriales Devas y Kier con libros sobre Gestalt, Psicología Transpersonal, Reiki, Cursos de milagros y Manuales de conocimiento de toda índole: desde Isha, Brian Weiss y el propio Ravi Shankar. El combo incluye también una heterogénea oferta de bienestar y confort personal como la red de comida “saludable” Herbalife, tiendas de venta de remeras con la sigla “OM” y una empresa dedicada a la fabricación de almohadones “antiestrés”.

 

En el hall, una chica rubia y sonriente pasa con una foto gigante de Matías Di Stéfano, joven índigo y “abridor de conciencias” que congregó a miles de personas el pasado 11.11.11 en el norte de Córdoba. Los folletos y los carteles de FEVIDA que decoran el hall parecen mal hechos y la “feria”, casi vacía, algo fantasmal. Los baños del Centro Municipal de Exposiciones guardan algo de la gestión Macri en Boca: se parecen a los de la Bombonera. Minutos después se abre oficialmente el evento. El breve discurso del jefe de Gobierno de la Ciudad sobre los valores de la espiritualidad, el equilibro y el crecimiento personal para la política, es seguido atentamente por los invitados extranjeros y los locales. El único momento de ovación se lo llevó el protagonista de la semana: Sri Sri Ravi Shankar, que guió una breve meditación colectiva y volvió rápidamente a la Rural, donde lo esperaban más de 8.000 personas que participaban en los diferentes cursos que el ADV ofrecía en forma masiva.

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En las boleterías de la Rural, una multitud. Hay un clima de euforia, como antes de entrar a un recital de rock. Los de la fila esperan por una pulsera verde que usarán en los próximos cuatro días para identificarse en el curso Parte 2, “un espacio de aprendizaje, de conocimiento y de experiencia”. Tres categorías que parecen sintetizar la ideología de una espiritualidad instalada en los sectores medios. Dos chicas que van a hacer el curso Parte 1, una suerte de iniciación en las técnicas y el conocimiento de El Arte de Vivir. Una de ellas cuenta que acaba de llegar desde Rosario. Entre sus brazos, un libro de Paulo Coelho.

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“¿Cuánto falta para el Ravi?”, pregunta un chico, cerca de las dos de la tarde del domingo. Shankar tuvo una agenda agitada en estos días. El jueves estuvo en Córdoba, habló para 15 mil personas que lo esperaron bajo la lluvia y posó para la foto con el gobernador de la provincia, José Manuel de la Sota. ¿Los políticos lo buscan a él, o él busca acercarse a los políticos? Ninguna de las partes se niega al encuentro. Sigue la semana Shankar. Viernes y sábado supervisa los cursos que más de 8 mil personas toman en la Rural (490 pesos el inicial, 800 el nivel 2). También va a la cárcel de San Martín y participa en una conferencia con el abogado Luis Moreno Ocampo. El sábado a la mañana, sale de su habitación en el piso 23 del hotel Sheraton y se va hasta la Villa 31, en donde reparte golosinas y dice que siente natural ser un líder espiritual, “como un pez en el agua”.

 

Ahí mismo, la Fundación abrirá la primera sede en una villa del país. En total, ya son 50 los centros en Argentina. La gira de Shankar incluyó también entrevistas exclusivas con los medios. Entre muchas preguntas obvias y fuera de todo pronóstico, una de las entrevistas más logradas fue la que le hizo la cantante Patricia Sosa, durante el programa Sábado Show. El Guruji contó que duerme “tres o cuatro horas por día”, que después “se sienta a meditar”, que pasa “todo el día escuchando a la gente” y que cada noche, no importa dónde esté, dedica “media hora a sabiduría, hablar de un tema, anotar preguntas y luego cantar por media hora”. Esa revelación del canto da pie a una situación embarazosa. Sosa cierra la entrevista y canta a capella. Guruji cierra los ojos y acompaña. Por primera vez en toda la semana parece incómodo.

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“Movemos todos las manos para allá, dice un instructor. Bueno, ya que me preguntaban, allá es donde están los tachos para los residuos inorgánicos”. Risas. Aplausos. Disfrutamos el instante hasta que venga el Ravi. “Saludá al de al lado. ¿Cómo lo saludaste, lo saludaste de corazón o más o menos? Ahora, al que tenés al lado, hacele cosquillas”. Aplausos. Seguimos esperando al Guruji.

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Cerca del mediodía sube al escenario Juan Mora y Araujo, vicepresidente de la Fundación ADV y una de las caras visibles del megaevento y de El Arte. La historia de Juan ya fue contada en Anfibia, en la crónica de Violeta Gorodischer (autora del imprescindible Buscadores de Fe, sobre el Arte de Vivir y otras formas y experiencias de la espiritualidad contemporánea) y el doctor en antropología Nicolás Viotti, que este fin de semana hará el curso 2 de El Arte de Vivir. Mora y Araujo era un joven de clase media alta, ateo, sin rituales ni creencias. Quebrado por la crisis del 2001 y por la angustia posmoderna que supone la vida actual, le recomendaron los cursos de El Arte de Vivir. Después, la transformación: la sensación de haber encontrado un camino de paz y felicidad que nunca había sentido antes.

 

Mora y Araujo llegó a Palermo a las 12.30. Dice que se levantó a las 6.30. Está excitado, mientras habla no puede dejar de moverse, de flexionar las piernas. Pero te mira a los ojos, está con vos y tiene una suave risa en la cara. Dice que el evento de hoy es un sueño cumplido, que lo enorgullece y que superó sus expectativas. Al final de la breve charla, pregunta: “¿Vos estás bien?”. Y ahí, en esa pequeña intervención, una de las claves del movimiento. Hay algo que hermana a todo el grupo de voluntarios e instructores de El Arte de Vivir, como un suave placer de compartir ese momento con el interlocutor de turno, por más que no tengan ni la más remota idea de quién es el que está enfrente suyo. En el libro Inspirar, que Juan Mora y Araujo escribió junto al empresario Federico Ribero, aparece una respuesta posible: “En el arte de vivir, lo único que importa es poder disfrutar el milagro de este instante”. Ribero es uno de los famosos que hizo el curso, y uno de los principales difusores de las técnicas de respiración. En Inspirar, cuenta cómo El Arte de Vivir lo ayudó a enfrentar el cáncer de pleura que lo sorprendió el año pasado. Ribero es también quien introdujo a Marcelo Tinelli en los cursos de meditación. En 2011, Tinelli le agradeció su Martín Fierro a la Fundación El Arte de Vivir, “por enseñarme a ser mejor persona todos los días”. Según reconocen en la Fundación, 1000 personas entraron en ese instante a la página web para averiguar por los cursos. Pero si bien El ADV sigue ciertos parámetros establecidos de marketing (publicidad, folletería, famosos) la viralidad del fenómeno responde más al boca en boca cotidiano entre personas. Todos estamos a un grado de separación con alguien que hizo los cursos.

 

La leyenda de Guruji se expande, lenta y persistente, como una mancha de aceite. En cada encuentro semanal — los Satsangas— algún instructor cuenta una “Guru Story”, pequeñas enseñanzas, cosas que atravesó el maestro. Debe ser esto que empiezan a contar desde el escenario, un rato antes de que Shankar suba. Dice uno de los instructores: “Habían cerrado una escuela con 100 alumnos y Sri Sri se los llevó a su casa. No importaba cómo. A los pocos meses alguien le dijo que se iba 6 meses de viaje y que tenía una casa grande para prestarle”. Final feliz. Aplausos. Seguimos esperando a Guruji.

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¿Quién será, en el fondo, Ravi Shankar? ¿Se aburrirá de esta vida de rockstar? ¿Le molestará que le pregunten siempre lo mismo? ¿Cuántas túnicas tiene? ¿Quién se las lava? ¿Pidió conocer la Bombonera? ¿Qué hace cuando mira su Iphone? ¿Se descargó el Angry Birds? ¿Se enojará alguna vez? ¿Puteará cuando se martilla un dedo?

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Los más escépticos, los cínicos, los incrédulos, repitieron frases como esta: “Mañana me dejo la barba y el pelo un poco grasiento, me pongo unas túnicas encimas y te cobro para respirar”.

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No es tan sencillo. Hay algo que tiene Shankar y que no abunda, sobre todo entre la gente que inunda las redes sociales, que es el carisma. Shankar creó (y registró como marca, según muestra con el círculo y la R el folleto de El Arte de Vivir), la técnica del Sudarshan Kriya, “una poderosa herramienta que, a través de específicos ritmos de respiración, elimina el estrés y toxinas de cada célula del organismo y mejora el estado emocional del individuo”. Unos días antes de la meditación, le pedimos a Paula, la voluntaria que vino desde Bahía Blanca, que nos describa cómo es el Sudarshan Kriya sin usar las palabras “paz”, “armonía”, “calma”, “serenidad”, “estrés” y “energía negativa”. Paula devuelve por correo electrónico una explicación posible: “No es fácil ponerlo en palabras. Soy de esas personas que no paran, y suelo estresarme con frecuencia. Mi mente va de cuestión en cuestión, entre el pasado y el futuro. Pensé en lo que siento cuando lo hago y creo que meditar para mí es como apagar el televisor. Cuando estoy en esos minutos para mí, se van las preocupaciones y no hay nada más, estoy nada más que ahí. Cuando volvés a la rutina, el televisor se prende otra vez, pero con volumen bajo. Digamos que con el tiempo y más práctica, sigo haciendo zapping entre un programa y otro pero tiendo a detenerme menos en aquellos que no me gustan. Si a veces se sube mucho el volumen y hasta se ve con interferencia, no me quedo enroscada con eso, acepto que puede pasar, pero recuerdo que hubo algo que me hizo sentir muy bien, y vuelvo a apagarlo. Esto es lo que he logrado en más o menos 16 meses desde que arranqué las prácticas. Digamos que apagar el televisor te conecta con vos, con tu sensibilidad, llegás de a poco a conocer tus límites, y sobre todo a aceptarte, para vibrar mejor y ser natural, pero ahora, en el presente”.

 

 

Paula, Martín y unos cuantos más todavía esperan. Los organizadores dicen que ya somos más de 150 mil los que esperamos. Se viene el momento. Desde el escenario Beatriz Goyoaga dice que se vistió de gala para presentarlo. Con una carrera corta sube Sri Sri Ravi Shankar. La gente que lo esperaba sentado se pone de pie y lo ovaciona. “Hola Aryentina”.

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Lo primero que Diego Geddes anota en su libreta cuando Ravi Shankar sale al escenario es “gafas negras”, para señalar que lleva anteojos de sol. Puede ser un detalle importante para sumar al texto. Al rato, siente que está cayendo en una trampa. En el fondo, lo no dicho de esas dos palabras, la verdadera intención del detalle “gafas negras” es pensar que el gurú espiritual no tiene permitido lookearse con anteojos de sol, como un rockstar. El sol te parte la cara, casi todos los que estamos en Palermo tenemos anteojos de sol, pero Ravi Shankar debería hacerse techito con la mano.

 

En la misma trampa cayeron (caímos) los que nos reímos de Shankar porque le sonó el teléfono celular durante una entrevista. Encima era un Iphone. Usa anteojos de sol y anda con un Iphone. No puede ser serio.

 

¿No puede ser serio?

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Tiene una voz finita Shankar, como si realmente fuera el niño que sueña ser. Por momentos, esto y el inglés primitivo, con acento indio, le dan un tono gracioso a sus palabras. Sus seguidores se ríen. “Da tierno”, dicen en las primeras filas. El discurso no es demasiado diferente a lo que dice Shankar en sus conferencias de prensa. En realidad, todo su discurso es simple. Y como muchas otras cosas en el Arte de Vivir, parece estar pensado desde el valor de lo simple y fácil de entender. En ese mismo recurso tal vez se encuentren las razones de su éxito y las razones de sus rechazos más viscerales. Si por un lado esa simplicidad lo convierte en una espiritualidad pop, buena parte de sus detractores encuentran en esas concepciones de la espiritualidad vinculadas a lo mundano y lo cotidiano el ejemplo de profanación y vulgaridad que les produce desconfianza.

 

Planeta Medita y la visita de Ravi Shankar lograron condensar muchos de los dilemas de un proceso de cambio cultural en la Argentina contemporánea, en donde dialogan diferentes tradiciones y lenguajes de lo holístico y la autonomía personal con las viejas concepciones del individuo. En los clivajes y en los rechazos de esas dos grandes corrientes contemporáneas, que podrían identificarse con los clásicos modelos de esfuerzo y el ascetismo y los nuevos del placer y el confort, se juega buena parte de los procesos de continuidad o de cambio de una cultura urbana identificada con eso que, por no tener mejores palabras, llamamos clases medias.

 

Dice Shankar: “Estoy muy feliz de estar aquí. Queremos una sociedad libre de violencia, la paz es posible, la meditación mejora la depresión. Queremos mentes libres de estrés, nuestro sueño es crear una familia global que hoy es realidad. Los amo a todos”. Ovación. Y las metáforas podrían ser las que usó Diego Capusotto en todos sus personajes espirituales, desde Siddarhta Kiwi hasta Soi Baba. Desde el escenario, Shankar inicia la meditación. “Primero empecemos por sacudirnos, sacarnos el estrés. Es como cuando un perro se ensucia, se sacude para sacarse la suciedad”. Sus fanáticos ya se lo han escuchado, pero igual lo siguen. 150 mil personas se sacuden como perros, sin temor al ridículo. Después, un espectáculo maravilloso para ver desde el escenario. Ravi Shankar pide que todos levanten los brazos y que exhalen cuando los bajan. Así, arriba, abajo, unas diez veces. La media sonrisa de Shankar se dibuja en todas las caras, incluso en los que estamos viendo el espectáculo (sobre todo en los que estamos viendo el espectáculo). “¿Notaron el tiempo que pasó?”, pregunta Shankar. “Fueron 20 minutos”. Después, reconocimientos para Susana Trimarco, mamá de Marita Verón, “por rescatar de la prostitución y las drogas a muchas mujeres”. Aplausos. Otro para el cura Pepe Di Paola, “por sacar del paco y de las drogas a cientos de chicos chaqueños junto a varios sacerdotes”. Más aplausos. Y el tercer reconocimiento para la labor de un empresario que “empezó desde cero en su empresa, llegó a la presidencia y sigue siendo considerado como un compañero más”. Tres símbolos: trabajo social, cuerpos limpios de drogas y alcohol y vocación empresarial. Después de los premios, Shankar vuelve hasta el sillón que está en el escenario y se acomoda de frente a su gente. La sonrisa no se le borra. Nunca.

 


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