Marielle Franco llegó a ser socióloga porque la mitad de las vacantes de las universidades públicas brasileñas están reservadas a jóvenes de familias pobres y de origen negro e indígena. Para obtener la beca, igual que el resto de los aspirantes, esos jóvenes deben rendir un examen de ingreso. Soledad Domínguez visitó un aula donde se prepara ese examen en Santa Cruz, un barrio de bajos recursos de Río de Janeiro, de los más intervenidos por la policía militar.



En una colina enana del barrio de Santa Cruz, al oeste de Río de Janeiro, hay una Parroquia construida en los años ’60 que tiene forma de una U boca abajo que se agarra a la tierra. En el subsuelo, un aula con 3 ventiladores de techo, 43 metros cuadrados, un aire acondicionado que no funciona debajo de una ventana rota y 77 personas. Alumnos, ex-alumnos, profesores y preceptores participan de la clase inaugural del Pre-vestibular Social Santa Cruz Universitário. Se trata de un curso gratuito que está destinado a los jóvenes de ese barrio que sueñan con entrar a la universidad y convertirse en los primeros graduados de sus familias y entornos cercanos. Pero para eso tienen que rendir un examen de ingreso que se llama vestibular. Como en Argentina, todas las universidades nacionales y provinciales son gratuitas en Brasil. Y algunas privadas, como la Pontifícia Universidad Católica de Río, ofrece becas propias para que los estudiantes de determinado perfil social no paguen mensualidad.  

 

En 2003, la Universidad del Estado de Río de Janeiro (Uerj) fue la primera en implementar un sistema de vacantes para estudiantes de bajos ingresos económicos. Desde entonces, y luego con una ley de 2012, casi el 50% de los cupos de universidades públicas brasileñas está reservado a distintas categorías que atiende a jóvenes que vienen de familias pobres; egresados de la red de escuelas públicas; negros; indígenas o con alguna discapacidad. Los alumnos del Pre-Vestibular Social de Santa Cruz se preparan para dar este paso. Y después vendrá el desempeño de cada uno que dependerá de tantas variables, casi como volver a empezar: la crisis económica, la disponibilidad de recursos, el apoyo familiar, tiempo para estudiar, motivación personal, experiencias positivas o no con pasantías y becas de apoyo para los gastos diarios. Marielle Franco hizo su primer curso en un Pre-Vestibular comunitario cuando tenía 18 años: lo abandonó al quedar embarazada. Lo retomó dos años después.

 

Este fue creado por ex alumnos. Es uno de los pocos no pagos de Santa Cruz y de Río, por eso beneficia a los jóvenes más pobres entre los pobres. En Santa Cruz viven aproximadamente 220 mil personas. La mayoría de los adultos no terminó el secundario pese a que allí la situación estructural no es tan densa como en las favelas Cidade de Deus, Portuária, Rocinha, Complexo da Maré, Jacarezinho y Complexo do Alemão. Y en el contexto de lo que Río es hoy, Santa Cruz es una de las áreas donde más actúa las milicias.

 

Brasil está difícil.

 

Estrenando el año electoral, el presidente Michel Temer dijo el verano pasado que había que contener la violencia en el estado de Río y la llenó de policía militar. Ya en el 2016 el estado de Río se había declarado en bancarrota, a días del comienzo de las Olimpíadas. Fue el año de las huelgas universitarias. Según Amnistía, Brasil es el país de la región con más líderes de derechos humanos asesinados. Los escándalos de corrupción siguen apuntando a senadores y diputados en las operaciones del Lava Jato. Los venezolanos son el flujo migratorio que más creció en ese país en los últimos 4 años. Y ahora pasada la euforia mundialista vuelven a resonar ciertas preguntas: ¿Hasta cuándo Lula seguirá preso? ¿Quien mató a Marielle? ¿Qué hace el Congreso debatiendo la prohibición de los términos “género” y “orientación sexual” en los colegios?

 

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Llueve afuera de la iglesia donde se dicta el curso de preingreso. Los chicos que llegan tarde a la clase escuchan parados atrás de las rejas, cubiertos por el techo de una galería externa que los separa de otra sala donde se reúne un grupo de narcóticos anónimos. Hablan los egresados del año pasado. Vania Barbosa Antunes (30) pasa al frente y dice en voz alta:

 

- Todo es cuestión de esforzarse pero también de creer que ustedes son capaces. La sociedad dice que quienes somos de la periferia y negros nunca lo vamos a conseguir. Pero sí. Fue posible para nosotros que somos ex–alumnos de este curso y aprobamos los exámenes a las facultades que elegimos. Y también lo será para ustedes.

 

Unos gritan un ¡hurra! y otros la aplauden.

 

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Vania quiere ser perita en la policía federal y enseñar biología en escuelas primarias. En ese orden. Y a medida que habla va sumando metas. Es madre soltera, sus hijos nacieron cuando ella era adolescente, por eso pudo terminar la escuela secundaria hace poco tiempo; estudiaba por las noches y de día era vendedora de tortas en un local de un shopping del barrio de Recreio. También trabajó en casas de familia. “Pero ahora tengo que parar”, afirma con la mirada. Ingresó a la carrera de Ciencias Biológicas de la Pontificia Universidad Católica de Río de Janeiro, comienza a cursar en el segundo semestre. Saca el recibo de la primera cuota y me lo muestra: son R$ 3.000 mensuales (poco más de 19 mil pesos argentinos) que se ahorra gracias a la beca.

 

- ¿Y cómo vas a hacer con los otros gastos?

 

- No sé, dejame ser feliz con este primer paso. Algo haré. Mis hijos están más grandes, mi hermana me ayuda a cuidarlos. Voy a vender perfumes, saladitos, lo que sea.

 

El desafío para Vania es mantenerse en una propuesta horaria de clases de jornada completa  que no está pensada para quienes trabajan. Deberá conciliar los gastos de almuerzo, las 5 horas de ida y vuelta en 3 medios de transporte diferentes para llegar al campus que queda en la Gávea, zona sur de Río, la región de mayor poder adquisitivo de la ciudad. Para eso, busca otras becas. Y si no, venderá saladitos. Pero cree que ya no la para nadie.

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Santa Cruz queda a 65 km y 34 estaciones de tren de la estación Central do Brasil, donde está esa gran torre con el reloj que fue escenario de la película que llevó el mismo nombre, protagonizada por Fernanda Montenegro en 1998. Desde la Central, Río se conecta con sus zonas más pobres, la norte y la oeste. Santa Cruz es la última estación de su ramal. A medida que el tren avanza, el paisaje de morros se desdibuja y por momentos parece más pampeano que ondulado, con paradores que parecen infinitos como la gente que sube y baja por unas pasarelas en el medio de la nada, baldíos con yuyos que crecen desparejos al antojo de la Mata Atlántica.

 

Este barrio que tiene a los pies la Bahía de Sepetiba comenzó a poblarse en la era colonial, como una gran hacienda de los jesuitas que luego pasó a la Corona. En ese lugar, hace dos siglos la familia real portuguesa pasaba sus veranos en la gran Fazenda Real que hoy administra las Fuerzas Armadas. En cada rincón de sus 125 km2 hay monumentos históricos. Uno de ellos es la fuente neoclásica que el coleccionador de arte inglés Richard Wallace le donó a Brasil en 1872, y tiene 99 réplicas en todo el mundo.  

 

Santa Cruz pasó de sede del gobierno imperial a liderar, los índices más bajos de desarrollo humano de Río, de acuerdo al censo del Instituto Brasileño de Geografía y Estadísticas.

 

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“No vamos a terminar con la desigualdad de acceso a la educación pero lo intentamos”, dice Igor Rosa, el profesor de historia de 28 años que no deja de moverse, de hablar y de recibir a los alumnos en la cocina de la iglesia con forma de U invertida. Les prepara café, les ofrece agua. El año pasado el 73% de los alumnos del curso entró a las facultades que se propusieron. “Eso muestra el potencial que tienen. Que nuestra realidad sea difícil no quiere decir que la aceptemos y nos resignemos.”  

 

Son 28 personas en el equipo docente, tienen entre 20 y 30 años y les dan clases a 45 alumnos. Lo hacen de lunes a viernes por la noche, de marzo a diciembre, gratis. El programa incluye discusiones que van un poco más allá de la currícula escolar y organizan sesiones sobre diferentes temas: igualdad de género, diversidad sexual, política, ética y medio ambiente. La mayoría de las alumnas son mujeres, y el año pasado una de ellas salió del closet y todo el curso estuvo ahí para apoyarla.

 

En enero pasado, profesores y preceptores se organizaron para lavarle la cara al aula que la Parroquia les cede. Una de exalumna donó pintura. Es que casi todo se construye de manera colaborativa.

 

Mariana Xavier (22) es coordinadora y este año fue aceptada en la Maestría en Salud Colectiva del Instituto de Medicina Social que ya comenzó a cursar. Es la única alumna negra que entró por el sistema de cuotas universitarias. Fue quien contactó a la Gráfica Lopes Moura, que está cerca de la parroquia, y le explicó a la dueña sobre los chicos, sus logros, sus ganas. Le habló de las excursiones que hacen a la floresta para las clases de biología, de las visitas a las universidades donde quieren entrar y de las fotos que se sacan con cartelitos que dicen “Yo quiero ser esta Universidad”. También le contó de los sorteos del día de los novios para que ninguno deje de tomar el bus a lo largo del año y sobre el plan de la campaña “Sea padrino de un alumno” para recaudar el dinero necesario del valor de inscripción de R$ 180 (reales) por examen que exige la PUC-Río. La señora le ofreció el servicio de las fotocopias de forma gratuita para todas las prácticas mensuales que hacen del vestibular. Se lo dio a cambio de nada y pensó que lo hacía por todo eso que ella no había recibido y quisiera para sus nietos.

 

Tanto Mariana como Igor estuvieron en el lugar de estos pibes hace un tiempo. Fue mientras cursaban la etapa final del secundario en escuelas públicas del barrio; otros jóvenes mayores que ellos dedicaron sus noches semanales a prepararlos para que lleguen a la universidad a través de clases en una entidad civil de Santa Cruz.

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En 2016, cuando a Mariana le entregaban su título de asistente social y posaba con la toga para la foto, se enteró que el curso preparatorio que le había permitido a ella dar el vestibular iba a dejar de funcionar por falta de patrocinio. “No podía quedarme de brazos cruzados. Hablé con nueve colegas, todos ex-compañeros y creamos este espacio en Santa Cruz.”

 

Mariana nació y vive hasta hoy en el Cesarão, un conjunto habitacional construido a fines de los años ’70 en Santa Cruz. Su vida de alumna la pasó en escuelas públicas, como la gran mayoría de los chicos de este gran barrio. Mariana era buena alumna y le encantaba.  Cuando estaba en el último período del colegio secundario quería congelar el tiempo. Empezó a juntar piezas de una gran trama que para ella era imposible administrar: sus ganas de seguir estudiando y algún día ser profesora universitaria. “No tenía la más mínima oportunidad de entrar a una facultad. Aunque tuviera beca yo hacía las cuentas y no me daba para pagarme el pasaje, los materiales”, recuerda. Y una noche, en el 2012, se puso a investigar opciones de becas y se encontró con el Programa Universidad para Todos (Prouni) y otras ofertas. Fue toda una época que Mariana describe como “el auge de las políticas de inclusión que empujaron a jóvenes de la periferia, de favelas y bajos ingresos a la universidad”.

 

Pero hoy Brasil camina sobre una cornisa muy delgada con reducciones en inversiones públicas que afectan a la enseñanza. “El país enfrenta desde 2015 la peor recesión que tuvo en 30 años. Eso implica una presión muy grande sobre la educación y la ciencia, con la pérdida de recursos, becas, apoyo a agencias de fomento a la investigación”, explica Mauricio Santoro, analista político y profesor de Relaciones Internacionales de la Universidad del Estado de Río de Janeiro.  

 

A nivel nacional, en 2017 casi el 70% de las universidades federales sufrieron cortes en sus presupuestos. Y los peores momentos continuaron desfilando durante el año pasado. “Hubo atrasos de salarios de 4 meses, calendarios de clases paralizados. aumento de casos de depresión y ansiedad en profesores”, cuenta Mauricio. Y la UERJ fue muy golpeada: sufrió la pérdida de docentes y estudiantes que fueron migrando a otras instituciones, incluso universidades privadas. Hubo una sucesión de huelgas desde que la crisis financiera se disparó y cada año menos alumnos se presentaron al examen vestibular. En 2017, hubo 37 mil inscriptos para la primera prueba, esto significó menos de la mitad de los alumnos que la hicieron en 2016 y en 2015, cuando esa universidad recibió a 80 mil y 88 mil, respectivamente.

 

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Lucas Alberto hizo el Pré-vestibular Social de Santa Cruz. Estudió, desistió, volvió y entró a la carrera de Ciencias de la Computación de la Universidad del Estado de Río de Janeiro. Usa lupas, anteojos y hace un tratamiento médico por el desprendimiento de retina que tuvo cuando era casi bebé. Lucas no puede leer un tamaño de letra menor a 16. En su campo de visión ve como una cortina en movimiento, además de varias sombras. Su perfil de candidato universitario se encuadró en la cuota de personas con deficiencia. Durante toda la escuela, en todas las pruebas siempre tuvo que esperar una hora más o un día para que le llegara el examen escrito en letra agrandada, adaptado a sus posibilidades visuales. Y a veces esas pruebas ni llegaban.

 

Es flaquito e inclina la cabeza para adelante cuando habla. Y cuenta que la mayor injusticia que pasó fue al dar el examen tan esperado le negaron la prueba con tamaño de letra más grande. Y entonces, los profesores del Pré-Vestibular Social lo ayudaron con un abogado, presentaron un recurso judicial, lo ganaron y pudo hacer su examen en las condiciones que él necesitaba.

 

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Mariana está cursando la Maestría y sigue coordinando de forma voluntaria el curso del pre-vestibular. Vania se prepara para iniciar las clases en la PUC en un mes. Lucas ya está experimentando su vida de estudiante de universitario. Más allá, dentro de un tiempo, digamos unos 3 años ¿Lucas podrá seguir estudiando y dependiendo de los padres que por el momento están desempleados? ¿O recibirá una beca de apoyo? ¿Vania tendrá tiempo de estudiar viajando 5 horas diarias para llegar hasta la facultad y criando sola a dos hijos? Y las preguntas quedan abiertas con más dudas que respuestas, libradas a las experiencias.

 

Marielle Franco hizo un camino parecido al de Mariana y al que planea Vania: era del Complexo da Maré, y se recibió de socióloga en la PUC-Rio con becas de ayuda. Inició una carrera política y de activismo de derechos humanos. Ella también tenía una hija, como Vania.

 

“Lo importante es que nos cambia la perspectiva de vida, ganamos auto-confianza durante el tiempo que hacemos el curso, visitamos las facultades, estudiamos. Asumimos que el vestibular y la universidad es un derecho que también nos pertenece”, dice Mariana.

 

Informe periodístico: María Mansilla 


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