Diez chicos de Ciudad Oculta viajaron a conocer el mar y participaron de un taller de fotografía en la Fundación ph 15. Corrieron en la playa, nadaron y, en el Viejo Hotel Ostende, hicieron juegos con imágenes. La escritora Mercedes Halfon los acompañó en la experiencia y con ellos sacó fotos de gatos que hundían el hocico en la noche, de dibujos de linternas y ramas a punto de romperse.



Fotos: PH15*

 

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Primera foto

 

Sábado 7 AM: diez chicos de Ciudad Oculta se suben a un micro para viajar a Ostende. Cargados con mochilas, cámaras y sin soltar los celulares se instalan en sus asientos, intentando disimular la excitación. Seba, Alcides, Mica, Caroline, Ronald, Nacho, Camila, Gonzalo, Alex, Junior. Diez chicos de entre diez y dieciocho años que van cantando, riéndose, disparando sus cámaras digitales adentro del micro, aunque los flashes reboten por todos lados. Habrá que esperar un poco, hasta llegar a la playa del Viejo Hotel Ostende para sacar las cámaras otra vez. La idea es pasar ahí el 21 de septiembre, que además de ser el día del estudiante –famoso en Buenos Aires por sus picnics—es el día del fotógrafo. Desde el micro, miran por las ventanillas pero a través de los lentes de las cámaras: mirillas que los protegen y los comunican con el mundo exterior.

 

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Son un grupo de ph15, la fundación que hace 14 años arrancó como un taller de fotografía y creció —en la edad de sus integrantes, en los talleres que se dan en distintos puntos del país, en la cantidad de docentes, en los chicos que encuentran un arte y un oficio— hasta ser mucho más que un espacio de iniciación a la fotografía en la Villa Número 15. Las ideólogas son Moira Rubio Brennan y Miriam Priotti, dos jóvenes industriosas, que luego de mucho trabajo han logrado multiplicarse y dividirse, hasta convertirse en un nutrido grupo de docentes que suman sus miradas y energías a la Fundación. En la historia de ph15 hay incluso alumnos que llegaron a dar clases allí y hoy viven de eso. Porque hay un círculo entre lo que se recibe y se da, que tiene que ver con la fotografía y esa acción básica que la define: la mirada. Mirar y ser mirado.  

 

 

Segunda foto

 

El mar horizontaliza los vínculos: todos somos iguales de pequeños ante la aparición de ese mamotreto azulino y espumoso que ocupa el horizonte. Los chicos, las docentes, los periodistas invitados, los familiares que acompañaron la excursión corren hacia la orilla. Cada uno de los chicos tiene su cámara digital en la mano. Luego, unos segundos de silencio.

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Sebastián Barretto tiene once años y aprieta la mano de Leti, la maestra. El pelo se vuela y no importa el frío. Los juegos hacen subir la temperatura de los chicos que pese a las recomendaciones de Moira y Miriam, suplican “¡Los pies, los pies!”. Y se meten de a poco, al principio, y luego ¡plaf!: uno cae entero. ¡Las cámaras pueden mojarse!, pero por un momento la fotografía compite con la experiencia. No pueden tomar fotos. Les gusta la piel erizada y los sorprende el gusto a sal, tiritar les da risa.

 

La gesta fue pensada para este momento por Roxana Salpeter, anfitriona del Hotel, y las ph 15. Que los chicos conocieran el mar y lo fotografiaran en compañía de sus amigos.

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Pero ahora están los jeans mojados, las manos con arena, los saltos por el frío, hay que volver al hotel a cambiarse y descargar los caracoles que juntaron. Camila Reyes, también de once, tiene los bolsillos de su camperón violeta repletos.

 

Al rato ya están todos de vuelta en camino hacia la playa, pero antes de llegar juegan a ver el mar por primera vez –de nuevo- y ponen caras de sorpresa, gritan, les da risa su sorpresa de hace un momento.

 

Luego se separan en grupos de dos y hacer fotos juntos. Para esa prueba ph15 les presta a cada pareja una cámara analógica vintage, una Holga, con la que las opciones fotográficas se amplían: pueden sobreexponer el negativo y en una misma foto por ejemplo juntar la playa con la imagen de alguno de ellos. Sería algo parecido a lo que se ve ahora: sus caras atravesadas por el mar.

 

 

Tercera foto

 

Sebastián y Junior Cueto tienen la misma edad y siempre andan juntos. Sebas es regordete y usa anteojos, Junior es menudo y cuando sonríe parece todavía más chico. Están participando de un ejercicio grupal de fotografía, una especie de “cadáver exquisito” (juego que popularizaron los surrealistas) pero con fotos.

 

Uno toma la primera y el que sigue tiene que continuar con algún elemento de esa foto –un color, una forma, un ambiente—y tomar la siguiente. Junior le quiere sacar a un gato que duerme en la escalera. Sebastián apoya la moción y van sigilosos.

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Hay dos grupos que recorren el hotel. El tour incluye la cocina, donde están preparando el almuerzo y se siente el aroma de la salsa de tomate: alguno aprovecha para sacar una foto con una velocidad que permita ver el corte de la cebolla. También, el patio interno con huerta y aromáticas (varios olfateando para descubrir el orégano) y el altillo, que intriga aunque la escalera no permite tanto peso: no se puede ir ahí.  El fantasma quedará para otra ocasión.

 

 

Cuarta foto

 

En los tiempos entre las actividades, los adolescentes (Ronald y Alex  Barreto, Nacho Duré, Gonzalo) caminan por los pasillos y salones con otros fines. Portan los celulares en la mano y como Los Cazafantasmas, van moviéndolos en distintas direcciones en busca de señal de WIFI. Para hacer videos, para entrar a Facebook, para mandarse mensajes entre ellos. El hábitat de los chicos implica WIFI.

 

 

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Micaela Barreto – de trece, ojos delineados de negro– conoce la técnica de la Selfie a la perfección y se la enseña a Verónica, una de las docentes: “Hay que poner la cámara en diagonal y desde arriba. Así, ¿ves?”. El encuadre de la foto es perfecto. Los adultos intentan repetirla, pero nunca sale. Hay un salto generacional entre estos chicos, a quienes la fotografía les llegó al mismo tiempo que Internet, y sus maestras, para quienes la fotografía fue una elección mucho antes de la existencia de Instagram y los celulares con cámara incorporada.

 

¿Pero la fotografía es sólo la historia de sus técnicas? ¿O también es lo que puede expresar? Caroline, que también conoce el método de la Selfie, la foto llegó a su vida con otro valor. Registrar su casa, su barrio, sus seres queridos. “Le saco a cosas que quiero recordar”. La fotografía es el método para guardar lo que no se va a repetir.

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Quinta foto

 

“Las paredes de acá también respiran, se nutren de lo que se les cuelga”, dice Roxana sobre el Viejo Hotel Ostende. Las miradas curiosas y los disparos de las cámaras de los chicos crean una nueva infancia para el hotel, le dan otros sentidos. En sus recorridos en busca de imágenes los ph15 descubren cuartos con antiguos objetos arrumbados, una quijada de ballena encontrada en 1937, un piano que alguna vez fue el centro del salón de baile, las ovejas inmóviles del jardín, la internacionalmente célebre Felicitas, que en estos días hasta ha posado hasta con la remera de ph.

 

El cuarto de Saint Exupery es uno de los mayores tesoros del VHO. De pronto, cuando estamos por llegar a él,  los adultos nos damos cuenta de que puede producirse nuevamente el salto generacional.

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Pero Mica dice: “¿El Principito? Ah, sí, es el nene que vive en un asteroide” y todos parecen recordarlo. O por lo menos no querer confrontar con lo que para los grandes aparenta ser un personaje importantísimo.

 

 

La presencia bella, sobria y antigua del Viejo Hotel, pone a los chicos en un tono de timidez aunque el transcurso del día ya los ha relajado por completo. A la noche, no quieren apagar la luz. Roxy hace una ronda por las habitaciones, golpeando suavemente las puertas, invitándolos a apagar la tele y dormir. “¡Ah! Es como en nuestra casa!”, se queja Alcides.

 

 

Sexta foto

 

Sebastián está en una etapa de experimentos. Antes no usaba digital y ahora sí. Antes no usaba el flash y ahora sí. Tiene el desayuno enfrente, pero lo deja enfriar y prueba poner los vasos de colores delante de la cámara, usarlos como filtros. O la cámara entre los caireles de una lámpara y ver los brillos que producen en las fotos las piedritas de cristal. No conoce a Jacques Henri Lartigue, que a principios del siglo XX atravesó la misma mezcla de niñez, curiosidad y fascinación por el dispositivo fotográfico que están viviendo. Lartigue fue niño en la infancia de la fotografía y quizás por eso fue el primero en interesarse por la foto como un juego y registrar el mundo desde su –baja– estatura. En movimiento, en acción, lejos del estatismo de esos primeros tiempos.  

 

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Pero los ph15 están atravesados por un impulso similar, más de cien años después. Sus fotos tienen esa fuerza, esa gracia, esa luz: gatos sorprendidos mientras hunden su hocico en la noche, la ola que se retira de la orilla, dibujos de linternas, la espuma en los pies, la vegetación del hotel; la posibilidad, asombrosa, de fotografiar una rama mientras se rompe.

 

* La Fundación ph15 es una ONG sin fines de lucro que propone, a través de la fotografía, fomentar nuevas capacidades expresivas, comunicacionales y técnicas en chicos y chicas en situación de vulnerabilidad. Los autores de esta producción son Alcides Ocampo, Alex Barreto, Camila Reyes, Caroline Cueto, Gonzalo Ocampo, Ignacio Dure, Junior Cueto, Micaela Barreto, Ronald Riquelme y Sebastián Barreto.

 


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