La confianza en el "voto castigo" y en los "arrepentidos" construyó en La Matanza un escenario previo a las PASO que no se reflejó en las urnas. Pablo Semán y un equipo de investigadoras estuvieron en los centros de votación del distrito en el que, desde todos los sectores, se aseguraba arrasaría la ex presidenta. En este análisis explican que el error fue predecir el comportamiento electoral desde la perspectiva economicista.



La Matanza atraía una vez más las miradas de analistas y políticos, en tanto bastión del kirchnerismo. Entre los militantes a los que acompañamos, la jornada aparecía como decisiva. El optimismo inicial fue mutando a medida que salían los resultados y la victoria no era aplastante. La confrontación entre las expectativas y los resultados nos llevó a discernir y cuestionar un patrimonio común que en los momentos previos a la elección, hemos  compartido, pese a todas las diferencias, militantes, dirigentes y analistas “de ambos lados de la grieta”: la supuesta univocidad de la economía, el peso electoral de CFK, los modos de hacer política en el conurbano, los compromisos invisibles entre los que, aún perteneciendo a diferentes bandos, actúan en los círculos más próximos de las nociones clásicas de acción e información política.

 

 

¡Es la estupidez economicista! Como en 2015, ahora también la cocina de la escuela era el lugar de reunión de la militancia del oficialismo local durante los comicios. A las cuatro y media de la tarde se vivía un clima de optimismo en las fiscales de Unidad Ciudadana. Decían tener confianza en el “voto castigo” al Gobierno, enfatizaban que en los barrios matanceros la plata no alcanza y que la desaparición de políticas como el REMEDIAR dificulta aún más el día a día. Militantes con más de veinte años de experiencia, se sentían confiadas en sus previsiones. Una hora antes del cierre de votación interpretaban algunas señales como confirmación de sus presunciones: la falta de boletas, el corte a favor de Cristina es una buena señal, “Cristina es la gran conductora”. Si bien no encontraban diferencias entre el modo de militar esta campaña y las otras, tenían fe en que vecinos que votaron a Macri en el 2015 -“incluso los beneficiados con el kirchnerismo”- “se arrepientan” y reviertan su voto.

 

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A ambos lados de la grieta, la batalla decisiva de la vida social y política es definida como cultural y hasta cierto punto esta caracterización resulta razonable cuando el más mínimo suceso se entiende a la luz de la contraposición entre versiones actualizadas de los grandes relatos nacionales. ¿Por qué entonces pensar que la economía se expresaría “sin ambigüedades” y sería capaz de revertir votos asentados en una visión previa y discordante con las hipótesis de los militantes? Una de las seguridades que alimentó la verosimilitud de un amplísimo triunfo de CFK fue la interpretación de que los datos de la evolución económica (crecimiento bajo y sesgado, alta inflación, desempleo) favorecerían el desgranamiento del voto que había sido a Cambiemos en 2015. Como ironizó un militante apenas llegamos a la escuela, “el gobierno nos está ayudando bastante”. Todos asentimos sin sospechar que nuestra interpretación desestimaba un hecho fundamental: los datos de la “crisis” son objeto de una disputa interpretativa dentro de la cual la tesis del oficialismo tiene tantas o más posibilidades de ser aceptada que la opositora. Puede ser discutible, pero para los votantes no es de ninguna manera unívoco que la “crisis” sea tal y sea el producto de las políticas económicas del gobierno actual. Para muchísimos votantes es tan válido interpretar la indiscutible dureza del presente por el pasado inmediato como por el pasado remoto de “70 años de populismo”. Apuntar el “gorilismo” de los personajes mediáticos que encarnan estas visiones no las hace menos eficaces. La relectura de la historia que proponen diversos comunicadores e intelectuales vinculados a Cambiemos es tan capaz de producir efectos como lo fue en su momento la relectura que se propuso desde el kirchnerismo y sus periferias sobre los años menemistas. La situación económica opera a través de sentidos y, como todos los sentidos, el de la eventual estrechez de los bolsillos también se construye.

 

 

Microclimas militantes, círculo rojo e intemperie. Algunos de los militantes esperanzados en un triunfo arrasador de Cristina, referían un clásico de las narrativas militantes del kirchnerismo desde la derrota electoral de 2015: el “votante arrepentido”. Más allá del desencanto que efectivamente puedan vivenciar ciertos votantes de Cambiemos, es políticamente reveladora esta forma de concebir votos que se suponen naturalmente “propios” y  ocasionalmente extraviados. Como todos solemos hacer, los militantes parecían privilegiar los ejemplos confirmatorios de  los “votos que volvían” y desestimar los contrarios. Pero la persistencia de esa actitud se entiende mejor si se computa que muchos de estos militantes parecían privilegiar un objetivo político moral (el arrepentimiento) por sobre el objetivo político electoral: ampliar el electorado, triunfar. Hay algo en lo que esta operación que parece políticamente irracional, rinde caudalosamente a las necesidades identitarias: si los votantes extraviados se “arrepienten”, cualquier necesidad de autocrítica reflexiva y reelaborativa por parte de los partidarios de CFK es ociosa y las responsabilidades políticas propias se cancelan.

 

 

 

 

 

Durante el acto de cierre de campaña, el optimismo de la militancia mostraba un elemento que contradice este argumento. “Critican a Cristina por soberbia, que no reconoce sus errores, pero ella los reconoció. La criticaban por vestirse como una estrella, pero también la critican ahora que se viste con calzas, con un saco a crochet, ¿viste eso?”, se irritaba un militante cultural peronista. El reclamo por el infructuoso cumplimiento de una autocrítica rechazada como un ejercicio innecesario, innoble y derrotista es cándida: tal vez desconoce el tamaño de la distancia afectiva y política que se tramó entre la ex presidente y aquellos electores a los que les enrostraba la debilidad moral de reclamar por ganancias o inflación y a los que se les explicaba, con pedagogía morenista, que la inflación era menor que la ellos sentían. El desconocimiento de esa distancia y la consecuente frustración se asemeja al curso de acción del novio que en plan de reconciliación olvida rápidamente los descuidos previos y confía demasiado en que los ulteriores amantes de su deseada han sido, obviamente, peores.

 

Pero esto ilumina un aspecto más complejo de la situación. La evaluación del presente se ancla en una estructura de afectos históricamente sedimentada. La admiración por Cristina sostenía la evaluación del militante sobre los efectos de su vestuario en los votos, contra las críticas de los opositores. Pero ese problema no es exclusivo de los kirchneristas. Una dificultad profunda nos invade a todos los que somos políticamente interesados: la intensidad afectiva en que se tejen nuestras conclusiones analíticas. Es fácil ver el error en el otro pero no en uno mismo, y así se vuelve casi imposible el diálogo. Las diferencias entre k y anti k siguen conduciendo a la ruptura de vínculos. Si muchas veces el “espejo” ha llevado a reforzar las distancias, hoy algunos militantes comienzan a interrogar el razonamiento afectivo en que se sostiene la incomprensión mutua: “no pude entender el odio que le tenían a Cristina hasta que tuve que escuchar a Vidal…No la soporto”. Pero aún con la empatía que se reconoce que la “pimienta en el ojo propio es refresco en el ajeno” resulta difícil de sortear la animadversión alimentada por la actualización continua de la confrontación. La grieta tiene entre otros efectos el de amplificar las percepciones erradas de todos los grupos, pero mucho más las de aquellos que van cediendo posiciones.

 

Por otro lado las expectativas de un triunfo amplio de CFK no fueron monopolio de los militantes kirchneristas. Han sido parcialmente permeables a ellas periodistas críticos y oficialistas, militantes kirchneristas y anti kirchneristas, dirigentes políticos de todas las layas, cientistas sociales (entre los que nos incluimos nosotros). Nos lo dijeron casi angustiados unos dirigentes sindicales experimentados que llevan un tiempo distanciados del kirchnerismo y oponían a los resultados iniciales anunciados en TV la experiencia de haber “caminado” todo el distrito: ¿por qué estos resultados si en Ramos nos recibían bien y a los de Cambiemos les rompían la boleta en la cara?

 

 

La generalización que alcanzaron las expectativas de un contundente voto opositor entre actores que van más allá de los partidarios de Unidad Ciudadana muestra las conexiones entre los razonamientos políticos internos a esta formación política y los que se hacen presentes en el círculo rojo entendido como el círculo de los que consumen información política y abarca políticos, analistas y figuras públicas de ambos lados de la grieta. A puntos de vista tan distantes y encontrados parece subyacerles un acuerdo basado sobre todo en un modo de la lectura economicista: si el gobierno no logra hacer funcionar la economía en términos de ampliar el consumo y el empleo, su estrella se apagará y sobrevendrá el caos, bajo las formas de la erosión electoral o, incluso, de la reedición de las jornadas del 19 y 20 de diciembre de 2001. Unos temen y otros ansían esa posibilidad pero todos hasta ahora han creído en ellas aunque el gobierno se cree y teme cada vez menos en ese mito. Tímida exploración de otras tierras en las que rigen otros mitos o pueden predicarse con eficacia unos nuevos en un acto que al mismo tiempo que rompe una hegemonía (la de ese mito) tiende a inaugurar otra. Si el fracaso de las expectativas y buena parte de las predicciones muestra la toxicidad de los microclimas en que se producen visiones torpes de la realidad política y social, el resultado electoral muestra el grado en que la realidad de la vida política se hace por fuera de ese círculo, en una intemperie a la que sólo algunos dirigentes de Cambiemos le prestaron atención. De ese tanteo debe haber nacido la confianza de aquellos dirigentes que, en los días previos a la elección, sostenían las apuestas bonaerenses frente a la risa de los opositores y las autocríticas de parte de los periodistas oficialistas para los cuales estaba todo mal (quienes sostenían que Bullrich no era buen candidato, que estuvo mal polarizar con CFK, que la campaña era errática).

 

 

Razonar por fuera de las certezas del círculo de los informados. Los fiscales de Cambiemos provenían de La Plata: uno era profesor de derecho y solía fiscalizar para Cristina hasta 2015; otro, que tenía “pinta de funcionario” según las militantes de Unidad Ciudadana, no parecía tener experiencia previa como fiscal pero canchereaba con los resultados favorables a su partido; un tercero, profesor de Educación Física, se definía como “peronista en Cambiemos” y había concurrido con dos amigos de su hijo que pretendían juntar dinero para ir a ver a Coldplay; y el fiscal general era un empleado de Desarrollo Social que ya había trabajado en otros comicios pero no había ido a votar porque no le interesaba la política.

 

El dato que, entre entendidos, podría hablar de la baja inserción de Cambiemos en La Matanza, de su escaso desarrollo partidario y de una cierta ingenuidad política también habla de una realidad política en emergencia, reveladora de algunas potencias que nos son desconocidas. Aquello que para quienes viven la política intensamente es visto como fragilidad del oficialismo, quizá pueda interpretarse como parte de una manera de hacer política que aún continuamos ignorando (y menospreciando).

 

Ante el éxito de Cambiemos en 2015, las campañas de 2017 mostraron emular algunos signos distintivos del oficialismo: cierto uso de las redes sociales, la interpelación a los votantes por su nombre de pila y otras maneras de mostrar cercanía fueron las más destacadas. Una vez más, aquello que puede parecer como una moda del marketing electoral, insinúa una redefinición de la representación política que se inscribe en una historia más larga.

 

Dos dinámicas contrapuestas y complementarias se vienen vislumbrando elección tras elección al menos desde 2009. Mientras las propuestas peronistas atraviesan fragmentación, debilitamiento, derrotas nunca antes vividas e imposibilidades que van adquiriendo condición estructural en la región centro del país, aumenta la frecuencia de los triunfos, la cohesión y el control del futuro del conjunto de experiencias y posiciones políticas que confluyen en Cambiemos. Sólo la mala lectura del resultado de 2011, le impide al kirchnerismo y a parte del círculo rojo entender el peso de esa tendencia.

 

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Varios elementos convergen en ello. En principio, el antikirchnerismo es a esta altura una corriente política y electoral de una densidad y operatividad histórica que excede el corto plazo. Renueva, adensa y prolonga el antiperonismo al nutrirse de imágenes imborrables que desde los bolsos de López a las moreneadas crean una disposición combativa y refractaria contra la que choca la obstinación basada en la ilusión de que “todo esto pase rápido” (en eso consiste el bien deseando en las repetidas ilusiones del “vamos al volver” y el “arrepentimiento del votante que nos dejó”). Pero mucho más que eso despunta la emergencia de una exploración hegemónica que se define también, y más que nada, por los deseos que logra anudar. Mientras la oposición naufraga en la división estructural entre la representación de los más pobres del conurbano por un lado y las demandas de las clases medias bajas por la otra, el gobierno flota y navega en el encuentro entre las clases propietarias, las clases medias altas y una masa que surge de las clases medias y populares, encuadrada en espacios y formatos que el peronismo no conoce. Esa alianza, que no es meramente circunstancial, pero es una historia en movimiento, se nutre del repudio al peronismo y, al mismo tiempo, de un proceso de reconocimiento de deseos y aspiraciones que anuda una identidad colectiva. En ella se amalgaman los perfiles del individualismo, de unas aspiraciones que por circunstancias históricas que exceden a los sujetos se hacen exclusivamente a corto plazo, por impresiones y bandazos de un anti peronismo que ha encontrado en el molde del cristinismo un objeto fácil y legítimo para ejercer la bronca con la que se cargan los electorados en un país en que “la tasa de aumento de las soluciones es siempre más baja que la tasa de aumento de los problemas”.


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