La influencia de Josefina Ludmer en la formas de leer la literatura latinoamericana puede rastrearse ya en los años ’70, primero como profesora de la universidad montonera y después cuando en plena dictadura daba clases en su casa. La China - como la llaman- propuso modelos de crítica literaria que la ubicaron en la vereda opuesta a Beatriz Sarlo. Perfil de una referente intelectual de lo que ella misma llama “la última generación formada en el libro”.



Una luna llena de plata, con ojos y boca, se mueve en la mano de Josefina Ludmer. El anillo ocupa gran parte de su dedo acompañando cada uno de sus gestos mientras camina, se sienta, descansa entre libros y luego se recuesta sobre un árbol en el campus de la Universidad de San Martín siguiendo, paciente, las indicaciones del fotógrafo. Hasta que dice basta. Igual se ríe – porque ríe mucho- mientras comenta que esa es la peor parte: la impostura. Nunca se terminó de acostumbrar a pesar de todas las veces que la han retratado. Y eso que le habría gustado ser actriz. Una actriz de Hollywood. “Así, un proyecto bien histérico”, dice irónica. Actriz o periodista. Alguna profesión más aventurera, más movediza. Aunque la vida de Josefina o “China”, como le dicen desde chica, distó y dista de ser sedentaria. O conservadora.

 

De su San Francisco cordobés pasó a Rosario. Allí, en plena edad de oro de la Facultad de Letras tuvo maestros como David Viñas y Ramón Alcalde,  decisivos para poner en funcionamiento su maquinaria crítica. Después del golpe de Estado de Onganía (1966), viajó de Rosario a Buenos Aires, donde experimentó la locura de la década del 60 mientras vivía en un departamentito  en San Telmo, haciendo traducciones con su marido, formándose entre el grupo Contorno, rodeada de escritores vanguardistas excéntricos como Osvaldo Lamborghini y experimentando– a veces- con las terapias lisérgicas, tan de moda entre los intelectuales y artistas de la época.

 

—Era lindísimo si no le tenías miedo —dice—. A mí me encantaba. Las alucinaciones, los colorcitos. Era una especie de destape. Me abrió todo un mundo. Yo me había casado muy joven con Alcalde y ya tenía a mi hijo. Esa terapia te daba una sensación de libertad, de que podías crear.

 

Los años 70 la encontraron formando parte de la Universidad montonera. Dio clases dos semestres en el ‘73, y atravesó la dictadura con seminarios privados de teoría literaria en su casa, integrando la Universidad de las Catacumbas, una educación paralela que resistía al golpe de Estado cívico-militar. Durante ese tiempo empezó a viajar como profesora invitada a Estados Unidos y, con el regreso de la democracia, volvió a la UBA y fue investigadora del Conicet. Cansada, harta de las instituciones,  en 1991 se fue a dar clases a Yale, donde hoy es profesora emérita. Volvió catorce años después, jubilada y tranquila. Pero no paró.

 

Durante tres lunes consecutivos -12 y 19 de noviembre y 3 de diciembre- en la Universidad de San Martín, hablará frente a los alumnos sobre “Gauchos, indios y negros. Alianzas y voces en las culturas latinoamericanas”, un seminario dedicado a la lectura política de tres géneros clave en la historia narrativa de América Latina: las literaturas gauchesca, indigenista y antiesclavista.

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Ludmer también da seminarios de posgrado en Ciencias Sociales de la UBA, la universidad que la premió en 2010 con el Honoris Causa. Parece no registrar tanto recorrido y dice no entender por qué le dieron el máximo reconocimiento académico. En realidad dice que no suele entender nada y esa negación podría sorprender cuando sale de la boca de una de las máximas referentes de la crítica latinoamericana. Desde ese “no entiendo” se ha parado toda su vida, justamente, para encontrar o construir significados, para armar sus “máquinas de lectura” y recorrer el universo de lo simbólico, que caracteriza (o caracterizaba) a la literatura y que hoy la escritora ha extendido al resto del mundo.

 

***

 

Rodeada de libros cerrados que llegaban a su casa, Josefina, todavía analfabeta, cortaba las páginas con su hermano mayor –el Chino original que le hizo extensivo un apodo del que nunca pudo deshacerse- antes de enviarlos a la Biblioteca Popular donde su padre, médico, era director.

 

Los libros de su biblioteca eran una materialidad velada, un objeto que sabía importante aunque todavía no pudiera conocer lo que escondía. Cuando su hermano cumplió seis años, el padre le regaló el Facundo. Indignada, armó un escándalo hasta que le dieron un libro solo para ella: elMartín Fierro. “¡Imaginate la desmesura de mi padre!”, dice y larga una carcajada. De ahí en adelante lo acompañaría de la mano a toda manifestación cultural de la ciudad, conferencia de Borges incluida. El escritor, que en el primer peronismo recorría ciudades del interior argentino para ganarse la vida, había llegado al Jockey Club de San Francisco para hablar sobre Platón. Ludmer, con once años, se imaginaba la caverna platónica oscura y trataba de descifrar sus palabras.

 

No sólo la marcarían las caminatas con su padre sino también su educación materna. Su madre, farmacéutica, solía decirle: “Tenés que ser siempre independiente económicamente, trabajar para no pedirle plata a nadie”. Y Ludmer le hizo caso. Ser mujer en general y en los ámbitos intelectuales en particular no es fácil. Tuvo que abrirse camino en un mundo de varones. “Cuando empezás a hablar dejás de ser una señora y te convertís en… no sé, en una especie de amenaza”.

 

Estos recuerdos, en parte, alimentan su proyecto actual. Algo más autobiográfico pero sin abandonar lo ensayístico, la reflexión teórica, su marca registrada.

 

—Estoy pensando en un proyecto de escritura en pequeños capítulos. Viste que la escritura de hoy es fragmentaria, breve, porque la lectura es así. Mi centro ahora, que te confieso no está muy definido, es mi propia cultura como una cultura libresca, de biblioteca, contra lo que sería la cultura digital actual. Yo me siento de la última generación formada en el libro. Siento que necesito dar testimonio de eso. Porque eso va a desaparecer. Las bibliotecas se están transformando en museos.

 

La crítica literaria pura ya no le interesa, dice, porque la literatura actual perdió la autonomía que tuvo hasta los años 70. A las nuevas escrituras las llama “posautónomas” ya que rompen con la especificidad literaria y la autorreferencialidad. Hoy “leer es ver”, dice Ludmer, y  en esa línea está lo que desarrolla en Aquí, América Latina. Una especulación, publicado en 2010. 

 

—Lo de los posautónomos explotó todo —dice y hace una mueca socarrona— ¡Me hice de enemigos! Bueno, no tanto. Pero se pensaban que yo hablaba del fin de la literatura. Y  lo  “post” para mí es una categoría importante, porque recoge todo el pasado, no es un corte. Esa es la idea. Porque lo que pasa es que mi interrogación permanente es: ¿y ahora qué viene? ¿y ahora qué hago? ¿y ahora adónde voy? Yo me aburro. Y mi estímulo es lo que me rodea.

 

Eso lo confirma su colega chileno Luis Carcamo Huechante, profesor de literatura latinoamericana de la Universidad de Austin, Texas. Carcamo quedó deslumbrado por la escritura de Ludmer y confirma el cambio que hubo en su última obra.

 

—Creo que antes leímos a Josefina Ludmer pensando e imaginando desde la biblioteca de Yale; y ahora, radicada otra vez en Buenos Aires, creo que su escritura es post-biblioteca. Este libro consolida otra clave en su práctica crítica: la plática. Ludmer nos ha enseñado que pensar e imaginar críticamente es conversar.

 

Quizás por eso cada libro de ella es una búsqueda que rompe con lo anterior: desde su primera obra Cien años de Soledad. Una interpretación (1972) que ella considera “un trabajo escolar” (aunque fue y sigue siendo un estudio obligado sobre la novela de García Márquez) hasta su última “especulación”. Entre esos libros aparecen otras tres obras fundamentales —además de una multiplicidad de artículos— que muestran el devenir de la reflexión teórica de Ludmer. Pasó de un análisis de corte estructuralista (su minucioso trabajo sobre de la obra de GGM), al estudio de un autor con Onetti. Los procesos de construcción del relato (1977). De ahí se aventuró en el estudio de todo un género literario con El género gauchesco. Un tratado sobre la Patria (1988), donde ya aparecen los rasgos que diferencian los procedimientos de escritura de la autora de las de otros críticos.

 

Ese pasaje, especie de saltos entre “links”, fue lo que determinó la estructura de El cuerpo del delito. Un Manual, publicado en 1999. Su libro “americano”, como anuncia en la introducción. Un corpus de textos –desde Lugones hasta Aira- leídos a partir del delito, utilizado como instrumento crítico para poder transitar por diferentes categorías como el Estado, la política, el sujeto y la literatura. Este libro fue el resultado de su contacto con la monumental biblioteca de Yale y del uso de una computadora. El universo de lo hipertextual se volvía una nueva posibilidad de escritura.

 

—Cada libro es un ciclo de mi vida. Por eso son diferentes. Esos periodos fueron como de diez años cada uno. Por ejemplo, en cada libro vivo en una casa distinta, tengo relaciones distintas. Después hago un duelo de un par de años y vuelvo a juntar material, a pensar en el próximo paso. Y después viene una especie de periodo de locura que es darle forma.

 

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La trayectoria de Ludmer la ha colocado siempre un paso adelante y bordeando la escritura encorsetada de la academia, de la que siempre se rebeló.

 

—China hace delirar los textos —dice su amigo y colega Jorge Panesi—. Formó parte de una generación, que también es la mía, donde había espacios para las búsquedas teóricas. Ella siempre se atrevió a ir un poco más allá, a crear nuevas máquinas de análisis. Cuando la crítica recién estaba llegando a determinadas lecturas, ella ya estaba pasando a otra cosa.

 

Panesi –que años después fue director del Departamento de Letras de la UBA- fue una de las tantas personas que asistían a los seminarios que daba en su casa durante la dictadura. Había llegado a la China a través de Alan Pauls, que a su vez se había enterado de los famosos seminarios gracias al escritor Luis Gusmán. Pauls tenía 17 años y quedó deslumbrado.

 

—La experiencia fue completamente decisiva —dice Alan Pauls treinta y cinco años después—. Me desingenuizó para siempre. Me enseñó que escribir es pensar la literatura, siempre, escriba uno lo que escriba, y que ese pensar nunca está atrás sino adelante, en proceso, siempre a descubrir.

 

Pauls pospuso tres años su ingreso a Letras en la UBA para formarse con la China. Cuando llegó a los claustros, en el 79, ya estaba política e intelectualmente blindado. El autor de El pasado escuchaba a sus profesores al tiempo que mentalmente enumeraba argumentos teóricos -aprendidos en esas noches grupales con Ludmer- con los que podía refutarlos.

 

—Leo siempre lo que hace y dice: es una de las cabezas que siempre voy a seguir, aun cuando sus posiciones -su última cruzada en favor de lo post, por ejemplo- me resulten discutibles.

 

Esas noches de grupo las pasaban en la calle Viamonte, muy cerca del Batallón 601, una sede de la inteligencia del Ejército y, como no eran épocas para reunirse a hablar de formalistas rusos, ni sobre nada intelectual o político, se turnaban muchas veces de casa. Las habitaciones se llenaban de humo. Mejor no abrir las ventanas. Los seminarios fueron, además de un punto de encuentro y de estudio, la forma en que Josefina se ganaba la vida. Su sustento mayor fue un grupo de señoras ricas que acudían a ella para entender en qué andaban sus hijos a través del estudio de la literatura.

 

Antes, ya había sido “compañera profesora”, como la llamaban sus alumnos, en la universidad montonera.

 

—Para mí esa sigue siendo la verdadera utopía universitaria. Yo recién me iniciaba en la docencia. Era jefa de trabajos prácticos y estaba impresionada por el nivel de horizontalidad que había. Los estudiantes siempre te llevaban más allá, confiaban verdaderamente en un cambio social. No había ese respeto exacerbado por las figuras de prestigio típico de la academia.

 

Maestra de seminarios, compañera profesora, o profesora emérita de Yale, Ludmer siempre se colocó en la frontera o fuera del centro del pensamiento institucional, apoltronado y muchas veces burocratizado que caracteriza a los ámbitos académicos. Y eso se nota. No solo en su forma de escribir y de reflexionar sino también en su vínculo con el presente, en su curiosidad por los nuevos creadores, sea en la literatura, el cine, los cómics. En tratar de entender por dónde va la cosa. Uno de esos escritores jóvenes es Hernán Vanoli.  Lo menciona como ejemplo del cambio de la literatura de los últimos años.

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Vanoli fue su alumno en Ciencias Sociales y, antes de pedir “poné también que para mí es una crítica punk”,  cuenta que esperaba conocer a un tótem de la cultura asentada en sus logros pero se encontró con otra cosa. La China era una profesora que preparaba cada clase como si fuera el capítulo de un libro. Ponía en discusión a autores actuales –en los años de Vanoli, a Roberto Espósito y Giorgio Agambem- y abría el debate con sus alumnos.

 

—Para mí es una crítica punk versus Sarlo que defiende a la socialdemocracia y las instituciones —dice Vanoli.

 

Esta oposición es compartida por muchos en los pasillos de Puán. Beatriz Sarlo y Josefina Ludmer fueron y son, con sus posicionamientos teóricos marcadamente diferentes, dos figuras fundamentales de la intelectualidad argentina. Cuando el regreso de la democracia en 1983 devolvió a la facultad de Letras a sus mejores profesores, los terrenos de Puán se dividieron. Estaba la Cátedra de teoría de Ludmer, la de literatura argentina de Sarlo y la del ya legendario David Viñas, entre otras cátedras que se refundaron luego de un cambio radical en el plan de estudios post-dictadura. El escritor Claudio Zeiger, que por ese entonces era un joven alumno de la carrera de Letras, recuerda esos años de formación como un momento donde se cruzaban muchos discursos diferentes y sobre todo alrededor de esas dos mujeres, -inteligentes, eruditas, atractivas- que tenían propuestas muy diferenciadas.

 

—Las clases de Ludmer eran más anárquicas, había como un distanciamiento, una postura heterodoxa, incluso irónica, de la formación universitaria. Todo era puesto en cuestión. Bien de la teoría posestructuralista. Eso para un estudiante que acaba de empezar era bastante desconcertante.

 

Esa diferencia, no sólo a nivel teórico, sino también en la propuesta académica, es lo que terminó alejando a Ludmer de la UBA y el Conicet. Se sentía atrapada. Como si la adaptación a las instituciones, luego de años de dar clases en su casa, fuera un camino sin retorno. Se fue a Estados Unidos, a un terreno universitario que ya conocía y donde se sentía más libre.

 

Cuando se le pregunta por Sarlo, se muestra incómoda. No le gusta la polarización. —Eso es bien de acá. Pero Sarlo y yo siempre fuimos por caminos distintos. Ella siempre fue más mediática, más vinculada al periodismo, a las banderas políticas, a la exposición. Yo fui por otro lado. A mí salir en la tele me pondría muy nerviosa. Igual no me gusta que digan esas cosas.

 

A Ludmer no le gustan las posiciones binarias. Ni en la academia ni en la coyuntura política argentina. No tiene ganas de hablar de política. Quiere hablar de lo que más la entusiasma ahora: el poder leer todo como si fuera literatura y la literatura como un campo que se abrió, se extendió, explotó en la realidad. Y recupera el humor. Y la provocación. Y la seducción. Ludmer seduce. No sólo por su forma de escribir sino también por su presencia. Fija una mirada felina de ojos verdes mientras piensa, hasta que abre la boca y empieza a decir pausadamente, con una cadencia que no incorporó el acento porteño, y le vuelve la frescura de la niña que trataba de entender. Panesi dice que su encanto radica en que ella sólo es semiconsciente de ese poder y recuerda cómo, incluso estando ausente en una reunión, terminaba siendo el centro de la conversación. “¿Pero quién es esa mujer de la que hablan tanto?”, preguntaban algunos, sorprendidos por la pasión de sus interlocutores.

 

***

 

Con almas de tigre/ se acercan los blancos./Esposo querido/¡Salvemos, huyamos!/ Es tarde, que llegan/ te embisten airados/ te cubren de injurias/ te ligan las manos/¿A dónde te arrastran a modo de esclavo?/ ¿A dónde te llevan cual res de un rebaño?/ Te llevan, te arrastran, a la lucha de hermanos/ ¡Maldita la guerra!/ ¡Malditos los blancos!

 

Ya se terminaron las fotos y ahora Josefina Ludmer está sentada en el anfiteatro de la Universidad San Martín. Es el seminario sobre “El Indio” (antes dio uno sobre El Gaucho, “el futuro es El Negro”, dice y la audiencia se ríe) y recita compenetrada “La canción de la India” de Manuel González Prada. Dará clase durante dos horas sin parar, intercalando lecturas con preguntas, comentarios, pidiendo que participen, que la interrumpan. Frente a ella está el público de la UNSAM, a sus espaldas, el público de la Facultad Libre de Rosario proyectado en una pantalla que la mira vía Skype. Ella está en el centro. Habla y gesticula; y mueve los dedos con la luna llena de plata.


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