Hace un rato, el gobierno de Cambiemos concretó su mayor triunfo político. Logró que se aprobara en Diputados la derogación de las leyes cerrojo y de pago soberano, y autorizar la emisión de deuda para pagar a los holdouts y salir del default. Detrás de las chicanas y la discusión en el recinto, se vio, por un lado, el éxito de las negociaciones previas. Y que el proceso de pago de deuda y búsqueda canales de financiamiento acompaña al conjunto de la clase política argentina y sus alianzas intermitentes.



Diego Bossio elude la mirada acusatoria de sus ex compañeros kirchneristas. Los tiene a la derecha, a cinco bancas de distancia, pero su vista evita cruces incómodos. Tampoco gira la cabeza hacia su izquierda, donde por primera vez se ubica el pelotón oficialista de Cambiemos, los 91 diputados mezclados entre macristas, radicales y lilistas para dar una señal de unidad. En los últimos años, ese fue el lugar del Frente para la Victoria. Mientras habla apasionado, Bossio se agarra del apoyabrazos de madera oscura. Toma envión, se levanta unos centímetros de la silla y se limita a mirar hacia al frente.

 

–Tenemos que tener puntos de coincidencia. No podemos vivir en lucha permanente–, afirma uno de los ex funcionarios más mimados por Cristina Kirchner.

 

A las 16.07, excedidos largamente los siete minutos que le correspondían, su speech marca un pico de rating en el hemiciclo: primero 154, al rato 160, y ahora 168 diputados sentados en sus bancas. Una presencia muy superior al promedio que hubo hasta el momento, a cuatro horas de empezada la sesión por la derogación de las leyes que permitirá el pago a los “holdouts”, y la que seguiría hasta las 8.23 de la mañana con la aprobación de 165 votos afirmativos y 86 negativos. Tras un debate de más de 20 horas, logró el apoyo del Frente UNA, de Sergio Massa; del Bloque Justicialista, de Diego Bossio; del Partido Socialista; del Frente Cívico por Santiago; de Juntos por Argentina, de Darío Giustozzi; de Compromiso Federal, de San Luis, y los monobloques de Alfredo Olmedo, Claudio Poggi y Julio Raffo. Votaron en contra El Frente para la Victoria, Libres del Sur y los bloques de izquierda.

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 Con su habitual flequillo beatle, saco azul y corbata a lunares blancos, Bossio marca otra excepción en la dinámica del recinto. En lugar de revisar el celular o la notebook, repasar los papeles impresos con su discurso o charlar con el compañero más cercano, la mayoría de los diputados lo escucha con atención. Para el Frente para la Victoria es el traidor que se fue del bloque en febrero pasado. El gesto empeoró cuando se conoció un diálogo de Whatsapp con un diputado Nicolás Massot, de Cambiemos, que hablaba de arreglar con cinco sanguchitos y tres mates fríos. Para el kirchnerismo era parte de la negociación de los votos”.

 

Rodeado por macristas y kirchneristas, con el bloque del Frente Renovador, liderado por Sergio Massa ubicado a sus espaldas, Bossio arremete:

 

—Tenemos que poner por encima de los intereses partidarios, los intereses de la patria.

 

Diego Bossio califica a los fondos buitre como “la peor lacra del sistema financiero”, y cita al ex presidente Néstor Kirchner: “Apostar por el fracaso del gobierno, es apostar al fracaso de la Argentina, como nos decía Néstor”.

 

Hay electricidad política en el aire de la sala: se percibe traición, audacia o valentía. A cuatro metros de distancia, con saco, escarapela y sin corbata, Axel Kicillof le clava una mirada asesina. El joven diputado camporista de Santa Fe, Marcos Cleri, abandona su escritorio adornado con una banderita argentina (como el de todos los diputados kirchneristas), y camina amenazante hacia Bossio. Agita una viejo cuadernito marrón: es la Libreta Peronista, una reliquia que funcionó como cédula de identidad de los justicialistas entre 1947 y 1955. “Hacés todo lo contrario de lo que dice acá”, lo interrumpe. “Todo lo contrario”, insiste Cleri. Si bien los micrófonos no lo captan y la performance pasa desapercibida para muchos, el grito alcanza para desconcentrar a Bossio, quien de todas formas hace un esfuerzo para no perder el hilo.

 

“Voy a solicitar respeto porque es la única manera de que se puedan cambiar las cosas. Una democracia madura se hace sobre la base del aporte”, le responde al diputado camporista sin mencionarlo. Quienes lo vieron por televisión, no entendieron el por qué del pedido.

 

Cleri sonríe irónicamente. Bossio lo mira fijo y remata: “Vamos a aprobar y estamos convencidos de que la Argentina tiene que dar un paso adelante, es importante que se deroguen las leyes de Pago Soberano y Cerrojo”.

***

A las 12.25, el presidente de la Cámara, Emilio Monzó, anunció que con 147 diputados presentes arrancaba la sesión. El quórum se alcanzaba con 129: Monzó se dio el lujo de que le sobraran 18 diputados. A los 89 de Cambiemos, se le sumaron los del Frente Renovador de Sergio Massa, el Bloque Justicialista no kirchnerista de Diego Bossio y el Partido Socialista, el GEN y otros mini bloques provinciales. Fue un éxito premonitorio para Monzó, unas 15 horas antes de que el gobierno concretara su mayor triunfo político a la fecha. O al menos la primera escala de ese triunfo, porque está pendiente la media sanción del Senado, donde el kirchnerismo tiene mayoría y que se planea será el 30 de marzo.

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Formado en el arte de la rosca parlamentaria por el ex diputado de la UCEDE Francisco de Durañona y Vedia, Monzó fue el encargado macrista de amasar voluntades en el Congreso. En especial, las de los dos peronismos no kirchneristas: el massista y el de Bossio. 

 

La misión conjugó adecuadamente con el perfil de peronista baqueano de la provincia de Buenos Aires que, a partir de 1995 y tras su largo paso por la Unión del Centro Democrático, Monzó se supo construir.

 

Desde el 95, Monzó trabajó para el ex ministro de Transporte Florencio Randazzo; fue ministro de Agricultura bonaerense de Daniel Scioli; y terminó como operador estrella de Mauricio Macri. A lo largo de ese viaje, optó por guardar su militancia ucedeista en el cajón de los pecados de juventud. Sin negarlo, minimizó su pasado en el partido liberal de Álvaro Alsogaray. Otros ex afiliados a la Ucedé (verdadero furor a fines de los ochenta), como Sergio Massa, Amado Boudou y el ex titular de la AFIP, Ricardo Echegaray, realizaron la misma operación autobiográfica.

 

Monzó llegó a la Casa Rosada ayer a las 8 am. Se reunió con el presidente y le anticipó que, salvo catástrofe, no habría problemas para conseguir el quórum y sancionar los tres proyectos oficialistas: derogar las leyes “cerrojo” y de pago soberano, y autorizar la emisión de deuda para pagarle a los fondos buitres y salir así del default. En los días previos había tenido el apoyo de todo el gabinete para la misión. En los pasillos del Congreso se lo vio al Ministro del Interior, Rogelio Frigerio, y desde otras carteras negociaron con gobernadores para que sus diputados dieran el apoyo para una aprobación clave. El mismo esquema se planea para la aprobación pendiente del Senado. En la mesa está el dinero de la Coparticipación Federal. Hoy el Ministro de Economía Alfonso Prat Gay irá a explicar a los senadores el pacto buitre.

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La propuesta del Gobierno consiste en emitir deuda por alrededor de 12.500 millones de dólares, la mayor emisión de un país desde 1996, para pagar en efectivo a los fondos buitre y otros holdouts que demandaron a la Argentina. Son parte del 7% de los bonistas que no entraron en los canjes de deuda de 2005 y 2010. El acuerdo implica una quita de entre el 25 y 30% respecto del monto determinado en el fallo del juez Thomas Griesa. Por pedido de la oposición, se retocó un artículo que deja supeditado el acuerdo a un fallo de la justicia de Nueva York que levante las cautelares dictadas contra el país.

 

Días atrás, Macri le había tirado una enorme presión por la cabeza, al blanquear que el gobierno no tenía plan B: según Macri, las opciones eran (y todavía son) arreglar con los holdouts o caer en “el ajuste y la hiperinflación” . En bruto, pagar o el caos. Algunos medios, y la oposición lo llamaron “campaña del miedo”.

 

Después del encuentro con Macri, Monzó enfiló para el Congreso. Decretó el arranque de la sesión y se fue a almorzar a su despacho con el Ministro del Interior Rogelio Frigerio, el otro funcionario macrista que se jacta de pertenecer al ala más política del gobierno. Comieron lomo con papas fritas, mientras miraban por TV el debate más importante, más teatral y chicanero de los últimos años.

***

Los kirchneristas llegaron al Congreso con un objetivo inusualmente modesto: conseguir una derrota digna.

 

—Hoy nos ganan con los votos, pero pierden en la política—, se conformó Edgardo Depetri, mientras pasilleaba con la camisa arremangada por el salón de Pasos Perdidos. 

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En las más de 20 horas de sesión, los kirchneristas alentaron una épica nacionalista anti-buitre y tomaron a Diego Bossio como su puchingball favorito. “Quieren comprar nuestro futuro con un mate frío y sanguchitos”, le dedicó la camporista bonaerense Mayra Mendoza. Fue una referencia al supuesto arreglo entre Bossio y el macrismo. “Nos vemos en el 2017, porque esto el pueblo lo va a castigar”, arengó Andrés “Cuervo” Larroque, a las 6 de la mañana.

 

Hace diez años que estoy en este recinto”, arranco la diputada Juliana Di Tullio con tono sobrio para recordar las discusiones históricas como las Resoluciones 125 o la Ley de medios. Ella, la del tatuaje “No fue magia”, fue quizá quien, se percibe -a diferencia de los camporistas-  habla después de una derrota. “Yo lo que he vivido hoy es una sensación rara, salvo el oficialismo y no todos, o algunos de los bloques que van acompañar, he visto muchas contradicciones, muchas dudas”; y diagnosticó que estas señales eran la antesala de un clima que decía que no se estaba ante una solución si no ante un problema muy grande para nuestro país.

 

“Nadie tiene la certeza de que el 93% de los bonistas no vayan a litigar”, aseguró la ex presidenta del bloque de diputados del FPV-PJ. 

Axel Kicillof fue el orador más conceptual del FpV: entre los constantes aplausos de sus compañeros, dijo que se trataba de un “mal acuerdo”, que encubría una vuelta al endeudamiento y al FMI. Y algo más: implicaba un alto riesgo de futuras demandas.

 

“Los acuerdos incumplen la ley porque tiene condiciones distintas. Hay acuerdos que se han firmado donde explícitamente los fondos buitre se reservan el derecho de seguir accionando judicialmente”, dijo el ex ministro de Economía. Y agregó: “Todavía no hemos aprobado esta ley y ya tenemos apelaciones a estos acuerdos. ¿Qué más pruebas quieren de que esto está en el aire y de que no sabemos cuáles son las consecuencias? Ésta es la primera posición de la usura. No me cabe duda de que van a exigir más”.

La diputada del GEN Margarita Stolbizer le saltó al cuello: “Si era tan fácil negociar, si se las sabe todas ¿por qué no lo resolvió? ¿Por qué no arreglaron dignamente, como dicen ahora que saben hacerlo, en lugar de dejarnos semejante balurdo?”.

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Minutos más tarde, cuando Kicillof pidió la palabra, Victoria Donda se cobró una venganza atragantada. “Ponete las plumas, si querés hablar”, le gritó. La misma frase (machista de una manera repudiable) que el ex ministro le había dicho el año pasado, cuando Donda lo criticó por no publicar el índice de pobreza.

 

Al igual que casi todos los aliados del oficialismo, el massista Marco Lavagna enumeró atenuantes, reparos y algunas críticas al kirchnerismo, antes de anticipar que votarían en favor de los proyectos PRO. “Hoy tenemos este enorme problema que nos trae una disyuntiva importante; si no hacemos nada, tenemos riesgos legales muy grandes, pero hacer algo también implica tener que enfrentar los riesgos de futuros embates. Tenemos que ver cómo minimizar estos costos”, dijo Lavagna.

 

Tanto para oficialistas como para opositores, se trató de una sesión histórica, una calificación que, a las 7 de la mañana, Graciela Camaño, no iba a desdeñar. La diputada dio en el clavo sobre la dinámica del nuevo Congreso y le mandó un mensaje al oficialismo cuando dijo que esta vez votaban con ellos, pero que mañana no sabía.

 

Para los macristas, cuando obtenga el voto afirmativo y final del Senado será el punto de partida para volver a los mercados internacionales y así reactivar una economía estancada. En especial para financiar obras públicas que para el gobierno de Cambiemos serían el pilar de la mejora en la economía. Para los del Fpv, junto a las minorías del Frente de Izquierda, Libres del Sur y el monobloque de Alcira Argumedo, fue la continuación de una larga tradición de dependencia y vulnerabilidad: desde el primer préstamo otorgado por los ingleses de la Baring Brothers en 1824, hasta el Megacanje de deuda diseñado por Domingo Felipe Cavallo en 2001, la última estación previa al default.

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A las siete de la mañana, volvieron a hablar varios de los congresales más conocidos, quizá para aprovechar la mayor audiencia que estaría escuchando radio, o viendo televisión al comenzar el nuevo día.

 

Axel Kicillof se defendió de acusaciones de varios: aclaró que las negociaciones con el Club de París no había sido hechas en 48 horas, sino durante siete meses. Y que así, destrabaron un crédito de 4.500 millones del Banco Mundial, supeditado a dicho acuerdo. Lo cual muestra que el proceso de pago de deuda y búsqueda canales de financiamiento acompaña al conjunto de la clase política argentina. Lo que puede diferir son qué tipos de acreedores eligen y a qué destinarán los fondos. La discusión de fondo, tras cada chicana, fue esa durante la larguísima sesión.

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El mármol de las paredes, las columnas doradas, los vitreau, las sillas de madera labrada y las cortinas bordó conducen a una impresión equivocada: que las parrafadas de cada diputado, el fervor y la tensión dramática que le pongan a sus discursos puede influir sobre el rumbo de la votación. Falso. Las posturas de cada bloque fueron consensuadas con antelación a la puesta en escena del recinto, y en otros ámbitos. Y sin embargo, Elisa Carrió sacude frenéticamente el dedo índice, y parece que la historia misma se estuviera tejiendo entre sus acusaciones.

 

El apoyo mayoritario a los proyectos macristas se terminó de definir el lunes pasado, tras una serie de reuniones más o menos conocidas, muchas concretadas en el despacho de Emilio Monzó. Por ahí desfilaron Diego Bossio y Oscar Romero, del Bloque Justicialista; Margarita Stolbizer,  Alicia Ciciliani y Hermes Binner, del Frente Amplio Progresista (FAP).Y finalmente, también Sergio Massa. Desde el fin de semana pasado, Massa y el macrismo jugaban a un póker tenso, para ver quién necesitaba más del otro. El gobierno decía, aunque fuera un bluf, que podían prescindir de la tropa massista para obtener quórum, y el Frente Renovador sobreactuaba sus dudas e indecisión.

 

Previsiblemente, las partes llegaron a un acuerdo. Massa impuso algunas modificaciones en el proyecto, y sobre todo consiguió potenciar su capital más buscado: visibilidad. Y el gobierno a su vez obtuvo el apoyo del FR.

 

Massa y Bossio buscan protagonismo, pero dentro de sus espacios hay diputados y senadores con necesidades más concretas: lugares en comisiones, mayor coparticipación y obras para sus provincias. Son negociaciones lícitas, no es la Banelco”, explica un dirigente leal a Monzó.

 

Cambiemos accedió a fijar un límite nominal a la emisión de deuda, que se fijará en 12.000 millones de dólares; la creación de una comisión bicameral de seguimiento del proceso de salida del default, y la introducción de una cláusula de acción colectiva, para reforzar la cobertura legal ante eventuales demandas en el caso de que esta nueva deuda deje de pagarse.

 

Para nosotros era importante que tuviera una aprobación amplia. Le manda un mensaje claro al Senado, y por eso seguimos hablando con el Frente Renovador, a pesar de que ya teníamos el número con los Justicialistas”, se jacta el presidente de la Comisión de Presupuesto, Luciano Laspina, uno de los diputados macristas en ascenso.

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Petiso, jopo fijado con gel y traje azul marino, Laspina piensa que en el Senado los gobernadores jugarán un papel clave: presionarán a los representantes de cada provincia para apoyar el pago a los Fondos Buitres. ¿Con qué interés? Además de una posible mayor tajada en la coparticipación, un acuerdo nacional les permitiría a los gobernadores endeudarse a tasas amables.

 

Por orden del ex gobernador misionero (y kirchnerista) Maurice Closs, tres diputados de esa provincia iban a votar a favor de los proyectos macristas. Pocas horas antes de la votación, el (ex) kirchnerista cordobés Ramón Bernabey anunció dos cosas: su alejamiento del FpV y su apoyo al arreglo con los holdouts.

 

El diputado peronista tucumano, José Orellana, flamante poseedor de un monobloque, blanqueó el procedimiento en su discurso: “Muchos de nosotros tenemos responsabilidades. Y yo creo que si hay inversiones muchas provincias se van a beneficiar. Esa es la ilusión y esperanza de muchos tucumanos”, se justificó por anticipado.

 

Según la diputada kirchnerista Nilda Garré, hay tres motivos que explican los éxodos del FpV y el apoyo a las leyes macristas: la reciente derrota electoral; las ansias de protagonismo de algunos legisladores; y la seducción del gobierno, por vía de las obras y los fondos para las provincias.

 

Es un recurso viejo. Tampoco es que Macri inventó la pólvora”, relativiza Garré. Así la ex ministra le resta gravedad a un método que su propio gobierno aplicó durante largos años. Si bien Macri no inventó la pólvora, la novedad parlamentaria muestra que la sabe usar. 


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