En el Hospital Garrahan, el 6 de noviembre de 2017, murió Antonella González. Tenía 9 años, era de Gualeguaychú y padecía leucemia. Su historia moviliza a parte de la sociedad de Entre Ríos preocupada por el aumento de casos de cáncer. También revivió el debate sobre las consecuencias de las fumigaciones con agroquímicos.



En una habitación del barrio Pitter de Gualeguaychú hay una repisa sobre la que se apoya un dibujo de una persona con gorro violeta que sonríe -feliz-, con los ojos cerrados. A su izquierda, un almohadón con la imagen de Abel Pintos preserva una dedicatoria con marcador indeleble. En el estante de abajo, una foto: el cantante abraza a una nena de cabeza tan pelada como la de él. Del otro lado, la misma nena, pero con pelo, sube una pendiente junto a su perro. Entre juguetes y flores, entre diferentes pasados, una urna de madera guarda los restos de Antonella González.

 

Antonella murió en el Hospital Garrahan el 6 de noviembre de 2017. Su imagen se había extendido en las redes sociales porque su familia pedía donantes de médula ósea para hacerle un trasplante que podría salvarle la vida. Pero también porque se trataba de un caso más de cáncer que provenía de Entre Ríos, una provincia que llama la atención por la cantidad de enfermos tanto en zonas urbanas como rurales. La médula llegó en mayo pero no fue suficiente, a los 9 años su cuerpo deteriorado no pudo soportar las complicaciones.

 

Natalia Bazán no llora. Dice que todavía no pudo hacerlo. A veces se le escapan unas lágrimas y enseguida se recompone, la tristeza quedó cristalizada. La mujer todavía joven -que llevó cinco hijos en su vientre y tiene el tatuaje de “Anto” en su piel- se sienta en su cama matrimonial una tarde calurosa de noviembre y cuenta su historia. Utiliza términos médicos que aprendió a fuerza de lidiar con ellos y sabe mejor que nadie el calvario que soportó su hija: pasó cerca quince meses sin moverse de su lado. Ahora, rodeada de muñecos de ET con los que ella jugaba, recuerda, describe, acusa. Pero no llora.

 

Al principio nadie se dio cuenta.

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En el Hospital Centenario de la ciudad no hay un sector de oncología infantil. “Vas a la guardia y te dicen que tenés una angina, no te hacen una placa, ni análisis de sangre, te tenés que estar muriendo. Te revisan así nomas y te dan ibuprofeno o amoxicilina”. A ella le aseguraban que tenía alergia bronquial o asma, el neumonólogo le recomendaba que usara el puff. Tenía un antecedente: a los cinco años había sufrido una crisis asmática, pero el tratamiento le generaba palpitaciones y el malestar continuaba. Durante las vacaciones de julio su hermana le propuso llevarla al Hospital de Niños de Santa Fe. La atendió un médico pediatra. Enseguida notó el bazo dilatado, una señal de alarma.

 

Recién entonces, a su regreso, le hicieron placas, ecografías y análisis en una clínica privada. Con la confirmación del diagnóstico, le recomendaron un traslado al Hospital Garrahan de Buenos Aires. Llegaron el miércoles 28 de julio de 2016. A la semana siguiente, el resultado de la punción determinó que se trataba de una leucemia mieloide que requería un trasplante. Entonces Antonella entró en lista de espera del INCUCAI.

 

 

Natalia registraba todo en fotos y videos. Así sacó una foto en la explanada del hospital, Antonella jugaba y le daba de comer a las palomas, ajena a la tormenta que se asomaba.

 

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Gualeguaychú es conocida por su famoso “Carnaval del País”, que le gana en popularidad a los de otras ciudades del litoral. Durante el año más de mil personas se preparan para lucir sus mejores trajes y bailar en las carrozas de las tres comparsas que atravesarán el Corsódromo. La ciudad que se llena en verano con el turismo vuelve al modo siesta sobre el río. El periodista Fabián Magnotta conoce cada uno de sus movimientos. Desde 2003 es director y está al frente de la mañana de radio Máxima, donde habla de la actualidad de la provincia. Como conductor del programa, el autor del libro “Gualeguaychú: dos mil días de conflicto” se vincula con sus vecinos. Dice que fue por eso que fue uno de los primeros en notar que se hablaba demasiado del cáncer.

 

“Empecé a preguntar y había estadísticas difusas, no podía hacer un comparativo. En 2015 busqué si podía saber cuánta gente moría de cáncer. Durante un año hice un estudio de las personas fallecidas y establecí un 80% de las causas de fallecimiento de la gente. Pero el 20% de las actas de defunción que van al Registro Civil no incluía la causa de muerte. La mayoría de los casos se anotan como PCR -paro cardiorrespiratorio-, entonces las estadísticas se desvirtúan”. Magnotta rastreó las causas por los familiares y las empresas fúnebres, así pudo acercarse a una cifra aproximada. Desde el 10 de diciembre de 2014 al 10 de diciembre de 2015 fallecieron 720 personas que vivían en Gualeguaychú ciudad. De ese total, 183 muertes eran por cáncer. Si el promedio nacional de las muertes en el país era del 20% (7,34 personas por cada mil habitantes, por año, según datos provistos por GLOBOCAN 2012), en Gualeguaychú era, al menos, de un 30%. El estudio periodístico tenía un fin orientativo ante la dificultad de acceder a números oficiales. Su objetivo no era sacar conclusiones apresuradas sino expresar preocupación y generar debate.

 

Fabián Magnotta analizó las cifras que dio a conocer el jefe del Servicio de Oncología del Hospital Centenario, Héctor Arozena. El médico oncólogo es el encargado del Registro Provincial de Tumores en todo el departamento de Gualeguaychú. A través de él rastreó los datos que se pasan al registro provincial y al nacional, para luego ser parte de las estadísticas que publica la Agencia Internacional para la Investigación del Cáncer (IARC por sus siglas en inglés). Si el promedio normal de casos nuevos por año era de 217 cada cien mil habitantes, y en Gualeguaychú había ciento diez mil, era esperable cerca de 240 casos. Pero en 2012 había subido a 460 y en 2014 la cifra trepó a 710: tres veces más alto. Si se centraba solo en la zona rural y subrural, el valor aumentaba a cuatro veces la media. El periodista no encontró información sobre menores de 18 años, al no haber atención especializada para ese rango dentro de Gualeguaychú. ”Un grupo se trata en el Garrahan, otro en el Gutiérrez, otro va al Hospital de Niños San Roque de Paraná, otros van a Córdoba y los que pueden, a sanatorios privados”.

 

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A Natalia Bazán le gusta Abel Pintos, tanto que el día que compraron un equipo de música ella eligió tres compactos de su artista preferido y los temas no dejaron de sonar en su casa hasta que su marido y sus hijos se los aprendieron de memoria. Así, Antonella, a los cinco años, estuvo preparada para ese rito que las “abeleras” cumplen al ir por primera vez a un recital.

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No es extraño que eligiera escucharlo en el hospital. “Cuando le hacían punciones, después de la primera -que le colocaron el catéter-, ella ponía la música de Abel. Iba con los auriculares, siempre. Una vez se olvidó el celular y se puso a cantar hasta quedarse dormida”. Natalia cuenta que gracias al grupo de fanáticas que se encariñaron con Antonella, a través de los videos que subía a las redes, él conoció su historia. Ellas le pidieron a su ídolo que fuera a visitarla.

 

En el mes de mayo les avisaron a los González que había un donante para realizar el trasplante de médula ósea. Pero también les explicaron que no estaban obligados a concretarlo, que Antonella podía morir en una semana, un mes, o un año, no había ninguna certeza. Aun así, se aferraron a la esperanza y decidieron seguir adelante, comenzaron a planificar lo que harían al volver a Gualeguaychú. Como parte del tratamiento, el área de hemato-oncología programó cinco sesiones de quimioterapia en aislamiento.

 

Antes de que la llevaran al sector de trasplante donde ya no podrían ingresar las visitas, un asistente de Abel Pintos llamó a la madre de Antonella para pedirle que todavía no lo hicieran. A las siete de la tarde del 2 de Mayo, el cantante llegó al Hospital. Apenas cruzó la puerta, saludó a los padres y se acercó a la silla donde ella esperaba, la rodeó con sus brazos, se sentó en el suelo y la tomó de la mano. Lo que charlaron durante cerca de media hora Natalia eligió no filmarlo. Él prometió volver a abrazarla cuando saliera. Se sacaron fotos, sus caras iluminadas. Antonella había cumplido un sueño, y lo compartió en su cuenta de Instagram, “Soy muy feliz, gracias Abel. Llegaste en el momento justo en el que necesitaba ese abrazo de paz. Te quiero mucho”. Esa madrugada le costó dormir.

 

-Él siempre le mandó mensajes, audios y videos mientras estuvo en terapia. Ahora sé que las enfermeras de la noche le ponen Abel Pintos a los otros chicos.

 

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Hablar de cáncer significa ingresar en el terreno de la combinación de variables entre determinantes genéticos y ambientales. Una especie de lotería multicausal que uno no elige de antemano, donde la biología y el estilo de vida son tan importante como la exposición al aire que se respira. Si bien la tendencia en el mundo es creciente -IARC prevé que el número de nuevos casos aumente aproximadamente un 50% para 2035-, en determinadas zonas de Argentina el número sube de manera desproporcionada y afecta a gente cada vez más joven. En 2010, el doctor Damián Verzeñassi propuso en la Universidad Nacional de Rosario la implementación de “campamentos sanitarios” como materia para la formación de médicos en el trabajo de campo.

 

Los campamentos son relevamientos sociosanitarios de tipo epidemiológico que se desarrollan a lo largo de una semana en pueblos que, por lo general, tienen menos de diez mil habitantes, donde se puede obtener una muestra poblacional viable para la cantidad de alumnos que participa -un promedio de 150-, con metodología de barrido. Los resultados son estadísticamente significativos para estudiar el caso de ciudades más grandes. Esto, en la práctica, significa que los estudiantes de medicina recorren casa por casa y hacen encuestas sobre los problemas de salud, evaluaciones físicas a los chicos de las escuelas y, en los últimos días, dan una devolución a la comunidad y brindan charlas sobre salud preventiva. Ya visitaron más de 31 localidades, relevaron 110 mil personas y obtuvieron documentación importante que comprueba que, de veinte años a esta parte, cambió la manera de enfermar y morir de la gente.

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El doctor Martín Dahuc es pediatra y parte del equipo organizador de los campamentos. Además es docente de la Facultad de Salud de Concepción del Uruguay y miembro del Instituto de Salud Socioambiental de Rosario. Tiene aspecto de haber salido recién de la secundaria pero cuando habla la sensación se esfuma, sus ojos ya tienen la huella de haberse enfrentado a la realidad de los pueblos fumigados. No es un secreto: desde distintos puntos del planeta son muchas las voces que se levantan en contra del modelo productivo dependiente de los agroquímicos. En Argentina, las plantaciones de soja ocupan un 60% del territorio cultivable, y sumado al maíz y algodón transgénicos llegan a un 75%. En su mayoría los monocultivos se destinan al forraje para el engorde de ganado y a la producción de agrocombustibles que se exportan, como lo señala el abogado, Marcos Filardi, abogado de derechos humanos y soberanía alimentaria. Alrededor de 14 millones de personas están expuestas a tóxicos que contaminan el aire, el agua y el suelo. Ellas tienen mayores probabilidades de sufrir trastornos endócrinos y neurodegenerativos, abortos espontáneos, malformaciones y enfermedades crónicas no transmisibles, como el cáncer.

 

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Frente a un nuevo campamento en la localidad entrerriana de Larroque, en una sala despojada de una secretaría, el doctor Dahuc mantiene, junto a otros ambientalistas, una reunión con el Secretario de Desarrollo Social y Salud de Gualeguaychú, Martín Roberto Piaggio. Ambos coinciden en profesión y en objetivos: necesitan frenar el incremento de las enfermedades en la región. Antonella González es una bandera que volvió a darle visibilidad a un problema silenciado, pero no es la única, el 10 de diciembre se planifica una marcha con el lema “Stop Cáncer” a la que saben que irá mucha gente.

 

-La gran pregunta es qué puede hacer el municipio. Reconociendo las limitaciones que tenemos, hay cosas que queremos profundizar en este camino. Obviamente que no alcanza; la salud, la educación, son de injerencia provincial. Necesitamos que se tomen cartas en el asunto y se acompañe este proceso con definiciones políticas. Otra gran parte queda en manos de nuestra responsabilidad como comunidad, debemos organizarnos en torno a eso. -dice Martín Piaggio.

 

Los ambientalistas hablan desde un paradigma diferente que requiere de saberes pero también de tiempo y acciones concretas para elaborar una transición. Por eso mencionan al ingeniero agrónomo Eduardo Cerdá, un referente en el camino de la agroecología y a las cátedras de Soberanía Alimentaria que se multiplican en el país y nuclean a los que creen que otro modelo de producción es posible. El maestro Rubén Kneeteman, al que todos le dicen “Kika”, se destaca en la implementación de proyectos agroecológicos, hoy trabaja en la reserva Las Piedras, que el municipio recuperó para la producción de alimentos sin agrotóxicos. En la reunión también participa Emilio Vitale, que es empleado de la Secretaría, realiza monitoreos satelitales y aporta sus conocimientos, tanto en sistemas como en gestión ambiental. Su propuesta es, en un principio, limitar las fumigaciones y luego avanzar en el control del origen de los alimentos.

El doctor Dahuc considera que la preocupación por comer más sano existe en la sociedad, que a la gente le interesa pero a veces no sabe cómo dar el primer paso. “Yo creo que resolver ese problema es educacional, crear un municipio saludable, sacar baldosas y poner césped, incentivar la agroecología”.

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Enfrentarse a las causas de la enfermedad implica ir al corazón del modelo productivo. Aunque la ciudad está cerca de un Parque Industrial y de la planta de celulosa UCM-ex Botnia, que también levantan sospechas de contaminar del río, el departamento de Gualeguaychú no escapa a la lógica de otros territorios con presencia de transgénicos, como Córdoba, Santa Fe, y varias localidades de la provincia de Buenos Aires, donde los números se asemejan. “La ciudad presenta el mismo perfil que Basavilbaso o San Salvador, Entre Ríos”, explica el médico pediatra y neonatólogo Medardo Ávila Vázquez, que integra la Red de Médicos de Pueblos Fumigados y quien sostiene, a  través del estudio de Monte Maíz, Córdoba, “Asociación entre cáncer y exposición ambiental a glifosato”, que en los pueblos fumigados hay tres veces más casos de cáncer que en el resto del país.

 

Del encuentro quedarán selladas algunas intenciones: generar un proyecto de ordenanza que prohíba la venta, el uso y el almacenamiento de glifosato, como ya se votó en el Concejo Deliberante de Paraná, y se frenó en Rosario por presiones del lobby sojero. Otra ordenanza prohibiría las aplicaciones aéreas de agroquímicos, si las aplicaciones se realizarán mediante otros métodos dentro del ejido, deberían solicitar autorización a la Secretaría de Desarrollo Social y Ambiente.

 

 

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La vida vuelve de a poco a la rutina en la casa de los González. Los hijos entran y salen de la habitación, Daiana está en un campamento con sus compañeros, al que la maestra insistió que fuera después de estar tan cerca de su hermana, hasta los últimos días. Sofía, la más chica, busca refugio en el regazo de su madre y ahí se queda acunada como cuando era un bebé, aunque las piernas ya cuelguen y vaya a jardín. Los demás comen pastelitos, Nicolás mira la pantalla de su celular, y escucha lo que necesita contar Natalia Bazán, que a veces habla de Antonella en tiempo presente y después va un pasado que cuesta afrontar, porque en el balance de la etapa de internación aparecen muestras de solidaridad y amor, pero también un injerto contra huésped, úlceras, diálisis, un cuerpo hinchado, y un final que ella no quiere para ninguno de sus cinco hijos, ni para los chicos que jugaban con ella en la escuela, ni para la gente de la ciudad. “Yo no sé si Antonella se enfermó por tomar agua, o por jugar cerca del río pero sea lo que sea, quiere frenarlo y sola no puedo”.

 

Mientras tanto, en el Hospital Garrahan, prefieren no hacer declaraciones con respecto a la paciente fallecida, Antonella González, o a otros casos de la región. El intento de hablar con el responsable del Jefe de Hematología y Oncología, el doctor Pedro Zubizarreta, y la jefa del Servicio de Trasplante de Médula Ósea, Raquel Staciuk, no tuvo éxito. Desde el Área de Comunicación niegan recibir más pacientes con cáncer de Entre Ríos, “no hay datos ni está documentado”, dice la directora, Nabila Kassab. Tampoco vinculan el tipo de cáncer con la contaminación ambiental o con el uso de agroquímicos. Para poder determinarlo, sería necesario un estudio toxicológico específico de los pacientes que reciben en el hospital, y eso no existe en la actualidad. “¿Cómo puede ser que a nadie le sorprenda e indigne que no existan laboratorios públicos, gratuitos, accesibles que midan los distintos tóxicos que cargamos en nuestros cuerpos, más allá de los tóxicos que marcan los libros de la prehistoria?” pregunta la enfermera de cuidados paliativos Mercedes “Meche” Méndez en su artículo De lecciones, venenos y ausencias. La inquietud la llevó a buscar respuestas y organizar charlas por medio de la Asociación de Trabajadores del Estado (ATE), en las mismas salas del Garrahan, donde científicos y vecinos de distintas zonas del país expusieron los problemas de salud a los que se enfrentan en sus pueblos y ciudades. También viajó y realizó entrevistas a las víctimas de Monte Maíz, Córdoba y a científicos como Damián Marino, investigador del CONICET que formó el grupo EMISA (Espacio Multidisciplinario de Interacción Socioambiental) para realizar monitoreos del entorno en lugares afectados.

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La inauguración en 2015 del Centro de Atención Integral del Paciente Oncológico (COIPO), en el Garrahan, con 7.200 metros cuadrados, 90 camas y 20 consultorios describe una necesidad creciente.

 

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Hace un año el Estado Municipal contrató a una consultora para realizar un estudio epidemiológico en donde se analizó la incidencia de cáncer entre 2001-2011 y la mortalidad entre 2000 y 2015, en el departamento de Gualeguaychú. Los resultados que fueron publicados a fines de noviembre, indican 4022 nuevos tumores malignos -un promedio de 366 nuevos diagnósticos por año-. “Se aprecia que la mayoría de las localizaciones tumorales presentan tasas más elevadas en Gualeguaychú encontrándose las mayores diferencias en las tasas de pulmón y colon-recto”. Además, se presenta una tendencia en la mortalidad por cáncer a lo largo del período levemente ascendente para ambos sexos, en tanto que en Entre Ríos y Argentina la tendencia fue descendente.

 

No se toman los datos más recientes de incidencia provistos por el doctor Arozena al registro provincial, que indican un crecimiento más elevado de nuevos casos. El informe que no está segmentado por regiones, ni se enfoca en los menores de 18 años, fue elaborado por un equipo interdisciplinario con experiencia en la gestión de salud pública en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Es un acercamiento a la problemática y un primer paso para analizar responsabilidades y competencias. Coincide con la percepción del periodista Fabián Magnotta acerca de un porcentaje moderadamente elevado de las llamadas “causas mal definidas”. Y es útil para planificar cómo centralizar la información de los pacientes que se atienden afuera de Entre Ríos.

 

A menos de una hora de viaje, y en línea casi recta a Urdinarrain, la ciudad con mayor concentración de glifosato a nivel mundial, Larroque compone un triángulo que lo une a Gualeguaychú. El equipo del doctor Verzeñassi ya tiene los primeros resultados del campamento sanitario que se concretó entre el 27 de noviembre y el 3 de diciembre de 2017. Los datos estarán procesados en los primeros meses de 2018 pero las encuestas ya arrojan números que no sorprenden. De un universo de unas 5.000 personas, la primera causa de muerte en los últimos 15 años es cáncer, con un 31.5%. Le siguen motivos cardiovasculares, 25%, y respiratorios, un 11%. Una vez más, la diferencia con respecto a la media mundial del 20% asciende a más de un 10%.

 

El 10 de diciembre, a las 17, marchará gran parte de la sociedad de Gualeguaychú por la Costanera. Un grupo de vecinos organizados leerá un petitorio elevado al gobierno para que el Estado vuelva a ser el garante del derecho a un ambiente seguro y saludable. También marchará la familia de Antonella González que retomará el deseo que ella tenía de fundar una ONG para ayudar a los chicos carenciados. La primera tarea será juntar juguetes y golosinas para repartir en Navidad.

 


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