El movimiento obrero mostró su poder con el cuarto paro general al gobierno de Macri, pero la legitimidad de la CGT nacional está en crisis: atomizada en su conducción y con posiciones que no contentan a sus bases, son las dirigencias provinciales quienes muestran una fuerza y capacidad de acción que desborda la línea zigzagueante que se traza en los despachos de la calle Azopardo. Malestar in crescendo, alianzas impensadas, renovación de cuadros y mujeres al poder: el interior sindical se prepara para la resistencia.



Oculto detrás de una CGT nacional de reflejos lentos, posicionamientos no del todo firmes y conducción atomizada, el sindicalismo peronista del interior reagrupa fuerzas, sube el voltaje de las protestas y le da lugar a las nuevas demandas de los sujetos sociales que representa. La potencia que le falta a las decisiones que se toman en las reuniones y plenarios de la calle Azopardo, puede verse en las regionales y seccionales de las provincias, donde la dirigencia sindical debe poner la cara frente a sus afiliados ante la crisis de los sectores productivos. Cuadros jóvenes que renovaron conducciones anquilosadas, mujeres que llegan a puestos de conducción y articulaciones entre espacios inimaginables hasta hace unos meses conforman un mapa sindical que, desde la periferia hacia el centro, adecúa su fisonomía a tiempos de resistencia.

 

Existen, según las cifras de la propia CGT,77 regionales reconocidas por la central con sede en la calle Azopardo 802. La mayoría fue normalizada desde la asunción del triunvirato (Schmid-Acuña-Daer), con dirigentes que tomaron posesión recientemente y en muchos casos con primeros mandatos. Ese espectro de representación, que puede permanecer en segundo plano en épocas de prosperidad, cuando las conducciones nacionales suelen abrochan y capitalizan conquistas, se convierten en la primera ventanilla de atención de reclamos en situaciones de crisis.

 

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Fotos portada e interior: gentileza diario El Ciudadano (Rosario).

 

“Tenemos que resolver los problemas del momento y al estar más cerca de las bases tenemos que dar respuestas más rápidas”, dice Juan Gómez, Secretario Gremial de la Asociación de Empleados de Comercio de Rosario, un gremio de tradición combativa que nada tiene que ver con la imagen entumecida de los dirigentes mercantiles que proyecta la efigie del eterno Armando Cavalieri.

 

Tal vez sea esa proximidad de las bases y la cercanía del crujir de las economías locales, la que empujó a todas las conducciones de las regionales cegetistas a tener, sistemáticamente, posturas más duras frente a las políticas económicas de Cambiemos. Unánimemente se pronunciaron contra los despidos en el Estado, contra el veto a la emergencia ocupacional, contra la reforma previsional y la reforma laboral, incluso cuando integrantes del Consejo Directivo de la CGT nacional habían habilitado negociaciones con el ministro de Trabajo, Jorge Triaca, para aprobarla.

 

Ese perfil confrontativo que empezó a nacer en la periferia no pasó desapercibido en el frente interno nacional. Primero le dio un empujón al lanzamiento de una línea más dura que no sacó los pies del plato cegetista, la Corriente Federal de Trabajadores; y después le dio sustancia y solidez a la presentación en sociedad del Frente Sindical para el Modelo Nacional, en un plenario de regionales que reunió a Hugo Moyano (Camioneros), Sergio Palazzo (Bancarios) y Ricardo Pignanelli (SMATA, mecánicos), una especie de nuevo triunvirato combativo.

 

“La construcción sindical en un momento de resistencia tiene que responder a la organización que va de abajo hacia arriba y del interior hacia el centro, una vieja premisa del sindicalismo de liberación. Y eso se materializa con las regionales teniendo un lugar protagónico”, dice Vanesa Siley, líder de los judiciales de la Fesitraju, referente de la Corriente y de las Mujeres Sindicalistas. La gremialista de 34 años, diputada por Unidad Ciudadana, impulsa junto a otros dirigentes la modificación del estatuto de la central obrera para colocar en la toma de decisiones un representante de las regionales.

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A medida que aumenta la conflictividad social, maduran niveles de unidad y coordinación, que trascienden los compartimentos estancos tradicionales. Incluso los sindicatos más ortodoxos y menos propensos en la arena nacional a confluir con las CTA (Central de Trabajadores de la Argentina) o las organizaciones sociales, vieron proliferar en las últimas semanas movilizaciones conjuntas de todo el mundo del trabajo en Rosario, en Córdoba, en las distintas provincias de la Patagonia, en el Norte y en muchos municipios de la provincia de Buenos Aires. Fue muy sintomático lo que ocurrió el 7 de septiembre en Córdoba, cuna del Cordobazo y también de la victoria final de Cambiemos en 2015: las 5 expresiones en las que se divide el movimiento obrero local (incluidas las 62 Organizaciones que comandan los herederos de Gerónimo “Momo” Venegas) coincidieron en una protesta callejera que congregó más de 50 mil personas. “La profundización del ajuste va generando una reacción cada vez más sólida y unificada. En Córdoba, esta situación se visualiza en los acercamientos entre dirigentes de distintos espacios, por un lado, pero fundamentalmente se visualiza en las calles”, se entusiasma Pablo Carro, líder de la CTA de los Trabajadores Córdoba.

 

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Movimientos de unidad sindical, multisectoriales o intersindicales, donde prácticamente no importan los sellos, florecieron como respuesta a la destrucción del salario, el cierre de empresas, el achique del Estado o la flexibilización laboral de hecho que se instala en los establecimientos productivos. El fenómeno fue captado por el moyanismo, que desde hace algunos meses salió a articular –o copar- los nuevos espacios de unidad en acción regionales. Incluso aún mantiene esperanzas de lograr la estandarización de esas expresiones en la Multisectorial del 21F. También Juan Carlos Schmid, el más atento intelectualmente de los triunviros cegetistas, percibió el movimiento. Después del plenario que le puso fecha al paro general del #25S, el (¿ex?) moyanista salió de gira por las provincias y se puso a la cabeza de protestas en distintos puntos del país, en un doble movimiento que le permitió escapar de las reuniones de rosca que se multiplicaron entre los moradores moderados de la calle Azopardo. Un intento por mostrar un perfil callejero ante una porción del gremialismo tradicional que se encierra, pero también de levantar vuelo propio y gestar autonomía.

 

Pero tal vez el caso más paradigmático de “acción desde abajo” se dio en la zona ribereña del Río Paraná: Zárate, Campana, Baradero y Lima. En ese enclave donde conviven uno de los polos industriales más importantes del país, con las centrales nucleares y rindes maravillosos para el campo, nació la Multisectorial contra el ajuste, los tarifazos y el FMI. Allí coexisten bajo un gigantesco paraguas la Uocra, el Smata y el Somu, hasta la CTEP (Central de Trabajadores de la Economía Popular) y el Movimiento Evita.

 

Ese espacio heterogéneo, que sale a pelear contra la pérdida de puestos de trabajo en la industria y el vaciamiento del plan nuclear, hizo que más 35 sellos apoyaran la última protesta. Además materializó imágenes inimaginables, casi inverosímiles, como la de las banderas con las caras de Gerardo Martínez y Agustín Tosco colindantes, en armonía.

 

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“Empezamos unas 5 o 6 organizaciones y hoy somos más de 35. La característica es que debatimos horizontalmente, semana a semana, las acciones que vamos a llevar adelante y salimos con un solo puño en común”, relata Cristian Poli secretario General de CTA de los Trabajadores de la Ribera, una de las patas de esta experiencia de confluencia gremial. “Además, nos tomamos el tiempo para debatir políticamente la situación, y hasta pudimos realizar un plenario de delegados y delegadas de base del que sacamos el plan de lucha para este período y un programa sindical y social”, dice, en lo que puede leerse como el germen de una segunda etapa de construcción conjunta, que supere el mero abroquelamiento defensivo.

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Las respuestas a las revitalizadas demandas de representación de las mujeres en el plano sindical también empiezan a permear desde la periferia. En la conducción nacional de la CGT, que asumió en 2016, había sólo dos mujeres sobre 37 cargos: un 5,4%. Y una de ellas, Sandra Maiorana, representante de los médicos y médicas, renunció en consonancia con la salida de su gremio del Consejo Directivo, cuando la mayoría de los dirigentes de ese cuerpo rechazó el pedido de que las obras sociales sindicales regularicen la situación laboral de los profesionales de la salud que les facturan.

 

Olvidada y lejos quedó la experiencia de Susana Rueda (hoy Susana Stochero: volvió a usar su apellido después de separarse) quien fuera la primera mujer en llegar al cargo máximo de la CGT, como uno de los vértices de la primera experiencia de conducción tripartita en 2004. Su paso duró sólo un año, en medio de internas y discusiones con sus pares José Luis Lingeri y Hugo Moyano, quien se quedaría con todo el poder meses más tarde. La anécdota que popularmente graficó lo vivido por Stochero, dirigente de Sanidad, en ese entonces fue la necesidad de refaccionar Azopardo, porque todos los pisos de la central obrera tenían baños para mujeres, excepto el que estaba destinado a los secretarios generales.

 

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A nivel federal la cosa no era distinta. Hubo que esperar hasta 2014 para que una dirigente judicial chaqueña, Graciela Aranda, se convirtiera en la primera mujer en la historia en encabezar una Regional de la CGT. Dos años más tarde se formalizaría ese liderazgo con la normalización que reconoció el por entonces Secretario del Interior, Francisco “Barba” Gutierrez. Hija de madre soltera, comenzó a trabajar a los 9 años, fue empleada doméstica, sintió en carne propia la violencia laboral y ya tiene 32 años como trabajadora del Poder Judicial chaqueño. “A las mujeres les cuesta más”, resume Aranda, que abrió una puerta por la que espera que pasen muchas otras: “Es cierto que hay mucho machismo en los sindicatos, pero como mujeres tenemos la suficiente firmeza en nuestras convicciones”.

 

En 2016 también Verónica Dell Anna se convirtió en la segunda mujer en conducir una regional. Se trata de una dirigente de la Unión Ferroviaria que compone el triunvirato que lidera la seccional Lomas de Zamora, Esteban Echeverría, Almirante Brown, Ezeiza, Presidente Perón y San Vicente. Hubo que esperar hasta este año para que en otro punto del país suceda algo parecido. Fue la regional Mar del Plata la que le dio a una mujer el segundo cargo en importancia. Allí Adriana Donzelli dirigente del gremio de docentes privados (SADOP), fue elegida como Secretaria Adjunta, acompañando al bancario Miguel Guglielmotti como Secretario General.

 

Desde la Secretaría del Interior de la CGT nacional suelen explicar que son pocas las seccionales en manos femeninas y que además se hace cuesta arriba sostener el cumplimiento de los cupos femeninos. “El 70% de los gremios posee un sólo congresal en la CGT y suele ser el Secretario General que en casi todos los casos son hombres. Eso hace casi imposible cumplir con el cupo que figura en la Ley de Asociaciones Sindicales”, explicaron. De hecho en la regional del Chacho, que lidera Aranda, el 95% de sus directivos son hombres. Una señal de todo lo que falta en un camino en el que está todo por hacerse.

 

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La potencia del movimiento obrero argentino es reconocida mundialmente y única a nivel regional. Un modelo sindical con características propias, derivadas de una historia política que persiste en la memoria colectiva, subsiste en cuadros, sobrevive en símbolos y en una liturgia que se niega a perecer. El modelo de unicidad promocionada por ley, que privilegia el sindicato de actividad por sobre otros modos de organización (profesión, oficio, categoría o empresa), logró gestar gremios potentes que supieron conseguir (y mantener) pisos de derechos sociales, económicos y laborales muy superiores a la media de los países vecinos.

 

Es cierto: el modelo presenta algunos vicios centralistas y una impronta verticalista, derivada de la potestad de “la lapicera” que detentan los secretarios generales a nivel nacional que, como los dioses, están en todas partes, pero atienden en la Ciudad de Buenos Aires. Pero al hacer zoom sobre las ramificaciones territoriales de las organizaciones, lo que salta a la vista son discontinuidades y contradicciones con la mirada porteñocéntrica. El fenómeno se vuelve complejo, difícil de caracterizar y en constante mutación: en los últimos tres años, los actores de la periferia fueron los ejes de las protestas. Y no sólo por los reclamos locales, sino fundamentalmente ejerciendo una presión hacia arriba, dirigida a las cúpulas, ante una CGT nacional encorsetada en la más extrema prudencia.

 

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