Ante el encuentro de Macri con Putin en el marco del G20 en China, el especialista Mirko Petersen dice que las relaciones entre Rusia y América Latina nunca cuestionaron la hegemonía estadounidense en el continente. Cuando Malcorra decía que la meta era una política exterior desideologizada, ¿hablaba de un cambio radical o de una continuidad en el caso ruso? ¿Qué significa que tanto este gobierno como el anterior mostraran cercanía? Un repaso por la actualidad y la historia del vínculo comercial y diplomático.



 Ilustración de portada: Marcela Dato

Foto 2 y 4: Prensa Kremlin

 

Desideologizar” la política exterior, esa era la meta proclamada por la Canciller Susana Malcorra, poco después del comienzo de la presidencia de Mauricio Macri. Esta expresión, con sonido a pospolítica, fue un mensaje entendido por todos. Política exterior ideologizada significaba conflicto con el FMI, “No” al ALCA, propias iniciativas en la ONU y relaciones exteriores diversificadas. Desideologizar ahora significa dejar atrás esta política que molestaba a los Estados Unidos y volver al “realismo periférico” de la era de Carlos Menem.

Esta nueva política exterior podría ser el comienzo de una vinculación diferente de América Latina con el mundo. El gobierno provisional de Brasil y un posible nuevo gobierno en Venezuela podrían ser los próximos casos que sigan el ejemplo de Argentina. Sin embargo, considerar a esta nueva política una simple vuelta a las relaciones exteriores del pasado sería erróneo. Las relaciones económicas con China, por ejemplo, se han hecho tan importantes para la región en el nuevo milenio que ningún gobierno, sea de izquierda o de derecha, se arriesgaría a un retroceso en el vínculo.

 

El Presidente Macri llegó a China para participar de la reunión del G20 (02/09/2016). Foto: DYN

El Presidente Macri llegó a China para participar de la reunión del G20 (02/09/2016). Foto: DYN

 

Un caso diferente es Rusia, otro país de los así llamados países BRICS. Distinta de China, Rusia no es extraordinariamente atractivo como socio económico. Podría pensarse que es, más bien, y para seguir el juego con esta noción un socio ideológico que compartía ciertos intereses con los gobiernos latinoamericanos del así llamado giro a la izquierda en la región. En especial, el deseo de un mundo más multipolar, menos dominado por los EE.UU.

Sin embargo, en el caso argentino no hay signos para un cambio radical en las relaciones con Rusia después de la asunción del gobierno de Macri. A unos días asumir, en diciembre del año pasado, el presidente argentino habló con su homólogo ruso por teléfono, y lo repitieron en junio. Aseguraron que quieren profundizar y diversificar el intercambio comercial, que bajó en 2015 (de 2.100 en el año anterior a 1.500 millones de dólares) por la devaluación del rublo ruso. En el contexto del encuentro de los G20 en China, Macri y Putin van a encontrarse personalmente. Ya en abril, la Canciller Malcorra visitó Rusia para fortalecer los vínculos con el Kremlin. Las exportaciones de alimentos argentinos y la asistencia rusa en proyectos de energía en Argentina (energía atómica, hidrocarburos, energía hidroeléctrica) forman los puntos importantes de la cooperación entre los dos países.

Este artículo investiga de una manera más general la historia de las relaciones de Moscú con América Latina para entender mejor que está cambiando y que no en los momentos actuales.

 

Relaciones entre la Unión Soviética y América Latina. Históricamente hubo poco contacto entre Rusia y América Latina. Sin embargo, durante los finales del siglo XIX, la Rusia zarista estableció relaciones diplomáticas con varios países latinoamericanos. Pero después de la Revolución Rusa de 1917 estos pocos contactos se quebraron, sobre todo porque los países latinoamericanos apoyaron las fuerzas de la contrarrevolución. Además, las esperanzas de la Comintern (fundada en 1919) de ganar terreno para la revolución mundial se enfocaron más en el Lejano Oriente que en América Latina. A pesar de estos problemas, la URSS fue capaz de establecer modestas relaciones económicas con algunos países de la región, sobre todo con Argentina bajo los gobiernos de Hipólito Yrigoyen y Marcelo T. de Alvear. Pero este acercamiento fue destruido por la dictadura militar de José F. Uriburu que expulsó a la sociedad mercantil soviética en el país.

 

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Después de estar aislada en la región, la URSS fue capaz de aumentar la influencia por su nueva estrategia de los “frentes populares”, es decir, la táctica de los partidos comunistas de todo el mundo de formar coaliciones heterogéneas contra el fascismo. Eso generó crecientes posibilidades para el PC de participar en los sistemas políticos de los países latinoamericanos. Esta breve fase, en la cual la URSS ganó muchas simpatías por su lucha contra los poderes del Eje, se terminó por el comienzo de la guerra fría. El anticomunismo fue la estrategia de política exterior dominante de Estados Unidos. Por eso, mantener relaciones con URSS implicaba el riesgo de enemistarse con Washington.

 

La Revolución Cubana abrió otro capítulo en las relaciones soviético-latinoamericanas. Hasta el derrocamiento del gobierno pro-estadounidense de Fulgencio Batista en 1959, la URSS no tenía esperanzas concretas de que el patio trasero de los EE.UU fuera terreno promisorio para su agenda política. Los revolucionarios, bajo el liderazgo de Fidel Castro, causaron una verdadera ola de euforia en la URSS. Pero después de la crisis de misiles y la llamada Détente entre los dos superpotencias de la Guerra Fría, el panorama cambió de nuevo. Por unos años, Cuba predicó un tercermundismo revolucionario, y la URSS desideologizaba (sí, otra vez esta palabra) sus relaciones exteriores con la región; llegó a mantener relaciones con dictaduras anticomunistas como la de Brasil y más tarde la argentina, a partir de 1976. En 1980, cuando los EE.UU. boicotearon la Unión Soviética por su invasión a Afganistán, ellos se volvieron el comprador más importante de trigo argentino.

 

En resumen, las relaciones de la Unión Soviética con América Latina nunca cuestionaron la hegemonía estadounidense en el continente. Sobre todo a partir de la era del liderazgo de Leonid Brézhnev (a partir de 1964), la URSS era mucho más interesada en establecer modestas relaciones económicas que en cambiar profundamente el panorama político de la región.

La canciller Susana Malcorra en visita oficial en Rusia junto con funcionarios y empresarios (12/04/16). Foto DYN

La canciller Susana Malcorra en visita oficial en Rusia junto con funcionarios y empresarios (12/04/16). Foto DYN

 

Las relaciones después de la caída de la URSS. La economía de los años ’80 y ’90 fue desastrosa para los soviéticos y latinoamericanos. La URSS colapsó y Rusia pasó muy rápido de una economía dirigida a una economía de mercado. Mientras que la mayoría de su población rusa sufría reformas radicales, una nueva élite de oligarcas se hizo rica bajo el nuevo régimen capitalista. Cualquier resistencia contra el nuevo sistema fue eliminada sistemáticamente. La oligarquía se formó con algunos miembros de la vieja nomenclatura y nuevos empresarios que hacían negocios dudosos. La venta de materias primas fue su principal fuente de ingresos. Al nivel de política internacional, el país territorialmente más grande del mundo desapareció como actor decisivo.

América Latina, ya muchos años antes de la caída de la URSS, empezando con Pinochet en Chile, se había transformado en un laboratorio para políticas extremadamente orientadas al mercado. Las tensiones sociales que causó el neoliberalismo se expresaron en protestas y rebeliones al nivel local y nacional.

 

El año 1998 fue un punto de inflexión para Rusia y América Latina. La primera vivió una dura crisis financiera que causó una reconsideración de la política fiscal. El régimen ruso decidió devaluar el rublo, una medida que debería haberse llevado a cabo tiempo antes. Además, Rusia se benefició de la suba de precios de petróleo y gas. En marzo de 2000, Vladímir Putin fue elegido presidente. Durante los primeros años de su mandato, se asoció con la política anti-terrorista del gobierno estadounidense de George W. Bush y más tarde formó coaliciones con Alemania y Francia. Pero cuando se dio cuenta de que estas alianzas no ayudaban a detener la influencia occidental en el vecindario ruso, cambió su política exterior. La OTAN cruzó una línea roja con la ampliación de miembros de la ex Unión Soviética (los países bálticos en 2004). Y los planes de admitir también a Ucrania y Georgia parecían intolerables para el Kremlin.

 

El gobierno de Putin fue capaz de estabilizar la economía rusa. La base de una actuación más independiente en la política global fue el reembolso de la deuda del país al Fondo Monetario Internacional, que terminó en 2003. Un problema estructural, parecido al de muchos países latinoamericanos que Rusia no pudo solucionar hasta hoy, es su dependencia de las exportaciones de materias primas. Esa también es la razón de que el intercambio comercial entre Rusia y América Latina no sea extraordinariamente grande: sus economías son demasiado similares; ambos son exportadores de materias primas.

 

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Como hemos dicho, en el año 1998 no solamente en Rusia se produjeron cambios importantes. Las elecciones presidenciales de Venezuela llevaron al poder Hugo Chávez quien prometió luchar contra el neoliberalismo y la influencia estadounidense en Venezuela y en toda la región. A principios de su primera presidencia, Chávez estaba aislado en la región con su discurso antineoliberal. La siguiente elección que marcó un cambio fue la de Lula en Brasil en 2002. Las políticas de su gobierno fueron más moderadas que las de Chávez, sobre todo durante su primer mandato. Pero, en un momento decisivo, mostró su intención de apoyar un nuevo camino, basado en la integración regional. Eso fue en 2005, cuando rechazó el área de libre comercio planeada por los EE.UU junto a otros países latinoamericanos. El así llamado giro a la izquierda en la región fue completado por las elecciones de otros nuevos gobiernos en la región, como el de Evo Morales en Bolivia o el de Rafael Correa en Ecuador.

 

Inmediatamente después de la caída de la URSS, los contactos entre Rusia y América Latina todavía no eran estrechos. El comercio de Rusia se enfocó casi exclusivamente a Europa occidental y los EE.UU. A partir de la mitad de los años ’90, intentó diversificar sus socios económicos. El entonces canciller Yevgueni Primakov, visitó varios países latinoamericanos en 1997. Hoy Rusia tiene relaciones con todos los 33 países de América Latina y el Caribe y acuerdos bilaterales con 18 de ellos.

 

Las relaciones con Venezuela se volvieron parte importante de la retórica por un mundo multipolar. Entre 2001 y 2010, Hugo Chávez visitó a Rusia nueve veces. Sobre todo a partir de 2004, cuando las relaciones ruso-estadounidenses empeoraron, el discurso anti-imperialista de Chávez fue bienvenido en Moscú. En noviembre de 2008 hizo una gira por América Latina. Aparte de Perú, Brasil y Cuba, Medvedev visitó Venezuela. Durante su estancia, las marinas de ambos países celebraron una maniobra juntas. La presencia de la marina rusa en el Caribe fue un claro signo en dirección a Washington. Actualmente, durante la crisis profunda que vive Venezuela, Rusia es uno de los países que alerta sobre intervenciones ilegítimas en los asuntos internos del país latinoamericano.

Aunque el lenguaje nunca fue tan radical como en las relaciones ruso-venezolanas, también hubo un acercamiento entre Rusia y Brasil bajo los gobiernos de Lula y de Dilma Rousseff. Aparte del crecimiento moderado en las relaciones comerciales, el apoyo mutuo en foros internacionales y el deseo de establecer un mundo multipolar fueron los aspectos más prometedores en las relaciones ruso-brasileñas. A partir de 2009, representantes de los dos países empezaron a juntarse con más frecuencia. Junto con China, India, Brasil y Rusia fundaron el foro de los países BRIC (más tarde BRICS, cuando se sumó Sudáfrica). Además, ambos países forman parte del foro “Grupo de los 20”, donde presentaron opiniones similares frente a temas como la reestructuración del ámbito político y económico internacional.

 

Durante los años del kirchnerismo, las relaciones entre la Argentina y Rusia también se desarrollaron y culminaron de manera favorable. En la última fase de la presidencia de Cristina Kirchner, Putin visitó Argentina en junio de 2014. Después, en abril de 2015, Kirchner visitó a Rusia. En ambas visitas, los sendos países se presentaron como socios estratégicos con miradas similares de la política mundial. Además, Rusia empezó a apoyar el uso de energía atómica de la Argentina.

 

Los vínculos políticos que se habían desarrollado bajo el Putinismo en Rusia y los gobiernos de centro-izquierda en América Latina pudieron observarse bien cuando el tema de Crimea fue tratado en las Naciones Unidas. La península de Crimea era parte de Ucrania aunque tiene mayormente población rusa. Durante el conflicto, el gobierno llevó a cabo un referéndum en donde un 97 % de la población se pronunció en favor de una anexión a Rusia. Cuando la cuestión de Crimea se trató en la asamblea plenaria de las Naciones Unidas, 100 Estados votaron a favor de la integridad territorial de Ucrania, 11 en contra, 58 se abstuvieron y 24 no votaron. Quienes votaron a favor fueron los Estados occidentales y sus aliados. De los países latinoamericanos, los Estados de la Alianza del Pacífico apoyaron la posición occidental. Quienes votaron en contra fueron los países estrechamente relacionados con Moscú o en conflicto permanente con los EE.UU, entre ellos cuatro latinoamericanos: Venezuela, Cuba, Bolivia y Nicaragua. Se abstuvieron los países del grupo BRICS y también todos los países del Mercosur.

 

¿Relaciones desideologizadas en el futuro? Este tipo de votación hace difícil imaginar un tipo de “realismo periférico” renovado en Argentina y posiblemente en otros países latinoamericanos. Lo que parece haber es una continuación o aún una extensión de los vínculos comerciales con diferentes países, más allá de su orientación geopolítica principal. Rusia tiene vínculos comerciales con gobiernos más bien pro-estadounidenses como México y Perú, como también con los adversarios de Washington en la región como Venezuela y Bolivia. Las relaciones con la Argentina macrista se pueden situar en el primer grupo.

 

En un artículo publicado en varios diarios latinoamericanos en agosto de 2011, el canciller ruso, Serguéi Lavrov escribió sobre la importancia de las relaciones ruso-latinoamericanas. Por un lado destaca “la similitud de enfoques sobre los problemas claves de la política mundiales” . Pero también remarca la importancia de tener relaciones “desideologizadas”. Esta dimensión de las relaciones ruso-latinoamericanas puede seguir en la situación actual – sin la cruzada por un mundo más multipolar.


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