En 34 años de democracia hubo tres ciclos políticos: el alfonsinismo, el menemismo y el kirchnerismo. Todos lograron prolongar su poder encabezando la dirección política de fuerzas heterogéneas con una oposición fragmentada. Desde anoche puede hablarse de un cuarto ciclo: el macrismo. Sin los resultados económicos prometidos y atravesando una etapa de conflictividad social, Cambiemos se consolidó en buena parte de la Argentina. Mientras quienes no acuerdan con el gobierno no encuentran ninguna síntesis y respaldan estrategias distintas y diferentes formas de construcción política.



Los resultados de las elecciones legislativas del 22 de octubre marcan que estamos viviendo el cuarto ciclo político desde 1983: es el ciclo macrista. Cambiemos se queda con los cinco distritos más poblados del país y con un total de 13 provincias. Después de dos años en los que el gobierno aplicó políticas muy distintas de las que había prometido en la campaña de 2015, Cambiemos ha recibido un respaldo electoral cuya relevancia política no puede menospreciarse. ¿A qué se debe este logro tan significativo? En estos dos años no sólo ha habido alta inflación, deterioro de la situación social y laboral, sino también una lucha política para explicar ese deterioro. El macrismo ha logrado que, a pesar de los resultados económicos, exista un alto nivel de expectativas. Su capacidad de comunicación y la concentración mediática han sido apoyos cruciales. Sin embargo, de ninguna manera han sido el único factor.

 

Un segundo logro del gobierno es que hay un éxito del relato macrista en identificar el período de gobierno anterior con un plan de corrupción y desmanejo económico. Si con todos los problemas que existen hoy en el país el gobierno se impone en las elecciones, es porque sus votantes no creen que esos problemas sean consecuencia de sus políticas. Tienen la expectativa de que, por el contrario, sepan resolverlos.

 

Ese triunfo simbólico no fue sencillo ni exento de grandes conflictos sociales. Los años 2016 y 2017 han sido un ciclo de protestas de grandes magnitudes. Las movilizaciones de la CGT y la CTA, las de los 24 de marzo y la marcha contra el 2×1, las Marchas de San Cayetano y de los trabajadores de la economía popular, las movilizaciones de Ni Una Menos, las protestas de docentes, científicos, universitarios y estudiantes secundarios han involucrado a millones de argentinos. Han sido demandas muy diversas, en tensión o confrontación con la política gubernamental. En todas ellas participaron sectores con diferentes tradiciones e identidades políticas. No había ninguna identidad o figura política que lograra sintetizar esa heterogeneidad.

 

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De allí surge la tercera fortaleza del gobierno: la alta fragmentación de la oposición. La interpretación de que dos de cada tres personas habían votado “contra el ajuste” en las PASO se reveló quizá más cercana a una estrategia política que a un análisis distanciado. Los electores que no acuerdan con la orientación actual del gobierno no encuentran ninguna síntesis, no tienen una posición homogénea. Respaldan estrategias distintas y diferentes formas de hacer políticas.

 

El cuarto ciclo

 

Si se consideran los tres ciclos políticos que hubo en estos casi 34 años de democracia, tanto el alfonsinismo como el menemismo y el kirchnerismo lograron prolongar su poder encabezando la dirección política de fuerzas relativamente heterogéneas, en combinación con la fragmentación de la oposición. Eso es lo que está logrando en este momento el macrismo, que ya se erige como el artífice del cuarto ciclo. Con ese respaldo y esa fragmentación, Macri pasará del “gradualismo” a un proceso con mayor aceleración en la reestructuración económica regresiva. La diferencia es que el argumento opositor de que había mentido en la campaña de 2015 ya no será viable. Ahora no sólo ganaron una elección mientras gobernaban, sino que incluso anunciaron algunas de las medidas más polémicas que piensan instrumentar.

 

Las ideas, tan habituales en 2016, de que “este gobierno choca en seis meses” o que “se van en helicóptero” subestimaban la capacidad política de Macri y de Cambiemos. La idea de que “esto termina en otro 2001” parte de la suposición de que el neoliberalismo no es económica y políticamente sustentable. Pero esa tesis está desmentida por la mayoría de los países del mundo, donde esas políticas llevan décadas sin estallidos. La creencia de que siempre que haya un modelo de este tipo habrá un 2001 cuestiona los datos históricos. Las situaciones económicas y políticas dependen de una multiplicidad de factores. Nada es automático. Macri y Cambiemos tienen el plan de aplicar su proyecto y darle sustentabilidad económica y política. Eso es lo nuevo.

 

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Quienes desde la oposición hagan política creyendo que en el futuro una crisis como la de 2001 es inevitable se darán cuenta más temprano que tarde de que eso es justamente renunciar a la política. Es descansar en exceso en las propias convicciones y abandonar en exceso la vocación política por convencer a otros. Es conformarse con creer que uno tiene razón y quitarle importancia a que una parte mayoritaria de la sociedad crea que estás equivocado. Es no asumir la reflexión colectiva como tarea política cuando dos de cada tres te dan la espalda en la Provincia de Buenos Aires o cuatro de cada cinco en el país.

 

Proyectos económicos como el del macrismo sólo son viables si derrotan sus resistencias sociales y oposiciones políticas. Los ciclos de protesta son “ciclos” justamente porque tienen flujos y reflujos, no duran para siempre. Habrá que estar atentos a si la capacidad y potencia de la movilización social mantiene su vigencia o entra en un cierto reflujo durante un tiempo. Es momento de atreverse a formular la pregunta y seguir los acontecimientos.

 

El problema es que las consecuencias políticas de las políticas regresivas pueden derrotar a las resistencias que se le oponen y también pueden generar expectativas e ilusiones. ¿Acaso es sustentable el actual nivel de endeudamiento? En el corto plazo sí, en el largo plazo no. Pero el plan de Cambiemos es tornarlo sustentable bajando el déficit fiscal con el nuevo impulso político de esta elección.

Cuando apareció un cuerpo en el río Chubut (y antes de que se confirmara que era el de Santiago Maldonado), surgió en todos los sectores la pregunta acerca de un eventual impacto del hecho en el resultado electoral. El siempre ingenioso Jorge Asís tuiteó “Walt Disney es el Cajón de Herminio de Elisa Carrió. Ampliaremos”, comparando el patetismo de la quema de un ataúd radical por parte de Herminio Iglesias en el acto de cierre de campaña del PJ en 1983 con las inaceptables declaraciones de la candidata que, evidentemente, se siente impune. Pero en relación a las encuestas de la semana anterior parece que el Caso Maldonado no tuvo impacto electoral alguno. Es la inferencia más plausible de que la grieta de interpretaciones es muy profunda e inamovible en las circunstancias actuales.

 

El mismo camino, el mismo destino

 

La situación y el desempeño electoral de Cristina Kirchner es paradojal. La opositora con más votos ratifica su piso alto y su techo bajo, como se sabía desde hace mucho tiempo. No se cumplieron ni los pronósticos que anunciaban su final político ni aquellos que auguraban que si se presentaba la ex presidenta su triunfo estaba asegurado. Esto derivó en dos lecturas muy parciales y por eso equivocadas. Por un lado, quienes creen que el kirchnerismo no dejó un sedimento político. Por otro, quienes creían que con ese sedimento podrían derrotar a Cambiemos. En otras palabras, quienes creían que el recordado 54% obtenido en las elecciones presidenciales de 2011 era un capital de Cristina Kirchner. En la Provincia de Buenos Aires, en 2011 la ex presidenta obtuvo el 56% de los votos. Si ahora se suman los votos del peronismo a nivel nacional o provincial, se llega a una cifra algo menor, pero similar. En la Provincia, el peronismo sumado tiene más de la mitad de los votos. Sólo que en 2011 Cristina, Massa y Randazzo se presentaban juntos, y a nivel nacional sumaban a De la Sota, Solá, Moyano y Urtubey. En ese año CFK ganó la elección presidencial en la Capital Federal con el 35% de los votos, lejos del segundo.

 

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Es paradojal porque fue derrotada pero el peronismo más cercano al gobierno sufre derrotas mucho más graves. Sergio Massa cae al 11%, cuando había partido de un 43% en 2013 y un 22% en 2015. Lo mismo sucede con otro “peronista racional” (así los han catalogado periodistas oficialistas) como  Schiareti en Córdoba, duramente derrotado por el macrismo. Cristina Kirchner perdió, pero a Urtubey le fue aún peor. Ni de Salta, ni de Tigre ni de Córdoba provendrán los presidenciables.

 

Fuera de todos los peronismos, la izquierda se consolida como una fuerza nacional. Alcanza un importante caudal de votos con elecciones muy relevantes en Jujuy, Salta, Mendoza, Provincia de Buenos Aires y Capital Federal. Queda para el futuro saber si la izquierda se conforma con estos logros o buscará discursos y prácticas que no le impidan, como hasta ahora, llegar por autolimitación a sectores más amplios de la población. En cualquier caso, más allá de las preferencias, una fuerza que puede obtener el 18% de los votos en Jujuy o el 12% en Mendoza no puede ser considerada “marginal”. Sin embargo, es claro que esas situaciones plantean una disyuntiva para la concepción política de esas fuerzas.

 

Cuando quienes fueron derrotados analicen estas elecciones será importante que tengan presente que la política siempre es una relación entre partes. Todas las interpretaciones que sólo colocan el énfasis en el poder de Cambiemos pierden de vista dos cosas. Una, en la Argentina siempre hubo poderes económicos con capacidad mediática y con incidencia en sectores judiciales e institucionales. Si eso sólo definiera las elecciones, serían inmutables e innecesarias, porque siempre ganarían los poderosos. Cuando se ganan elecciones durante varios años y se pierden en 2013, 2015 y 2017 deben evitarse interpretaciones que escapen al carácter relacional de la política. Quienes hoy están en la oposición tendrán el desafío de desplegar una comprensión de procesos que llevan varios años. O quedarán condenados a repetir sus actuales estrategias. En teoría todos saben que es difícil recorrer el mismo camino y llegar a un destino diferente.

 

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Nada es para siempre

 

¿Qué hay de nuevo en el proyecto de Cambiemos? Ciertamente anidan allí algunas ideas con larga historia. Pero el proyecto es –y ya hace muchos años– construirlas de modo gradual en función de humores sociales y buscando ganar elecciones. No sólo con estrategias de comunicación, no sólo con globos, sino tratando de dialogar con sectores sociales para entender cómo avanzar en su proyecto político. Eso resulta clave hoy en Argentina. Y lo hace muy, muy distinto de la situación que atraviesa, por ejemplo, Brasil.

 

Un dato histórico: en las elecciones legislativas inmediatamente posteriores a la asunción presidencial de Alfonsín la UCR obtuvo en 1985 el 42,37%, el PJ obtuvo en 1991 el 40,22%, la Alianza el 23,1% en 2001, el Frente para la Victoria el 41,59% en 2005 y Cambiemos en 2017 el 40,7%. En las PASO de este año, Cambiemos había obtenido a nivel nacional el 35,9%. Esos cuarenta puntos, muy lejos del segundo puesto, otorgan legitimidad a la orientación política del gobierno. Y generan mayor poder que el que se desprende de una simple cuenta matemática. La política siempre exagera, y mucho, a las matemáticas. La conjunción de ser por lejos la primera fuerza nacional, con varios presidenciables, contra una oposición dividida, explica lo que se verá en las próximas semanas.

 

El gobierno va acelerar todos “los cambios” al grito de que “eso votó el pueblo en octubre”. Va a mantener el ojo en el termómetro de las encuestas de Durán Barba. Pero las usará para revisar una de cada diez políticas que avancen a paso redoblado. Cuando haga un nuevo gesto de “errorismo” respecto de un tema, será porque avanza sin temores en otros diez.

 

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Exultante y contundente, el presidente Mauricio Macri dijo que podemos “cambiar para siempre”. Y pintó con sus palabras un panorama maravilloso para la Argentina. En la cresta de la ola amarilla, en su mejor momento, puede llegar a olvidar que nada es “para siempre”. En un momento así, tan positivo para el gobierno, tan negativo para la oposición, más de uno corre el riesgo de olvidar que los momentos pasan. Las olas suben y bajan. En las palabras de Elisa Carrió se pudo leer uno de los problemas de interpretación, cuando afirmó que fue “el triunfo de un pueblo”. El “pueblo” nunca es “uno”. Siempre es diverso, plural. La primera minoría los apoya y los respalda, pero qué serían, sino pueblo, los votantes de todas las otras fuerzas. Extraña referencia “unanimista”. El presidente que abandonó muy pronto su promesa del 10 de diciembre de “unir a los argentinos” cuando los réditos electorales provenían de la profundización de la grieta, agregó que “gastamos mucha energía en la confrontación, pero cambiamos, queremos entendernos”. ¿Esta campaña fue “entendernos”? Mejor no imaginar cómo sería si no nos entendiéramos.

 

De allí otra de las preguntas que comparten académicos, periodistas y dirigentes de la oposición. ¿Se seguirán estrechando los espacios de pluralidades de voces? ¿Querrán entender a los que piensan distinto tratando de limitar sus posibilidades de hablar? ¿Se agudizarán los procesos represivos que se vieron en distintas movilizaciones? ¿Se insistirá en darle aire a las fuerzas de seguridad? Hay inquietud y alerta en relación a la plena vigencia de todos los derechos. El gobierno podrá denunciar a esa alerta como “kirchnerismo”. Pero esos mecanismos no harán más que reforzar la preocupación y desconfianza.

 

Fotos: DyN


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