Carlos Tevez se convirtió en el jugador mejor pago del mundo. Para entender el fenómeno no solo hay que analizar sus destrezas personales. Su pase a un club de Shanghai invita a indagar el negocio del fútbol en medio de las tramas de poder global. China goza cada día de mayor influencia y su libre mercado convive con una detallada planificación estatal en la que el deportista es hoy una pieza clave, dice en este ensayo Sonia Budassi, nuestra editora y autora del libro “Apache”.



 

El hombre chino, de lentes chic avanza por el pasillo de salida del aeropuerto de Pudong; su vuelo llega de Dubai. Lleva una bolsa de nylon con enorme moño de regalo del freeshop, y mira hacia abajo: sabe que los gritos y el amontonamiento no son para él. La escena le resulta extraña. Detrás suyo, la celebridad argentina, el personaje esperado: Carlos Tevez. Detrás suyo, la flamante esposa del jugador, Vanesa Mansilla. Los noticieros del prime time argentino se regodearon repitiendo: novia desde su juventud, la madre de sus hijos. Ahora, en su cara se ven los signos de fatiga mientras sostiene el ramo de flores que la gente del club Shenhua acaba de darle junto a una bufanda con la bandera del equipo; cuelga torcida de su cuello. Allá es invierno. Detrás, sus hijas y su hijo: dos vestidos por GAP. La mayor, de 13, no muestra símbolos de ninguna marca. Los gritos alrededor de la familia se articulan en un cantito en chino, luego en su nombre en español; quienes lo cantan se apretujan y mantienen en alto sus celulares. Los fans habrán llegado a uno de los dos aeropuertos más importantes de Shanghai, la ciudad que dispone de modernísimo transporte público para sus 23 millones de habitantes, en taxi, en impecables subtes o en un tren bala que llega a los 300 kilómetros por hora y cuesta 50 yuanes (unos 7 dólares).O en sus propios autos, nacionales o importados. Los principales diarios de Argentina hablaron sobre aquella “fervorosa multitud” de recepción.

 

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Pensar al Apache en China es pensar al personaje seductor, único, en un contexto que no todos los hinchas, no todos los dirigentes, no todos los jugadores y periodistas logramos entender. Por un lado, el desarrollo de sus dotes, y las estrategias personales que le permitieron seguir vigente como ídolo de masas desde que las redes sociales no existían, hasta hoy. Por otro, pensar también, al fútbol en medio de las tramas de poder en un mundo en el cual China goza cada día de mayor influencia. Otros países desean atraer sus inversiones y también hacer negocios allí. China es particular: la planificación estatal se cruza con el fomento al consumo de bienes al modo capitalista. En la última cumbre de Davos, el presidente chino Ji Xiping atacó la postura de Donald Trump y defendió la globalización: “Las puertas de China seguirán abiertas”, dijo.

 

Desde la muerte de Mao, la reforma del partido Comunista hecha por Deng Xiaoping busca combinar los mecanismos del mercado y el sistema socialista del Estado. Esa misma estrategia está aplicándose al fútbol y en ella Tevez es una pieza central. A los 32 años, se convirtió en el jugador mejor pago del mundo.

 

Por dinero o por amor

Dos hermanitos chinos saludan a Tevez y luego responden en la televisión lo mismo que pudieron haber respondido otros niños en cualquier otra parte del planeta.

—¿Por qué sos fan de Shenhua?

—Porque mi papá lo es—. En China ya existe una tradición como en otras partes del mundo, los equipos se heredan en línea directa paterna.

Rodeado de policías Tevez y familia avanzan lento entre empujones de hinchas vestidos con ropa de su club, o colores de Argentina. Los fans chinos sofocan sin deseo de dañar fruto de los nervios y de la emoción, la que suelen generar los ídolos pop. Los movimientos forman una marea como pasa en el sector campo de los recitales. Pero Tevez no deja de sonreír y levanta la mano para saludar si encuentra un hueco entre su custodio y él. No es la primera vez que vive algo así en un país extranjero, aun incluso en aquellos de cierta rivalidad con la Argentina -en el fútbol y en la política- como puede ser Brasil o Inglaterra. Tevez es reclamado: Tevez responde. Y eso también lo diferencia del resto de sus colegas.

 

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No importa si es la irrupción de una persona a través de las vallas de seguridad en medio de un entrenamiento con la selección argentina, predio de Ezeiza; no importa si es por un “Carlitos, Carlitos” afuera del registro civil donde acaba de casarse en Vicente López, o la salida de un partido importante de local en el que perdió y encima llueve a cántaros sobre el Estadio de River como aquella vez, o en Italia o en China: su cara disimula la abnegación. Tevez sonríe para los demás y, si el escenario lo permite y lo pide, se saca selfies y firma camisetas con la disciplina de un profesional: sabe, debe retribuir la pasión fan. 

Como suele suceder en los puntos de giro de su vida–ya lo hemos dicho, de rasgos melodramáticos, herederos de la tradición maradoniana, aunque revisitada – generó varias noticias juntas. Se casó y además dejó  Boca, donde había vuelto  como un hijo pródigo, luego de anunciar durante años su deseo de retirarse allí y donde fue recibido, él solo, sin que se jugase ningún partido, por 60 mil bosteros en la cancha. Ya había abandonado el club antes, para comenzar su carrera internacional en 2005. Después de anunciar su nuevo alejamiento, en un video casero en enero de 2017, quienes lo celebraban en la Bombonera un año y medio antes, lo vilipendiaron.

En el fútbol, como en las historias románticas de la televisión, se repite esa dicotomía que convierte al ser amado en sospechoso imperdonable: si hace lo que hace por dinero, o si hace lo que hace por amor. Y Tevez fue acusado: por dinero abandonó Boca y se quedó con el Shenhua. Cobrará 38 millones de euros (40 millones de dólares) por cada una de las dos temporadas que firmó. Su pase costó 10 millones de dólares.

 

Tevez, el hijo de la globalización

¿Por qué él, y no otro de los talentosísimos y bien posicionados futbolistas del mercado mundial? No es posible, claro, certificar todos los motivos más allá de sus extraordinarias cualidades futbolísticas –en 12 años ha ganado 22 títulos oficiales- pero sí registrar la capacidad de adaptación de Tevez a lo largo de su carrera. Hasta podríamos decir que es un sobreadaptado: ¿cuántos son capaces de resistir geografías, climas, y culturas diversas? Tevez es un hijo exitoso de la globalización. Además de su innato carisma, su biografía hace posible la identificación universal. La miseria de los suburbios donde creció es análoga a las pobrezas de distintas ciudades del mundo; de San Pablo a Manchester, de Italia a Shanghai. Fue de los primeros en ser consciente de su condición de clase y plantarse orgulloso ante eso; de manera reivindicatoria. Mucho más que otros, hizo bandera y mostró su capacidad de volver positivo el estigma e incluso venderlo al mejor esponsor, como en el caso de la colección de indumentaria “Cultura apache” de Nike. Tevez salió de la pobreza y recibe admiración y pleitesía por haber ingresado al mercado. Y por ser no solo exitoso sino “humilde”. Como jugador termina por representar, también, la cara menos simpática de lo global. Y encarnar una versión de los oscuros flujos de capitales alrededor del mundo; la pata necesaria de la desigualdad.

 

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Él, argentino

Global, pero aferrado a sus orígenes, y a los símbolos de “argentinidad”. Hace un tiempo le pregunté en un “mano a mano”, como dicen los periodistas deportivos, qué extrañaba de Argentina. Fue después de un entrenamiento, en el predio de la AFA en Ezeiza. Casi todos los jugadores habían salido del vestuario, y casi no quedaba gente en el hall. Él olía a perfume y vestía una camisa Dolce & Gabanna y el llavero de su auto AUDI A 1 decía “Florencia”, el nombre de su hija mayor. Miró hacia abajo, miró a los ojos, y dio una respuesta que ya tendría preparada porque no se trataba de una pregunta original. Desde luego habló de la familia. Y desde luego, de la comida: “Te imaginás un asado allá en Manchester”-dijo. “Te congelás”. Su plato favorito es uno argentino por excelencia: las milanesas y el pastel de papas. Con sus amigos, formó una banda de cumbia, bien del estilo conurbano bonaerense. Su doble pertenencia, multicultural en su trayectoria, local en su discurso y acciones, puede rastrearse en momentos mediáticos (este video donde habla inglés se hizo viral) y en rituales colectivos. Durante su casamiento, se condensaron las señales de “argentinidad”. El plato principal del catering de la fiesta de tres días en Carmelo, Uruguay, fue su comida preferida; una tradicional y presente en el día a día de gran parte de la población. En el civil, vistió un traje con los colores de la bandera nacional. El mate que tomaba Vanesa decía “Apache”, se bailó cumbia casi siempre, Carlos cantó junto al grupo de Ulises Bueno (el hermano de Rodrigo, fallecido ícono cumbiero); y también con Piolavago. Aparecieron personajes paradigmáticos de los años 90 en Argentina como el ex manager de Maradona, Guillermo Coppola. Vanesa, como mínimo, usó tres vestidos blancos. Tevez, en cambio, pudo ponerse unas bermudas en una de las noches. Los momentos cursis se filtraron en las redes como son cursis este tipo de festejos y como cursi es el amor. En uno, él le dice a ella, frente a todos, emocionado aunque con un guión propio de una escena de la “Cátedra del macho argentino” del actor Coco Silly: “cuando necesito un silencio, te callas, como ahora”. Y repitió que la amaba. 

 

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Sobreadaptado

Antes de analizar la relación entre deporte y diplomacia; recapitulemos a Tevez en China, sumemos a su estrategia de “mantener los valores del barrio” y su carisma, su histórica capacidad de adaptación.

Si China aún parece como el lugar lejano –y lo es: desde Latinoamérica hay muy pocos vuelos directos, y el viaje más corto dura más de treinta horas-, exótico, y distinto a países de otros continentes, quizá, para Tevez, no resulte tan así. (Y, al margen, habría que repasar también la falacia de que en absolutamente todos los planos, somos más próximos a Europa).

En una entrevista realizada por Alejandro Fantino en 2015, cuenta su llegada a Inglaterra y las peripecias de su adaptación al “primer mundo”. Antes de su debut en el West Ham –a quien salvó de no descender- le dieron un auto. Él se encaprichó en ir manejando hasta la cancha, cuando aún no conocía la ciudad y a pesar de las advertencias de su manager, Adrián Ruocco. Encima, como para resaltar su ajenidad, vestía traje: “nunca en la vida me había puesto uno” dice, riendo. El entrenador obligaba a que todos sus jugadores lo hicieran en el primer partido de la temporada. Al contar cómo se perdió, su dificultad para entender a un policía y al GPS jamás se hace el pobrecito pero tampoco el canchero. Sólo se ríe de sí mismo, y cuenta con gracia sus fracasos y reacciones ridículas; contagia risas. Y mantiene la actitud, aún en el relato de experiencias más dramáticas, de mayor soledad por la diferencia de hábitos y costumbres: pasó un año nuevo concentrado, solo en la habitación, sus compañeros se habían ido a dormir a las once. Meses más tarde, superado, tomaba clases de golf, un deporte que se volvió, desde aquella época, uno de sus pasatiempos favoritos.

 

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El otro, lo otro, para Tevez, tal vez no resulte en una extranjeridad problemática en China sino el tránsito por una situación ya conocida. Durante siete años lo logró en Inglaterra, donde pasó por situaciones conflictivas con un DT y con la hinchada de Manchester United, hasta por una incomprensión más general, que aquel fin de año llegó a aislamiento, por la distancia idiomática y cultural. Con este bagaje a cuestas es de esperar que conquiste a su nuevo público. En la primera conferencia de prensa que dio en Shanghai le preguntaron porqué había viajado con tantos familiares. “Para estar a la altura del desafío que es venir a China”, dijo.

 

Fútbol y política, no es casualidad

El presidente de la República Argentina, ex presidente de Boca, Mauricio Macri, asistió a su fiesta de casamiento el último día. Se conocen desde hace más de 15 años, cuando el ascenso de ambos estaba ligado. Muchos futbolistas se juntan con los políticos –Tevez, con plena conciencia, también lo hizo con “su amigo” el ex candidato a presidente Daniel Scioli antes de las elecciones.

 

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Y, se sabe ya desde hace décadas, la política y el fútbol son dos paradigmas dependientes y Carlos Tevez encaja perfecto, más que otros, en la ecuación. La socióloga del deporte María Verónica Moreira, investigadora del Conicet, analiza las relaciones entre los dirigentes, los hinchas y los políticos de otros espacios sociales al interior de los clubes. Cuando hay elecciones, dice, se dan algunas prácticas propias de la política tradicional. Carlos Tevez dijo hace poco que le interesaría ser presidente de Boca. Macri dijo que su pase a China iba a ayudar a las relaciones diplomáticas con aquel país. Como quien no debe disfrazar con sutileza el efecto de lo simbólico: si Tevez con su carisma conquista a los chinos, la actitud de intercambio e influencia ¿e inversiones? para con Argentina se darían de manera cordial. No fue una declaración casual a la salida de un casamiento. Días después, el embajador argentino en China, Diego Guelar, lo reafirmó en una entrevista. 

 

China, Estados Unidos y un deporte importado

Hace unos años hubiera sido difícil creer en contratos de semejante tamaño en un país que solo participó de un Mundial y que, como Estados Unidos, goza de mala fama en cuanto a su desempeño futbolístico. Hace unos años, hubiera resultado inverosímil que jugadores cotizados como Tevez, el Pocho Ezequiel Lavezzi, o el colombiano Freddy Guarín viajaran a trabajar a un lugar ubicado en el puesto 82 del ranking FIFA. Estados Unidos empezó a mejorar sus ligas hace 10 años. En una nota de la BBC, se dice que allí los presupuestos en fútbol aumentaron tanto como el de Defensa, el de tecnología espacial y la lucha contra la producción de gases contaminantes: igual que en China. Estados Unidos compró estrellas como David Bekham o Andrea Pirlo. Pero, al contrario de lo que podría pensarse, mientras en China no hay un tope para esos salarios, en Estados Unidos sí está regulado. Aunque, ante la cifra exorbitante del contrato de Tevez, la administración general del deporte chino anunció su deseo de frenar las “inversiones irracionales” de los clubes. El 16 de enero la Asociación China de Fútbol intentó sumar algún límite: anunció que cada equipo podría tener tres extranjeros jugando al mismo tiempo –antes eran cuatro- y, como mínimo, dos chinos menores de 23 años en su plantel.

 

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El deporte favorito de los habitantes de la República Popular es el básquet. En uno de los campus universitarios de Shanghai, por ejemplo, se alza un estadio donde se puede jugar al fútbol pero es un caso aislado: hay 63 canchas de básquet y volley y 22 de tenis. En cada rincón del inmenso predio se escucha el ruido del roce de la goma de las zapatillas y el rebote de la pelota, los vuelcos al aro, de manera continua, de la mañana, a la noche. Y ningún grito de “gol”.

Pero el gobierno quiere que crezca el interés por el fútbol. Viene al recuerdo otra memorable intervención en la década del 70: el superpoderoso secretario de estado norteamericano Henry Kissinger medió en la contratación multimillonaria del campeón del mundo Pelé para que jugase en el recién creado club Cosmos de New York.

 

El presidente Xi Jinping, anunció en abril de 2016, que desea que China participe en otra Copa del Mundo (sólo había participado en el de Corea-Japón, donde perdió los tres partidos, no hizo ningún gol y recibió nueve), que organice un Mundial y lo gane dentro de 15 años. Hace meses circuló una selfie suya junto a Sergio Agüero, y a David Cameron, Primer Ministro inglés.

 

Zhang Kun, investigador del Centro de Estudios Globales de la Universidad de Shanghai, nacido en 1986, y estudioso de Argentina, recuerda haber visto a su padre pegarle al televisor después de que la selección china perdiera un partido. Y también recuerda que cumplió la promesa de no seguir más al equipo durante un año. Durante su infancia Zhang Kun se juntaba a jugar a la pelota con sus amigos: el interés por el deporte, cuenta hoy desde Wechat, una versión china del WahtsApp, aumentó cuando la televisión empezó a llegar a cada hogar chino y se multiplicaron los estadios. “En los 90 se creó la Asociación del Fútbol y el año pasado la cadena de TV pública CCTV empezó a transmitir partidos de las ligas latinoamericanas, además de las europeas”.

 

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El fuerte incentivo estatal al fútbol se dio después de una crisis: en China descubrieron fraudes dignos de los escándalos de la FIFA o la AFA. Pero, a diferencia de otros lugares donde las sanciones se hacen esperar, en 2013, 33 jugadores y dirigentes fueron castigados por haber arreglado partidos. Se “limpiaron” estructuras e incluso se cambió la televisación: durante un tiempo no se transmitieron los partidos de la liga nacional.

 

Plan quinquenal y Tevez diplomático 

Por momentos, parecería que China valorase más a los trabajadores extranjeros exitosos. No solo en el deporte. El programa de “expertos mundiales”, por ejemplo, invita a “talentosos” profesionales a realizar distintos tipo de estancias en el país. Investigadores y docentes bajo este régimen ganan tanto o más que las mejor conceptuadas universidades de Estados Unidos –como Harvard- o Europa –como Oxford. Y algunas veces, cifras impensables en la academia de aquellos países. 

El fútbol tiene su propio plan quinquenal. Se lanzó el año pasado. Para el 2020 el equipo masculino debería convertirse en el mejor de Asia. El número de canchas será de más de 70.000 y habrá 50.000 entrenadores y 20.000 escuelas.  El objetivo para 2050 no es austero ni humilde: es ser reconocido “una superpotencia futbolística de primera clase que contribuya al mundo del fútbol internacional”.

 

Ese mestizaje entre una programática socialista y una circulación libre de dinero y consumo atraviesa distintos planos de la vida social en China. Tevez es parte de aquel gran plan.

Tevez no salió a desmentir al presidente cuando él se refirió a su rol diplomático. Y el tema no parecería ser una rareza para los chinos sino algo naturalizado. En octubre, firmaron con Uruguay un acuerdo estratégico de cooperación y el fútbol fue parte de los puntos negociados; un ítem que incluye en todos sus acuerdos occidentales. También, por ejemplo, lo hizo con Alemania

Cuando Tevez camine con Vanesa, con sus hijas e hijo, o con algún otro familiar de los 19 que viajaron con él, por la peatonal aérea del distrito Pudong, el centro financiero de Shanghai, junto a los rascacielos más llamativos y altos del mundo; cuando suba a la Pearl Tower, esa torre tan retro y tan futurista, icónica de la ciudad y que recuerda a la TV Tower de la ex Berlín Comunista; cuando acceda a las increíbles vistas panorámicas del otro lado del río, el Bund, de arquitectura europea, colonial, de principios del Siglo XX, es posible que, deslumbrado, contento, o indiferente, piense en su debut. En su estado físico en un lugar cuyo aire a veces se vuelve denso, contaminado. O quizá haga la cuenta y piense en cuántos días le quedan de pasear tranquilo, de comer en un restaurant sin que lo reconozcan y le pidan un autógrafo, una selfie. Y de seguro, se sentirá confiado, sabiéndose hábil para comunicarse con su público, con sus fans extranjeros, aunque no domine el idioma de ellos. Y quizá también se sienta libre, hasta halagado, por saberse parte del plan de una potencia mundial.

 

 

 


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