Los perfiles de grindr, la app de citas gay, en vez de seducir, te retan. “Mandá foto con el hola”. “Si vas a preguntar lo mismo que todos, chau”. “No remo conversaciones”. Balanceándose en “la grieta hetero – gay” el escritor Christian Rodríguez analizó los mecanismos más frecuentes de rechazos y acercamientos. El Grindr genera “esa sensación de asfixia de 5 o 10 cuadras y nada más, la geolocalización solo te conecta con los más cercanos, y más allá el mundo abisma”, dice.

Estuve haciendo un serio trabajo de campo en Grindr, la app de levante gay. Para los que viven en un táper, o son heterosexuales acérrimos (que viene a ser casi lo mismo), es el Tinder antes de Tinder: subís una foto, una descripción y la app te geolocaliza la gente más cercana, con la que podés chatear e intercambiar fotos.

Hay varias tendencias que cada vez se notan más ahí. Una es que se volvió polirrubro: antes era de levante, ahora el levante compite con todo tipo de productos y servicios. La app se convirtió en una feria de manteros virtuales, donde se pide o se ofrece falopa (la marihuana, que escasea en esta época), el “vicio” (cocaína), las pepas (no las de la panadería), los poppers, etc. También hay taxi boys, masajistas, personal trainers, relaciones públicas, depiladores. Y a veces, todo esto junto. El sueño del pibe gay: te depilan, te masajean, te enfiestan, te falopean, te anotan en la lista para el boliche, te arman una rutina para el gym. ¿Qué más podrías querer, flotando en una placenta ideal, conectado a tu cordón umbilical wifi?

 

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Algunos de esos servicios se ofrecen en castellano neutro, porque hay varios venezolanos y colombianos, a alguien se le ocurrió decir que Argentina es la tierra prometida del veinteañero gay, y se vinieron para acá. Y acá los tenemos, haciendo cursos en las universidades privadas de Palermo, de mozos en los restoráns (porque la tonada caribeña rankea alto en atención al cliente), buscando alojamiento barato.  

Esta mescolanza de levante y comercio al menudeo es, en realidad, una polinización cruzada. El sexo, el levante, toma el formato de transacción mantera. Negociamos y regateamos, y esta es mi pulserita artesanal, mirá qué pintoresca, y con una pincita te la acomodo así se ajusta tu morbo demandante. Y los servicios y productos, están todos sexualizados. Te ofrecen un departamento en alquiler, pero eso solo se explicita en el texto del perfil, porque la foto es la de un pecho musculoso, decapitado, escondiendo la cara. Alquileres temporarios, consultar, dice, y la foto es un pecho torsionado, y unos abdominales raviolitos, con un morro atrás, brasileño, en un encaje de bruma.

En el poscapitalismo donde no hay minuto del día en el que no te vendas, no regatees, no vuelvas a subir y bajar el precio, tamborileando los dedos, esperando el próximo cliente esquivo, resbaladizo, que persigue el éxtasis de la gran barata.

Podría probar ofrecer en la manta un taller de lectura, de discusión filosófica, de cine, pienso. Podría aducir que podés depilarte, muscularte, drogarte, pero si no podés decir nada interesante, tus levantes se van a degradar notoriamente. Hay que avisarle a los pibes gays ya desde chiquitos: hay que ir al gym, comer bien, cuidar el cuerpo, porque en este mercado de carnes estás siempre expuesto, examinado, rankeado. Pero hay que ejercitar también la curiosidad, la opinión sustentada, la capacidad de discutir con pasión, y el morbo por la cultura pop (la única que más o menos compartimos todos, la lingua franca, que maximiza tu capacidad de poder charlar con alguien en una fiesta aburrida). Somos animales sexuales, somos esos brazos-torsos-caderas-piernas que transpiran en el gym, pero eso que cargamos sobre los hombros, el cerebro, se infló como un globo desde el primer mono hace millones de años hasta el último egresado de Harvard sobre todo para hablar boludeces. Kubrick borró la escena de 2001, pero podríamos reponerla: la primera vez que un mono se acercó a otro y le preguntó venís siempre a este boliche, de qué signo sos.

 

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Acá seguro alguna amiga heterosexual asentirá y agregará que el mejor sexo es el que se da luego de una gran charla, no hay nada más estimulante que un tipo inteligente y verbalmente virtuoso. Bueh, puede ser, cada uno a lo suyo, pero el sexo puede ser muchas cosas, y solo la maquinita repiqueteante puritana necesita afirmar, culposa, que el sexo “puramente físico” siempre tiene que ser otra cosa. Y no es así, a veces lo mejor del sexo es que no es verbal, y que puede proveer una intimidad no charlada, ni laboriosamente construida, ni “significar” otra cosa que eso: el misterio y la certeza de la intimidad, accidental, que te hace sentir vivo.

¿Pero qué pasa en una app donde uno se mete a buscar a alguien? Este año se nota una irritación cada vez más creciente, una ansiedad anticipada, preempetiva: me irritás antes de conocerte, como un Bush que te bombardea con mala onda por las dudas de que escondas armas de destrucción masiva. Los perfiles, en vez de invitarte, te cagan a pedo. “Mandá foto con el hola”. “Si vas a preguntar lo mismo que todos, chau”. “No remo conversaciones”. Estas frases son las más repetidas.

 


Claro, disponés de100 torsos desnudos para elegir, pero tenés que encastrar morbos, horarios, gustos, edades, tamaños. La cultura de la selfie nos ha convertido a todos en esculturas caprichosas de bordes filosos, el encastre con otra pieza de arte abstracto moderno resulta cuasi imposible. Pero lo cierto es que si no remamos se nos hunde el Titanic. Y acá va mi ardua investigación. Probé charlar con los chicos “no remo conversaciones”. Y no es que no reman, es que no tienen conversación. Contestan con monosílabos, no repreguntan, no tienen sentido del humor, y sobre todo, no se ríen de sí mismos.

Ojo, seguramente a algunos no les gusté yo, o mi foto, o estaban ocupados descubriendo la cura del cáncer. Pero no, muchos de ellos, luego de yo remarla en el dulce de leche, hablar pavadas, contar alguna anécdota, hacer chistes, resultar llamativamente interesado en algún dato de su perfil (si el perfil decía “me copa dormir la siesta” yo les preguntaba ¿qué tipo de colchón?, ¿en total oscuridad o con unos puntitos de luz volcándose sobre la cama, como puntos suspensivos?, ¿haciendo cucharita con mascota, con peluche, en cama doble?, ¿fetal en el centro o dejando un espacio vacante al costado, una señal peregrina de fantasmática compañía?), y no decían nada, pero nada, nada. A la cuarta respuesta aparecían los errores, en vez de decir “a veces”, ya decían “avss ede”, señal de que habían entrado en coma chatero y el autocorrector también los había desahuciado. Pero a la semana me mandaban mensaje preguntando por qué no les mandé más mensajes, o mandaban un lánguido “hola” reconciliatorio, o una foto directamente en bolas, desplegadas sus partes íntimas como un origami reverso, con todos los pliegues expuestos.

 

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El esquema entonces es este, y es absurdo, pero persiste e insiste. Se muestran como joyas artesanales preciosas, en sus mantas virtuales, les exijen al potencial interesado un largo protocolo de requisitos implícitos, lo cagan un poco a pedo por las dudas, le contestan con monosílabos, y luego putean porque están todo el día conectados y deciden que sus candidatos son unos sexópatas imbéciles, incapaces del más ínfimo malabar seductor.

 


Estas apps están construidas sobre el esquema cliente – consumidor. O sea, yo, solito, yo, busco esto específico, y lo compro porque “me lo merezco”. Mentira, nadie se merece nada en esta vida, todos vivimos con un piano colgado encima de nuestras cabezas, en un quinto piso, que no vemos, y si se corta la soga te aplasta y chaucito. Así que no te merecés nada, y agarrá los remos y dale contra el dulce de leche de las cataratas del Iguazú como la pantera rosa con los bracitos en hélice.

La complicación es que somos sociales, estamos volcados hacia la búsqueda del otro, pero somos frágiles e inseguros, y encarar solo, de frente, uno contra uno, es difícil. Por eso durante toda la historia se recurrió a las actividades grupales: la gente levantó en el boliche, en la iglesia, en el laburo. Un poco intoxicados (por el alcohol o el porro, por los villancicos o sermones, por los jefes insoportables o las reuniones larguísimas). Así, en un grafo de relación bolichero, eclesiástico o laboral que grafique a cada persona como un punto, y las relaciones como líneas entre puntos, se vería una red distribuida, desparramada. Y así puedo chusmear oblicuamente a alguien específico mientras interactúo con otro (cosa que me da más información sobre ese alguien que 50 fotos en bolas y 300 líneas de perfil). Y puedo encarar con excusa y tema en común (¿qué tipo de música te gusta?, ¿te copa más el sermón de la montaña o la multiplicación de vino y pescado?, ¿nuestro jefe es un pelotudo o un turro?). Pero las apps generan vínculos uno a uno, y solo proponen como actividad grupal el sexo (mayormente de a tres) o los afters (los fines de semana a la madrugada, con gente severamente invalidada en lo verbal o en lo motriz). No se arman fulbitos, ni tés canastas, ni kermeses, ni visitas a museos.

Ojo, no tengo nada en contra del sexo por el sexo, el consumo de sustancias alteradoras de la mente (incluso los alfajores Cachafaz, porque sí, señores, parece que el azúcar refinado es la droga que nos está reventando globalmente, como chaskibúms), ni en contra de las festicholas. Pero no creo que quienes prenden la app estén buscando solamente eso. Hay lugares muy específicos donde “eso” se consigue (si sos gay, gratis, si sos hetero, en un cabarute), y con la ventaja de que ya por estar en esos lugares tenés filtrado y descartado a los que buscan conversación o siestas compartidas o “comer unas facturas metidos en la cama y que se me queden pegadas las miguitas en el agujerito peludo del ombligo.” (textual de un perfil).

Las mujeres heteros acá festejarán (y tienen razón), que los hombres las verseen (que les reciten poesías, que les digan que están flaquísimas, que miren con cara de arrobados mientras ellas les cuentan los problemas de la amiga, cuando en cada instancia querían, mayormente, sexo, y después una fugazza con queso). Y los hombres heteros agradecerán, sin saberlo, que debieron aprender a versear a lo pavote. Han tenido que desplegar vistosas colas de pavo real acicaladas que son pura pompa y circunstancia. Deberíamos aprender, los hombres gays, de nuestros amigos heteros (los del táper) y de nuestras amigas lesbianas, a zigzaguear un poco más en busca del sexo, a esquivarlo, a rondarlo, a girarle alrededor. Asumir, sí, todos juntos, golpeándonos el pecho con un puño, que de tanta rosca traspasamos la pared con el taladro del puto demandante narciso, y que rompimos la cañería, y se nos está mojando la moquete.

Que ellos, asomados al táper, nos den lecciones de verseo, de postergación calentona, de seducción laboriosa y gozosa, y nosotros a cambio les enseñamos a ellas a hacer mejores felatios y a dejar de hablar pavadas gigantescas cuando hablan de la sexualidad de los hombres (que son las mentiras que ellas quieren y pueden escuchar, y que ellos, felices, proveen en generosas dosis). Y a ellos, bueno, a ellos ya les dimos mucho. La música de los 80s, el aseo personal, el gym y toda la moda y los cortes de pelo que no revuelven el estómago de los últimos 30 años.

Esto es en joda, pero va en serio. Jodo balanceándome equilibrista en la grieta hetero – gay. Pero también creo que tenemos que militarnos, entre todos, y de verdad. Pelear y defender los lugares de encuentro (boliches, iglesias de cualquier paganismo, clubes de filatelia o numismática, talleres de cualquier cosa, fiestas de sexo pero también de siestas compartidas, etc.) porque el celular está ahí y vibra y nos llama. Y es una magia vertiginosa que sirve para mucho, pero en muchos casos, solo para irritarnos con la perpetua confirmación de que el mundo está lleno de mala leche y estupidez. O peor, porque la mala leche y la estupidez por lo menos enoja. Dejarnos flotando en el vacío de mejor me quedo en casa mirando una peli es todavía peor.

 

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Yo cultivo y venero mi soledad, pero cuando la soledad es pozo se vuelve locura, y te serrucha años. Estuve ahí en la adolescencia, y lo viví. No sirve. Muchos gays aprendimos de habernos lastimado así. Y algunos lo agradecemos: salimos, los que salimos, fortalecidos (¿hay algo que te pueda avergonzar en la vida, hay alguien que de verdad pueda lastimarte y quebrarte después de que tu propia madre te dijo que no eras su hijo y que estabas enfermo?). Rompimos nuestras familias biológicas, para armar nuestras familias “lógicas”. Se vio en la crisis del SIDA, en los 80s, cuando las familias biológicas abandonaron a sus hijos y hermanos, y se armaron las redes de soporte de amigos (y la bondad de los desconocidos, como diría Blanche DuBois, que si no hay eso, sonamos dijo Ramos).

Y no es que los gays ataquemos la familia como institución, es que entendimos desde siempre que si no es disfuncional, no es familia. Y tendríamos que buscar la manera de construir familias troqueladas, espiraladas, barrocas, y aprender a navegarlas y a salir de levante por sus afluentes. Mezclar más el morbo del sótano con el picnic de sanguchitos y heladera portátil.


No sé para qué digo esto ni para quién, o a quién convoco, o si solo me invoco. Los podómetros son aparatitos que te ponés y te miden la cantidad de pasos que hacés por día. También podés medirte con otros aparatitos las calorías que gastás. Me encantaría tener un sexómetro, pero que no mida cuánto cogemos, sino cuánto nos sirve lo mucho o poco que cogemos. Tengo la sensación de que estamos cogiendo menos y peor. No hablo por mí, sino por el nivel de irritación ambiente. O puede ser que tenga que laburar más para romper mi propia burbuja; capaz está lleno de gays amish que viven una época dorada de disfrute comunitario, y yo no me enteré. Porque el Grindr también genera ese encierro, esa sensación de asfixia de 5 o 10 cuadras y nada más, la geolocalización solo te conecta con los más cercanos, y más allá el mundo abisma, y se precipita al vacío, sostenido por cuatro tortugas, una en cada borde de este cuadrado plano de Palermo.

 

Este cansancio irritado, ¿es del año, de la época, o todos los pelotudos sienten cada tanto que su propia época les pesa, se aburren, quieren rebobinarla o adelantarla, con una birome en el agujerito dentado? Tampoco lo sé, pero sí creo que está bueno tener los ojos abiertos y pensar.

El sexo, la soledad, la intimidad, la conexión, ¿cómo jugar con esa baraja? Se complica la escoba de quince. Tengo claras las complicaciones, y por eso me sigo sorprendiendo cuando conecto en un boliche con cuatro pibes que ni conozco. O en una charla de café a las 4 de la mañana un miércoles. O en el living de mi casa con 10 minas power. O con mi familia en formato Campanelli brazuca, tironeando todos de la misma sombrilla contra una tormenta de verano. O cuando leo un libro groso y no puedo dormirme hasta que se me pasa, o lloro dos horas con una película, o escucho una entrevista con Leonard Cohen y tengo que apurarme para llegar a casa porque me mareo de la emoción.

 

Se viene otro año, otro comienzo caprichoso, y esperemos que no nos deje boyando alrededor de las mismas boludeces del año pasado. Y que podamos vernos un poquito más en persona: ya eso sería una viralizada y microscópica revolución. Porque regatear todo el día, con este calor, con el mantero que te quiere vender un aro de plumas y vos querés una pulsera trenzada, ya fue, quedó viejo, es muy 2016.

 

 


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