Estudiantes, docentes, rectores, académicos, alumnos del secundario, agrupaciones políticas, vendedores de pañuelos y de choripanes, gente suelta. Ezequiel Adamovsky marchó junto a la comunidad educativa de la que es parte. Fue en defensa del sistema de puertas abiertas en el que los mundos se mezclan y los vínculos y saberes se construyen más allá de las lógicas de mercado.



La imagen circuló en la convocatoria a la gigantesca marcha universitaria que este jueves colmó el centro de Buenos Aires. “El gigante se despierta”: la universidad sale a la calle, como cuando frenó los intentos privatizadores de Menem o cuando frustró los planes de López Murphy de pagar la crisis con los fondos educativos y causó en cambio su renuncia. “El gigante se despierta”: parece una amenaza pero trae una promesa. Tenemos fuerzas de gigante dormido y se acabó, ya despertamos, no van a pagar la fiesta de los ricos con los fondos de la universidad pública. No esta vez.

 

Estudiantes de diversas universidades. Docentes y trabajadores no docentes marchando entremezclados con ellos. Rectores portando pancartas. Académicas renombradas codo a codo con chicos y chicas del secundario que vinieron para apoyar. Agrupaciones políticas, vendedores de choripán, sindicatos, gente suelta que venía en solidaridad. Los grupos iban llegando desde cada universidad, cada uno con sus carteles y con sus historias. Yo llegué con algunos de mis estudiantes desde San Martín, trayendo la doble angustia por los sueldos y los fondos que se achican pero también por la insólita decisión del gobierno –ahora ya suspendida– de quitarle a la UNSAM una parte de su campus para dársela a un empresario. Terminamos todos y todas empapadas y muertos de frío. Pero ni la inclemencia del tiempo ni la lluvia helada consiguieron detener la convocatoria. Fuimos 300.000 según se anunció por los altoparlantes y otras decenas de miles de personas en cerca de setenta localidades del país. Cuando algo precioso está en peligro, marchamos. Porque conocemos la potencia de nuestros cuerpos cuando se amuchan para decir basta.

 

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Sabemos desde hace décadas que estamos en la mira de la derecha. Sabemos que odian el modelo universitario argentino, tan diferente a otros. Lo comprobamos en los intentos periódicos de avanzar contra nosotros y nosotras, en las columnas de opinión de los principales diarios que exigen que cambiemos hacia modelos más elitistas, en la virulencia de los ataques que como comunidad educativa recibimos en las redes sociales. Sabemos que no toleran que tengamos una universidad pública y gratuita que además es masiva y no pone la barrera de un examen de ingreso. Detestan que ese modelo venga demostrando desde hace décadas que se puede conciliar excelencia académica, gratuidad y masividad. Los frustra enormemente que la UBA, por caso, sea una de las mejores universidades del mundo y que esté primera entre las latinoamericanas con una de las inversiones por alumno más bajas de la región. Y odian sobre todo que seamos un polo de pensamiento crítico, que nos interesemos por lo político, que hayamos decidido no enfocar toda nuestra labor de conocimiento y de investigación a los requerimientos del mercado, que tengamos una vocación fuerte de estar cerca del mundo popular, atendiendo a sus necesidades y preguntas, tejiendo alianzas, admitiéndolo en los claustros y desbordándonos hacia los barrios. Nuevamente están viniendo contra todo eso, como lo intentan desde hace décadas. Y nuevamente salimos a las calles a dejarles en claro que no podrán. Esta vez tampoco.

 

“Universidad de los trabajadores”

 

Como siempre, entre los cánticos que entonamos estuvo el clásico, “Universidad de los trabajadores y al que no le gusta, ¡Se jode!” Por supuesto que no es para tomarlo literalmente: a la universidad no concurren sólo trabajadores. Quienes habitamos allí estudiando o enseñando no trabajamos mayoritariamente en fábricas ni somos de familia pobre. Pero lo que sí es verdad es que nuestro sistema universitario da lugar, masivamente, a ingresantes de clase baja. Y que esa tendencia se ha venido reforzando en las últimas décadas.

 

Entre todos los agravios que hemos recibido en estos últimos tiempos, ninguno resonó tanto como el que nos dirigió María Eugenia Vidal, cuando se quejó de que se hubiesen fundado universidades en el conurbano bonaerense “cuando sabemos que nadie que nace en la pobreza en la Argentina hoy llega a la universidad”. La afirmación refleja los prejuicios de la gobernadora, quien –seguramente por haberse graduado en una privada– no concibe que los pobres también estudien. Pero además denota un profundo desconocimiento de lo que hacemos y de quiénes somos. Según datos de 2015, el 12% de los y las estudiantes de las universidades del conurbano vienen del quintil más pobre de la población. Son nada menos que 38.000 jóvenes nacidos y nacidas en la pobreza que encontraron en sus aulas una oportunidad. Quienes vienen del extremo opuesto de la pirámide social, el quintil más rico, representan el 26%. El otro 62% corresponde a los escalones intermedios, que incluyen los del segundo quintil más pobre, un origen también bastante modesto.

 

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Cuando Vidal dejó caer esa frase los y las docentes empezamos a compartir historias de alguno de esos 38.000 que habíamos conocido. Algunos estudiantes sumaron las propias y contaron lo que significó para ellas o ellos ser pobres y poder llegar a la universidad. Yo compartí una que me impactó mucho hace algunos años en la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA. Conocí allí a un estudiante de historia, hijo de un albañil, que se había venido de una ciudad del interior de la provincia sin un centavo y que había dormido durante semanas en la calle mientras comenzaba a estudiar. Estaba contento porque había conseguido albergue en una Asamblea popular y ya no tenía que dormir afuera. No volví a verlo. Nunca supe si terminó o no.

 

De más está decirlo, Argentina no es el único país en el que el hijo de un pobre puede llegar a la universidad. En otros sitios hay becas y esquemas de apoyo que permiten que algunos o algunas tengan esa oportunidad. Pero la diferencia es que suelen ser menos y cuidadosamente seleccionados entre el universo popular. Quienes descuellan por sus notas o por sus aptitudes son extraídos de allí, trasladados a otro mundo y apoyados para que estudien. La operación quirúrgica deja las fronteras sociales intactas. En nuestro caso es al revés: los esquemas de identificación y apoyo individual casi no existen pero, a cambio, las universidades son de puertas abiertas. Invitan a que cualquiera lo intente. Mezclan y confunden los mundos. Son espacios que, a contramano de los que ofrece y organiza el mercado, no segregan y jerarquizan a la población según sus ingresos. Por el contrario, permiten la circulación amplia de jóvenes de toda condición. Son arenas para el contacto inter-clases, plataformas para el ascenso social y, a la vez, escuelas de solidaridad y de valores progresistas.

 

¿Que hay quienes quedan en el camino? Es cierto. Pero nuestro sistema universitario se niega a considerar incluso esos pasajes como pura pérdida. Primero, porque la educación que adquiere una persona tiene importancia incluso si no conduce a la obtención de un diploma. Pero, más importante aún, porque es de un valor superlativo que alguien joven y nacido en la pobreza sienta que tiene el derecho a pisar una universidad, que ese espacio también puede ser suyo, que el saber no es un plano que les corresponda sólo a los de arriba. Si alguien me dijera que su única función fuese la de hacerle creer a los chicos y chicas pobres que no son menos que nadie, que también pueden estudiar, diría entonces que cada uno de los magros pesos que este país invierte en su sistema universitario vale la pena. Los efectos democratizantes que tiene sobre nuestra sociedad son inconmensurables. ¿Cuánto valen? No hay rankings internacionales que lo midan.   

 

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Lo que está en juego

 

Casualmente mi día del jueves, antes de la marcha, el agua y el frío, había comenzado temprano con una reunión con un colega que enseña en una universidad británica con el que compartimos un proyecto de investigación. Inevitablemente conversamos sobre el contexto local. Según me contó, también en Gran Bretaña las y los docentes están en dificultades. También allí en 61 universidades debieron marchar este año a una inédita huelga

de 14 días para frenar un proyecto de recorte en sus pensiones.

 

El espejo británico nos muestra la imagen de lo que está en juego, de lo que podría ser nuestro futuro si visiones como las que plantea la derecha se abren camino. Allí el sistema universitario se viene orientando desde hace tiempo según una lógica mercantil. Las matrículas que pagan quienes quieren estudiar son altísimas y para costearlas desarrollaron todo un esquema financiero por el que contraen deudas que pagarán durante largos años luego de la graduación. El mismo día que reciben su diploma se convierten en deudores y deudoras. Su trabajo está hipotecado de antemano; todavía no saben qué harán pero ya saben que su saber deberá generar riqueza para los banqueros. Los y las estudiantes son además considerados “clientes” que establecen con sus instituciones contratos similares a los comerciales. Las casas de estudios son evaluadas por el Estado según varios criterios de “calidad” y se establecen rankings y jerarquías que a su vez condicionan su capacidad de reclutar estudiantes y la medida en la que recibirán fondos públicos. Esas mediciones incluyen los niveles de satisfacción estudiantil según encuestas que completan cada año (lo que impulsa a las universidades a toda clase de medidas absurdas, como ofrecer comida y refrigerios gratis en los campus en la semana en la que se realizan los relevamientos). En la evaluación de la “calidad” educativa también se toma como dato crucial cuánto ganan quienes obtuvieron un título cuando salen al mercado de trabajo. Si consiguieron empleos bien remunerados, eso quiere decir que la universidad a la que concurrieron es “buena”.

 

Evidentemente ese tipo de visiones va generando cambios progresivos en la vida universitaria, que se notaron, por caso, en la huelga docente de hace unos meses. Como en Argentina, también allí recibieron solidaridad y apoyo de sus estudiantes. Pero no tan masiva y unánimemente. Hubo grupos de estudiantes que organizaron campañas para que las universidades les hicieran un reintegro de los aranceles por el equivalente de los días de clase que habían perdido. Como clientes defraudados, amenazaron con demandas judiciales y forzaron a las autoridades académicas a justificar legalmente su rechazo a la exigencia también sobre la base del derecho comercial: según los abogados de la Universidad de Manchester, por caso, el compromiso contractual establecía que debían proveer un diploma pero nada prometía respecto de cantidad de días de clase que tenían que ofrecer. 

 

En el contexto argentino esta historia de pujas mezquinas nos puede parecer completamente ajena y hasta graciosa. Pero sin dudas es hacia allí hacia donde nuestra derecha local quisiera llevarnos. En esto y en todo. Margaret Thatcher, ícono del neoliberalismo, nos dejó una frase bien reveladora: “La economía es el método: el objetivo es cambiar el corazón y el alma de la nación”. No es casual que Argentina tenga un sistema universitario tan peculiar y que lo defienda con uñas y dientes. Si algo caracteriza nuestra sociedad desordenada, inestable y caótica son sus valores igualitaristas, su rechazo visceral frente a las formas de apartheid de clase que genera el mercado. No queremos que las universidades lo apuntalen. No queremos que también ellas se sumen a la generación de esa cultura fatalmente chata y vacía que queda cuando todo se orienta al éxito económico individual y a la valorización del capital.

 

Ni más ni menos que eso es lo que está en juego. Por eso, también, fue que el jueves colmamos las calles.    


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