En 1930 la mitad de la población de Buenos Aires había nacido en el exterior: 3.385.000 europeos. Décadas más tarde, el panorama era otro. Desde el norte argentino y los países limítrofes, descendientes de pueblos originarios de Sudamérica habían llegado en busca de trabajo. Las clases media y alta porteña se sintieron invadidas. La historiadora Inés Arteta contrasta la percepción sobre ambas inmigraciones: cómo unos construyeron la patria y otros la “degradaron”. Adelanto de “La 21/24. Una crónica de la religiosidad popular frente al desamparo” (Ediciones Continente).



Foto de portada: Katiebordner

 

“Cuando yo uso una palabra —le dijo Humty Dumpty a Alicia a través del espejo— significa lo que yo decido que signifique, ni más ni menos. La cuestión es —dijo Alicia—si usted puede hacer que las palabras signifiquen cosas tan diferentes… La cuestión es —dijo Humpty Dumpty— saber quién es el amo, eso es todo”. Lewis Carrol, Alicia a través del espejo

 

Argentina, al igual que Estados Unidos, Canadá, Australia, Nueva Zelanda, Brasil o Uruguay, está considerada como un país de inmigración: su sociedad se enriqueció con la inmigración masiva que fue llegando a partir de la mitad del siglo XIX. En el primer censo de 1869 la población argentina no alcanzaba a dos millones de habitantes. Era necesario poblar el nuevo país. Poblar las partes vacías. Entonces se buscó fomentar la inmigración europea, como proponía el artículo 17 de la Constitución.

 

—Ese artículo se inspiraba en el pensamiento de Juan Bautista Alberdi— dice Agapito Godoy, inmigrante chaqueño de San Fernando, que ahora vive en José Mármol. —Alberdi escribió: ‘Poblar es civilizar cuando se puebla con gente civilizada, es decir, con pobladores de la Europa civilizada’. Querían que viniera gente anglosajona y que fueran a trabajar al campo. Pero los anglosajones se fueron para los Estados Unidos. A la Argentina vinieron de Italia y de España. De todos modos, ellos también eran preferidos a ‘la barbarie propia’, o la ‘raza degradada’, como llamaban a la población originaria.

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Para 1930 ya habían llegado 3.385.000 inmigrantes europeos. En la Ciudad de Buenos Aires, la mitad de los habitantes había nacido en el exterior. Cuando mucho más tarde empezaron a llegar los inmigrantes del norte de nuestro país y después de los países limítrofes, los porteños vieron teñirse de oscuro su capital “europea”: este nuevo inmigrante que llegaba a la ciudad en busca de trabajo, desciende de los exterminados pueblos originarios de Sudamérica. Tiene la piel oscura. Si el problema del indio era un episodio ya superado exitosamente, poco a poco, sus descendientes empezaron a verse en la Ciudad de Buenos Aires.

 

La clase media y la clase alta porteña se sintieron invadidas y agobiadas. Los intelectuales de izquierda de aquel entonces se solidarizaron con el espanto de la “gente bien”, porque ellos también querían preservar el carácter de ciudad culta y aristocrática de Buenos Aires. Empezaron a llamar a este inmigrante “cabecita negra”, “negro cabeza”, “grone”, “groncho”, o “la negrada”.

 

—Los mismos que antes habían sido inmigrantes, rechazaban a los nuevos inmigrantes —dice Agapito.

 

El cuento Cabecita negra, de 1961, del escritor argentino Germán Rozenmacher, tiene un pasaje que dice así: “Y allí la vio. Nada más que una cabecita negra sentada en el umbral del hotel que tenía el letrero luminoso “Para Damas” en la puerta, despatarrada y borracha, casi una niña, con las manos caídas sobre la falda, vencida y sola y perdida”.

 

Inmediatamente después un policía se acerca y pretende detener al señor Lanari por alterar el orden en la vía pública.

 

“El señor Lanari, perplejo, asustado, le sonrió con un gesto de complicidad al vigilante.

—Mire estos negros, agente, se pasan la vida en curda y después embroman y hacen barullo y no dejan dormir a la gente.

Entonces se dio cuenta de que el vigilante también era bastante morochito pero ya era tarde”.

 

La negritud se asoció a algo malo y el término “negro cabeza” hoy alude a una persona que se comporta de modo mal visto. Desde entonces el inmigrante fue consciente de que provocaba rechazo en los porteños y procuró acatar las barreras invisibles que percibía. Iba del trabajo a su casa y no se dedicó a deambular por la ciudad.

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Se quedaba “adentro” de la villa, el único lugar adonde se sentía protegido con otros exiliados como él. A salvo de la discriminación; de ser visto, “afuera”, como un “negro” vago o delincuente.

 

—El villero era estigmatizado por la ciudad blanca de Buenos Aires como un sujeto despreciable, vago y peligroso —agrega Agapito—. Merecedor de su pobreza.

 

Es un descendiente del “cabecita negra”, un invasor de la ciudad; discriminado por su supuesta ignorancia y facilidad con la que es domesticado como masa electoral y su color.

 

Alcides Tomé, inmigrante de Misión San Leonardo, Paraguay, que hace más de cuarenta años vive en el barrio Tierra Amarilla, dentro de la villa 21/24, en Barracas, cuenta que en la estación de servicio donde trabaja su hijo, una vez se dio un altercado entre tres hombres que habían llegado a cargar nafta en un Citroën. Dos de ellos increpaban a un tercero porque se negaba a poner su parte del costo de la nafta que le cargaban al Citroën. Uno de ellos se sulfuró y acusó al que se negaba a pagar, de ser hijo de una mujer de mala vida. Después, como si el insulto no alcanzara, lo llamó “negro villero”. Según Alcides, su hijo pudo entender perfectamente que la razón se debía a que el sujeto “andaba siempre mal vestido, zaparrastroso”. De golpe el insultado vio a su hijo parado ahí con la escobilla en la mano, a punto de limpiar el parabrisas, y se defendió retrucándole a su agresor: “¡Racista!”. Y este le contestó, “yo no te digo negro villero por el color de tu piel. Te digo negro por tu alma de negro cabeza”.

 

Convierte la negritud en simbólico, pienso. Alcides agrega que esa anécdota que me cuenta es algo de todos los días: ‘Negro de mierda’ ya se usa ‘normal’, sin pensar, cualquiera que se comporte de manera reprochable es un ‘negro’. En cualquier momento aparece en el diccionario.

 

Para Mirta Tomé, hija de Alcides, más doloroso es el uso del pobre en los discursos de los políticos. Terminan el discurso y ‘los negros’ quedan igualito nomás que antes, las palabras son lindas pero vacías. Peor que la indiferencia son las palabras vacías, insiste. Además, el Papa en Paraguay dijo que había que cuidarse de los que hacen discursos a favor de los pobres para usarlos para llegar al poder. Mirta dice que ella está siempre con los ojos abiertos, y lo mismo les dicen a sus hijos que hagan.

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Jorge Vernazza, cura de la villa del Bajo Flores, escribe en Una vida con los pobres: los curas villeros, de 1971, que entre los años sesenta y setenta, el cabeza negra recibió, además de la mirada de espanto, otra mirada romántica y lejana que, con el afán de utilizarlo políticamente, lo pintó como bueno y víctima de un sistema injusto. Y también que en ciertos ámbitos juveniles se había puesto de moda ir a las villas a “darse un baño de pobreza”. Así le habría comentado, con sorna, un vecino de la villa.

 

Después del “Cordobazo”, que fue un importante movimiento de protesta de 1969 contra ciertas medidas del gobierno militar de Juan Carlos Onganía y que desencadenó su caída, la efervescencia política se extendió. Escribe Vernazza que muchos jóvenes de diversos partidos creyeron que las villas serían un caldo de cultivo para el germen revolucionario. Pero no llegaban a comprender que los inmigrantes que vivían allí estaban acuciados por necesidades básicas y no podían soñar con revoluciones. A estos jóvenes “de izquierda” les frustraba que los villeros “no entendieran nada” y se iban defraudados de que “vivieran así y no aspiraran a algo mejor”.

 

—De chiquitos aprendimos, ya en la escuela, que somos “negros villeros” y que no está bueno —porfía Mirta, la hija de Alcides—. Es un estigma que tenés.

 

—¿Cuántos años pasaron ya de que existen las villas y de que a los villeros se les complique conseguir trabajo si dice que vive en una villa? —continúa Alcides—. Y cada vez hay más villas, más villeros, porque además de que sigue llegando gente de afuera, las villas crecen desde adentro también.

 

—Ahora, igual que cuando llegué al barrio —dice Mario, vecino conocido por todos en Villa 21/24 desde hace más de 30 años—, te puede detener la policía por ‘portación de cara’. Cara de villero. Siempre supimos que se nos puede revisar los antecedentes o acusarnos de borrachos y tengamos que pagar para salir de la comisaría o sino quedarnos encerrados una semana entera y no poder cumplir con el trabajo.

 

—¿Sabés la cantidad de razzias policiales que se han hecho acá en el barrio? —porfía Alcides—. ¿Y sabés cuándo se hacían? Cuando sabían que cobrábamos la quincena.

 

Juan Gutiérrez, ex párroco de Caacupé y ex sacerdote, me dirá que las villas ofrecen motivos para ser consideradas zonas de riesgo y proclives a la necesidad de un control o de intervención. De eso se tratan las famosas “razzias” o allanamientos masivos, grandes operativos policiales y parapoliciales que se hacen de manera imprevista sin fines claros o al menos que justifiquen un despliegue de tal envergadura.

 

Justo esa misma tarde, cuando vuelvo a mi casa, me encuentro con un conocido de mi barrio que me dice: —¡No sabés el susto que me acabo de pegar! Se me acercó un villero y pensé que me iba a robar.

 

Le pregunto cómo sabe dónde vive esa persona que parecía que le iba a robar. Mi vecino tuerce la boca en un gesto que interpreto como de sarcasmo. Y sigue su camino.

 

El padre Pepe Di Paola, párroco de Caacupé desde 1997 hasta 2010, dice que el prototipo del villero es el obrero. Cuando él se paraba a las seis de la mañana en la puerta de Caacupé, salían todos a trabajar. Todos.

 

En una entrevista para el diario La Nación del 25 de enero de 2010, justo después de tener que abandonar el barrio por las amenazas recibidas de parte de gente del narcotráfico, dijo: “Buena parte de la sociedad pensaba que la villa era la causante de los males y no se daba cuenta de que es una de las primeras víctimas del individualismo argentino, porque estos barrios han crecido por una ausencia permanente del Estado, justamente en estas décadas pasadas. Una presencia del Estado hubiera hecho que los pobres pudieran tener un lugar como corresponde. Y cuando se habla de ausencia de Estado no es solo que no hay ladrillos, sino que se manifiesta de muchas maneras: ausencia de seguridad plena, de trabajo, de otros derechos en barrios en donde primero llegó la droga y después una escuela”.

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Merche Fusa y Myriam Estala, hijas de ferroviarios, eran llamadas “las chicas del pavimento” entre los muchachos del grupo juvenil de los años setenta, porque ellas vivían del otro lado de la calle Iriarte. A ellas les daba una rabia bárbara, dice Merche, entre risas. Después me cuenta que cuando empezó a acercarme a la gente “de antes”, “de la época del Padre Daniel” y contactó a algunos ex miembros del grupo juvenil de aquella época, el Chapy Araya, uno de los integrantes de ese grupo, los invitó a todos un domingo a comer un asado en su casa en Ezeiza; reencontrarse y recordar. —Fue muy conmovedor —cuenta Merche—, porque el grupo se había dispersado y hacía años que muchos de ellos no se veían. Facebook los ayudó a localizarse cuando contacté al Chapy y él empezó a buscar al resto del grupo.

 

Fue un momento muy lindo —dice—, porque pasaron la tarde recordando y emocionándose. De repente uno de ellos, Miguel Ángel, que según Merche cambió de clase social cuando se juntó con una mujer que viaja a Francia y que tiene hijos viviendo en Alemania, les contó que un par de meses antes se había encontrado con una de las chicas del barrio de aquella época, con Haydée, en el colectivo. Andaba mendigando con dos criaturitas, y estaba toda andrajosa. Miguel Ángel no la reconoció hasta que ella se le acercó y se lo reveló:

 

—Miguel Ángel, ¿no te acordás de mí? Soy Haydée. Pero Miguel Ángel no la reconoció.

 

—¡Yo era tu reina!, Miguel Ángel, ¿no te acordás?

 

Miguel Ángel se rió de que Haydée estaba “toda sucia, vieja y rota”. Les contó que ahora vivía en la villa que llaman Fuerte Apache. Los demás se rieron también. ·Eran risas cómplices —dice Merche—, estimuladas por el envión del reencuentro y de un especie de jactancia de que ellos no estaban como Haydée, estaban bien. A lo mejor tampoco tenían ganas de arruinar el momento. Era uno de nostalgia por la juventud compartida y no uno para traer a colación la desdicha de lo que la vida había hecho con uno de ellos. Luis, otro miembro del grupo juvenil del padre Daniel, comentó que alguien le había contado que Haydée tuvo nueve hijos. Los primeros con un marido que después se enteró de que tenía una vida paralela. Los segundos con otro tipo que ahora estaba preso.

 

Merche me aclara que la familia de Haydée tuvo muchas desgracias. La hermana se suicidó y más cosas. Y entonces Merche se empezó a llenar de bronca de que Miguel Ángel hablara así de Haydée. Que hubiese perdido la sensibilidad al cambiar de clase social. Porque al dejar de ser pobre, pareciera que lo único que vale es lo propio, lo individual, dice Merche, crispada. Le daba bronca que ninguno de los varones reaccionara. Y al final no se aguantó y dijo:

 

—Pero, che, ¡la pucha! El Padre Daniel no estaría contento de cómo estás hablando de Haydée. ¿Aunque sea le diste un billete?

 

—¡Qué billete ni billete! ¡De eso se tiene que ocupar el gobierno! —le retrucó Miguel Ángel.

 

—Bueno —dijo Merche— a lo mejor Haydée y las criaturitas comían ese día.

 

Y el aire se cortaba con un cuchillo. Por eso después Merche le pidió disculpas a la dueña de casa, la esposa del Chapy. El padre Daniel nos enseñó todo lo contrario a lo que hizo Miguel Ángel, porfía Merche. Y nos enseñaba haciendo, no puro piripipí.


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