Hoy lo nuevo en términos de ciencia y tecnología está asociado a lo digital, lo biológico y lo nanotecnológico. Las universidades son parte fundamental del sistema de innovación pero el acuerdo con el FMI deja a la Argentina en un punto de inflexión: arriesgarse a quedar encerrada en lo viejo, aquello que tarde o temprano será objeto de destrucción. Verónica Robert y Pablo Lavarello describen los avances científicos y tecnológicos para mostrar la potencia de las universidades nacionales. Esta es una de las 20 notas para celebrar los 20 años del IDAES a través del pensamiento de sus investigadores sobre los temas calientes de la coyuntura.



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El acuerdo con el FMI y la nueva reforma del Estado que traerá aparejado —porque de eso se trata el ajuste en ciernes— no solo hundirá a la economía argentina en una recesión en lo que queda de 2018, y probablemente a lo largo de 2019. Por su impacto en los principales resortes públicos de lo que los economistas industriales llamamos el Sistema Nacional de Innovación, también tendrá efectos regresivos en el aparato productivo argentino, en el empleo y la distribución del ingreso, una situación semejante a la vivida en otras experiencias de reforma neoliberal. Y las Universidades Nacionales son una parte cada vez más gravitante de ese Sistema en nuestro país.

 

La sociedad argentina está ante un verdadero punto de inflexión. Porque el momento no puede ser menos oportuno para desandar la construcción de capacidades científicas y tecnológicas que, más allá de las marchas y contramarchas históricas y de los enormes desafíos que aún enfrentan, posicionan al país en un lugar privilegiado y expectante en la región latinoamericana. Acordar con el FMI implica para la Argentina arriesgarse a quedar encerrada en lo viejo, es decir, en aquello que tarde o temprano será objeto de destrucción.

 

Si hay un aspecto en el que coincidieron pensadores de posiciones políticas tan diferentes como Karl Marx y Joseph Schumpeter es en la idea del capitalismo como un sistema que se transforma desde adentro a partir de una constante revolución en las tecnologías que sustentan el desarrollo de las fuerzas productivas. Schumpeter caracterizó a esta dinámica como un “proceso de destrucción creadora” en el que tecnologías, sectores, empresas y estructuras emergen, crecen y desplazan a las preexistentes (1). Así, a lo largo de la historia del capitalismo, “nuevos” países pasaron de posiciones periféricas a ser líderes tecnológicos, como Alemania, Francia, Estados Unidos y Japón. Lo lograron a partir de la adopción y difusión de nuevas tecnologías. Por el contrario, quienes se quedaron atrás sufrieron el peso de esta extraordinaria máquina de progreso que, a medida que avanza, destruye. En clave centro-periferia, podría decirse que el proceso de destrucción creadora de Schumpeter suele asignar el rol de la “creación” a una de las partes (el centro) y el de la “destrucción” a la otra (la periferia).

 

Hoy lo nuevo está asociado a lo digital, lo biológico y lo nanotecnológico. La consultora internacional McKinsey estimó que los avances en biotecnología posibilitados por el descubrimiento del genoma humano generarán hacia el año 2025 ganancias anualizadas entre 0,7 y 1,6 billones de dólares (millones de millones de dólares) por sus efectos sobre la productividad, los nuevos materiales ganancias de entre 0,2 y 0,5 billones de dólares, los nuevos desarrollos de almacenamiento de energía entre 0,1 y 0,6 billones de dólares, nuevas tecnologías en exploración de gas y petróleo entre 0,1 y 0,5 billones, los nuevos desarrollos de energía renovable entre 0,2 y 0,3 billones de dólares.

 

La posibilidad de que países en desarrollo como la Argentina puedan aprovechar estas oportunidades exige impulsar su inserción en las nuevas actividades en su fase inicial de emergencia. Ese tipo de inserción, como imitadores tempranos, es probablemente la máxima aspiración que podría abrigar la Argentina para el corto y mediano plazo. No supone ubicar a nuestro aparato productivo en la vanguardia tecnológica —lo que sería tan formidable como ilusorio—, pero es mucho más ambicioso que la vocación por insertarse pasivamente en la explotación de recursos naturales, la posición histórica de las élites locales. Esa inserción como imitadores tempranos requeriría una política científica y tecnológica deliberada: las empresas adoptarían estas tecnologías y surgirían nuevas empresas en nuevos sectores basados en lo biotecnológico, nanotecnológico y el software. Se trataría de aprovechar las ventanas de oportunidad que se abren frente al cambio tecnológico y la emergencia de nuevos paradigmas.

 

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En las últimas cuatro décadas la Argentina ya ha desaprovechado dos veces la posibilidad de ingresar tempranamente como productor de bienes intensivos en conocimiento en el marco de revoluciones tecnológicas emergentes. Frente a la revolución de la microelectrónica en los años ‘70, el programa económico del terrorismo de estado (junto a un ajuste que contó con el apoyo del FMI) se tradujo en la fuga de cerebros y la destrucción de una incipiente industria electrónica. Es ilustrativo el caso de la empresa local Fate, que a partir de un grupo de ingenieros de la UBA llegó a fabricar la segunda calculadora electrónica portátil del mundo después de Hewlett Packard. Durante los ‘90, también de la mano del FMI, el desfinanciamiento del CONICET y de las universidades amplió aún más la brecha tecnológica.

 

Después de la primera década de los 2000, de apoyo deliberado a la generación de tecnología desde el Fondo Nacional de Tecnología Argentina (FONTAR), el acuerdo con el FMI amenaza dejar truncos numerosos desarrollos tecnológicos. Un anticipo de ello es la reciente eliminación de los subsidios del FONTAR, acotando el apoyo a instrumentos de crédito fiscal, que resultan totalmente inapropiados para la promoción de nuevas empresas de base tecnológica, y que además es retroceder incluso respecto a los grados de libertad de política tecnológica “amigable al mercado” que los mismos organismos internacionales posibilitan.

 

Decisiones de política que encierran al país en un sendero de desarrollo de baja tecnología frente a un escenario de revoluciones tecnológicas mayores que tenderán a redefinir las ventajas comparativas aún en los sectores en los que nuestro país cuenta con condiciones naturales. Conviene recordar que el llamado “boom de la soja” de la década de los 2000 no se explica solamente por las ventajas naturales del suelo, las semillas transgénicas o por el viento de cola de los mejores precios internacionales. Esos factores fueron sin duda relevantes. Pero el fenómeno no hubiera sido posible sin las capacidades ingenieriles locales de la industria de maquinaria agrícola que permitieron la adaptación los equipos de siembra directa a las características del suelo local.

 

Más allá de una buena o mala cosecha, si existe un nuevo “boom” agrícola éste estará asociado al desarrollo de micro-satélites, así como drones autopropulsados de pulverización y procesos de siembra interconectados a través de internet que aprenden autónomamente sobre las condiciones del cultivo y del suelo elevando la productividad y el rendimiento por hectárea. Si esta presunción es correcta, y la Argentina insiste en dejar pasar una nueva oleada de cambio tecnológico, una porción creciente de la renta derivada de este sector quedará en otras latitudes, donde se desarrollan las nuevas tecnologías.

 

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La potencia tecnológica de nuestras universidades hoy

 

A pesar de las décadas de ajuste y discontinuidad en las políticas, Argentina aún cuenta con capacidades para aprovechar una nueva oleada de oportunidades de la ciencia y tecnología. Estas capacidades tecnológicas e ingenieriles se encuentran incorporadas en diversas empresas de base tecnológica, en los distintos centros de CONICET, la Comisión Nacional de Energía Atómica (CNEA) y la Comisión Nacional de Actividades Espaciales (CONAE), y también en los grupos de investigación de las universidades nacionales.

 

El caso de la Universidad Nacional de San Martín (UNSAM) es paradigmático en este sentido. En la UNSAM está emergiendo un entramado de alta tecnología en el que se llevan adelante numerosos proyectos de bio y nanotecnología aplicados a diversos campos como salud, sanidad animal, remediación ambiental y desarrollo satelital. Por ejemplo, la incubación de una empresa de base tecnológica orientada al desarrollo de membranas de biopolímeros con aplicaciones en biomedicina; la incubación de otra empresa orientada al desarrollo y producción de kits de diagnóstico para la detección temprana de síndrome urémico hemolítico, la malaria o diversas enfermedades animales que afectan la producción ganadera; el desarrollo de nuevos sistemas para remediación ambiental basados en nanotecnología; o el desarrollo de antenas para radares utilizando micro dispositivos electrónicos. Estos ejemplos, además de generar valor económico, tienen un evidente impacto social y territorial.

 

Otras universidades nacionales también cuentan con ejemplos similares. La Universidad Nacional de Quilmes (UNQ) ha sido una de las fuentes de tecnología (junto a hospitales públicos y empresas creadas por investigadores del Instituto Leloir del CONICET) para la creación de una plataforma de producción de vacunas y de medicamentos biotecnológicos. Hoy los resultados ya se exportan y, de consolidarse, podrían revertir en el mediano plazo el déficit creciente que tiene el país en drogas biotecnológicas.

 

Otro ejemplo interesante es el de la Universidad Nacional del Litoral. Sus equipos de investigadores han aportado tanto a la biotecnología agrícola, con el desarrollo de semillas resistentes a sequía, como al desarrollo de la biotecnología aplicada a salud humana. A partir de la constitución de consorcios con empresas del sector privado y grupos de investigación, desarrollaron una plataforma para la producción de medicamentos biotecnológicos que permiten combatir numerosas enfermedades y al mismo tiempo desarrollar una base para la inserción internacional como productores de tecnología.

 

Estos casos, en los que además de las capacidades de cada universidad se manifiesta la potencia de los lazos interuniversitarios, fueron posibles por las herramientas de apoyo al desarrollo de nuevas plataformas tecnológicas del Ministerio de Ciencia Tecnología e Innovación, que hoy están comprometidas por las políticas de equilibrio fiscal.

 

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El año que vivimos en peligro

 

Las Universidades constituyen, junto al CONICET y otros organismos nacionales de ciencia y tecnología, un actor central para el desarrollo de entramados locales de alta tecnología en las áreas metropolitanas de varias ciudades. La proximidad entre empresas y centros de investigación y los vínculos entre comunidades de profesionales universitarios, científicos y nuevas empresas de base tecnológica son los canales por los cuales se rompen los diques entre el mundo científico y los potenciales usuarios de los nuevos desarrollos y las innovaciones. El hecho de que en la región metropolitana de Buenos Aires se localice la mayor densidad de empresas farmabiotecnológicas o que en el eje Rosario-Córdoba exista un desarrollo incipiente de empresas de agricultura de precisión no es ajeno al rol de las Universidades Nacionales y centros del CONICET instalados en estas regiones.

 

Una vez más la Argentina se encuentra ante la disyuntiva de aprovechar las condiciones favorables para sumarse a la fase creativa de las revoluciones tecnológicas o bien elegir el camino ya recorrido del ajuste, desaprovechando esas oportunidades y cargando con la peor parte del proceso de destrucción creadora en curso (el de la destrucción). Esta disyuntiva sólo puede resultar indiferente a quienes no reconocen la importancia del conocimiento como soporte de una estrategia de desarrollo que permita superar el atraso y la subordinación a los centros económicos mundiales. El gran riesgo del acuerdo con el FMI es que, más allá de sus efectos socialmente regresivos en el corto plazo, está atravesado por esa indiferencia.

 

(1) Es el caso de la máquina a vapor y los ferrocarriles de mediados del siglo XIX (la expansión de la “era victoriana” con epicentro en Inglaterra) o la “era dorada” post segunda guerra mundial con la línea de montaje del fordismo y la expansión del consumo de masas.


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