Hay algo novedoso que se deja entrever en esa mezcla de odio y goce que traducen las entonaciones contra Cristina. No se trata solo del núcleo más fiel al oficialismo sino de un universo de subjetividades que se siente muy a gusto en la derecha más dura, las nuevas tecnologías y los resabios de la estética posmoderna. Una mezcla de fascismo social, personajes públicos que transpiran ideas reaccionarias y especulaciones sobre el fin de la ideología y el pensamiento crítico.



La escena es conocida. Banderas celestes y blancas. Entonación del himno nacional. Algún que otro cartel escrito a mano con frases poco amorosas. Todo transmitido en cadena por los canales de noticias y retroalimentado por las redes sociales. Podemos reunir todas las imágenes, posiciones, escenificaciones y discursos de la marcha del 21A al Congreso Nacional, pidiendo el desafuero de Cristina Fernández y el allanamiento a sus domicilios, bajo un concepto provisorio: el Tea party argentino en movimiento.

 

Quedan pocas dudas respecto a la persistencia y vitalidad en nuestro país de una movilización del espectro de la derecha política e ideológica. De un modo apenas disimulado, ese espectro desfila tras bebés gigantes en la movilización contra el aborto; se comunica a través de las redes sociales para avalar el accionar violento de la policía y reclamar todavía más represión; se amontona en los pasillos de la opinión pública para descargar su encono contra todos los beneficiarios de las políticas estatales de bienestar social; se siente agobiado por la presencia de los migrantes en “su país” y se precipita con furia contra los que no creen en lo que ellos creen, a los que considera sospechosos de traición, incapacidad o perturbación moral. Todo eso conforma el Tea party argentino, que encontró una expresión política –de la que se sentía huérfano– primero en el PRO y luego en la alianza de derecha Cambiemos.

 

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Ese universo de subjetividades y discursos se siente muy a gusto en las posiciones políticas de una derecha dura, las nuevas tecnologías de la información y los resabios de la estética posmoderna. Componen así una mezcla desequilibrada de fascismo social, personajes públicos que transpiran ideas reaccionarias y especulaciones rizomáticas sobre el fin de la ideología y el pensamiento crítico. 

 

La manifestación del 21 de agosto, si bien convocada por algunos funcionarios y legisladores oficialistas a través de las redes sociales, quiere una vez más refrendar su “espontaneísmo”. “No hay ni micros ni vales”, se jactaba un dirigente PRO. Los supuestos que se evidencian en este giro también son para nosotros por demás conocidos: el desprecio de toda organización política, la sospecha de clientelismo y la subestimación de quienes deciden asistir, o de quienes forman parte de algún colectivo o militancia.

 

“Devuelvan lo que robaron”, “metanla presa”, “Que el Senado no se convierta en el guardián de la corrupción”, “Cristina, devolvé la plata”, “N.S.B” (no somos boludos) y “Flan, flan, flan” (estas últimas alocuciones confirman la sospecha de que Casero sigue sin ser comprendido por quienes en los noventa no lo vieron y hoy, sin dudarlo, lo replican). De fondo se deja oír un cántico: “Cristina, ladrona, el pueblo no olvida!”. Mariana Zuvic –diputada del Parlasur– festeja al compás de las imágenes “las dos semanas ininterrumpidas de justicia después de tantos años”. Unos minutos antes, el conductor del noticiero intentaba establecer el linaje entre esta marcha y las sucedidas hace cinco años cuando se agitaba el fantasma de una “re re” elección de Cristina que nunca ocurrió. Como entonces, el martes, antes de la marcha, se daba a conocer la noticia de que la misma Cristina Fernández se ponía a disposición del juez Bonadío para la realización del allanamiento, aunque anteponía algunas condiciones.

 

Que las imágenes nos sean familiares, una suerte de dejá vu, no significa que no haya algo nuevo en el repertorio, algo a lo que debamos atender. ¿Cuál es ese “plus” que se entrevé en esa mezcla de odio y goce que traducen las entonaciones contra Cristina? ¿Hay alguna novedad en este reclamo de justicia? Pero también ¿qué fantasías atávicas se actualizan en él? Sería tranquilizador creer que quienes allí se hicieron presentes no son más que ese “núcleo duro” siempre dispuesto a acudir al llamado a dar batalla a la inseguridad, la falta de libertad y la corrupción. Si bien es innegable que ese núcleo está, estuvo y estará siempre allí, ciertos hechos nos hacen sospechar sobre la propia idea de “núcleo duro”. 

 

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Aquí y ahora el significante que hace circular y que atraviesa al Tea party argentino es el de “corrupción”. A primera vista, alguien podría encontrar difícil que se pueda construir con ese significante el sintagma de los amores y los odios de este singular equipo. Finalmente, quien elige a un ex-contratista de la obra pública como abanderado de una empresa de purificación moral sabe que toda su construcción podría caerse fácilmente, que va a una batalla con argumentos inconsistentes e ideas quebradizas. Sin embargo, no sucedió algo muy distinto en los Estados Unidos, donde otro contratista e inversor inmobiliario se transformó en el héroe de los críticos de los negocios de Washington, la apertura cultural y las debilidades de la política democrática. La pregunta que surge en este contexto parece obligada, ¿por qué estos personajes grises son elegidos para cumplir estas misiones de purificación histórica y regeneración de la sociedad en la actual crisis del capitalismo global? 

 

Una respuesta rápida consistiría en señalar aquello que estas figuras ostentan públicamente: poder y riqueza. Lo que quizás procuran quienes siguen a estos personajes no es tanto luchar cuerpo a cuerpo contra algo y por algo, sino identificarse con el poderoso y sus luchas, en un contexto de restricción y fuertes conflictos sociales. En términos psicológicos el mecanismo parece razonable, se trata de ponerse bajo el ala de alguien que tiene mucho poder justo cuando en el horizonte arrecia el temporal. Al menos hasta que esa protección no se vuelva de un modo manifiesto parte del peligro, la identificación puede durar y conducir luchas que de otro modo parecerían absurdas. No es casual que esta parte del espectro ideológico se sienta tan cómoda con figuras masculinas, que acumularon mucha riqueza con “astucia”, se lanzaron a la política sin haber participado del espíritu de la transición democrática y heredan una imagen pública en la que aparecen como los recién llegados acostumbrados a mandar.

 

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El diagnóstico que este grupo hace de la crisis procede de la misma configuración psicológica: el problema es la debilidad, el exceso de apertura frente a los débiles, que produjo el gran desequilibrio del que nos sacarán los hombres fuertes cuando les entreguemos todavía más poder. Bajo esta lógica elemental, el débil es el culpable de la crisis, porque lanza en todas las direcciones demandas que el sistema no puede cumplir. Quienes las escuchan y le dan un estatuto público a sus fragilidades individuales, que muestran también las fragilidades colectivas, se transforman de inmediato en cómplices de esta conspiración de los débiles contra los símbolos jerárquicos de la ley y el orden. Quizás sean por esto que denuncian con tanto denuedo a la apertura cultural y la sensibilidad moral de la democracia, que tiene como fundamento el respeto y el cuidado de los derechos humanos. Los miembros del Tea party saben muy bien que junto al universalismo abstracto de la democracia pueden surgir formas concretas orientadas a reparar las desigualdades de fuerza. Esto que saben es lo que no pueden tolerar si quieren salvarse de la mano de los poderosos. 

 

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Otro modo de responder al enigma que nos planteamos consiste en abordar el problema desde el otro extremo, esto es, preguntarnos a qué llaman realmente “corrupción” en el Tea party: ¿qué guarda este término que alude a la desintegración y la putrefacción en la imaginación de estos sujetos? Lo primero que hay que observar es que la “corrupción” que aquí importa es algo que se huele, que se siente en la piel más que en la mente. No es un conjunto de hechos que haya que demostrar con pruebas y argumentos, sino algo que aparece a través de imágenes que se pueden tocar y compartir en rituales colectivos. El objeto de la corrupción posee un velo que lo recubre, pero eso sólo sirve para confirmar su absoluta ubicuidad, su presencia religiosa y su proximidad sensible. Todos los miembros del Tea party sienten la corrupción, la palpan con las yemas de sus dedos como se palpa la imagen de la virgen María o el poder transparente del dinero. En sus relaciones sociales este contacto ominoso con la corrupción que los rodea puede transformarse en un tema de relevancia tal que no sólo excluye otros posibles sino que dota de sentido cada una de sus vidas.

 

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Ahora bien, cuando escuchamos pacientes la cadencia de lo que dicen que vieron y sintieron sobre la corrupción nos damos cuenta que en realidad la corrupción que los afecta trasciende infinitamente a las rostros en los que hoy identifican ese mal que, al mismo tiempo, los seduce y los horroriza. La lista de lo que ellos sienten corrompido y que corrompe la vida social es muy larga: los “malos pobres”, esos que demandan sin fin, ni miramientos de las condiciones generales y no saben ser agradecidos; las “mujeres díscolas” que desean una libertad pecaminosa y a quienes ya nada ni nadie parece poder frenarlas; los que sin pudor gozan de sexualidades disidentes y tienen la loca pretensión de hacerlo extramuros; los jóvenes que, desoyendo el consejo de sus mayores, se apasionan por demás con la vida y la política; los trabajadores que protestan porque no se resignan ante las mentiras que les hicieron creer; los que migran para buscar otro futuro, y amenazan con desestabilizar el supuesto derecho prioritario de “los nuestros”; los que no creen en la virtud curadora de la violencia y ensayan otros medios para una mejor vida en común.

 

Este es el verdadero texto de la corrupción en la política contemporánea, uno cuyas páginas no dicen nada lamentablemente sobre la integridad moral de los funcionarios públicos o las virtudes cívicas de los dueños del sistema económico. El libro de la corrupción añorado es en realidad un texto teológico, en el que distintos grupos sociales buscan una explicación quimérica de la crisis económica, una huida frente a sus propias debilidades subjetivas y una expresión para sus odios de clase.

 

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