El 31 de julio de 2017, Sebastián Lacunza se enteró que la edición del viernes previo del Buenos Aires Herald, el diario que dirigía, había sido la última. En este texto, recorre la historia del diario y la dinámica de la última redacción. Tambien reflexiona sobre la propiedad de los medios, el periodismo como “revista de tropas”, las agresiones como intentos de escarmiento y la falta de una lectura honesta de la agenda y las coberturas.



Fui director del Buenos Aires Herald entre el 1° de mayo de 2013 y el 31 de julio de 2017, cuando la empresa propietaria me informó que la edición del viernes previo había sido la última. Restaban seis semanas para que el cuarto periódico más antiguo de la Argentina celebrara 141 años.

 

Mi escritorio, que liberé días atrás de libros, diarios, un mar de papeles y sobres de mate cocido, estaba ubicado a escasos cuatro metros de la silla que ocupé en mi ingreso a Ambitoweb, entonces el sitio online de Ámbito Financiero. Cuatro metros, o 17 años.

 

Las versiones fúnebres sobre el Herald llevaban al menos dos años, por lo que el cierre resultó impactante pero no del todo sorpresivo. El 15 de septiembre de 2016, día del 140 aniversario, fue ocasión para que escribiéramos editores, redactores y directores históricos (Robert Cox y Andrew Graham-Yooll; no lo hizo James Neilson, entonces columnista de la página 2 de los domingos), además de referentes de derechos humanos y de la cultura, funcionarios, políticos, embajadores e intelectuales.

 

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Bajo el título “Challenging times” (Tiempos desafiantes), aquella edición abrió sus páginas a reflexionar sobre el momento que vivía el diario. No se trataba de negar las amenazas, pero tampoco las oportunidades para un medio único en su tipo en Sudamérica, con un público compuesto por la comunidad de habla inglesa (tradicional y “mochilera”), diplomáticos, analistas financieros (la edición impresa subida a la web era más leída en Estados Unidos que en la Argentina, con las noticias económicas liderando el ranking), periodistas extranjeros, docentes y alumnos de inglés, el campo de los derechos humanos y el mundo académico.

 

Cuarenta días después de aquel aniversario, el Herald dejó de editarse todos los días para hacerlo sólo los viernes, y fue despedido el 70 por ciento del personal. La página web dejaría de actualizarse al poco tiempo. Entre siete personas y colaboradores externos comenzamos a llevar a cabo el semanario y las redes sociales. Nueve meses más tarde, llegaría el aparente final.

 

Obituarios. La noticia del cierre del Herald recorrió el mundo. Despachos de agencias internacionales, boletines universitarios, webs, diarios y revistas de diversas capitales se ocuparon de un periódico modesto, publicado en inglés en la capital del quinto país hispanohablante, de algunos miles de ejemplares de circulación y medio centenar de páginas. Como es lógico, los obituarios se centraron en la épica denuncia de la desaparición de personas durante la dictadura, el hito que refundó al Herald y marcó para siempre el inconsciente colectivo del periodismo argentino.

 

En el país, especialistas y periodistas que trabajaron en el diario publicaron textos de despedida. Entre ellos, Federico Poore, editor de la sección Política hasta poco antes del cierre, escribió en su blog “Algo sobre el Buenos Aires Herald”, mientras que Marcelo García, responsable de la columna semanal “Politics and the Press” y antes integrante del staff, firmó en Página 12 “La honestidad del traductor”. Desde su lúcida perspectiva, ambos describieron las aguas en las que navegó el periódico en los últimos años.

 

Por su parte, BAE editó un suplemento alusivo de ocho páginas y Perfil lanzó días atrás el valioso Buenos Aires Times, “un tributo al Herald”, realizado por periodistas que formaron parte de la última redacción.

 

Dediqué este tiempo a elaborar el cierre. Un aspecto habitual entre quienes trabajamos en el Herald es el compromiso afectivo hacia “el pequeño gran diario”, como lo solía llamar un diplomático europeo.

 

En mi caso, la partida fue doble, porque significó también la despedida del edificio de Paseo Colón 1196, en el que funciona Ámbito Financiero, el medio que me sacó a la calle, al barrio y al mundo, y me permitió aprender y desaprender periodismo antes de asumir el pequeño gran desafío.

 

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Leí buena parte de lo publicado, escribí y borré textos de despedida, respondí mensajes personales y entrevistas, sobre todo con medios de las provincias y del exterior.

 

Llamé a Helen, una lectora de Hurlingham que llevaba 50 años recibiendo el diario y llamaba a mi interno para expresar su disgusto cuando no publicábamos el crucigrama o su ejemplar sucumbía a los obstáculos para llegar al Gran Buenos Aires. Los diálogos con Helen comenzaban con un reto pero siempre terminaban en acuerdo. A ella se debió que el Herald, en su etapa como semanario, tuviera dos crucigramas, uno de ellos a página completa y grandes caracteres.

 

“¿Vuelve el Herald?”, me preguntó la tenaz lectora de Hurlingham apenas la llamé, días atrás.

 

Contracorriente. Una redacción, si es interesante, da lugar a una variedad de posturas profesionales, ideologías y estilos, pero un factor de cohesión mayoritario acompañó al Herald hasta el final. Si el diario iba a morir, como anunció con buenas fuentes Clarín allá por marzo de 2016, no sería por abandono de sus periodistas, que mantuvieron un firme compromiso con la historia y el presente del medio, a contracorriente de advertencias derrotistas.

 

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Robert Cox, fue director del Herald durante la dictadura. Denunció los crímenes de los militares desde las páginas del diario. FOTO: Francisco Villa.

 

A lo largo de estos años, el Buenos Aires Herald dio lugar a diversas caracterizaciones. “El único que denunció a la dictadura”. “El periodismo incómodo”. “El diario que eludió la grieta”. “El Herald K”. “Herald era el de Cox”. “Los progres bienpensantes”.  

 

Visto en perspectiva, el debate dio cuenta de un diario vivo que, desde ya, fue pasible de errores, que asumo en su totalidad.

 

 

Me interesó aclarar durante cierto tiempo los que consideraba equívocos que catalogaban al Herald como un medio kirchnerista. En ejercicio de la libertad de expresión, el periódico eligió agenda, lenguaje y procedimientos con frecuencia distintos a los utilizados por la prensa más influyente, pero una mirada serena habrá comprobado que se mantuvo muy alejado de un abordaje complaciente hacia el anterior gobierno.

 

Como corresponde, la actitud crítica del Herald hacia la Casa Rosada no cesó en diciembre de 2015. Allí están las hemerotecas o Google para comprobarlo.

 

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Escarmiento. La etiqueta sobre el diario K estuvo principalmente originada en una mera traslación desde la opinión predominante en torno a los sucesivos propietarios (Sergio Szpolski en 2007, Orlando Vignatti entre 2008 y 2015, y el Grupo Indalo hasta el final) hacia la línea editorial, o en algún gráfico sobre reparto de la pauta publicitaria (que en centimetraje, que es lo que me consta, no varió demasiado de CFK a Macri, mientras se mantuvo desde 2013 en cero para el resto de los gobiernos locales).

 

Intenté aclaraciones puntuales y publiqué un par de réplicas. La recepción fue variada.

Hubo intercambios enriquecedores con quienes no hace falta aclarar que la propiedad de los medios juega un papel en el espacio de la información, pero que su incidencia, así como nunca es inocua, tampoco es lineal.

 

También comprobé que ciertas proclamas son inmunes al dato hasta niveles extremos, por lo que en los últimos años me ahorré el esfuerzo no sólo de aclararlas sino de leerlas. Por causas extrañas al trabajo periodístico, determinadas sentencias demostraban desconocer todo del Herald.

 

Todo: tapas, historia, columnistas, staff, dueños e idioma.

 

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En un contexto en el que el periodismo a veces asume la forma de revista de tropas, las agresiones no eran más que intentos de escarmiento destinadas a crear el pasto que retroalimenta a los trolls con los que convivimos.

 

Así, no basta con dar cuenta – como lo hizo el Herald profusamente – de la connivencia espuria durante años entre el kirchnerismo, los servicios de Inteligencia y fiscales como Alberto Nisman; es obligatorio dar a entender, aunque haya que violentar hechos y razonamientos, que la denuncia de Nisman contra Cristina Kirchner tenía bases sólidas y que la entonces presidenta, en venganza, lo mandó a matar. Tampoco alcanza con brindar información exhaustiva sobre las causas contra César Milani y el gatillo fácil de la Bonaerense; se impone bregar por el poderoso tridente Olvido, Mentira e Injusticia. Tapas, notas y editoriales sobre los procesos por corrupción que atañen a Amado Boudou, Ricardo Jaime o Julio de Vido nunca serán suficientes si se desatiende la precaria versión originada en la escala del avión presidencial en una isla africana. Se podrá hablar del abuso de la publicidad oficial de los gobiernos kirchneristas pero no de los macristas ni de posiciones dominantes en el mercado de medios. Será conveniente anestesiar toda referencia a los negocios de la familia presidencial en Panamá. También es sabido que el jefe de Inteligencia ya dio todas las explicaciones necesarias sobre las transferencias enviadas por un doleiro por la venta de muebles o, quizás, inmuebles.

 

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Razones finales. Un país como la Argentina y, en particular, una ciudad como Buenos Aires necesitan quien cuente sus vidas en inglés. Si el responsable del texto es además un diario con singular prestigio, mucho mejor. Pero sería tan inconducente negar que el Herald sufría acechanzas como renunciar al ingenio y a un proyecto de gestión serio para afrontar la crisis.  

 

Escribió Martín Becerra en So-compa hace unos días: “Tamizar el drama que expresa la liquidación de una empresa periodística por la contingente conveniencia de la vereda donde pega el sol de la polarización no sólo habla de la miseria de quienes se someten voluntariamente a ello, sino que además supone una doble reducción que impide comprender la profundidad del problema”.

 

Por último, otros dos textos. Cuando los nubarrones que prenunciaban el fin del Herald comenzaron a tomar cuerpo, organizaciones y referentes de derechos humanos firmaron un comunicado: “No al cierre del Herald”. Allí resaltaban “el valor histórico y presente del diario” en la lucha por Memoria, Verdad y Justicia, y su compromiso con “la expansión de derechos y las garantías democráticas”. Entre un par de centenares de firmas, suscribieron Abuelas de Plaza de Mayo, Asociación de Ex-Detenidos Desaparecidos, Adolfo Pérez Esquivel, Mirta Baravalle, Chicha Mariani, Laura Conte, Marcela Brizuela de Ledo, María del Carmen Verdú, Gastón Chillier, Pablo Ferreyra y Vera Jarach.

 

La identidad de los firmantes da la pauta del respeto por un abordaje sobre derechos humanos que no reconoció límites. La cobertura estuvo principalmente a cargo de la editora de Política, especializada en el tema, Luciana Bertoia y, más tarde, del periodista Santiago del Carril. Si hoy estuviera en la calle, el Herald estaría tratando de eludir las operaciones cotidianas que obstaculizan la búsqueda de Santiago Maldonado.

 

Recibí estas semanas gran cantidad de mensajes de amigos, colegas, fuentes y lectores. Intenté responder a cada uno de ellos. Voy a apelar a uno que no fue dirigido a mí sino que fue posteado, sin firma, en “Tiempos difíciles”, el blog de Federico Poore.

 

“Me da mucha pena el cierre del Herald. Soy lector del diario desde hace unos 40 años. Todas las mañanas lo compraba en la estación de tren cuando iba a estudiar. Y actualmente lo compraba todos los viernes. Siempre me dio la sensación de que podía confiar en la honestidad de lo que se escribía ahí. Aunque no estuviera de acuerdo. Voy a guardar el último número con la esperanza de que vuelva a circular. Ah, y soy un argentino descendiente de italianos”.

 

Valió la pena.


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